Entrevista imaginaria con José Moradell

José Moradell durante una entrevista, Diario El Nacional, circa 1967 | Ramón Villa ©ArchivoFotografíaUrbana

17/11/2018

Entre los curiosos documentos que entran al Archivo Fotografía Urbana, encontramos hoy este homenaje que hace el escritor y periodista Héctor Mujica (1927-2002) a quien consideró su maestro, José Moradell (1908-1977), su colega de profesión y uno de los nombres más importantes en el periodismo venezolano, quien fuera también jefe de redacción de El Nacional. Las páginas, mecanografiadas en las hojas que solía usar el diario, tienen las señas de una posterior edición; sin embargo, si llegó a ser publicada todavía resulta un misterio en el que continúa nuestra investigación

Cuando en una entrevista con ocasión de un aniversario de “El Nacional” el reportero preguntó a Miguel Otero Silva si él se consideraba “el primer periodista” del país, Miguel se limitó a responder modestamente:

–Aquí soy el segundo, pues el primero es José Moradell.

Miguel tenía razón, y creo que en ambas ubicaciones. José Moradell, “don Pepe”, como cariñosamente le hemos llamado todos en esta redacción, es no sólo un gran periodista, un diagramador eficaz y de buen gusto, un diseñador que tiene en el ojo la página antes de que el plomo la convierta en maravillosa superficie impresa, un redactor de estilo noble y sobrio, un titulista impactante y un jefe de redacción como pocos he conocido en el mundo, que aúna a la capacidad y los conocimientos una sindéresis admirable.

–¿Tu buen juicio te viene del ancestro catalán?

Pepe Moradell, ya repuesto de un pinchazo en el camino, que dejó momentáneamente a un lado de esta carretera de papel y tinta, se me queda mirando con esa mirada suya tan característicamente serena, un tanto bovina, como la de Santo Tomás, y me responde:

–En periodismo el buen juicio es tan importante como el recato de las antiguas vírgenes, y digo antiguas porque en los días del streaking* que estamos viviendo, ‘eso’ ya no existe. Y cuando no se lo tiene hay que aparentarlo, acaso por aquello de que la mujer del César no sólo debe ser virtuosa, sino también aparentarlo.

En los momentos de mayores dificultades, en circunstancias represivas, cuando la censura nos aguijoneaba hasta los huesos, en fugaces instantes (como la noticia) en que se debía decidir acerca de la conveniencia o inconveniencia de una publicación, y mientras los más en la redacción nos dividíamos entre e ‘sí’ y el ‘no’ rotundos, siempre don Pepe encontraba la fórmula de que el reportero no perdiese su trabajo, sobre todo si se trataba de una exclusiva, evadiendo lo más espinoso del asunto, eludiendo una confrontación innecesaria y contraproducente y sorteando los peligros como un piloto ejemplar.

Así fue una y otra vez durante los años de la censura pérezjimenista. Así fue una y otra vez en los años de la lucha armada, así es y así seguirá siendo este hombre que nació periodista, se hizo periodista y no ambiciona otra cosa que ser periodista desde que se levanta hasta la madrugada en que regresa, con nieblas y noticias en la cabeza, a su hogar.

–¿Y crees, para ser originales, que el periodista nace o se hace?

Como quien le interroga es reportero por vocación y oficio, y, por añadidura, periodista académico, profesor universitario y director por casi una década de la primera Escuela de Periodismo del país, Moradell nos sonríe maliciosamente, con esa sana malicia de todos los días, de cartesiana duda metódica, un catalán-venezolano racionalista más cerca de Apolo que de Dyonisos.

Héctor Mujica | Jorge Humberto Cárdenas ©ArchivoFotografíaUrbana

–No me dirijo al catedrático, sino al reportero que trabajó conmigo durante cinco años, con sus días y sus noches, iracundo cuando se le dejaba fuera una entrevista, una información o simplemente cuando se le valoraba menos de lo que él juzgaba su noticia. ‘Mira –me dice, mientras en el Ávila una bandada de pájaros revolotea entre las nubes, desmigajándolas literalmente–, esa vieja discusión no tiene sentido. Es básicamente anacrónica. El periodista, como el escritor y el carpintero, nace, pero tiene que hacerse. Yo, por ejemplo, todavía no me siento totalmente hecho. Me estoy haciendo cada día, cada noche, al calor de los acontecimientos y su traducción en noticias’.

–¿Y qué noticias prefieres, las buenas o las malas?

Moradell, quien además de catalán es venezolanamente vivo, y aún vive a la catalana en Venezuela, sabe por dónde quiere entrarle el reportero, su reportero de los años 50, y sortea, como las dificultades políticas, con este aserto, que es un acierto:

–El periódico ideal sería el que resumiese la mayor suma de bondad[e]s científicas, artísticas, culturales y de sano entretenimiento. Pero yo no inventé el periodismo industrial. Lo hallé ya conformado, con su técnica, sus leyes y su personalidad. No me dieron a escoger, como no le dan a escoger a nadie el sitio en que nace. La ‘gran prensa’, como ustedes la llaman en la cátedra, es así. Y, quieras que no, hay noticias ‘que venden’ y noticias que no venden. No es lo mismo hacer “El Nacional” que “Contrapunto”, aquella revista tuya de mil ejemplares… En la jefatura de un gran diario como éste hay que pensar en sobrepasar diariamente el tiraje de ayer…

–Dicho en otras palabras, interrumpimos, tú representas a la empresa, al comunicador, en términos de Teoría de la Comunicación, y adoptas tu comportamiento a la política editorial de ese comunicador…

Moradell no me deja terminar. Lo que es igual no es trampa. Yo le interrumpí y él me paga con la misma moneda, y dice:

–¡Por supuesto que sí! Me pagan por eso y para eso. Pero un periodista profesional, que ame su profesión y tenga un mínimo de honestidad y un juicio un poquito más sano que el de don Alonso Quijano antes de emprenderla con los molinos, sabe perfectamente que en la contradicción empresa-periodista, no siempre gana la empresa. Y uno sabe arreglárselas para que la profesión luzca por encima del dinero.

Documento original de la Entrevista Imaginaria a José Moradel ©ArchivoFotografíaUrbana

­–Ya que hablas de dinero, ¿por qué no aceptas la jubilación, que te corresponde, después de tres décadas al servicio del periódico?

–Por la misma razón que tú no abandonarías la cátedra, la Universidad y el periodismo.

Me mató, como dicen, el gallo en la mano.

(Por si no lo sabe, Moradell, trabaja porque le da la gana. Pero dejar de venir a “El Nacional”, tomarse vacaciones o alejarse más de veinticuatro horas de la profesión es, para este hombre enjuto, seco de carnes y rico de ideas, casi un crimen.) Por eso Moradell es, para “El Nacional”, lo que “El Nacional” es para el país.

En todas las ediciones especiales de “El Nacional”, esas paquidérmicas e interminables ediciones del 3 de agosto, ha estado la mano de Moradell. En los comienzos Benavides, después Moradell, podría escribirse. Pepe no sólo ha estado con su ojo y el tipómetro en la mano, sino como el arquitecto que planifica. Con voz suave, apenas suele alzarla (acaso en el hogar para reprender a una de las dos hijas, profesionales, cuando se dejaban reprender) para indicarle a uno de los redactores:

–¿Usted no cree que esta información debería estar respaldada por alguien autorizado?

Y llamárense éstos Bastidas, Pacheco Soublette, Gerbasi, Dorante, Carías, Francia Natera, Lezama, Cuto Lamache, Oscar Lovera, Tell Trocóniz, Porras, Montes de Oca, Escalona Oliver, Guaramato o quien esto escribe, la recomendación del maestro era acatada. Y cuando escribo maestro, digo maestro. Porque José Moradell, con su bonhomía y frescura, tan fresco como la noticia que vive y muere cada día, es una Escuela de Periodismo. Toda una Escuela, digo.

***

* Expresión que se refiere a generar shock o entretenimiento


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