Literatura

Elisa Lerner: una tela plural para la noche

por Leonardo Rodríguez

16/02/2019

Elisa Lerner retratada por Roberto Mata

Hago una lectura al sesgo de La Señorita que amaba por teléfono, la novela de Elisa Lerner. Como De muerte lenta, su trabajo novelístico anterior, hay retratos, muchos retratos, un álbum vertiginoso de la memoria. En La señorita que amaba por teléfono esa memoria acontece a partir de rostros, a veces fotográficos. Pero el retrato de Elisa Lerner no es fotográfico. Son, si se puede decir, caricaturas cabalísticas. Rostros interpretados, no representados; fuera de un marco único. Lerner no recrea: juega con esas figuras. Lo que importa es más la relación entre ellas, la tela que la narradora crea a partir de ellas.

La ropa como metáfora es, en verdad, recurrente en la novela. Puede ser un detalle: el edénico vestido manga corta de Blanca, la profesora de Liceo cuyos pormenores amorosos constituyen el distraído hilo conductor de la novela; el casimir moral de Villalba, jocoso compañero de clases de la narradora; el lienzo cada vez más apagado, oscurecido de la montaña caraqueña. En cada uno hay un sentido. Es como si para la narradora todos los personajes estuviesen saliendo del closet, un closet fértil y revelador. También, provisorio.

Todos aquí son figuras secundarias. Lo son, en parte, porque la Historia, esa fantasía alucinada del poder, no admite sino personajes secundarios, por no decir fantasmales. Pero también por el inacabamiento (a veces entrañable, otras ominoso) de sus destinos. Esta marginalidad e inacabamiento marca la visión de la narradora, una visión que es también una forma de perplejidad histórica. “¿De qué país procedíamos? En mi infancia era común ver hombres a los que faltaba un brazo. Algo no se completaba en ellos. La chaqueta les colgaba vacía, sin destino”. Otra vez el detalle sartorial pero también corporal: la chaqueta sobra, un brazo falta. En La señorita que amaba por teléfono, estos hombres mutilados son la metáfora goyesca de una suerte venezolana arquetípicamente trunca, quizá sacrificial. Así, Lerner interpreta el tejido cívico venezolana no tanto al pie de la letra sino en la desfiguración física y la desazón moral. El cuerpo es inevitablemente inédito.

El exilio es la manera en que la marginalidad y el inacabamiento históricos cobran mayor relieve. Aparece, en la espléndida figura de Marta, como áspera soledad sin asideros. “Solo tú”, advierte la joven desterrada española señalando de paso el origen de la narradora, “que vienes de la desdicha de un pueblo de exilio infinito puedes comprender mi dolor, mi propio exilio. ¿Terminará para mí algún día?”. España y los exiliados españoles, en verdad, son una presencia insoslayable en La señorita que amaba por teléfono. Una presencia hecha de voces, de vozarrones más bien, “íntimas piedras de España en el rodar por la polvareda extranjera”. El exilio republicano acompaña en la Caracas lerneriana a esos otros exiliados judíos, de destierro todavía más interiorizado, “un exilio infinito”, con un pie en la manía y otro en la metafísica, cuando no entrelazados. Se expresan, como por cierto el resto de los personajes, en monólogos más bien teatrales. Hablan solos, sí, pero como si alguien escuchase. A veces rezan, pues “los viejos judíos mediante sus rezos (existe en ellos el temor sea la única memoria que les queda), se dirigen a Dios en sencilla visita”. También ellos ofrecen un introspectivo ideograma textil a la novelista. Pero, esta vez, la ropa cede lugar a la página.

No son -el rezo, el cuaderno testimonial, pero también el dinero, la comida- las únicas formas de expresar oblicuamente esa tan arraigada extrañeza. La comicidad es una respuesta todavía más elaborada y lúcida. En Elisa Lerner, aparece como complicidad levemente satírica con personajes sin eje o sin destino. Humor compasivo y corrosivo. A propósito del melancólico profesor Livio, afirma la aforística narradora: “¿Quién dijo que lo cómico es siempre risible?”. Para añadir de modo deslumbrante: “Si la risa estallaba en nuestro salón de clase era de estupor, de incomprensión inmediata y súbita ante los agobios de un sufrimiento grande, muy hondo. La comicidad -en cualquier etapa de la vida- puede ser extrañeza frente a las vejaciones del destino”. Esa risa dolorida declara una falta, sea de territorio, de derechos o de lenguaje. La señal de una aguda zozobra.

No se crea que esa comicidad sombría es la única presente en la novela. En La señorita que amaba por teléfono hay también momentos de gratuidad hilarante, deliciosos sketches fellinianos. Este regocijo disparatado, aunque no por ello menos moral, alcanza cotas altísimas (yo al menos le debo algunas buenas carcajadas) cuando la narradora hace la apología de los hombres bajitos como presencias gozosas en el lecho femenino. Nada de infatuaciones militares, ningún caudillismo amatorio. Gracia maliciosa, no épica.      

Uno de los aspectos más fascinantes de La señorita que amaba por teléfono es la forma en que la metáfora anuda la narración. La metáfora convierte a la novela lerneriana en zona flotante, en soberano artefacto simbólico. Aporta una jugosa irrealidad lingüística a la novela. ¿Es irrealidad la palabra? Más bien, tela enigmática. No se trata de un procedimiento lírico: en Lerner la metáfora es el recurso fundamental para la elaboración interpretativa. Descubre relaciones, adivina sentidos, los crea, como cuando habla la narradora de las cartas selladas de Max, su trashumante y vitriólico corresponsal, cuya parcela funeraria está ya reservada en el cementerio de Montmartre: “Lo más parecido a la pechera de un general que hubiera peleado en alguna guerra napoleónica con el peso de todas sus condecoraciones encima”. La extravagancia metafórica (¿pero no fue Napoleón quien dio carta de ciudadanía a los judíos europeos?) sugiere por momentos un cierto travestismo discreto, como de alguien que no renuncia a cierto deje teatral, o es cinematográfico, incluso para expresar un crónico dolor político.

La metáfora opera como una afirmación elíptica contra el silenciamiento, la creación provisional pero no por ello menos enigmática de un lenguaje. “No se tenía por costumbre hablar de la familia. La penuria económica se llevaba puertas adentro como un enorme silencio”, denuncia en otro momento la narradora. Este ominoso silencio doméstico se corresponde con el ruido sangriento de gran parte de la historia política venezolana. Entre uno y otro, Lerner ha apostado por una voz a la vez secreta y desafiante. “¡Qué alivio para quién proviene de una familia originaria de un país donde todo se resuelve a machetazo limpio! ¿La literatura no es un consuelo para acallar un poco el estruendo de los machetazos?” Así en Elisa Lerner y en las figuras escurridizas de su novela. El teléfono señala el exilio afectivo de la profesora Blanca Elvira, irónicamente melodramática. Su voz es su máscara.

La principal figura tutelar de la narradora (y La señorita que amaba por teléfono puede leerse como una parodia efusiva de la novela de formación) es Marta. De su enseñanza recuerda, por un lado, el valor de los detalles para la escritura, pues “si había alguna metafísica de escritor era el de hacerlo sobre cosas en apariencia baladíes”; por otro, que los detalles no son suficientes, que el plato no se agota en la receta: “Marta era listísima. Pero, su prosa era como una comida enfriada velozmente apenas puesta en la mesa. La buena escritura tiene un ingrediente soñoliento que no siempre manejan los más espabilados: un misterio rápido como el vuelo de una mariposa inesperada y bella”.

Risa reflexiva, llamadas telefónicas, chismes judíos, aleteos metafóricos: a Lerner le importa la letra viva, disruptiva. La narradora, es cierto, por momentos condesciende a cierto editorialismo moral sobre el país. Nada, por cierto, que ya no esté sugerido en los retratos tan afilados. Pero el editorialismo es quizá otro margen, una yuxtaposición de la fórmula periodística a la página de la novela. Frases fuera de marco, como todo en esta obra. Los dos, editorialismo y retratos, aluden a una cierta memoria mítica, la noche de la Guerra Federal. Una guerra (una pesadilla) que se repite: “Era como si la noche federal volviera de nuevo como una maldición elegida. Trazas de la Historia oscura”. Una nocturnidad regresiva, apenas dogmática y feroz, sin democrática intimidad ni vivacidad hedónica. Esa historia nocturna reaparece, según la narradora, en la historia menuda de la literatura venezolana. La invasión militar ocurre también en la vida civil, en las conciencias civiles, al punto que muchos escritores y médicos (la enumeración es de la narradora) “terminaron siendo versiones fallidas de nuestra gente de las armas”. Más que la adversidad, es la falta de destino (afectivo, artístico, político) lo que marca estas vidas entrevistas.

En La señorita que amaba por teléfono cada párrafo quiere ser poema, quizá incluso poema expresionista. También retrato, sátira de costumbres, editorial periodístico, diálogo de cine, monólogo teatral. Elisa Lerner despliega una tela plural para una noche a la intemperie.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo