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Perspectivas

El gran libro del mundo

por Mariano Nava Contreras

19/10/2019

Platón. Aguafuerte de D. Cunego, 1783 | Wellcome Collection

…prometiéndome no buscar otra ciencia que la que pudiese encontrar en mí mismo o en el gran libro del mundo…

Descartes, El discurso del método

Según algunos exégetas, la utopía comunista más célebre de todos los tiempos la escribió Platón. En su República, recordemos, el ateniense soñó con una sociedad perfecta donde los bienes serían compartidos por todos, no existiría el dinero y las mujeres serían tenidas por todos los hombres, de modo que todos los ciudadanos serían padres de todos los niños, quienes crecerían rodeados del afecto y los cuidados de todos por igual.

Esta especie de “utopía hippie” funcionaría bajo la armonía más perfecta y sería, paradójicamente, muy clasista. La clase inferior, de los artesanos y los labradores, se encargaría de proveer de lo necesario a la ciudad; la de los guerreros, defendería la polis, y finalmente la de los gobernantes filósofos, claro está, estaría en la cima del poder. Todos gobernados por el rey-filósofo, encarnación de toda la sabiduría en el estadista ideal. Cada quien desempeñaría solo y solo su oficio, con lo que los individuos estarían para siempre condenados a formar parte de una sola clase, la suya. La educación, desde luego, así como todo el sistema productivo, serían controlados por el Estado.

Obviamente esta ciudad perfecta tenía que estar en concordancia con el resto de las ideas filosóficas de Platón. Sería circular, por ejemplo, porque el círculo es la forma perfecta (ni comienza ni termina nunca). En otros diálogos Platón describe algunas de estas ciudades utópicas. La ciudad de los atlantes, en el Timeo y el Critias; la de los magnetes en las Leyes. Hermosas urbes circulares en medio de islas fértiles y felices, en medio de un clima ideal, con un soberbio palacio en el centro construido con los materiales más nobles. Para colmo de tanta felicidad, en esta ciudad ideal no habría poetas. Todos serían expulsados para que no puedan entretener a los ciudadanos en su afán de conocer la única verdad verdadera.

Pero casi siempre sucede que una cosa es lo que imaginan los filósofos y otra lo que les toca vivir. A la muerte de Sócrates, Platón consideró prudente alejarse por un tiempo de Atenas, por si los enemigos del maestro la emprendían también contra sus discípulos. Es así que parte primero a Megara, pero todavía se siente demasiado cerca de Atenas y toma rumbo a Italia, donde esperaba conocer a la famosa secta de los pitagóricos. Una vez en Sicilia, Dionisio, tirano de la poderosa ciudad de Siracusa, se entera de su presencia y no puede resistir la tentación de invitarlo para que ilumine con sus sabias ideas a la ciudad. Platón acepta gustoso y, ya en Siracusa, entra en contacto con el joven Dión, cuñado de Dionisio, sobre el que espera ejercer toda su benéfica influencia filosófica.

Poco a poco Platón se ve envuelto en las virulentas intrigas políticas entre Dión y Dionisio por el control de la ciudad. El tamaño del desastre lo cuenta muy bien el propio filósofo en su célebre Carta Séptima, verdadero documento autobiográfico que narra las peripecias y desventuras de aquel filósofo que, ya mayor, se empeña en meterse a político. Platón decide entonces volver a Atenas. Dos veces más regresó a Sicilia y dos veces más fracasó en su intento de implantar su sociedad ideal, su maravillosa y perfecta utopía. Dión termina asesinado y Dionisio encarcela a Platón y lo hace vender como esclavo. Será un antiguo condiscípulo suyo quien lo rescate de una mazmorra en la isla de Egina y lo envíe de vuelta a Atenas.

En los años finales de su vida, vemos al filósofo que se desdice de muchas de las extremas posiciones que antes había defendido en la República. Ahora en las Leyes, un anciano Platón dice que es bueno que exista la familia tradicional, y que en toda familia debe haber un hijo mayor que sea el heredero de los bienes que ha ganado su padre. Igualmente reconoce que el dinero es necesario en las ciudades, y que éste es indispensable “para el intercambio cotidiano con los artesanos” y también para pagar los sueldos. Incluso llega a proponer una moneda común para toda Grecia. También dice que es bueno que en las ciudades haya templos, gimnasios y teatros, para que jóvenes y adultos oren, entrenen y se entretengan.

Seguramente todo esto lo pensó el viejo Platón después de haber vivido los fracasos y desengaños de Sicilia, ya en el reposo y el estudio de sus días postremos en la Academia, cuando ya había aprendido que la política era también cuestión de pasiones y no solo de razones, que toda comunidad está compuesta por individuos que sienten y sufren y que naturalmente quieren ser felices. Cuando ya había aprendido todo lo que pudo estudiar, no solo en los libros sino también, lo que es más importante, “en el gran libro del mundo”, como dijo mucho tiempo después Descartes, su tataranieto espiritual.

Respecto de su utopía, todavía hoy se discute si Platón escribió la República como un proyecto político para ser llevado a cabo en la realidad. En todo caso, la revolución de Siracusa fracasó por fortuna, y nuestro filósofo no tuvo que ver el hambre, la miseria y el embrutecimiento que hubieran causado los que, seguramente sin siquiera entenderlas, quisieran imponer a sangre y fuego sus ideas políticas.


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