Literatura

De la corrupción en la Antigüedad

por Mariano Nava Contreras

24/11/2018

Reverso de moneda Tetradracma de plata, utilizada en Atenas, en la antigua Grecia.

No pensemos ni mucho menos que la corrupción es una lacra que aqueja exclusivamente a las sociedades modernas. Antes bien, se trata de un fenómeno ya bastante conocido en el mundo antiguo. De hecho Baltasar Garzón, en el prólogo que escribe a la Breve historia de la corrupción de Carlo Alberto Brioschi (Madrid, 2010), se pregunta si escribir la historia de la política no equivale acaso a escribir también la de la corrupción, y ciertamente no es gratuita su curiosidad.

Uno de los más antiguos poemas griegos, Los trabajos y los días de Hesíodo, que data de comienzos del siglo vii a.C., está precisamente basado en un hecho de corrupción. En él, el poeta se dirige a su hermano Perses y lo exhorta a vivir una vida honesta basada en el trabajo. Resulta que ambos hermanos habían recibido una herencia a la muerte de su padre, una herencia que se suponía iba a ser repartida por igual. Sin embargo Perses dilapidó su parte, y después sobornó a los jueces de la ciudad para que le adjudicaran la parte que le correspondía a Hesíodo, o al menos una buena porción de ella, según se desprende del propio poema:

“Pues ya repartimos nuestra herencia y tú te llevaste robada mucho más de la cuenta, lisonjeando descaradamente a los reyes devoradores de regalos que se las componen a su gusto para administrar este tipo de justicia”.

El poema ya nos muestra una situación nada difícil de comprender desde nuestra perspectiva moderna: la justicia es administrada por quienes también detentan el poder político, que parecen bastante propensos a aceptar sobornos. Fue lo que hizo sin remilgos el hermano del poeta allá en la Grecia arcaica.

Hay sin embargo un breve fragmento del poema que ha atraído la atención de la crítica. Se trata de la llamada “Fábula del halcón y el ruiseñor”, una alegoría con la que Hesíodo busca disuadir a Perses de seguir cometiendo el expolio que adelanta con la complicidad oficial. Cuenta el poeta que un día llevaba un halcón a un pequeño ruiseñor entre sus garras. A los quejidos lastimeros del pajarito espetaba el halcón:

“¡Infeliz! ¿Por qué chillas? Ahora te tiene en tu poder uno mucho más poderoso que tú. Irás a donde yo te lleve por muy cantor que seas y me servirás de comida si quiero o te dejaré libre. ¡Loco es el que quiere ponerse a la altura de los más fuertes! Se ve privado de la victoria y además de sufrir vejaciones, es maltratado”.

Es posible que el ruiseñor simbolice al poeta mismo, que se siente entre las garras de uno más fuerte y poderoso. Sin embargo, el águila también simboliza a Zeus, padre de dioses y hombres, que vela por la justicia. La imagen podría estar advirtiendo a los jueces corruptos del poder omnímodo del dios. Hesíodo continúa su relato recordando a Perses que el poder de Zeus, que todo lo ve y ampara a la justicia, es superior al del más poderoso de los reyes, y que éstos tarde o temprano serán alcanzados por su rayo:

“Teniendo presente esto, ¡oh reyes devoradores de regalos!, enderecen sus discursos y olvídense de una vez por todas de sus torcidos dictámenes”.

Algo parecido dirá un siglo después Solón de Atenas, en un poema titulado Eunomía, que traducimos como “El buen gobierno”. En él, el poeta advierte a los ciudadanos de que lo que puede perder a la ciudad no es precisamente la voluntad de los dioses, pues por el contrario son ellos los que cuidan a Atenas y la protegen de los peligros, sino más bien el mal obrar de sus propios ciudadanos. La acusación no puede ser más clara:

“Nunca nuestra ciudad perecerá por decreto de Zeus ni por voluntad de los dioses siempre felices. Tan magnífica es Palas Atenea, hija del más fuerte de los dioses, que la protege, extendiendo sus manos sobre ella,”

y continúa:

“Quienes tratan de hundir a la ciudad, estúpidamente, son sus propios vecinos, pensando en ganancias, y el juicio perverso de los caudillos del pueblo, llamados a pagar con dolor su enorme arrogancia, pues no saben frenar los excesos”.

El poema es un largo alegato para que Atenas tome el camino de la justicia, un programa político, si se quiere, de regeneración basada en la honestidad de los gobernantes, pero también una denuncia del excesivo individualismo de los ciudadanos y de la corrupción de las clases dominantes. En otro poema, la Elegía i, Solón advierte:

“No tiene un término claro el afán de riquezas del hombre; así, los que tienen hoy día fortuna mayor se esfuerzan el doble; y ¿cómo es posible saciarlos a todos?”

No cabe duda de que estos dos poemas constituyen testimonio de lo vieja que es la corrupción. Pero la dolorosa vivencia de ambos poetas, Hesíodo y Solón, nos habla además de las injusticias sociales y los desequilibrios políticos que la posibilitaron. Ambos vivieron épocas de decadencia, de desmoronamiento de un orden caduco y periclitado, de sociedades corruptas. El uno, la de los viejos reinos micénicos, con sus ya opacos destellos de lo que un día fue el esplendor homérico; el otro, el ocaso de las tiranías y los regímenes demagógicos, cuyo orden el mismo Solón contribuyó a destruir en Atenas. No hace falta una lectura muy suspicaz para introducirnos, a través de estos pequeños fragmentos, en un mundo donde se conjuga la decadencia moral con la concentración arbitraria del poder y su uso despótico.

En el caso de Solón, la enfermedad se contagia a la ciudadanía en general, infectando a la sociedad con su letal metástasis. Serán los mismos ciudadanos, nos lo advierte, los causantes de la ruina de la ciudad, la avidez de los dineros mal habidos. “No culpen a los dioses” –parece querer avisarnos. Lo saben los historiadores, esta mezcla, arbitrariedad y despotismo, ambición y amoralidad, desembocará en la primera gran crisis social que conozca la historia griega. Habrá que reinventar la justicia. Tendrá que venir, dos siglos después, la democracia, en su afán por redistribuir el poder y la riqueza, y los filósofos, quienes inventaron la ética en su empeño por enseñar la virtud, para que podamos plantearnos la posibilidad de superar aquellas perjudiciales condiciones. Pero esa ya es otra historia.

 


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