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Perspectivas

Cubrir los espejos

por Rodolfo Izaguirre

17/09/2019

Naturaleza muerta con espejo esférico, por M. C. Escher. 1935

Siendo niño vi una vez a la empleada de mi casa cubrir los espejos de dimensiones normales que se encontraban en los cuartos y el ovalado que presidía la sala. Había muerto mi mamá y era vieja costumbre tapar los espejos con algún paño o sábana o voltearlos contra la pared cuando alguien moría porque se creía que los espejos eran como puertas por las cuales las almas podían pasar a través de la lámina azogada y dispersarse, quedar flotando en espacios vacíos. De hecho, se sabe que enamorada de Orfeo, la Muerte del poeta entraba por el espejo para verlo dormir. ¡Es por allí por donde entra y sale la Muerte.

Cada vez que nos asomamos al espejo nos vemos algo más agotados a fuerza de vivir, víctimas de alguna desventura o abrumados por las caricias del amor que suelen ser a veces despiadados flagelos, pero también podríamos pensar que detrás nuestro está el padre, el abuelo y ¿por qué no? la confusa imagen del tiempo vestido de negro sudario y armado de una guadaña afilada.

Nos vemos en el espejo y todo lo imaginamos de inmediato porque en nuestra mirada y en la contemplación de lo que creemos ver hay un mundo visible o no que aparece detrás de nuestra propia imagen. Es como el agua que refleja no solo el rostro de Narciso sino el cosmos avasallante, un Narciso inmenso que se ve a sí mismo reflejado en la conciencia humana.

El espejo es ambivalente porque en su lámina aparezco y desaparezco. Es lunar como el oso o los delfines, como el abanico que aparece y desaparece. La democracia es lunar porque aparece y desaparece a diferencia de los militares que nunca desaparecen. Me miro en el espejo y enseguida dejo de estar. Cuando se muestran en alguna leyenda o cuento fantástico la magia se instala en ellos y establece distancias, entonces se ven lugares alejados y episodios de vida llenos de pura fantasía.

¿Quién es la más bella?, pregunta la reina a un espejo de mano que lo simbolistas consideran “emblema de la verdad”. Y la insidiosa pregunta recibe una respuesta invariable y satisfactoria hasta que un día el espejo dice la verdad: “¡Hay una más bella que tú!”, y yo, siendo niño, conocí cómo es estruendosa la cólera de una mujer adulta y perversa.

La única imagen que el espejo no es capaz de reflejar es la de Vlad Tepes el Empalador, el tenebroso príncipe de Valaquia durante el siglo XV, el Voivoda que se solazaba escuchando la agonía de los turcos empalados mientras almorzaba.

Se le conocía también como Vlad Drakul, Dragón. Para los rumanos es un personaje histórico respetable, pero el irlandés Bram Stoker lo convirtió en Drácula, el Príncipe de la Noche, el augusto personaje de terror.

El espejo no lo refleja porque Drácula es un espectro, la sombra de lo que pudo haber sido su sombra original. Un muerto en vida que debe sobrevivir a su propia muerte, condenado a recorrer la eternidad buscando el amor sin encontrarlo, pero bebiendo la sangre de bellas mujeres.

Pasa frente al espejo sin que nada perturbe a la triste lámina azogada. Para muchos, Drácula es el fascismo.

Cuando el alma se convierte en perfecto espejo se confunde con la imagen que ofrece y a través de ella se transforma. De allí que se produzca una relación entre el objeto contemplado y el espejo que lo contempla. El alma termina formando parte de la belleza que la refleja. Oscar Wilde hizo que el pintor Basil Hallward pintara el retrato de Dorian Grey, un bello adolescente; pero la vida turbulenta del modelo, sus vicios y crueldades contaminaron el retrato manteniendo intacta la belleza física de Dorian. ¡Un retrato que hacía las veces de espejo! Cuando a los treinta y ocho años de edad el bello Dorian lleva a Basil a ver el cuadro, el pintor descubre que todos los crímenes, vicios y escándalos del modelo habían convertido la figura del retrato en un ser abominable.

Wilde denunciaba así a la sociedad de su tiempo, pero su homosexualidad fue el espejo que lo hizo víctima de la moral victoriana porque fue humillado y condenado a trabajos forzados en una siniestra cárcel inglesa.

Stendhal decía que la novela era como un espejo plantado al borde del camino. Si lo colocáramos en la avenida Baralt de Caracas o frente al palacio de gobierno el espejo mostraría pústulas y manchas leprosas peores que las que envilecieron el cuadro que Basil Hallward pintó y vio por última vez antes de que Dorian le clavara un cuchillo en el corazón.

Si aceptamos que el espejo es símbolo del corazón, tendríamos que reconocer que uno de metal oxidado simbolizaría nuestros vicios y maldades mientras que otros, pulidos y brillantes simbolizarían la purificación de nuestras almas.


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