Skip to content

Ciudadanos

por Mariano Nava Contreras

Acrópolis de Atenas. Foto cortesía del autor

14/09/2019
No las piedras duras, robustos leños, ni artificiosos
muros forman las ciudades; sino
dondequiera que hay hombres capaces
de defenderse por sí mismos, allí están
las fortificaciones, allí las ínclitas ciudades.
Alceo de Mitilene
(traducción de Francisco de Miranda)

En un pasaje de la Antología de Juan Estobeo se cuenta que el estoico Cleantes decía que los hombres sin educación solo se diferencian de los animales por su figura. En este sentido, a los antiguos les gustaba resaltar el hecho de que hay animales que son más “civilizados” que muchos hombres. Es un poco lo que dice Plutarco en un curioso tratado que se titula, nada menos, Cuáles son los animales más inteligentes. Allí, el polígrafo de Queronea asegura haber observado el “funeral” de una hormiga, cómo unas hormigas llevaban el cuerpo de una de sus compañeras al interior de un hormiguero, y como otras lo seguían, según él, “para llorarla”. En otro fragmento, esta vez de las Instituciones divinas de Lactancio, un apologista cristiano del siglo III, éste se maravilla de que muchos animales, aun cuando carecen de razón, se abstienen de atacar a otro, a menos que se vayan a alimentar de él o se sientan amenazados. Lactancio se pregunta cómo es posible que los animales irracionales se abstengan de atacar voluntariamente a otros animales, y que el hombre, que posee razón, no sea capaz de ello.

Tal vez la explicación se encuentre en la doctrina del cosmopolitismo, que defendieron por largo tiempo los estoicos. Los filósofos del Pórtico creían que todo el Universo (kosmos) era una sola ciudad (polis), y que todos los hombres somos ciudadanos de esa única ciudad universal, somos “cosmopolitas”. También los animales y los dioses, ya que habitan el cosmos, son “ciudadanos del mundo”, cosmopolitas, si bien de manera diferente. Para los estoicos, todos los cosmopolitas estamos regidos por una única ley universal, un solo derecho natural, de donde se desprende la doctrina del iusnaturalismo. Esta doctrina brindó por siglos soporte jurídico a los grandes imperios de la antigüedad, como el romano y el alejandrino. Los iusnaturalistas piensan que las leyes propias de cada ciudad y cada país deben estar supeditadas a un derecho superior común a todo el universo. No hay que ser demasiado perspicaz para ver aquí el origen remoto de los Derechos Humanos. Lo curioso de esta doctrina es que nos hace ciudadanos del universo, y por tanto sujetos de la ley natural, a hombres y animales por igual. Para Crisipo, otro filósofo estoico, los animales, al igual que los hombres, también son sujetos de derecho, aunque, como carecen de razón, su justicia es diferente. Lo que Crisipo quiere decir es que también los animales están sujetos a las leyes de la naturaleza, aunque a su manera. Todo esto demuestra la presencia de una profunda reflexión sobre los fundamentos naturales de las leyes, y por tanto del concepto de ciudadanía.

Detrás de toda esta reflexión lo que subyace no es otra cosa que la célebre frase de la Política de Aristóteles que dice que “el hombre es por naturaleza un animal político”. Ya otras veces nos hemos ocupado de ella. En principio, se nos ocurre que significa que todo ser humano tiene en el fondo un instinto abyecto y depravado que lo impulsa a abrazar viejitas en época de elecciones y a “estar pendientes de una maraña”, para decirlo en criollo contemporáneo. En otras palabras, de una manera muy maquiavélica, a hacer lo que sea necesario para alcanzar el poder, y después, al menos en Venezuela, ya sabemos qué hacer con ese poder. En fin, lo que en el imaginario de estos tiempos se nos figura que es un político: un demagogo, un charlatán y un corrupto. En realidad, lo que quiere decir Aristóteles es que el ser humano, hombre o mujer por igual (ánthropos), es un animal (zóon) que solo puede desarrollarse, superarse, que solo puede alcanzar su verdadera realización en un contexto ciudadano, en el contexto de la polis (politikón). Y luego añade: “por naturaleza” (physei), es decir, que el hombre solo puede alcanzar su verdadera naturaleza humana en un contexto ciudadano. Son las palabras de Aristóteles.

¿Pero a qué se está refiriendo Aristóteles cuando habla de la polis? Otras veces lo hemos dicho, al hablar de la ciudad, la lengua griega distingue claramente entre su aspecto material (las casas, las calles, las plazas, los edificios) y su aspecto institucional (las normas, las leyes, las instituciones, las costumbres ciudadanas). Para lo primero tenían una palabra, ásty. Lo segundo era lo que llamaban polis. En realidad, Aristóteles no fue el primero en teorizar acerca de la naturaleza de la ciudad. Ya otros lo habían hecho antes, como los poetas Solón de Atenas y Alceo de Mitilene, por ejemplo. 

Cuando los griegos hablaban de polis, estaban pensando en una serie de instituciones (tribunales, magistrados, teatros, fiestas religiosas y populares, asambleas de ciudadanos, etc.) de normas y de costumbres cívicas y culturales que posibilitan la convivencia ciudadana, lo que llamamos “civilidad”, o lo que es lo mismo, “civilización”. Ahora bien, lo interesante de este concepto es que no existe de una manera abstracta, “ideal” en el sentido platónico, sino que la ciudadanía es concreta, reside en los ciudadanos. En las monedas de la época se puede leer la inscripción polis athenaiôn (“ciudad de los atenienses”), polis korinthiôn (“ciudad de los corintios”). En ninguna dice simplemente “Atenas” o “Corinto”, ni mucho menos la palabra “república”, que como sabemos es romana. Esto quiere decir que, para los antiguos griegos, polis designaba el conjunto de conductas, normas e instituciones ciudadanas que solo tenían existencia real en cuanto que existían en un conjunto de personas que compartían una historia común y que habían decidido compartir un destino común, el colectivo de los polítai, los ciudadanos. La polis, pues, la ciudad, no existe fuera del hombre, sino en su espíritu. Un espíritu colectivo. Allí es donde reside la ciudadanía.

Por eso es que, para Aristóteles, el hombre es por naturaleza politikón. Hoy, mientras la vanguardia de la ciencia da la razón a los antiguos griegos, estudiando por un lado la inteligencia de los animales, y por el otro identificando lo irracional en nuestra conducta (lo que lleva a replantearnos las antiguas fronteras entre el hombre y el animal), en Venezuela nos urge rescatar el concepto de ciudadanía para salvar aquello de humano que todavía nos queda.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo