Retratos, Hitos y Bastidores

Chile, 1973: el Vietnam silencioso (cincuenta años del golpe)

11/09/2023

Salvador Allende

“Gracias por comprender el drama de mi patria, que es como dijera Pablo Neruda, un Vietnam silencioso…”

Salvador Allende, discurso en la Universidad de Guadalajara (1972)

1. A diferencia de papá, quien nunca salió de Venezuela, debido a estrecheces presupuestarias que cementaron su sedentarismo innato, su hermana mayor mostró inquietudes viajeras desde joven. O al menos desde que se lo permitió su profesión de profesora de secundaria, en la próspera Venezuela de la segunda posguerra. Habiendo hecho con sus colegas normalistas una travesía de meses por Europa, al promediar la década de 1950, cuando ninguno de sus padres o hermanos había salido de Venezuela, las credenciales viajeras de tía Maruja se enriquecieron con una pasantía de casi un año en Texas, para mejorar el inglés que enseñaba en colegios caraqueños. Fue una iniciativa controversial en la familia conservadora, sin importar la edad avanzada de la hija y hermana, ya solterona redomada. Finalmente, los abuelos y tíos transigieron, al tratarse de una beca agenciada por un pariente, en la compañía petrolera donde este laboraba.

Según recuerdo de mi infancia, los periplos de tía Maruja continuaron durante los años sesenta, generalmente en las vacaciones escolares. Ora para contemplar el sol de medianoche con amigas en Escandinavia; ora para visitar parientes en la España de Franco; ora para internarse con colegas, desde Londres, a través de la campiña inglesa. Si bien prefería acompañantes para viajar a Europa, también gustaba la tía solterona de aventurarse sola en destinos americanos, de Alaska a la Patagonia, armada tan solo con sus guías de turismo y los vigorosos bolívares de entonces. En todas esas latitudes trataba de quedarse por semanas para sumergirse mejor en la travesía, según comentaba al regreso. Y entonces mamá solía invitarla alguna tarde para que nos “echara los cuentos”, los cuales se tornaban miríficos en nuestra cotidianidad casera.

2. Enjulio de 1973, tía Maruja nos visitó en la casa de San Bernardino para informarnos que partía a Chile. Era un destino que había pospuesto por mucho tiempo, a pesar de ser gran admiradora de la segunda patria de Andrés Bello, y del país que acogiera a Picón Salas, durante su exilio gomecista. Desde sus años en el Instituto Pedagógico, sentía ella admiración hondapor don Mariano, a través de quien, seguramente, alimentó su interés por el culto país austral. El atractivo por este fue avivado por el Nobel a Gabriela Mistral en 1945, el cual emocionó a las educadoras latinoamericanas; y fue coronado en el 71 por el de Pablo Neruda, a quien más leía la tía como viajero existencial, que como poeta inabarcable.

Encomiándolo por ser el único país latinoamericano con dos nobeles literarios, papá abrigaba también curiosidad palpitante por Chile, pero más debida al agitado proceso político gatillado en 1970, con la llegada al poder de Salvador Allende. Ese interés había aumentado con el confinamiento impuesto por el cáncer de laringe que le fuera diagnosticado aquel mismo año; desde entonces, su minuciosa lectura de periódicos y revistas adquirió ribetes historicistas, haciéndole calibrar la trascendental coyuntura chilena. De manera que, en aquella visita de despedida, no pudo papá menos que advertir a la hermana sobre la imprudencia de dirigirse, “en hora tan turbulenta”, al país donde se avizoraba un golpe; a lo que ella replicó que ya el viaje estaba preparado, y que no podía deshacerse “sin perder el dinero”. Recuerdo entonces que, cuando tía Maruja partió en su Dodge verde oliva, ya entrada la noche, papá le comentó a mamá, con la carraspera dejada por las radiaciones: “La va a agarrar el golpe en el Vietnam silencioso”.

3. Si bien estaba yo algo informado, entrando a la adolescencia, sobre la volátil coyuntura chilena, no entendí por qué papá se refirió a Vietnam, cuya guerra asociaba yo con Richard Nixon y los Estados Unidos. Pero la alusión habría de aclararse en sus peroratas caseras de aquellas vacaciones, las últimas que compartiría con nosotros en plenitud de facultades. Al rememorar sus conversaciones previas con tía Maruja en ese verano,se reconocería él mismo, sin ocultar su orgullo,algo responsable de haber avivado el deseo de la hermana mayor por visitar Chile en aquella hora señalada.

Desde que la Unidad Popular triunfara en las elecciones de 1970, tras décadas de espera electoral de la izquierda, fue él quien reportó a la hermana, más liberal ella en cuestiones económicas, los revolucionarios cambios introducidos en el país institucionalista. Como si de un corresponsal se tratara, papá no lo hacía por inclinaciones comunistas que nunca tuvo, sino por su interés periodístico en la vertiginosidad de los sucesos. Era cierto que, como alegaba tía Maruja, la Alianza para el Progreso promovida por Washington había impulsado al gobierno de Frei Montalva a iniciar, en 1965, una reforma agraria que expropió más de 500 mil hectáreas de tierra rural ese mismo año, y otras tantas al siguiente, reforzada por leyes complementarias, como la de sindicalización campesina. Si bien hasta el año 70 habían sido expropiadas 3,4 millones de hectáreas, así como constituidos más de 400 sindicatos, con 114.000 campesinos afiliados, señalaba papá, apoyado en reportajes recientes, que la reforma agraria chilena fue desacelerada, como la de otros países latinoamericanos. Y entre estos criticaba él lo ocurrido en Venezuela tras la administración de Betancourt, cuya reforma agraria fue promocionada durante la visita del mismísimo Kennedy.

De manera que fue el gobierno de Allende, según papá sostuviera en una tertulia sabatina que yo presencié, el que aceleró la reforma agraria mediante ocupaciones, muchas de ellas ilegales ciertamente, acometidas por el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Aunque dentro de un marco más legal, otro avance socialista había ocurrido con la “chilenización del cobre”, iniciada por Frei en 1966, pero acentuada por la “nacionalización total de la gran minería” emprendida por el nuevo presidente, siguiendo su promesa de campaña. Para asombro de tía Maruja, papá le hizo notar que, en un discurso dado en noviembre de 1971 en el Estadio Nacional de Santiago, a un año de la victoria, Allende había declarado haber nacionalizado 90 por ciento de los bancos y expropiado 70 empresas estratégicas, mientras la reforma agraria se había “profundizado” con más de 2.400.000 hectáreas expropiadas. Para finales de aquel mismo año habían pasado a control público 167 empresas, aumentadas con 151 el año siguiente, mientras continuaban las intervenciones de bancos. Esa omnipresencia estatal se ramificó con la susodicha nacionalización del cobre, carbón, hierro y salitre, así como con la reforma agraria, extendida tanto por expropiación como por invasión; para el 73 alcanzaba 10 millones de hectáreas, equivalentes a 60 por ciento de la tierra agrícola chilena. Todo esto lo leí, décadas después, en Historia de Chile (2001), de Armando de Ramón, recordando aquellas tertulias familiares.

Atizadas por la inflación de 600 por ciento generada por la declinación de producción y la escasez de bienes, por el control cambiario de la divisa y el mercado negro consiguiente, así como por la turbulencia política en las calles, las clases medias chilenas dieron la espalda a Allende, tal como se evidenció en las elecciones municipales de marzo de 1973. Era la prueba esgrimida por tía Maruja para argumentar que tales iniciativas socialistas resultaban catastróficas en Latinoamérica. Y aprovechaba para advertir sobre la nacionalización petrolera, discutida a la sazón en la campaña electoral venezolana, la cual, temía ella, ahuyentaría del país a las compañías estadounidenses, tan admiradas por la tía desde sus años de becaria.

4. Envueltos los contertulios en bocanadas de humo, mientras las colillas de Marlboro se acumulaban en los ceniceros de Murano, la agenda económica daba paso a la internacional. Aquílos hermanos coincidían plenamente sobre el explosivo significado del Chile de Allende en aquella coyuntura de la Guerra Fría, atizada por el anticomunismo de Washington en las Américas yel Tercer Mundo. Ambos recordaban el precursor episodio de macartismo ocurrido en el país sureño, donde la tensión desatada por la Cortina de Hierro había llevado a la promulgación, en 1948, de la Ley de defensa de la d Esta establecía un régimen basado “en un pluralismo limitado”, manifiesto principalmente a través de la “vigilancia coercitiva sobre el movimiento sindical”; también la proscripción de los comunistas por parte del gobierno de Gabriel González Videla, a pesar de haber este alcanzado el poder con el apoyo de las izquierdas. Tras perder su fuero parlamentario y ser forzado a  la clandestinidad, la “traición de González Videla” fue denunciada a través del continente por el senador Pablo Neruda, atribuyéndola a “la vieja oligarquía feudal” y “los agentes del imperialismo norteamericano de compañías tan poderosas”, quienes vieran afectados sus intereses por el programa inicial del gobierno pluralista. Papá conservaba el recorte de las denuncias publicadas por Neruda en El Nacional, el cual nos mostró a mamá y a mí una tarde en la casa de San Bernardino, poco después de la partida de tía Maruja.

Si bien ella era en principio partidaria de los gringos, aceptaba que las intromisiones de Washington habían empeorado algunas crisis de la Guerra Fría en Latinoamérica, granjeándoles antipatía continental en el clima subversivo desatado por la Revolución cubana. Asesinado el Che Guevara en las selvas bolivianas en el 67 con participación de la CIA, su imagen nómada y guerrillera fue mitificada por sobre los comandantes de La Habana, tornados “sedentarios y burocráticos”. Así le escuché entonces decir a papá, y leí después en Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), de Carlos Rangel. A la sazón, la administración Nixon, arrastrando la impopularidad por la guerra de Vietnam, reconocía tía Maruja, renovó esa antipatía regional al tratar de impedir la llegada de Allende al poder mediante la operación Track II, montada por la CIA.

No era casual entonces que Allende, en un discurso en la Universidad de Guadalajara en diciembre de 1972, haciéndose eco de una metáfora de Neruda y refiriéndose al hostigamiento estadounidense, proclamara que Chile era “un Vietnam silencioso”.

“Gracias por comprender el drama de mi patria, que es como dijera Pablo Neruda, un Vietnam silencioso; no hay tropas ni ocupación, ni poderosos aviones nublan los cielos limpios de mi tierra, pero estamos bloqueados económicamente, pero no tenemos créditos, pero no podemos comprar repuestos, pero no tenemos cómo comprar alimentos y nos faltan medicamentos, y para derrotar a los que así proceden, sólo cabe que los pueblos entiendan quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos”.

Desde las entrañas mismas del imperio, el presidente también denunció, ante la asamblea general de las Naciones Unidas en ese mismo mes, las agresiones de que su país era objeto por parte de emporios como ITT y la Kennecott Copper Corporation, después de nacionalizar el cobre. Y entonces señaló, en tono profético recordado por papá y tía Maruja: “La batalla por la defensa de los recursos naturales es parte de la batalla que libran los países del Tercer Mundo para vencer el subdesarrollo”.

5. La del “Vietnam silencioso” era una imagen preñada de significados en aquellos tiempos incendiarios, con otras connotaciones – acaso entrevistas por papá y tía Maruja entonces, confirmadas pormí en lecturas posteriores -sobre los embates comunistas durante la Guerra Fría. Con el beneplácito soviético, La Habana había apoyado abiertamente la subversión guerrillera en Venezuela y Nicaragua en los años sesenta, ayudando al Che Guevara a extenderla por el Congo y Bolivia; combatiendo al régimen de René Barrientos, querían hacer de esta el primer Vietnam suramericano. Pero muerto el Che y mermada la primera oleada revolucionaria en Suramérica, la invasión de Checoslovaquia, saludada por Castro, fue un alerta para Cuba; esta ayudó militarmente, en la década siguiente, a movimientos de África, sobre todo en Angola y Etiopía, para mostrar su independencia ideológica, al tiempo que mantener viva la llama revolucionaria.

El orbe soviético buscaba a la vez englobar la dictadura de Juan Velasco Alvarado en Perú, entre 1968 y 1975, así como los movimientos subversivos en Centroamérica. Entretanto China, rivalizando con la URSS, afianzaba vínculos con muchas embajadas latinoamericanas que también restablecían relaciones con La Habana, mientras suspendían el bloqueo decretado por Estados Unidos. Entre los primeros gobiernos en hacerlo estuvo el de Allende, devenido crisol de la izquierda continental que había izado banderas con la Revolución cubana y se hacía eco del régimen de Ho Chi Minh. Y la ofensiva izquierdista no solo se libraba en la península indochina, sino también desde los bastiones contraculturales estadounidenses, de Berkeley a Chicago, regándose como pólvora entre hippies y sicodélicos disidentes.

Fueron reveladoras en este contexto las versiones extraoficiales conocidas por el escritor chileno Jorge Edwards, durante su corta misión diplomática en La Habana, al iniciar el gobierno de Allende, sobre el rol asignado a su país en tanto nuevo Vietnam de la cruzada comunista en Latinoamérica. Tal como advirtiera el autor de Persona non grata (1973), cuya edición original obsequió tía Maruja a papá:

“A Chile entrarían cubanos, guerrilleros del Brasil, de Bolivia, de Colombia, revolucionarios de todas las latitudes. (…) Chile estaba condenado a ser el escenario de una guerra española de hoy, donde el fascismo y la Revolución internacionales probarían sus armas. Lo más probable era que el país pasara por un baño de sangre y fuego, perspectiva que parecía exaltar a algunos aspirantes a guerrilleros. ¿No había dicho el Che que había que crear dos, tres, muchos Vietnam en América Latina? Mi reserva frente a este futuro brillante para mi país, que había vivido en perfecta calma hasta 1970, era por sí sola sospechosa. Había que acoger con júbilo el privilegio de Chile de poder convertirse en el primer campo de batalla del continente, en el primer Vietnam de América del Sur”.

Esa reserva de Edwards ante los designios de la Revolución cubana para su país, así como tantas otras recogidas en Persona non grata, le valieron no solo el cese de su embajada, sino también la proscripción de su libro entre las izquierdas internacionales. Pero le granjearon asimismo convertirse en una de las primeras voces de la disidencia, advirtiendo sobre lo indeseable del “laboratorio vietnamita” en nuestro continente, como papá nos explicó, tras leer el ejemplar que le había traído la hermana.

6. Desde que papá rememoró,en aquellas vacaciones de 1973, los discursos de Allende, sellados después con las imágenes de Edwards, algo se me aclarósobre la referencia al Vietnam silencioso que me había intrigado, si bien la comprensión más amplia vendría con lecturas adultas sobre Latinoamérica y la Guerra Fría. Sin embargo, su pronóstico al partir tía Maruja a Chile aquel agosto no se cumplió: no la “agarró el golpe” del 11 de septiembre, pudiendo disfrutar fugazmente de Santiago, Valparaíso y Viña del Mar, a pesar de la agitación camp Poco me enteré empero, al menos yo, de sus relatos al regreso, porque además de haber comenzado ya las clases, la dinámica de nuestra casa fue absorbida por la menguante salud de papá. Recuerdo no obstante que, después del golpe y el suicidio de Allende, los hermanos conversaron largo rato a solas; fue una de las últimas ocasiones en que pude ver en el rostro de él interés vivo por algún tema, antes de entregarse al desapego concluido con su muerte en el 74.

Transcurrido largo tiempo sin mencionarse aquel viaje, en otra tertulia sabatina de las que las tías paternas siguieron teniendo en la casa de San Bernardino, mamá le preguntó, con el respeto que siempre dispensó a su cuñada Maruja, por qué había visitado Chile en aquella hora tan candente, si además ella no simpatizaba con muchas de las reformas de Allende. Con voz entrecortada, la tía respondió que, además de su acendrada admiración por el país austral que se había tornado protagónico, aquel viaje había sido en mucho un homenaje postrero al hermano sedentario y enfermo. Porque a pesar de ser un mero funcionario ministerial, el conocimiento remoto que este acumuló sobre aquel “Vietnam silencioso”, superaba, según la hermana, “al de muchos escritores, reporteros e historiadores”.


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