Perspectivas

Andrés Bello y los mármoles del Partenón

por Mariano Nava Contreras

Fotografía de Leon Neal para AFP

01/12/2018

No hay duda de que Andrés Bello fue el primer venezolano en contemplar los mármoles del Partenón en el Museo Británico de Londres donde hoy se encuentran, así como Miranda fue uno de los últimos extranjeros en admirarlos en su ubicación original en Atenas. Cómo llegaron a Londres, cómo fue a parar al otro extremo de Europa uno de los conjuntos escultóricos más perfectos de la antigüedad, tiene que ver con lo que tal vez sea el expolio más lamentable de la historia.

Todo comenzó en 1799, cuando Thomas Bruce, séptimo Conde de Elgin, fue designado embajador británico ante el imperio otomano. Lord Elgin era un amante de la antigüedad griega y guardó por años un plan secreto cuya dorada oportunidad vislumbraba ahora. Con ayuda de su secretario privado, formó un equipo de arquitectos, pintores y moldeadores, bajo la dirección de Giovanni Battista Lusieri, artista de Nápoles. Quiere dibujar y hacer copias de todas las estatuas del Partenón, y sabe que no tendrá la menor dificultad para hacerse de los permisos necesarios. Grecia está bajo el dominio turco y de momento las relaciones entre Su Majestad y la Sublime Puerta no pueden ser mejores, sobre todo desde que los británicos expulsaron a las tropas de Napoleón de Egipto, que había sido parte del imperio otomano. Sus cálculos no fallan. En julio de 1800 el equipo ya se encuentra en Atenas. Cuenta con un generoso permiso del Sultán para hacer lo que le venga en gana con ese impío “templo de ídolos”. Los turcos habían convertido el Partenón en una mezquita y el islam prohibía la representación de figuras humanas para evitar la idolatría. El Sultán estaría más que encantado si Lord Elgin le ayudara a despejar la Acrópolis de todas esas sacrílegas estatuas de dioses desnudos.

En principio, Lord Elgin solo desea hacer dibujos y copiar las estatuas, pero la largueza del Sultán le enciende la codicia. El saqueo comienza por los Propíleos, la entrada monumental de la Acrópolis, el Erecteo y el pequeño templo de Atenea Nike, la “Victoriosa”. Después los “artistas” la emprenderán contra los frisos y frontones del Partenón, causando importantes daños a las estatuas y a la estructura misma del templo. Muchas de las estatuas y relieves se despedazan al caer cuando son torpemente despegadas de las paredes. Una a una van carreteando los fragmentos de las que quedan hasta el puerto del Pireo. Son 253 cajas con las valiosas piezas del siglo v a.C. atribuidas a Fidias, para ser embarcadas a Londres. Para completar, uno de los barcos que componen la flotilla, el “Mentor”, naufraga en la isla de Citera, perdiéndose parte de la preciosa carga. Como si fuera poco, Lord Elgin es apresado temporalmente por los franceses camino de Londres, pero nada de esto aplaca la rapiña.

El “equipo”, bajo la dirección de Lusieri, ha quedado en Atenas y seguirá excavando y enviando a Londres cientos de piezas, cerámicas y estatuillas. El último mármol expoliado es una de las bellas Cariátides del Erecteo, uno de los templos de la Acrópolis en cuyo pórtico se alzan seis columnas con forma de mujer. Cuenta la leyenda que Elgin, enamorado de su belleza, pidió que le enviaran las otras cinco. Los obreros subieron a la Acrópolis prestos a cumplir la orden. Sin embargo, al llegar, notaron un extraño rumor como de sollozos de mujeres. Al percatarse de que se trataba del llanto de las Cariátides pidiendo que les enviaran de regreso a su hermana, los obreros huyeron despavoridos. Dice la leyenda que en noches de luna llena todavía se puede oír por Atenas el llanto de las Cariátides.

Los mármoles del Partenón llegaron a Londres en 1804. Allí Lord Elgin los instaló en su propia casa, estableciendo una especie de museo privado como intento de recuperar algo de la inmensa fortuna gastada. Sin embargo, ante el fracaso de la idea y la controversia que suscitó el expolio de los mármoles en el seno del mismo gobierno inglés, Lord Elgin decide ofrecerlos al Museo Británico, que después de una difícil transacción, se los termina comprando por solo 30.000 de las 73.000 libras que pedía. Pero el Museo no cuenta todavía con un espacio adecuado para exponer las voluminosas y pesadas estatuas. No será sino hasta enero de 1817 cuando los mármoles sean trasladados a una sala provisional especialmente construida, que fue donde Andrés Bello tuvo que haberlos contemplado por primera vez.

En efecto, a comienzos de 1817 Andrés Bello llevaba seis años y medio viviendo en Londres y casi tres asistiendo regularmente a la biblioteca del Museo Británico, donde adelanta sesudas investigaciones en el campo de la gramática, la literatura y la filología, pero también en ciencias naturales. Son largas sus jornadas de estudio. Don Pedro Grasses, insigne bellista, dirá que “el Museo Británico fue realmente la casa de Bello en Londres”. El caraqueño fue un asiduo por lo menos hasta 1823, fecha en que terminan sus apuntes, y aunque ningún documento conservado hasta ahora testifique de primera mano la impresión que debió causarle la visión de los mármoles, resulta imposible no imaginar el impacto que debió ocasionarle. Luis Bocaz, en su Biografía cultural de Andrés Bello, dirá que “aquello, que hasta ahora era solo una referencia literaria, adquiere corporeidad visual y tangible”.

Bello, pues, habría sido el primer venezolano en contemplar los famosos mármoles en el Museo Británico de Londres, donde todavía hoy se encuentran, pero como hemos dicho, el segundo después de Miranda, que sí pudo verlos en su ubicación original, el Partenón de Atenas, durante su visita en 1786, antes de que fueran robados por Lord Elgin. Quizás si en su casa de Grafton Way, donde Bello se alojó y en cuya biblioteca aprendió el griego antiguo y descubrió a los viejos poetas, filósofos e historiadores, Miranda le habría contado, una noche del verano de 1810 en que se conocieron, acerca de los bellos dioses de mármol y de la leyenda de aquellas bellísimas estatuas, las Cariátides, cuyo llanto se escuchaba ciertas noches por Atenas.


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