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Jacobo Penzo (1942-2020): un hombre discreto

Retrato de Jacobo Penzo, Caracas, Sabana Grande, años 80. Por Vasco Szinetar

02/10/2020

Jacobo Penzo –cineasta, escritor, pintor y promotor cultural– había nacido en Carora un 22 de septiembre. Un día similar, setenta y ocho años después, la inesperada noticia de su fallecimiento nos sorprendió a quienes lo conocimos y apreciamos.

De trato afable, fue presidente de la Fundación Cinemateca Nacional en el lapso 1999-2002, período cuando tuve la posibilidad de tratarlo con mayor cercanía. Entonces pude valorar su labor desde aquella posición y reconocer sus bondades como ser humano, las cuales complementarían mi aprecio hacia su trabajo como realizador cinematográfico.

Documentalista de corazón, sería a través de este género con el que comenzaría a desarrollar su carrera en cine; formato que no abandonaría en el transcurso de su vida. «El afinque de Marín», con la participación del grupo musical Madera, fue el primer trabajo que lo daría a conocer y que hizo parte del conjunto integrado, asimismo, por «Yo hablo a Caracas», de Carlos Azpúrua, y «Mayami nuestro», de Carlos Oteyza: un tríptico cinematográfico llamado La propia gente. Un título de gran éxito comercial en 1981 que logró reflejar parte de la idiosincrasia venezolana que se perfilaba a inicios de esa década.

A aquella pieza le seguiría La casa de agua, sin duda su más aclamada obra. Realizada en 1984, la película está basada en la vida de Cruz Salmerón Acosta (1892-1929), el poeta de Manicuare, estado Sucre, población donde nació y vivió el escritor, quien muere a consecuencia de la enfermedad de Hansen (lepra). Con guion de Tomás Eloy Martínez y protagonizada por Franklin Virgüez, Doris Wells, Elba Escobar e Hilda Vera, La casa de agua sería estrenada en el marco de la Quincena de los realizadores del Festival de Cine de Cannes de aquel año ‘84, siendo además seleccionada para representar a nuestro país en los premios Óscar.

La particular sensibilidad de Jacobo Penzo lo aproximaría a la vida de Salmerón Acosta, en un novedoso reto cinematográfico a tono con el período del llamado “nuevo cine venezolano”, tiempo cuando temáticas de carácter más social llamaban la atención de creadores y público. Penzo apostó por el retrato de un hombre –víctima de su tiempo– atrapado entre adversas circunstancias políticas (la dictadura de Juan Vicente Gómez) y la terrible enfermedad que terminó consumiéndolo (el poeta estuvo quince años aislado en una casa donde continuó desarrollando su obra literaria; murió a los treinta y siete años de edad).

En 1988, Penzo exploraría con Música nocturna el submundo citadino que enfrenta a dos amigos por el control del tráfico de drogas en una ciudad clandestina que se mueve entre penumbras y luces artificiales. Escrita en conjunto con Frank Baiz Quevedo, la película tuvo como protagonistas a Pedro Lander y Carlos Carrero. El filme significaría una vuelta, bajo la estrategia de la ficción, a esos recónditos ambientes urbanos que plasman historias de sobrevivencia, acompañados por melodías y letras de espesores más permeables y profundos a las mostradas en «El afinque de Marín».

La Venezuela afectada por la explotación petrolera, desde las primeras décadas del siglo pasado cuando se inició la transformación del país, se convertiría en la principal de sus obsesiones creativas, teniendo en Territorio extranjero su primera aproximación al tema. Estrenada en 1994, la película relata la historia de dos técnicos petroleros que llegan a Venezuela a fin de explorar la existencia de un posible pozo de grandes proporciones. La naturaleza, el aislamiento, la soledad y la violencia los convertirán en víctimas de un contexto saturado de ambiciones y destrucción. Erik Ekvall, Steve Ellery, Daniel López, Maya Oloe y Franklin Virgüez formarían parte del elenco de este filme que, a pesar de su poco éxito de público, marcaría una pauta importante en su producción cinematográfica.

Luego emprende un ejercicio experimental con Borrador, un trabajo de 2005 con tintes autobiográficos sobre un realizador que decide regresar al cine tras años de inactividad, pero que al intentar hacer una película descubre que el entorno social y personal de sus colaboradores dificultan ese retorno.

De 2012 es Cabimas, donde todo comenzó, una obra significativa que revela su preocupación por el país a través de la historia de Carlos (interpretado por Carlos Carrero), un periodista que decide preparar un documental sobre la ciudad a la cual hace referencia el título de la película, a fin de medir el impacto que, en casi cien años, ha tenido la explotación petrolera en la población. El personaje descubre que hasta su propia vida es producto de los efectos ocasionados por el llamado “oro negro”. Esa cercanía con el estado Zulia lo llevaría a filmar, asimismo, los documentales Maracaibo Blue y Congo mirador.

Seguiría en esa misma línea con Hijos de la tierra, su última producción en la que llevaba varios años de trabajo; un ambicioso proyecto (aún pendiente de estreno) ambientado poco antes de la década de 1920, con el cual seguiría explorando cómo la industria petrolera venezolana afectó al país rural de aquel entonces hasta transformarlo no solo en lo económico, sino también en lo social.

El Premio Nacional de Cine en el año 2002 y la distinción otorgada por el gobierno francés como Caballero de las Artes y las Letras fueron quizás los más importantes reconocimientos recibidos por Jacobo Penzo. Apasionado por el cine no solo como creador, sino como espectador fundó junto con sus amigos Livio Quiroz y Carlos Azpúrua, sus “compañeros de andanzas”, la sala de cine Celarg 3, convertida en un espacio de acercamiento y reflexión al cine de autor.

Discreto como lo fue en vida, de la misma manera desarrolló un cine muy personal y significativo que le permitió dejar un importante legado en la cinematografía nacional.


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