Memorabilia

Un llanero en la capital

12/02/2020

Publicado en Flores de Pascua en diciembre de 1849, este es, sin duda, el relato costumbrista más célebre de la literatura venezolana

Fotografía de Angelina Earley | Flickr

―¡Pum, pum, pum; jiiá, jiiá, jiiá!

―Muchacho, mira quién toca.

―¡Ahiá, ahiá, ahiá!, ¿dónde están los blancos de aquí? ¿No hai quién choque al tranquero? ¡Ahí, ahí, ahí!

―¡Va!

―¡Ya tumbo la palisá, huó, huó, huó!

―Pase usted adelante: ¿qué se le ofrece a usted?

―¿No bibe aquí el dotor?

―¡Sí señor, pase usted adelante!

―Pero, ¿por dónde choco? ¡Caramba!, mire usted que no quiero perderme más.

―Por aquí, por aquí siga usted… entre.

―¡Oh, mi dotor, dios me lo guar!… ¡Candela!, ¿tuabía está usted durmiendo cuando ya es hora de sestiar? ¡Arriba, arriba!

―¡Hola! ¿Palmarote por aquí? ¿Cuándo ha llegado usted?

―¡Cañafístola!, que por tris no doi con su comedero. Dende que apuntó el lusero, lo ando sabaniando por estos pedreguyales, y aquí caigo, ayí levanto: acá me arrempujan, ayá me estrujan; y por onde quiera el frío, y la gente, la buya; y los malojeros juio, juio, juio; y las carretas rrruuu. ¡Caramba!, ¿cómo diablos pueen ustedes bibir y en­tenderse en esta grisapa?

Así se anunció en mi casa, no ha muchas mañanas, el personaje que voy a presentar a mis lectores. No será necesario decir que era un llanero, tipo tan conocido en esta capital, que las pinceladas precedentes bastarían a bosquejado, tipo original e interesante al propio tiempo; tipo, en fin, que difiere esencialmente de los demás caracteres provinciales de aquesta nuestra pobre República.

Serían las ocho de la mañana todo lo más, y yo dormía aún, o, con más propiedad, yacía aún en el lecho en ese estado de parálisis que suspende el uso de nuestras facultades físicas y morales. Grata y deliciosa parálisis, en que ni se duerme, ni se está despierto: en que los objetos se ven como al través de un prisma y los sonidos se oyen como a una gran distancia. Parálisis, de una vez, que quisiéramos prolongar indefinidamente y de la que nos arrancamos por un esfuer­zo de decidida voluntad.

Bien se me alcanza, desde luego, que el escritor que así describe esta situación se compromete a algo, porque parece que se declara abogado de la pereza, echándose a cuestas, por añadidura, una grave responsabilidad higiénica. Empero yo protesto que no es mi ánimo comprometerme a nada. En la inconstancia e instabilidad de mi ca­rácter, hoy aplaudo lo que tal vez mañana censuro: ahora saboreo las delicias de la cama, acaso más tarde escribo una filípica contra los dormilones. Y, ¿qué remedio, lectores míos? Cada uno es como Dios lo ha hecho y a veces un poquito peor, según decía Sancho. Lo que sí no puedo pasar sin someterlo a mi férula, es el candoroso error en que incurren algunos cuando exclaman: «¡Oh, qué grato es levantarse temprano!» ¡Grave error gramatical, imperdonable con­fusión de tiempos! Señores, será grato y muy grato haberse le­vantado, pero ¿levantarse, Dios mío? ¿Puede haber maldito el pla­cer en arrancarse el placer mismo de los labios? Pasemos adelante, lectores míos, y no hablemos más de levantamientos, que es plato que indigesta en estos climas.

Palmarote acababa de llegar a esta melancólica capital, a donde se había encaminado no por capricho, ciertamente, sino a consecuen­cias de no sé qué pecado cometido en junio último en la provincia del Guárico; y no menos quería sino que yo lo enderezase a esas notabilidades del poder o del favor. ¡Yo precisamente que no sé dónde paran las unas ni las otras! Pero, paciencia, me dije, que esta es una de las ventajas del tener paisanos. Y después de rebullirme y despe­rezarme lentamente, salté al fin de aquel lecho, sepulcro de mis gra­tos o desagradables ensueños.

En tanto que Palmarote lo registraba todo con ávida curiosidad, en tanto que comentaba las láminas de algunos libros y examinaba atentamente los muebles, tocándolo todo con sus manos, como para salir de algún error o mejor fijar una idea, en tanto, digo, hacía yo mi toilette, que, de paso sea dicho, ni es tan esmerada como la de un pisaverde, ni tan descuidada como la de un avaro. Y a propósito, el vestido de Palmarote no dejaba de interesar por su originali­dad. Corto el calzón y estrecho, terminando a media pierna por unas piececillas colgantes que remedan, aunque no muy fielmente, las uñas del pavo, de donde toma su nombre, la camisa curiosamente riza­da, no abrochado el cuello, ajustada al cinto por una banda tricolor, como el pabellón nacional, y cuyas faldas volaban libremente por de fuera: un rosario alrededor del cuello del guarda-camisa os­tentaba sus grandes cuentas de oro; desnudo el pie, y la cabeza me­tida por decirlo así, entre un pañuelo de enormes listas rojas, sopor­taba un sombrero de castor de anchas alas.

Mirábame el llanero, no sin curiosidad, pasar de una función a otra de toilette y me abrumaba con repetidas preguntas.

―¿Y ese palito, dotor, qué significa?

―Es la escobilla de dientes, Palmarote: sirve para el aseo de la dentadura.

―De moo que el que no tiene dientes… ¡probe mi bale Ali­fonso!, ¡se quedó sin el palito! ¿Y este otro artificio, dotor?

―Esa es una relojera: ahí se pone el reloj cuando no lo lleva el individuo.

―¿Y la cabuyita negra?

―Es el cordón del reloj. Mire usted un curioso tejido de cabellos de mujer. Y se lleva así, mire usted.

―¡Ja, ja, ja!, dotor, eso es cargar la soga en el pescueso. ¡Caram­ba!, que ya las mujeres enlasan con su mesma serda. Pues ahora, mi dotor, tiene usted que cabrestiar hasta el botalón o tirar para atrás y rebentar la soga. Pero, ¡qué malo es este espejo!

―Al contrario, Palmarote, tiene muy buena luz.

―Pues, ¿cómo me beo yo tan feo? Jesú, ¡qué espantamio!

―Porque ese espejo refleja fielmente las imágenes, amigo mío.

―Candela, ¡pues cuando mi samba se mira en estos ojitos, dice que ya tiene sueño! ¿Y estos cueritos, dotor, para qué son buenos?

―Esos son guantes, Palmarote: se llevan en las manos de este modo, mire usted.

―Caramba, ¡cuántos aperos! ¿Sabe lo que se me ocurre, dotor? Si todo lo que ustedes emplean en tantos cachibaches lo hubieran em­pleado en nobiyas de primer parto, ¿cuántos beserros no jerrariam en este berano?

―Pero es menester, Palmarote, no ver la vida de sociedad sólo por el lado de las invasiones que ella hace al bolsillo, sino también por el de los goces que da en cambio.

―¡Oh!, mucho que se gosa aquí con el frío y con las piedras y con la buya y dos riales por el sancocho y cuatro ramas de malojo por dos riales y los marchantes con sus tiendas y los nobiyos a rial y medio y uno tan corto y… dotor, ¿ usted nesesita ésta pistolita?, ¡qué bonita!

―No dejo de usarla alguna veces, Palmarote; pero ese no es un inconveniente para que yo tenga el gusto de ofrecerla a usted: tómela usted.

―Dios lo yebe al sielo, mi dotor, aunque yo creo que ayá no dentran los papeleros.

Aquí interrumpí yo la serie de preguntas de mi paisano para ponerme a su disposición, estando ya en aptitud de salir de casa. Mis servicios, le dije, se limitarán a dar a usted la dirección de esos señores, de quienes anda usted tan solícito. Sin contestarme una pala­bra, sacó de su bolsillo un envoltorio de hojas de tabaco (del detestable que se produce en el país), mordió una dosis más que mediana que masticaba con entusiasmo, luego me ofreció para que yo mordiera a continuación, lo rehusé desde luego, me protestó que su oferta era sincera, le probé que mi negativa lo era también, y por último, yo adelante y él atrás (humildad característica del llanero), salimos de casa y nos echamos a rodar por las inmensas calles de esta ca­pital.

En puridad de verdad, no andaba Palmarote escaso de razón al quejarse del frío, acostumbrado, por otra parte, al calor sofocante de las llanuras. La humedad de la atmósfera helaba las extremidades del cuerpo, por lo cual tomamos la acera azotada entonces por el sol. Palmarote abría unos ojos llenos de avidez y de curiosidad. Estamos en la calle del Comercio, le dije.

―Mire usted, dotor: con rason yaman a esta suidá la empoya de las letras: ¡mire cuántos letreros!

―El emporio de las letras, querrá usted decir.

―Lo mesmo bale, dotor, que yo no soi plumario. ¡Cuántos le­treros!, uno, dos, tres… ¡Caramba!, cada casa tiene el suyo, Dele­tréeme aquel.

― “Pastelería Nacional”.

―Eso sí es berdá, dotor: en cuanto a pasteleros, aquí no reconosemos padrote, y para descubrir el pastel, también estamos so­litos. Lea aquel otro, ¡aquel del pabo!

―“Pavos y pichones para los parroquianos vivos y asados”.

―¡Jesú, y qué lástima les tengo a los parroquianos bibos! Porque al fin ya los asados pasaron por la candela. ¡El de más ayá, dotor!

―“Códigos nacionales para instrucción de los empleados que se venden a precios cómodos”.

―Gran consuelo es ese para los probes, mi dotor ¡Mira, aquel otro; pero apártese que lo tumba ese burro (vuelta burro, juio, juio, juio)!

―“Aquí se amuela casi de balde”.

―¡Caramba!, ya lo creo; pero buélbase a apartar, dotor, mire esa carreta (¡Ese buei palomo choooó! ¿Marchantes, compran carbo­nes?) ¡Ah lusero!, mire, dotor, aqueya blanquita cabos negros que ba ayí; aqueya ojos negros, pelo negro… ¡esa Candela!, y ¡qué bue­na pata debe de tener!, mire cómo pisa en la piedra, ni se trompieza, ni pierde el golpe. Tiene toas las condiciones.

―Sepamos, Palmarote, ¿cuáles son esas condiciones?

―Ancas, pecho, siete cuartas, suabe de boca, y guen mobimien­to. ¿No correrá con la siya, dotor?

―Pero entendámonos, Palmarote, ¿habla usted de mujeres o de caballos?

―Pue entonces léame aquel otro letrero, que ya beo que no nos vamos a entender. Y apártese que ahí ba una carreta con basura, ¿pa ónde yeban esa basura, dotor?

―Para aquel basurero que ve usted allí.

―¡Cómo!, ¿en la capital de Berensuela hai un basudero entre la suidá?

―Uno no más no, Palmarote; todavía hay algunos otros.

―¡Corotos! Y buélbase a apartar, dotor, y le aconsejo que se biba apartando: mire una trosá de gente que biene ayí, y aquí biene otra, estos barriles, y ese borracho, mire, mire (¡Lepruu! ¡Biba la emocrasia! ¡Bibaa! ¡Caraaamba! ―¿Compran piedras de amolar! ―¡Arre burro, juio, juio, juio! ¡Ea, ño el ombre, apártese! ―¿Usted habla conmigo? Mire que si me le boi al bosal jase barro con el rabo).

―Vamos, Palmarote, continuemos, y tomaremos ahora la ca­lle del Sol.

―¡Ja!, están crendo estos muñecos que como uno anda medio inquilino no puee cantar en patio ageno, y no saben que yo ni miro joyo ni palma chiquita, y cuando no tumbo al toro le arranco el rabo.

―Estamos, pues, ya en la calle del Sol, Palmarote.

―¿En la caye del Sol, dotor?, ¿acaso el sol sabanea más por esta caye que por las otras?

―Tienes razón; este es un nombre de capricho; pero esto viene de la necesidad de nombrar las calles, bien que algunas tengan un nombre alusivo o histórico. En los pueblos de las llanuras no se cono­ce esta necesidad, ni tampoco la de numerar las casas, porque allí las poblaciones son reducidas, las calles pequeñas, las casas más dis­tantes puede decirse que están vecinas, y los individuos todos se conocen entre sí. No sucede así en las grandes ciudades atravesadas por muchas y extensas calles, con casas varias y en número infinito y con una población considerable, enriquecida casi siempre con gran número de extranjeros.

―Sí, ya comprendo la nesesidá de jerrar las casas, como susede con el ganao, que habiéndose aumentao tanto, ha sío menester pe­garle un jierro. Y diga usted, dotor, ¿algunas casas orejanas que he bisto aquí, no podría el vesino quemarlas con su jierro?

―Eso sería un robo, Palmarote, como lo sería el hecho de apro­piarse el individuo un orejano que no está en sus sabanas. Esas casas no están numeradas por descuido.

―Y a propósito de estranjeros, diga usted, dotor, ¿esa gente de esas otras tierras, serán cristianos?

―No todos lo son, Palmarote; porque no todos los pueblos ado­ran al Cristo del Calvario. Hay los judíos que, no reconociendo al Hijo de Dios, observan el antiguo código de Moisés. Hay los maho­metanos, que…

―No siga, dotor, que ni yo tengo catria de tos esos cóligos, ni es eso lo que he querío preguntale. Lo que yo quiero saber es si esos musiús que bienen de por ayá hablando en lengua, son gente güena.

―La sola calidad de extranjeros, Palmarote, o de naturales no hace a los hombres buenos ni malos. El corazón, la índole y los prin­cipios de educación son las causas de la bondad o maldad del indivi­duo. Así que entre los extranjeros, como entre los naturales, hay gen­te buena y gente mala. ¿No conoce usted venezolanos malos, Palmarote?

―Y tantos, dotor, que más balía que no los conosiera.

―Pero hay una circunstancia en favor de los extranjeros. Todos los más vienen al país por conveniencia, y siendo desconocidos en él, necesitan hacerse una reputación, tienen que hacer dobles esfuer­zos para merecer la estimación pública. De ahí viene que sean por lo regular más morigerados y más laboriosos que los naturales, y de aquí el rápido incremento de su fortuna.

―¿Y cómo ha de ser güeno, dotor, que esos marchantes bengan aquí a yebarse los riales?

―Malo y mui malo sería que se los llevasen, si no dejasen en cambio un equivalente. Pero al contrario, ello plegando a esa sed insaciable de riqueza, que no sentimos nosotros por cierto, contraen todas sus fuerzas al trabajo, establecen industrias desconocidas en el país, que van a ser otras tantas fuentes de riqueza pública, em­plean en sus establecimientos gran número de obreros naturales, que más tarde se harán empresarios, o al menos se harán más hábiles y diestros en su industria, fomentan, por tanto, y hacen popular el amor al trabajo, satisfacen con sus productos gran parte de las ne­cesidades del país y sirven, por último, de estrechar más y más los lazos de nuestra República con las distintas naciones a que ellos per­tenecen ¿Qué importa, pues, que en cambio de tantas ventajas se lleven parte de nuestro numerario? Porque has de saber, Palmarote, que la riqueza de una nación no consiste en el dinero que ella tenga, sino en los productos que…

―¡Alto ahí, dotor!, ¿cómo es eso? ¿La riquesa no consiste en el dinero? ¡Cañafístola! Si yo dijera eso ayá en mi tierra, me apedriarían.

―Y sin embargo esa es la verdad, Palmarote, como lo persuaden los economistas.

―¡El diablo serán esos aconomitas, dotor! No dormiría yo con eyos ni que me dieran una baca paría.

En esta sazón y coyuntura atravesábamos mi paisano y yo la pla­zoleta de San Francisco. Aquí tiene usted, le dije, la iglesia de San Francisco, y ese edificio que ve usted a su izquierda es lo que fuera un tiempo el convento de frailes franciscanos, destinado hoy a las sesiones de las asambleas legislativas. Acerquémonos.

―Y diga usted, dotor, ¿a ónde se han ido esos flaires?

―A la eternidad, Palmarote. Después de la extinción de los con­ventos todos han muerto ya.

―Serían traviesos los tales flaires dotor, porque yo sé unas historias de sus paternidaes… ¿Y dice usted que aquí biben ahora esas señoras asambleas?

―Decía yo, Palmarote, que en ese local se hacen nuestras leyes.

―¡Caramba, dotor! ¿Y pa una cosa tan pequeña un caserón tan grande? Pues andarán eyas toas regás quini frutas de maraca.

―Continuaremos, si le place, Palmarote, y volviendo esta esqui­na, ganaremos la calle de Las Leyes Patrias. ¡Mire usted ese paredón, que arrancando desde aquel edificio que ve usted allí recorre toda la manzana! Todo eso es el convento de reverendas Madres Concepciones.

―¡Hum, malo, malo! ¿Tan serca de los flaires esas madres? ¿Y no es pecao que las monjas sean madres, dotor?

―No, Palmarote; es un título que se da a las religiosas, quienes renunciando al mundo y abrazando una religión de las aprobadas, se dice que son esposas de Jesucristo, nuestro Padre, así como a los clérigos se les llama padres, considerados como esposos de la igle­sia, nuestra madre.

―¿Y qué dirán esas santas mujeres de nuestras cosas, dotor? ¡Y gordasas que estarán ahí entrese potrero, y cómo chocarán al tran­quero por berse a toa sabana!

―Ese edificio que está al frente, Palmarote, es el Seminario Tridentino, el establecimiento más útil y más célebre de nuestro país. Ahí se enseñan las ciencias más importantes al hombre…

―Hablemos claro, dotor: aquí se conseña a papelero: aquí es que se apriende a dotor; pero ya nadie quiere aprender a cura, no, señor ¡Papeles ban y papeles bienen!; pero naide dice «dominos bo­bisco». Cuando saben haser cuatro gasetas, se cren ya unos hombresi­tos; pero coja usted un dotor y póngale una soga en la mano, pa que lo bea too regao en la siya. Ni sabe apiársele a un toro, ni arriar una madrina, ni trochar una potranca, ni pasar su siya, ni maldita la co­sa. ¡Y esto no es sensia! No, señor: gasetas ban y gasetas bienen: dotores por ayí; y ni el toro se tumba, ni se jierra el beserro, ni se arrea la madrina, ni se trocha la potranca y se moja la siya. ¡Y too esto no es sensia!

―¡Qué disparates, Palmarote! ¿Qué sería de la sociedad si to­dos fuéramos arreadores de madrinas, como dice usted? Los cultivadores de las ciencias, como los industriales, como los que ejer­cen oficios, etc., todos, todos prestan un gran servicio a la sociedad, auxiliándose recíprocamente, y es necesario que todos desempeñen funciones distintas. Sería imposible que…

―Pare, pare, dotor, que ya beo que usted también es papelero, y dígame: ese jumo blanco que se be ayí arriba del serro ¿qué signi­fica? Porque jumo no pue ser, porque, ¡hombre!, ¡quién ba a estar asando tanta carne ayí a estas horas? Polbo tanpoco, porque, ¡candela!, ¡qué bestiaa puee estarse barajustando ayá arriba? Yo digo que eso debe ser el puro frío.

―Esos son los vapores que exhala la tierra, Palmarote, que no pudiendo ascender más por su peso, ni descender por ser más ligeros que las capas inferiores del aire, se quedan en esas regiones at­mosféricas.

―Apártese, dotor, que aquí biene uno a cabayo. ¡Gua!, el mo­cho es de la cría padronera: ¡béale el jierro en este ganso! Mire, do­tor: yo tengo un mocho rusio, grande, buen moso, y con unas ancas, que se puee escribir una carta, y tan baquero, que la ilasion es que el toro se mené, cuando, ¡sas!, ya me yeba a la buelta del cacho; ¡mo­cho de responsabilidá! ¿No le gustan a usted los mochos, dotor?

―¡Oh! Mucho, muchísimo me desvivo por un mocho.

Al llegar aquí nuestro diálogo, tiempo había ya que nos encontrábamos parados en la esquina que forman al cortarse las calles de Las Leyes Patrias y de Las Ciencias.

―Mire usted, dije a mi protegido, señalando hacia el oriente, aque­lla plaza que ve usted allí, es la de San Jacinto.

Al oír esta palabra Palmarote hizo un movimiento convulsivo, semejante a esos sacudimientos galvánicos, y palideció.

―¡Caramba!, dijo después de un momento de silencio, si yo juera desos jasedores de leyes, la primera lei que sacaba del morde, será: «que se conpusieran las cárseles y se les añadieran algunas piesas más», porque, dotor, puee ofreserse pará un rodeo ayí y no hai sa­bana; bien es que en un barajuste de ganao hai nobiyo biejo que ba a tené al improsulto.

Palmarote calló, su frente se puso un tanto sombría, un profun­do suspiro salió de lo íntimo de su corazón y una preñada lágrima rodaba lentamente por la mejilla de aquel rostro tostado por el sol y arrugado por las fatigas de una vida rudamente laboriosa. A pesar mío interrumpí aquella situación interesante e hice seña al paisano de continuar nuestra carrera. De allí a poco nos encontramos al fren­te del palacio de Gobierno. La entrada estaba sellada de gente. Vol­vime hacia Palmarote y le dije:

―Está cumplida mi oferta, amigo mío: está usted en el palacio de Gobierno, y aquí tocará usted, como Dios lo ayude, con las personas cuyo favor solicita.

―Y diga usted, dotor, ¿detrás de ese serro no haberá algún yano?

―Sí, Palmarote: detrás de ese cerro está el horizonte. ¡Adiós!


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