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ActualidadDeportes

Un pedacito de país llamado Caracas FC

por Jován Pulgarín

16/12/2019

El Caracas Fútbol Club se alzó con el título de campeón en la Gran Final Absoluta 2019. Consiguió la tan ansiada estrella número doce. Fotografía tomada del Twitter oficial @Caracas_FC

Hay verdades que se nos revelan de sopetón. Cuando busqué una opción para ver la final del fútbol venezolano entre Caracas F.C y Estudiantes de Mérida, me di cuenta de que Venezuela siempre te alcanza. Al final, seguí el encuentro por el canal de YouTube del equipo capitalino, porque el streaming del medio que posee los derechos, La Tele Tuya, al menos en Medellín, Colombia, no funcionaba.

En un país con graves problemas de inflación, electricidad y mucha hambre, las dificultades para sintonizar un partido de fútbol son menos que irrelevantes. Pero también son síntomas del estancamiento de una sociedad que parece detenida en el tiempo. Paradójicamente, el propio título conseguido por los Rojos del Ávila, es la respuesta a esa atrofia.

Salvo contados casos, a menos de manera legal, un equipo de fútbol es más un hobby que un negocio próspero. Se mueven cantidades astronómicas, es cierto, pero sobre todo en las contrataciones, no en los ingresos. Hasta equipos como el Real Madrid y Barcelona viven con deudas.

En Venezuela, en pleno derroche, contar con un equipo de fútbol que representara a la capital parecía obligatorio. La Copa América de 2007 dejó una expansión que eliminó la competitividad y generó una carga económica para muchas gobernaciones, que no pudieron cumplir en el tiempo. Así sucedieron casos como los de Estrella Roja, U.A Maracaibo, Deportivo Lara, Trujillanos o Deportivo Anzoátegui, que pasaron de ser competidores internacionales a desaparecer o penar en la incertidumbre.

En las últimas dos décadas, muchos representantes del balompié criollo  han pasado de presupuestos faraónicos a dietas espartanas en tiempo récord, denotando una falta de planificación. Maracaibo, Anzoátegui, Táchira, Mineros, Lara, Carabobo, Atlético Venezuela, son ejemplos de que no siempre los resultados van de la mano de plantillas costosas. En la otra esquina están historias como las de Zamora y Caracas, que encontraron en la cantera sus bienes más preciados. Y no es casual que un nombre una a estas dos instituciones: Noel “Chita” Sanvicente.

De Sanvicente tendremos tiempo de hablar en una próxima columna. El técnico tiene mucho que ver en la obtención de la estrella número 12 del Caracas. No hay dudas de ello. Sin embargo, este campeonato es una reivindicación de una gerencia que ha apostado, hasta en los peores momentos, por un modelo que no es popular porque, de cara al fanático, pareciera que no hay interés en los títulos.

La familia Valentiner, como toda familia venezolana, se ha reinventado. Lo más sencillo para la gerencia era, en algún momento, pactar con cualquier personalidad que representara al Estado y mantener en la plantilla a los mejores jugadores probados del mercado. Pero no, así como en Europa aún se le pone fronteras a los empresarios asiáticos o jeques árabes para mantener una tradición en la gerencia, los Rojos del Ávila pueden exhibir su color con orgullo, sin haber hipotecado su ética laboral y recursos económicos.

Gerenciar un equipo de fútbol se parece mucho al trabajo de un político. Es difícil decirle a la gente que lo único que puedes prometer es sangre, sudor y lágrimas. No obstante, es ese camino el que le permite celebrar a Philippe Valentiner y compañía este diciembre. Y hoy parece normal, pero apostar por el propio Sanvicente y por jugadores como Alain Baroja, después del fracaso en la Vinotinto, fue arriesgado.

A la familia Valentiner no solo hay que reconocerle esta estrella, que llega tras nueve años de vitrinas vacías, sino que también están allí los logros en las categorías sub 17 (campeones) y sub 19 (subcampeones). Y son esos jugadores, como sucedió este año con Jorge Echevarría, Eduardo Fereira, Diego Castillo, y Luis Casiani, los que probablemente perpetuarán la competitividad en los años que vienen.

Ahora bien, en este largo recorrido, la fanaticada roja más radical se ha enfrentado a ese modelo. De hecho, como se pudo ver en las imágenes, dista mucho la popularidad de esta versión del Caracas a la de hace 10 años atrás. Es obvio que la crisis que afecta a Venezuela también ha golpeado el bolsillo del asistente regular al estadio olímpico. Pero eso no explica que en una final, y tras tan larga sequía, la casa no se llenara.

Existe una distancia entre el fanático y el club que ahora, tras la obtención de la estrella, debería acercarse. Eso exige un plan de comunicación inteligente del equipo y también un acto de contrición del seguidor. Allí están los nombres de las oncenas que han desaparecido. También los de directivos que se hicieron los locos después de ofrecer soluciones a punta de billete, como Carlos Zambrano. Si no se comprende que en este desastre económico que vive Venezuela el plan de la familia Valentiner ha sido el correcto, entonces nunca habrá entendimiento entre las partes.

Es difícil encontrar casos de éxito en un país que sufre una crisis nunca antes vista en el continente. Allí está el equipo capitalino, sin embargo, para mostrarnos que hasta en los peores escenarios, el trabajo rinde sus frutos. Porque si algo deberíamos haber aprendido los venezolanos en los últimos 20 años es que el populismo y el derroche no es sinónimo de éxito.


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