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Un paso adelante y dos pasos atrás

por Ramón Escovar León

27/05/2018

En 1904 Vladimir Ilich Lenin escribió un ensayo titulado Un paso adelante, dos pasos atrás. En dicha obra expone la necesidad que tienen los revolucionarios de dar marcha atrás en algunos casos (excepcionales) porque retroceder “Es algo que sucede en la vida de los individuos, en la historia de las naciones y en el desarrollo de los partidos”. Esto lo dice Lenin para explicar que el proceso revolucionario puede sufrir reveses y fracasos que hay que saber enfrentar con paciencia y astucia.

Al encontrar algún escollo en el camino, la táctica leninista sugiere una ligera variación de dirección para, de esa manera, ir consolidando la revolución. A veces, se impone un cambio de velocidad para sortear los tropiezos que el camino presenta a la revolución. El retroceso es siempre para consolidar posiciones; si pierde una, recupera otra. El final de la propuesta leninista es aniquilar al enemigo para consolidar la revolución.

En el caso de la revolución bolivariana, las “elecciones” del 20M representan un revés rotundo y constituyen su punto de inflexión, el cual responde a la enorme crisis de gobernabilidad y de liderazgo que ha generado la hiperinflación más alta de la historia del país. A esto hay que añadir el manejo antidemocrático del proceso “electoral”, teñido de ventajismos dictatoriales, el control del Poder Electoral, la presencia perturbadora de la asamblea nacional constituyente, la represión, los dirigentes políticos inhabilitados y los partidos ilegalizados, el carnet de la patria -símbolo del populismo más agresivo-, los puntos rojos y la mentira como fundamento de la política. Estas razones vacían de contenido el derecho al voto.

A los atropellos cometidos sucesivamente por el régimen en el intento de consolidar el poder “como sea” se opone la resistencia de las democracias occidentales que no reconocen los resultados electorales ni a la asamblea nacional constituyente. Como consecuencia de todo ello, la revolución se ha topado con un obstáculo que pretende superar con ofertas engañosas, como el llamado a diálogo y a la unidad nacional.

Cónsono con lo anterior, el “presidente reelecto”, el día de la proclamación ante el Consejo Nacional Electoral afirmó: “Quiero ir hacia un gobierno de reconciliación nacional, lo ratifico. Un gobierno de unidad nacional para hacer la revolución”. Y aquí nos coloca ante un oxímoron: unidad nacional para hacer la revolución cuando el 80 % por ciento de los venezolanos repudia la revolución. Se trata de una propuesta incompatible con el deseo de la mayoría y, por lo tanto, una ficción dirigida a mantener con esperanzas a la minoría que todavía lo respalda.

La oferta de diálogo resulta engañosa al contrastarla con los hechos concretos. Tenemos no solamente lo ocurrido el 20M con los puntos rojos, el escaneo del carnet de la patria, la extensión del horario de votación, sino la juramentación del “reelecto presidente” ante la asamblea nacional constituyente. Con esta juramentación se pretende crear la apariencia de legitimidad, que no puede lograrse porque la propia constituyente no es reconocida por la comunidad internacional pues no cumplió con la necesaria consulta al pueblo, como lo pauta la Constitución y la doctrina jurídica universal.

En el caso de una asamblea constituyente legítima, su única tarea sería la de elaborar una constitución y, por tanto, no puede convocar elecciones, ni mucho menos tomar juramento a nadie. De esta manera, cualquier juramentación que se haga ante dicha asamblea es nula de origen y no puede producir consecuencias jurídicas. Al “juramentarse” ante una constituyente ilegitima, Nicolás Maduro complica aún más su difícil situación política.

La situación para el presidente “reelecto” no es fácil porque su “triunfo” no ha sido reconocido por Henri Falcón, uno de los candidatos en la contienda electoral. Tampoco es reconocido por la Asamblea Nacional ni por las democracias occidentales. A ello se suma la alta abstención que demuestra que al menos el 54 % de la población no avaló el proceso electoral del 20M, lo cual crea una situación inédita en nuestro país.

Nicolás Maduro afirmó que su triunfo traería equilibrio y la recuperación económica. Nada de eso se ve venir; todo lo contrario, se prevén más problemas: hiperinflación, miseria y hambre. La amenaza que gravita sobre Venezuela exige un esfuerzo para buscar la salida política y la mejor que se ve es -como lo han señalado algunos dirigentes de la oposición como Ramón Guillermo Aveledo-, realizar un proceso electoral con todas las garantías para que se elija a un presidente que sea reconocido por todos y que genere la confianza necesaria para recuperar el país. Prolongar una situación de fuerza para imponer un gobierno que ha fracasado y generado tantos frentes abiertos solo mantendrá en zozobra a los venezolanos.

Los dos pasos hacia atrás que anuncia Nicolás Maduro, -diálogo y unidad nacional- no los encuentro sinceros, porque ya sabemos que el marxismo-leninismo proclama que la toma del poder es para siempre: quiere seguir adelante para consolidar la revolución, y esto lo proclama constantemente a los cuatro vientos.

Si el presidente “reelecto” hablase con franqueza, impulsaría un nuevo proceso electoral sin partidos ilegalizados ni candidatos inhabilitados, sin presos políticos, sin puntos rojos ni carnet de la patria y con el árbitro electoral independiente que ofrezca todas las garantías democráticas. Esa sería la manera de buscar la proclamada unidad nacional.


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