Perspectivas

Todos tenemos un punto de quiebre

por Pedro Plaza Salvati

Miami, FLorida. Fotografía de THomas Hawl / Flickr

03/11/2018

“Agresividad en el tráfico, gritos y mal servicio. ¿Se ahoga Miami en la mala educación?”, titulaba el ejemplar de un periódico que yacía sobre una mesa de Pasión del Cielo, un lugar donde iba a tomar café, al lado del Umbrela Sky del paseo peatonal Giralda Plaza. Me asombró ver la cantidad de personas que llegaban al lugar para tomarse una foto con el techo de paraguas colores pasteles colgados entre dos hileras de restaurantes. Ariana me comenta su aversión al Umbrela Sky, me dice que no puede ver una imagen más de famosos y no famosos en el sitio.

Luego de que en Caracas un asaltante las apuntara con una pistola, Ariana y su madre se vinieron a Miami. Ahora vive en casa de mi exsuegra, por lo que era recomendable quedarme cerca de ella. Me pongo a recordar cuando estudiaba en la universidad, mucho más al norte. Mi hermano vivía en la meca latinoamericana y, cuando mis padres me proponían juntarnos en Miami en algún receso universitario, sentía que la vida carecía de sentido. ¿Miami? ¡No! Uno de esos encuentros tuvo lugar cuando ocurrieron disturbios raciales. Tengo fresco en la memoria el momento en que nos lanzaron una piedra gigante al parabrisas del carro mientras llevábamos a mi hermano a un hospital por un ataque de abejas africanas. Mi hermano es alérgico a las abejas y a la piña. Yo, en aquel momento de mi vida, era alérgico a Miami.

Los desplazamientos son como viajes en un desierto espiritual. Esas mismas distancias aún persisten en vías todavía más amplias y sofisticadas, en interminables autopistas que son como arterias infinitas hacia la nada. Hoy en día uno puede corroborar la certeza del titular del periódico que había visto, entender que el problema se ha magnificado con el paso del tiempo, que los conductores se comportan más agresivos que nunca, como si estuvieran presos de una sed de venganza inexplicable. Pero no todo es como luce y hay muchos matices cambiantes detrás de esa carátula.

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En Coral Gables conseguí una habitación a un precio similar al de los hoteles más económicos de Doralzuela, lo que me permitía caminar en una ciudad donde the car is the king.  Se materializaba la ilusión de una vida a pie que uno busca o se inventa como un autoengaño, y lo había hecho en esta zona que a principios del siglo pasado marcó un hito arquitectónico cuando nació de la mano de George Merrick, el mismo que dio nombres españoles a las calles: Alhambra, Sevilla, Granada.

El problema de mi ilusión de vida de caminante era la temperatura que sobrepasaba los treinta grados centígrados y que me hacía sentir que me encontraba más bien en Ciudad de Panamá, esa capital donde los taxistas no vacilan en tocar un pitazo para ofrecer sus servicios cuando ven a algún excéntrico caminando por sus calles. Aquí los pitazos son más bien producto de la impaciencia cuando cambia el semáforo, ese momento de desconsideración colectiva en el que algunos conductores se quedan enganchados en sus celulares, esperando a que el carro de atrás les avise que la luz cambió con el estruendo de la bocina. El calor, junto a la humedad, hacía que las cuadras se sintieran más prolongadas de lo que en realidad eran, gotas de sudor caían sobre la frente apenas a pocos metros de andar. Aun así, a pesar del agobio climático, los días de mi visita familiar giraron en torno a las calles de Coral Gables, la misma que fue devastada en septiembre de 1926 producto del paso de un huracán.

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Hay huracanes de otro tipo, huracanes formados por la avaricia humana. En el hotel tuve un encuentro cercano del tercer tipo cuando veo que Diego Arria grababa un programa a un medio de comunicación en una sala de conferencias de vidrios abiertos, ante la mirada curiosa de los huéspedes. ¿Quién será ese señor?, se habrán preguntado algunos. Veo que un niño entra y él lo saluda como saludan los buenos políticos. Luego me topé con don Diego un par de veces en el lobby y siempre estaba enfocado en su teléfono celular, como un adolescente. Entre el respeto a la intimidad, su concentración con el teléfono y el hambre por tomar el desayuno, no me atreví a hablar con él. Me hubiese gustado interrumpirlo y preguntarle cómo es que vamos a salir de la desgracia en la que estamos sumidos los venezolanos, oír su opinión en persona, para ver si sabía cuando terminará de pasar el huracán, el que ya ha dejado destrozos hiroshímicos.

Me parecía extraño que nuestro exembajador ante la ONU, político y empresario, antiguo aliado incondicional de Carlos Andrés Pérez se quedara en este hotel de precios solidarios, lugar que tenía, además, música dance y tecno las 24 horas en el lobby a un volumen que no se podía dejar de notar, y que animaba el ambiente en sincronía con una pantalla generadora de imágenes epilépticas de colores cambiantes. Esto daba el efecto, me imagino que estudiado, de que nadie perdiera el ánimo en caso de un bajón anímico producto del regreso de las distancias y las batallas en la ciudad, y de que se formara una asociación neurológica positiva con el establecimiento. Como no lo había interrumpido, busqué en Google y me di cuenta de que Arria había estado en el programa de Jaime Bayly y de que en Twitter montó unas declaraciones, presumo que desde su habitación por la ventana que se ve al fondo y que era igual a la que yo tenía, criticando el rechazo del Grupo de Lima a una solución militar al problema de Venezuela. La única manera de derrocar a la dictadura es con una acción armada, pregonaba como bandera libertadora.

El utópico flujo inverso futuro de la diáspora sobre el que elucubro me hace percatar de que casi todo el personal del hotel tenía acento venezolano. No solo los empleados sino muchos de los que llegaban al lobby a reunirse para hablar de algún tema empresarial con, por ejemplo, la versión dance de What a wonderfull day aceleradita que se oía por los parlantes. El hotel, sembrado de acentos venezolanos, se presentaba inesperadamente ante mí como el retrato de la cambiante fisionomía de la ciudad. ¡Hasta en Coral Gables! No se trata ahora de la presencia de compatriotas en determinadas zonas (Doral y Weston), sino de que se podría decir que se ha consumado una suerte de reemplazo protagónico de presencia cubana a presencia venezolana. No que los cubanos hayan desaparecido o se hayan regresado a la isla, sino que, por la “novedad”, los venezolanos se notan mucho más.

Una mutación que tiene, en un sentido perverso, una Denominación (o Dominación) de Origen Controlado: un sistema de gobierno mal llamado socialista sustentado en el orden militar, que genera escasez de bienes básicos de toda índole con el fin de perpetuarse forever en el poder, desmantelando al mismo tiempo las instituciones democráticas y los mecanismos de control entre los poderes públicos. La migración cubana y venezolana, en consecuencia, se emparentan en el mismo origen; como un mismo tipo de uva de los vinos, solo que son uvas de la amargura, como la obra de Steinbeck, un libro que también tienen que ver con la migración forzada por pestes que castigan al hombre debido al polvo y la sequía.

Jorge Carrión, un escritor español que algo conoce de Venezuela en sus siete viajes intercontinentales a nuestro país, escribió en esos mismos días un artículo en The New York Times que tituló “De Little Habana a Miamizuela”, precisamente sobre la mutación de la ciudad. La presentación de su obra Barcelona, libro de los pasajes en Books & Books, cerca de la venezolana Altamira Libros, fue una premonitoria coincidencia sobre nuevos destinos personales. Ese día conocí a varios escritores y editores que conforman parte de un vigoroso movimiento literario local, testimonio del retrato cambiante de la ciudad, uno que nada tiene que ver con aquella que me generaba alergia de adolescente. Miami seduce a través de nuevos reductos de vida.

Miami, además, se venezolaniza y en más de una oportunidad me tropecé con alguien conocido en las calles calurosas de mi breve vida a pie, con el respectivo saludo a la venezolana, el entusiasmo por delante a pesar de todas las calamidades propias del exilio, exaltando el optimismo como una estrofa de un joropo. El que migra experimenta una suerte de liberación, aunque se desempeñe en trabajos “menores” que difieren mucho de aquellos para los cuales se formaron. Cualquier trabajo es digno, ser zapatero (no me refiero al expresidente español) o conductor de Uber. Pero no deja de ser cierto que duele ver a ingenieros, administradores o licenciados trabajando como mesoneros o parqueros. Se trata, si se quiere, de un desperdicio profesional. Se supone que el argumento que sustenta esa aparente “degradación” forzosa tiene que ver con la idea de liberarse, de no estar sometido al yugo de la opresión que ha impuesto el chavismo al degradar la condición humana a extremos impensables. Migrar, de cierta forma, es liberarse de la denominación de origen controlado.

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Juan Villoro, el cronista mexicano, publicó una crónica breve llamada Venezolanos, en la que habla de la inesperada presencia de venezolanos en diversos ámbitos del quehacer cotidiano durante un viaje que hizo a Colombia y Ecuador. Ese viaje, para él, estuvo marcado por encuentros con compatriotas que desempeñaban diversos oficios, desde equilibristas en un semáforo hasta taxistas. Inclusive, su vuelo de regreso fue demorado en el aeropuerto de Quito debido a un operativo bufón-propagandístico de Maduro del Plan Vuelta a la (devastada) Patria en el que, a lo sumo, el que regresa, una cifra insignificante comparada con la de los números reales de la diáspora, habrá podrido disfrutar en el avión de un paquete de maní con una Coca-Cola antes de empezar a pasar hambre en Venezuela.

Leila Guerriero, la cronista argentina, hace también pocos días, publicó una breve nota llamada ¡Comida!, manteniendo el estilo de sus escritos en El País, cortos pero contundentes, como ganchos de boxeadora. El título me recordó a la enciclopédica Hambre, del cronista también argentino, Martín Caparrós (y me pregunté entonces qué espera don Martín para escribir la gran crónica sobre Venezuela; un escritor al que le afana y motiva tanto aventurarse en los sitios más peligrosos y remotos del mundo para retratar la realidad, como confiesa en su obra Lacrónica).   Guerriero en su nota se refiere al video donde se ve a un Haile Sellassie caribeño dándose una hartada de carne en Estambul en el restaurante del chef turco Nusret Gökçe, con un habano en la boca y con aires de emperador, el restaurante cerrado solo para él y para una Cilia Flores de cabello platinado y alisado, a la moda. La escritora contrapone esa escena con su propia experiencia: “El jueves pasado tomé un taxi. Conducía una psicoanalista venezolana que vive en la Argentina desde hace tres años. Me dijo que la desanima hablar por teléfono con su madre, que vive en Caracas, porque desde hace meses solo le habla de comida: ‘Me cuenta que consiguió una lata de atún y la guardó; que va a ir a un sitio donde se consigue carne; me pregunta si aquí hay tomates. Solo habla de comida. Mi madre se transformó en un animal’”.

Si juntamos los títulos de los textos de Villoro y Guerriero, quedaría algo así como: Venezolanos:¡Comida!

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Fernando, un administrador venezolano que trabaja como taxista, me llevó hace poco al aeropuerto Juan Santamaría en San José, Costa Rica, antes de partir a Barcelona, el lugar de destino de mi ¿tercera? diáspora. El trayecto se pasó en un instante de tanto que hablamos. Me relata que su punto de quiebre fue cuando lo secuestraron y le quitaron todo el capital que tenía invertido en un camión de transporte. Luego de tenerlo secuestrado unas doce horas y de negociar con la familia, lo devolvieron a la vida en el puente de Bárbula. Esa palabra con tanta resonancia me pareció simbólica, que lo hayan depositado de vuelta a la vida en aquel lugar donde una vez ocurrió una batalla decisiva en la lucha de Bolívar por la independencia, las tropas venezolanas y las fuerzas auxiliares granadinas comandadas por Rafael Urdaneta y Atanasio Girardot y, por el otro, al ejército realista, capitaneado por Domingo Monteverde. Girardot murió en esa batalla, pero el bueno de Fernando se salvó de sus captores poco más de doscientos años más tarde. Ahora se gana la vida como taxista y, como es bilingüe, también hace tours para los visitantes de tiquicia.

Todos tenemos nuestro punto de quiebre, aquel que nos hace tomar una decisión contraria a los deseos íntimos, producto del miedo (por ejemplo: una pistola de un asaltante en el carro donde iba mi hija con su madre), del hartazgo, del hambre y la carencia, o quizás como resultado de un alumbramiento, de una premonición, o inclusive producto de una disertación en soledad, como un soliloquio del migrante antes de partir. El punto de quiebre es a veces como un velero que se lo va llevando el viento sin percatarse sus ocupantes.

Me pongo a pensar en el lobby del hotel, con la versión dance de Dust in the wind (recuerdo de nuevo a Steinbeck) de fondo y la pantalla psicodélica parpadeando imágenes, que mientras llega la acción militar que propone Arria, seguiremos recorriendo los caminos del mundo. Por lo pronto, en los tiempos libres de esta visita a mi hija, camino esos días con la ficción en mi mente de una ciudad de a pie, quizás convertido en un nómada, en medio de las cuadras signadas por el calor: entrar al azar a tomar un café en Demetrio y encontrarme con una foto de Carlos Andrés Pérez en ese establecimiento, con la mirada perdida, como ido de la vida, nada que ver con el águila que saltaba el charco en aquella histórica propaganda política, da desamparo mirar esa foto. La gravedad de nuestro presente viene medida en sentir nostalgia por ese período político. Sentir, mientras tomo un café, el paso intrépido y decidido de los venezolanos en tierras que una vez fueron pantanos, observar el cambio de la fisionomía de la ciudad, imaginar cómo será ese regreso de la diáspora una vez que se instaure la Sexta República.


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