Entrevista

Susana Raffalli: “Como sociedad dejamos de tener hambre de bienestar”

por Hugo Prieto

Susana Rafalli retratada por Andrés Kerese | RMTF

15/09/2019

En las líneas que siguen no van a encontrar un bálsamo contra la crisis. Todo se ha trastocado y la dirigencia chavista, a diferencia de Evo Morales, apostó por el hambre y la precarización para legitimizarse. El soporte es el CLAP, ahora territorializado, que no es, de acuerdo a Susana Raffalli, consultora en Seguridad Alimentaria y Gestión de Catástrofes, “un programa alimentario, sino un programa de dominación y control social”. Es una perspectiva sombría, como sombría es el hambre y la pobreza.

De acuerdo a la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), el valor agregado de la Agricultura en el Producto Interno Bruto fue del 5 por ciento en 2015, pero en 2017 disminuyó al 1,36 por ciento. ¿Qué significa eso?

Eso significa una destrucción masiva del componente nacional del abastecimiento alimentario. Pero también va en consonancia con la caída del PIB en general que, desde 2012, se contrajo en 58 por ciento. Es la incapacidad para producir alimentos a escala nacional.

¿Cuáles rubros son los más afectados?

Los rubros de caída más estrepitosa han sido los de proteína animal (ganado bovino, caprino, entre otros), incluido el subsector lácteo; el segundo más importante es caña de azúcar, muy emblemático, porque Venezuela tiene innegables ventajas comparativas, y sigue el maíz. Estamos hablando —entre azúcar y maíz— del componente energético nacional. Estos son los rubros más críticos de acuerdo a estadísticas de gremios empresariales (Fedeagro y Fedenaga). En maíz, por ejemplo, estamos produciendo el 18 por ciento de lo que se consume, en azúcar el 21 por ciento. 

¿A qué se refiere cuando habla del componente energético?

En los llamados países del tercer mundo (sociedades desiguales) la disponibilidad energética per cápita debería ser de 2.100 calorías, según la FAO. Solo entonces podemos hablar de seguridad alimentaria plena. Venezuela la tuvo, hasta 2014. De hecho llegamos a manejar 3.800 calorías per cápita. De ahí el comentario de Delcy Rodríguez: En Venezuela tenemos comida para tres países. Pero el soporte venía dado, en gran medida, por las importaciones. La alimentación se convirtió en un negocio. ¿Qué ocurrió? Las importaciones cayeron y por tanto la disponibilidad energética (menos de 2.100 calorías per cápita). Los primeros en dar la alerta fueron Alejandro Gutiérrez y Juan Luis Hernández, quienes afirmaron que por primera vez (desde 1958) Venezuela cayó en inseguridad alimentaria. Eso fue hace dos años. Ahora mismo la FAO ha dicho que Venezuela tiene al 21 por ciento de su población en situación de hambre. O lo que es lo mismo: 6.8 millones de venezolanos no comen lo suficiente. 

El otro tema es el acceso a los alimentos: la llamada canasta alimentaria. En 2017 el costo de la canasta era de nueve salarios mínimos. La actualización del informe de Bachelet ―dado a conocer el pasado 9 de septiembre― menciona 41 salarios mínimos. 

Debe ser un poco más, porque ese dato corresponde al costo de la canasta alimentaria para el mes de julio. Debe ser de 49 salarios. 

¿Qué significa eso?

Eso significa que el trabajo, como medio de sustento, ya no es un referente. No puede ser que el salario mínimo alcance para comprar 12 huevos y aquí no haya un estallido social. ¿Pero de qué habla eso? De que la gente está resolviendo, suponemos que por el efecto de las remesas. Tener acceso o no a dólares es el nuevo rasero de la desigualdad. Además, hay claros indicios de que el Sistema Alimentario Nacional se convirtió en un cártel del crimen organizado con conexiones internacionales. Empezamos a ver un mayor abastecimiento, pero no en los establecimientos donde solíamos comprar la comida sino en los bodegones, donde se paga con dólares o en los revendedores donde el alimento se convierte en una mercancía con la que se especula como mejor pueda. Perdimos la red habitual de distribución de alimentos. 

Pero los supermercados están abastecidos. 

Ahora mismo sí, pero a unos precios elevadísimos. Lo más preocupante es lo que está ocurriendo con los sectores más vulnerables. Allí están pasando tres cosas. La primera es que con las sanciones disminuyó la capacidad de compra del gobierno; están metiendo menos productos en las cajas CLAP, pero la cobertura ni muerta la van a bajar, porque el CLAP no es un programa alimentario, sino un programa de penetración y dominación social. La segunda cosa es que cada vez más se orientan no necesariamente para que la gente que no puede comer lo haga, entonces tenemos el CLAP de los milicianos, el CLAP obrero, el CLAP de la Misión Vivienda, el CLAP dirigido a las enfermeras que protesten para que se callen… y la tercera, anunciada la semana pasada, es la territorialización del CLAP, cada vez más atado al Carnet de la Patria. Si estás inscrito en Caracas, pero te vas a Mérida para cuidar a un familiar enfermo, no te toca CLAP. Hay gente que se ha movilizado para el Arco Minero con la idea de buscar un vivir allí, pero como están inscritos en otro lugar, no les llega la caja, lo que ha aumentado la desnutrición en el estado Bolívar. 

Ustedes hacen un alerta sobre casos de desnutrición en niños menores de dos años, a una tasa de 60.000 niños cada año. ¿Cómo es esta bola de nieve?

La bola de nieve tiene que ver con la escala —la cantidad de niños— pero también con la privación nutricional. Hace dos o tres años teníamos la desnutrición aguda —la que eventualmente le produce la muerte a un niño que ha dejado de comer en un lapso de seis a ocho semanas— y está la otra, la desnutrición crónica, que se sobrepone a la primera. El niño come, pero de forma insuficiente y al cabo de dos o tres años, en términos de nutrición, lo ves en acumulación de daños: el niño deja de crecer, pierde el potencial de crecimiento. Esa ventana, que se llama los primeros mil días de vida, se desaprovechó. La desnutrición crónica, de acuerdo a Cáritas, está afectando a un poco más del 30 por ciento de nuestros niños, que vienen ya con una talla baja, que significa por dentro rezago cognitivo, rezago productivo en 10, 20 años. 

Hay una relación directa entre la desnutrición de la población de un país y la incapacidad para crear riqueza (PIB). 

Directa, es un tema documentado. La desnutrición crónica que actualmente registra Venezuela puede significar entre el 7 y el 13 por ciento de disminución del PIB en los próximos 20 años. Es uno de los principales temas en Naciones Unidas. De ahí el compromiso de reducir la desnutrición crónica asumido por los presidentes y primeros ministros de todo el mundo. ¿Qué hipotecamos? El futuro del país.

De acuerdo con los economistas Miguel Ángel Santos y Douglas Barrios, si Venezuela se propone alcanzar el PIB que tenía en 2013 debería crecer a una tasa de 4,7 por ciento durante 10 años consecutivos (la estimación se hizo para la década 2017-2027). Es una meta ambiciosa difícil de alcanzar, pero a las limitaciones económicas habría que agregar el daño antropológico que usted menciona. 

No sabría decir cuál es el aporte que realizan los estratos D y E de la población al crecimiento económico. Pero allí hay mano de obra, clase obrera, además de talento y emprendimiento. Son fuerzas productivas. Además, hay que considerar el gasto social que implica la desnutrición crónica. Un niño desnutrido le representa al Estado 14 dólares adicionales en términos de los gastos salud, porque el niño crece con la tarjeta madre descontrolada y son los obesos, los hipertensos, y el paciente cardiovascular de la adultez. Eso va a hacer una carga sanitaria brutal para el país. Y si es una niña va a ser la madre de un niño desnutrido. 

El cuerpo social de Venezuela tiene un peso muerto. 

Un peso muerto, esa es una palabra tremenda. Sí, es un lastre. En el mejor de los casos, si creas una burbuja para disminuir el retardo del crecimiento, mediante la implementación de los mejores programas estatales —soporte alimentario, agua potable, escolaridad, inmunizaciones, desparasitantes— tal como se hizo en Guatemala, apenas logras una reducción de 1,8 por ciento. Bajar el 35 por ciento que tenemos en Venezuela, a una tasa similar, nos va a tomar 15 o 20 años revertirlo. Es un daño irreversible. El énfasis habría que hacerlo en las mujeres embarazadas, para que esos niños desarrollen su potencial de crecimiento. 

¿Cómo calificaría el hambre en Venezuela?

Hay un hambre que se monitorea en las cuentas nacionales, pero también hay un hambre simbólica. Hay cinco indicadores que definen una hambruna, pero afortunadamente no los tenemos aún. No hay un hambre catastrófica. Algo debe estar compensando. Previsiblemente, las remesas y esta cosa tropical que, donde quiera que vayas, encuentras un racimo de cualquier fruto. Lo otro es el hambre simbólica, lo mismo que le está pasando a los niños que dejaron de crecer le está pasando al país. 

¿A qué se refiere?

Yo siento que como sociedad dejamos de tener hambre de bienestar. Cualquier cosa que nos den, nos satisface. Es el hambre que más preocupa. Estamos muy destituidos como sociedad. Vengo de recorrer el país y en un lugar tras otro, tras otro, tras otro, lo que encontré fue gente esperando a gente viviendo de una ilegalidad, del contrabando, de lo lícito e ilícito. El apetito por un oficio, por un quehacer se perdió. Es gente destituida de su base de sustento familiar. Hablamos de inseguridad alimentaria cuando un espectro te dice: empieza a pedir prestado, cambia tus patrones de compra, ahora come pellejo, endéudate y cuando no tengas nada que vender, vende tu cuerpo. A mí una niña en el Amazonas me dijo que su mamá le pintaba las uñas los días viernes (…) A esa madre no le quedó más remedio que prostituir a su hija. 

¿Cómo enfrentar el daño que causa ese espectro?

Vengo de hacer entrevistas por el sur de Venezuela para implementar un programa que no sólo se ocupe de la banda nutricional, sino que ayude al sustento familiar. Le pregunto a la gente, ¿cuántas gallinas te quedan? ¿Cuánto te pueden dar por ellas? ¿Qué puedo hacer para que no las vendas? ¿Te pueden dar 15 o 20 dólares? Entonces, uno le hace una transferencia monetaria equivalente a 30 dólares, para evitar esa destitución, pero como actor humanitario puedo sostener ese programa por seis meses, por un año como máximo. Pero no puedo llenar el déficit que el Estado ha dejado de llenar. Te estoy hablando de cosas que veo en mi trabajo, ese es mi trabajo. 

En Petare, antes del triunfo de Chávez, un sacerdote se lamentaba porque la gente en el barrio comía espaguetis con sardina. ¿Y ahora?

¡Ah, eso es un banquete! No sabría qué responderte. Perdimos la capacidad de decidir, antes comer sardinas o atún era fácil y barato y los que estaban bien comían corazón de lomito. Ahora todo está trastocado, no hay un solo indicador. Nos hemos ido precarizando de tal forma que comer por preferencia, por ejemplo, ya no es un valor. 

Para utilizar las palabras de Feliciano Reyna: “Esto puede empeorar, pero no es sostenible en el tiempo”. 

¿Cuándo termina una emergencia humanitaria? ¿Qué tan peor puedes estar? No lo sé, porque siempre va a haber un espacio para que esto empeore, lo que va a pasar es que cada vez se te muere más gente, más gente y más gente, hasta que te estabilizas en un nivel de precariedad tolerable, como ocurre en Cuba, en Zimbabue, Angola y Myanmar. Es un nivel en el que el Estado se complace con tres cosas: Uno, lo poco que puede producir. Dos, las remesas que envían las personas que, en muchos casos, han huido por la crisis que provocó el propio Estado. Tres, la bombona de oxígeno que provee la cooperación internacional. 

¿Hay otros países de América Latina que han revertido la desnutrición crónica?

El segundo o tercer país en desnutrición crónica era Bolivia. Pero estamos empezando a hablar del milagro nutricional no ya de Bolivia, sino del milagro de Evo. Cuando analizas las políticas de Bolivia supera en mucho la política de hambre cero de Lula. Se implementaron políticas de protección social, transferencias monetarias directas con base a una acertada categorización del país. En Bolivia y también en Guatemala, tienen mapeadas perfectamente a las familias más vulnerables. Pero aquí no sabemos cuáles son los criterios de asignación del CLAP, se los dan a los milicianos, a este, al otro, y nunca está claro a quién se los asignan.  

¿Por qué el milagro de Evo, siendo un gobierno afín al chavismo, no tuvo eco en Venezuela? ¿Por qué los señores del chavismo no fueron a Bolivia para dar con la política que acaba con el hambre?

Yo creo que la principal diferencia es que Evo Morales no ha tenido necesidad de hambrear a la gente para mantenerse en el poder. Evo apostó por otra forma de legitimidad, que fue el bienestar. El año pasado, por ejemplo no fue uno sino dos aguinaldos los que le dieron a la clase trabajadora. Entonces, uno, se apostó más por el bienestar que por la precarización. Dos, el control militar sobre el sistema alimentario no es ni parecido al de Venezuela. Tres, hay una participación decisiva del sector privado en la producción de alimentos. Una sugerencia que, por cierto, le hicieron los chinos al ministro Castro Soteldo. Ustedes necesitan a los mejores en la producción de alimentos, ustedes necesitan los establecimientos comerciales llenos. Pero aquí se hizo todo lo contrario. Pero no por usar la mandarria y destruir la producción del campo dejaron de crear una neoburguesía agrícola que la ha denunciado el Partido Comunista de Venezuela. Son dos modelos diferentísimos. Aunque el mercadeo verbal sigue siendo el Socialismo del Siglo XXI, la letanía de los pobres. Pero lo cierto es que Evo, a los productores privados, no los tocó. 

¿Cuál es su perspectiva de futuro?

Mi conclusión es que pudieron con nosotros y hasta que no asumamos que nos destituyeron de todo tipo de libertades y hasta de las ganas de vivir mejor no vamos a reacomodar las fuerzas para enfrentar esto. A mí me gustaría tener una clase política que, en este momento, esté analizando el censo socialista, ¿qué significa la territorialización de los CLAP, qué significa la penetración del Estado comuna? Estamos distraídos por los potes de humo y la penetración subterránea del modelo chavista es abrumadora. Yo vengo de caminar por las barriadas del sur del país y no transcurrían dos horas cuando se me acercaba alguien de las Ubeche o de los consejos comunales para preguntar ¿qué hace usted aquí? ¡Ah, esto está tomado! Tenemos que pedir permiso a todas estas formas del poder popular que están… afinaditas. 


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