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Somos gatos de pelambre indócil

por Rodolfo Izaguirre

08/09/2019

«Cat on a Balustrade» (1909), de Théophile Alexandre Steinlen

En los circos que ofrecían espectáculos con animales era frecuente ver al elefante subirse a un cajoncito pintado de alegres colores, a un tigre de Bengala saltar y atravesar un círculo de fuego, a un oso gigantesco tocar una pandereta mientras manejaba un triciclo y a perros bailando una jota aragonesa, pero jamás veíamos gatos ejecutando cabriolas y cometiendo tonterías de circo.

¡Vienen de muy lejos! Del antiguo Egipto y estaban consagrados a las diosas Isis y Bast. Esta última, protectora del matrimonio y de la felicidad, tiene cabeza de gato; ambas deidades, junto a sus mininos, eran guardianas benefactoras de la humanidad.

Los egipcios adoraban a los gatos y los gatos sonreían agradecidos. Cuando morían eran enterrados con grandes honores ceremoniales.

El gato permite que se desarrolle en torno a él un curioso y enfrentado simbolismo. Puede ser un animal grato, doméstico y amoroso y puede ser también una presencia siniestra y llena de presagios. El color negro lo asocia a la magia, a las tinieblas y a la muerte. El gato negro viaja sentado en las ramas de las escobas de las brujas del Oeste. En cualquier caso, es símbolo perfecto del paso sigiloso y del equilibrio, pero lo es también de la oscuridad y de funestos vaticinios.

En Sumatra sostienen que los gatos son enviados del inframundo, creen que para que podamos llegar al cielo la muerte debe cruzar un puente trazado sobre los abismos del infierno y un guardia con lanza y escudo permanece en la puerta del cielo con un gato que le ayuda a arrojar las almas de los culpables a las hirvientes aguas del averno. ¡Fatalmente, los gatos llegaron a Europa! Creían que iban a ser recibidos con honores tal como sucedía en Egipto, pero no fue así. No hubo reverencias y algunos se aparearon con ariscos gatos de monte y terminaron sentándose en las escobas de las brujas; otros, prefirieron dormir en los rincones de las casas bien abrigadas. Otros más conocieron la gloria del cinematógrafo.

Los gatos rondan por los tejados del arte y de la literatura. El más conocido es el gato de Cheshire que vive en el país de las maravillas. Lo conoció Alicia Liddell cuando tenía nueve años y se le ocurrió seguir a un conejo blanco al interior de su madriguera. Alicia encontró al gato de Chesire sobre la rama de un árbol. Un gato que aparece y desaparece dejando ver en el aire una amplia sonrisa.

Un gato ilumina un evangelio medieval y a pesar de estar perseguidos por la iglesia romana acusados de ser agentes del demonio puede verse un gato blanco junto a la virgen María en una visitación de Bernardino di Betto, el Pinturicchio. Los gatos cautivaron a Víctor Hugo, a Baudelaire, a Elliot.

El gato del historiador Manuel Caballero se llamaba Gato. Una manera apabullante de darle nombre. La gata de Perán Erminy, y de Marisa Iturriza, se llama Unamuna. Una vecina mía encontró una gata callejera que evidentemente había sufrido palizas y hambre porque temblaba apenas alguien la miraba sin tocarla. La vecina se apiadó de la sufrida gata de color blanco con bellos lunares negros y la llevó al veterinario. Egresó de la clínica limpia y bastante recuperada, pero muy nerviosa. ¿Cómo se llama tu gata?, le pregunté. Se llama Señorita Ministerio de Educación, me respondió. Ante mi asombro y desconcierto fue ella, la propia vecina, la que terminó preguntándome: “¿Tú no has estado últimamente en el Ministerio de Educación? ¡Allí todas las secretarias están temblando porque creen que las van a botar!”

La nerviosa y temblorosa gata se ha recuperado. Está gorda, tiene nueva pelambre y ya no pasa hambre. Es más, ha abreviado su nombre: ¡se llama Seño!

Quienes no terminan sus sufrimientos somos nosotros, gatos de pelambre indócil, pero aletargados, que maullamos bajo los aleros de una democracia cada vez más débil, vulnerable e incolora; lejana, tal vez húmeda e impregnada de lágrimas de nostalgia. Sabemos que soñamos, pero no sabemos por qué dormimos tanto cuando la democracia tiembla como la Seño. No somos los gatos adorados por las diosas egipcias; no nos multiplicamos en las angostas calles de Roma; tampoco hemos logrado convertirnos en animales sagrados como las palomas de París.

En tiempos de De Gaulle y de André Malraux, su ministro de Cultura, las palomas fueron consideradas enemigas de peligro. Y Malraux las echó de la ciudad mientras disparaba chorros de arena contra Notre Dame que parecía entonces una fotografía en negativo hasta dejarla libre de la oscura pátina del tiempo y recobrara el color blanco y despejado que tuvo cuando el presbiterio la echó al mundo a partir de 1163.

Ya no son los ciudadanos menesterosos los que se alimentan de las basuras venezolanas rivalizando con los gatos callejeros. También somos nosotros, decorosamente vestidos, quienes desparramamos los detritus buscando algo de comer en ésta y en cualquier otra ciudad venezolana, mientras permanece en el aire la risa del gato que Alicia Liddell conoció cuando tenía nueve años y se le ocurrió seguir a un conejo blanco al interior de su madriguera.


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