Literatura

Salvoconducto

por Adalber Salas Hernández

26/05/2018

Presentamos esta selección de poemas de Adalber Salas, premio Arcipreste de Hita (2014) de la Editorial Pre-textos. La cruda limpieza de su escritura da cuenta de la endeble condición humana. Salas escribe desde el padecimiento de un país en el que la vida constituye un desafío. Dar forma de poema a ese dolor, a esa certidumbre, representa la otra cara del mismo desafío. Algunas de las imágenes que recorren este libro son la identidad, la memoria y el lenguaje. Realidades rotas, no exentas de inusitada belleza. Verso testimonio. Crónica poética. Personajes esbozo. Voces rebeldes a la mirada del instante, a la luz de la palabra, a sabiendas de que esta es, como afirma su autor, el último salvoconducto.

*

I

Caracas, los que van a morir no te saludan.

Ya no tienen manos que levantar,
se las han cortado, se las han arrancado
los perros que caminan patas arriba por la noche
o las han perdido en alguna apuesta imprudente
y cruenta como tu nombre.

Tampoco se arrodillan, los que van
a morir, no los deja este temblor
metálico que les atraviesa la espalda,
que les ensarta las vértebras, que les
tuerce el andar. Un temblor que parece traído
desde el primer frío de este mundo.

Respiran tu humo, tu olor a capín melao
y carne descompuesta y plomo
caliente bajo el sol, que les llena
los bronquios, les arrasa el paladar. Olor ingrato
a camiones de basura y asfalto arrepentido.
Caracas, todas las bocas secas son tuyas.

Te dejamos la infancia endurecida
en unas pocas calles, en el sabor del pan,
en el primer atraco, la primera madrugada
ahuecada por los disparos y la lluvia. Es tuyo
todo este aliento que tenemos, te lo robamos. Los que
vamos a morir te miramos como bestias
por domesticar y te sonreímos sin dientes.

No te saludamos, aunque estemos
parados en tu arena, en el polvo que nos hizo
y que ahora se confunde con nuestra piel.
Ya hemos recorrido tus huesos cansados, sucios,
mondados por la ceguera. Te conocemos, Caracas.
Cada mañana, la piedra de tu risa
estalla contra nuestra frente. Sabemos tus gestos
de madre carnívora, hemos visto
dónde te muerdes la cola.

No saludamos y nadie se percata.
Nadie nota el óxido acumulado en
nuestras voces, nadie ve en nuestras caras
que ya entendimos, que de todas maneras
la prosa de nuestros días será abrupta
como tus callejones
y la hora de nuestra desaparición
tendrá la piedad de tus balas perdidas.

 

*

XI

Mamá, nunca
te olvidas de venir,
de estirar tu cuerpo
sobre el frío de la página, en esta
luz áspera, de hospital,
siempre traes
los labios cosidos,
descosidos,
vueltos a coser a mi aliento,
a mis pulmones llenos de sal,
siempre con tus manos duras,
prematuramente viejas,
como piedras lanzadas contra la vida,
contra la muerte,
mamá, no te molestes en consultar
el reloj, la hora no se queda quieta, salta,
el tiempo también tiene tos,
no te molestes, no tiene final,
esto de los minutos no tiene final,
el tiempo tiene un asma que nadie
se atreve a diagnosticar y
no hay orapronobis que valga,
no hay un venganosotrosturreino intravenoso,
no hay esteroides, no hay calmantes,
nebulizadores, nada, no hay, no hay,
y la respiración sibilante no se calla,
y el doctor tampoco se calla, dice
que la habitación tiene fiebre,
que la página tiene fiebre, que se está
secando, agrietando y no hay hilo
para suturarla, no hay,
mamá, dónde está
el hilo de tu voz, el hilo
del que colgabas a tu hijo, dónde está
ahora,
qué cose.

 

*

XIII

Vi mi primer muerto una tarde, subiendo
de Sabana Grande a la Avenida Libertador,
en una de esas calles estrechas
y claustrofóbicas.
Eran las tres o las cuatro, algo así,
el día estaba flojo, la luz era
como un sudor pálido,
sobre las cosas.
En la acera derecha había un grupo
de gente callada. Y en medio, un hombre boca abajo,
los miembros regados de cualquier manera.
No había un solo comentario, nadie
lloraba o gritaba. Hablaban en voz muy baja,
como si vivieran por adelantado el velorio.
No parecía la escena de una
muerte, sino otra cosa, un suceso desconcertante,
un problema que era necesario
resolver. Hubiera jurado que esperaban, incluso
con un poco de fastidio, alguna señal.
Entre el cielo y la tierra
solamente median los ángeles del aburrimiento.

No habían traído una sábana
para cubrirlo ni le habían puesto
una chaqueta encima.
Era imposible ver su rostro, la bala
le había partido el cráneo desde atrás,
y ahora estaba en el centro de un charco
de sangre y orina y mierda
(se le habían relajado los esfínteres).
Nadie notaba el olor,
la luz fría lo había escondido.
Eso no era un cuerpo, era algo más,
replegado, tachado.
Algo que había perdido todas sus alianzas.

Dicen que al morir te pareces
finalmente a ti mismo,
como si alguien te hubiera hecho el favor
de recoger cada una de tus sombras.
Pero es mentira.
Al final no te pareces a nada,
la masa de músculos atrofiados
y huesos inservibles que eres
no dice nada. La muerte no es
un arte, como todo lo demás,
y nadie lo hace bien.

 

*

XVIII

(Heráclito de Éfeso

en los infiernos)

Nadie se monta dos veces en el mismo metro, incluso
cuando el rostro que devuelven las ventanas
insiste en parecerse a su recuerdo, no es
posible, nadie se monta dos veces, nadie
traspasa y vuelve a traspasar esas puertas que
se abren, que se cierran, que domestican esta compulsión
que llamamos vida, nadie vuelve a esperar
en el andén mientras nos traicionan la física,
la biología, la química, nos traicionan los números,
su progresión interminable, su voluntad por
no regresar, nadie pisa dos veces el mismo
vagón, lo sabes pero no lo dices, yendo de una
estación a otra, sin poder subir a la superficie,
lo sabes porque te lo dijo la lámpara
del logos, parpadeando sobre tu cabeza
cuando intentabas dormir, acunado
por las ruedas sobre los rieles, arropado con
la hidropesía y un abrigo que alguien
botó, te lo dijo el logos con su luz, halógena,
el tiempo es manco y por eso
todo se le escapa, nada retorna, ni el tintineo
de las monedas en el vaso de cartón,
ni un tono de voz, ni un gesto, ni el óxido de
las vigas, ni la mugre que ejecuta sobre la piel
un mapa sin viajes, ni el olor a bosta y
carne quemada de las revelaciones, nada
vuelve, en estos túneles por donde
sólo puede cruzar un río ciego.

 

*

XXI

(Cadáveres para Néstor Perlongher)

Hay cadáveres con y sin rostro, con y sin
miembros, con y sin ataúd y aunque dicen reconocerse
como iguales, no han logrado resolver aún sus rencillas,
formar una república independiente de ultratumba,
ni tan siquiera sindicalizarse.

Hay cadáveres que cavan túneles para escapar
hacia el otro lado del planeta, hacia
una nueva vida –o al menos una muerte más prometedora.

Hay cadáveres que sólo pueden caminar
de espaldas, con pasos tímidos, como quien
se pone tacones por primera vez.

Hay cadáveres que, orgullosos, siguen votando en
sus países de origen; algunos incluso han llegado
a vestir la banda presidencial.

Hay cadáveres que fueron lanzados al mar
para que sólo el agua recordara sus nombres
(pero no fue así).

Hay cadáveres que padecen de anorexia
porque nadie habla de ellos.

Hay cadáveres que insisten en grabar sus rostros
sobre paredes, cortezas de árboles,
sudarios: selfies milagrosos.

Hay cadáveres que pactan con los gusanos
que los devoran; con ellos fundan una nación
subterránea, un pequeño país en descomposición.

Hay cadáveres que dejaron sus retratos
en palacios, ministerios y cuarteles, creyendo
que podrían espiarnos desde ellos
(pero no fue así).

Hay cadáveres que llegaron puntuales
al olvido, pero impuntuales a la muerte.

Hay cadáveres que están a punto de ser echados
del panteón nacional –hace décadas que no pagan
con hazañas la renta.

Hay cadáveres que por nada del mundo se quitan
el uniforme, las insignias, las
medallas, convencidos de una inminente
resurrección de la carne (pero no es así).

Hay cadáveres que regresan porque la inmortalidad
que imaginamos para ellos está mal amoblada, las
lámparas no encienden y siempre se cae la señal del wi-fi.

Hay cadáveres que no pueden hablar de estadísticas,
números, desapariciones, porque se les traba
la lengua. Aún esperan la oportunidad
de testificar contra los vivos.

 

*

XXII

Paolo y Francesca no me dejan dormir. Todas las
madrugadas cogen, gritando hasta que la voz
los desgarra por dentro, los abre y los deja
deshechos. Entonces crecen algas en las peceras de
sus cuerpos, crece musgo y bajo la superficie aún cálida
empiezan a escurrirse minúsculos cangrejos y peces pálidos.

Viven en el apartamento que está justo sobre mí.
Ella tiene el cabello negro y los ojos lisos,
marrones; lleva a todas partes una flacura torpe, de muñeca
prestada. Cuando camina, sus huesos parecieran querer escapar
bailando. Nunca para de rascarse: bajo la piel tiene arañas que no
la dejan tranquila. A veces las ve, a veces no. Él lleva a todas
partes una rabia que apenas le cabe en esos miembros menudos,
de madera apolillada. Arrastra un olor rugoso y unas
ojeras que le pesarán después de muerto. No sé quién
me contó que ella estuvo casada con su hermano, o fue
al revés, tampoco presté mucha atención.

Paolo y Francesca no me dejan pensar. Por la tarde pelean, se
lanzan cosas, dan portazos. Escucho las pisadas, los reclamos,
las frases viscosas de reconciliación, todo termina en mi sala
como halado por una gravedad perversa. Luego salen y no vuelven
sino hasta bien entrada la noche, caminando por la calle, bajo el
cielo sin párpados, apoyados el uno en el otro. Nunca se separan,
pareciera que fueran a estar juntos hasta el día
en que los relojes mueran de hambre.

Así van amasando mi vida, Paolo y Francesca,
con esos gritos que incluso ahora, 2:26 a.m., caen
en el poema como piedras amargas. Así van, inseparables,
una discusión tras otra, una raya de perico a la vez,
con ese amor exasperado, granuloso, comprado
en pequeñas bolsas, que me acompaña con una fidelidad
que no comprendo, como pidiéndome que sea su testigo. Polvo
serán, mas polvo enamorado.

 

*

XXIV

(Cosplay)

Toque de diana, llaman a ese sonido que corta
la mañana en dos, hora de levantarse, hacer
la cama, sacudir de la cabeza los lagartos del sueño,
tomar una ducha, afeitarse y colgar
del cuerpo el uniforme nítido, innegable, dejar todos
los efectos personales en su sitio, caminar derecho,
formarse con los demás en el patio, marchar, ir al
comedor, engullir sin morder la mano que da el alimento
con esa rabia santa, la mano que da el plato lleno y la consigna,
la claridad aturdida de una vida en orden, reportarse, salir
a patrullar, dar vueltas por callejones y avenidas sin mucho
ánimo hasta que sea la hora del almuerzo, de conseguirse una
arepa o un puesto de empanadas, montar luego una alcabala en
alguna calle rentable, esperar a ver si cae un carajito sifrino
o un tipo con real, aguantar el calor pegostoso, el sol que
todos los días dice lo mismo, sin modular, esperar tomando
un jugo de patilla o guayaba, orinar detrás del puesto de vigilancia,
pagarle su cuota a los malandros de la zona para que permitan
operar en paz, qué bolas que uno ya ni ve un policía por
aquí, dejar irse a la chama que se puso a gritar
porque le metieron mano cuando la cachaban, agua que no has
de beber, escuchar los cuentos de siempre, a fulano lo mataron
porque debía unas lucas de las verdes y tú sabes que el
honor no es la divisa que vale para el control cambiario,
a mengano también lo quebraron, por pendejo, que lo
pusieron de escolta de la jeva del coronel y se la estaba
cogiendo, a zutano seguro lo ascienden de tanto mamar güevo,
nojoda, y uno aquí montando alcabalas y haciendo rondas,
de esto no se saca una mierda, recoger todo, montarlo
en la camioneta, repartir las ganancias de la tarde, las migajas,
regresar al cuartel aguantando las miradas de desconfianza, acaso
no saben que estamos para proteger y servir, coño,
reportarse, formarse con los demás en el patio, ir al comedor,
engullir sin morder la mano que da el alimento con esa fe destartalada,
mano que da el plato lleno y el temblor, la llegada de la noche
como el revés de un cráneo, ir a las duchas, buscarse alguno
de esos reclutas flaquitos, con ojos de charco sucio, pegarle unos
buenos coñazos entre todos, pa’que se ahombre, doblarlo,
ponerlo de culo y darle duro hasta que salga el semen gris
de las iluminaciones, dejarlo ahí, arrugado, que el marico ese
no quiere pararse, volver a los dormitorios, planchar el uniforme,
limpiar las botas, dejar todos los efectos personales en su sitio, aguardar
hasta que apaguen las luces para hablar de ese golpe que se viene,
que se viene desde que se fundó este país, que se viene, el general
ya hizo la movida, tiene a los ministros en el bolsillo, dicen
que algunos diputados huyeron y ahora están de incógnito
por todo el Caribe, se viene, ya sabes, hasta los mariquitos
de la Armada están con nosotros, nadie va a venir a preguntar
quién coño mató al comendador, sólo hay que aguantarse y
esperar a que den la orden, el futuro es un animal sin ojos
que aprieta un misterio crudo, todavía húmedo, en la boca.

 

*

XXVI

El tío Ugolino no tenía sobrinos; ni siquiera hermanos. En la cuadra,
todos lo llamábamos tío, no sólo los niños, porque
hablaba con la tranquilidad de quien está ligeramente
fuera de foco, alejado de la torpeza de las cosas, a salvo
de su rencor repetitivo y mudo. Lo que sí poseía el tío Ugolino:
dos hijos, tres perros, una esposa muerta, varios primos en
Argentina, una panadería en Quinta Crespo. También conservaba
su acento italiano, hacía que cada sílaba cargara los escombros de otra
vida, no dejaba que las palabras hicieran lo que mejor
saben: olvidar. A pesar de ser bastante mayor, sus hijos
tenían más o menos la misma edad de los otros chicos, por eso
a veces nos regalaba pasteles rellenos de crema. Llevaba décadas
en el mismo lugar. Pero eventualmente llegaron los días
en que despertaba sin saber dónde había colocado los ojos o en que
las piernas se le dormían y, sin previo aviso, se ponían a soñar. Entonces
decidió vender la panadería y el apartamento para comprarse una
casa en La Guaira, justo entre la costa y la montaña. Seguro sabía
que el mar no tiene nada que decir, sin importar el acento
con el que le hablemos. No mide el tiempo en nacimientos y
muertes, como nosotros, ni sabe curarnos la rabia sorda
de estar vivos. El tío se fue y no volví a pensar en él hasta que
ocurrieron los deslaves. Llovió por más de veinte días, sin parar,
con saña, como si la corteza del cielo se hubiera roto. El agua
solamente caía, decía una y otra vez lo mismo, parecía no
terminar de entender la frase que le había tocado. Durante la quinta
jornada fueron reportados los primeros derrumbes. Las
semanas siguientes la costa fue devorada por la montaña. Lo vimos
por la tele, los edificios caídos, las casas llevadas por el barro, los
equipos de rescate, la gente hormigueando en ese paisaje poroso
que no cabía en la cámara de ningún reportero. Recuerdo cuando salió
en pantalla el comandante supremo, citando desafiante al gran poeta
chileno Pablo Neruda: el agua, cuando no da vida, mata. Claro, él
estaba seco. Pueblos enteros fueron tragados por la tierra; hasta hoy no
hay una cifra definitiva que le sirva de almohada a los desaparecidos.
Nadie en la cuadra supo otra vez del tío Ugolino. No pudimos averiguar
si estaba entre los borrados o los damnificados. Cada vez que lo imagino,
está atrapado en una casa cubierta por el lodo, las ventanas y
las puertas cegadas, un vientre rencoroso dentro del cual
ya no se escucha el mar. Él, sus dos hijos, sus tres perros y su esposa
muerta, apoyada rígidamente contra una pared, como un mueble viejo,
todos rezando para que no se agote la pila de la linterna, contando
los fósforos y las latas de atún. Luego, perdiendo la cuenta de los días,
la medida brutal de la gracia, alucinando por el hambre y la sed. Tanta
lluvia y tanta sed, tanto cieno y ninguna carne. Primero se comen
a los perros, pero el hambre vuelve. Palpando en la oscuridad, el
tío Ugolino busca a sus hijos mientras duermen y los estrangula
con esas manos fuertes de tanto haber amasado pan. Se los com
mecánicamente, con gestos distantes, como si fueran sacos de grasa
y harina y arcilla roja y densa. No sé por qué, pero cada vez
que pienso en él, sigue inexplicablemente vivo. Luego no hay más nada;
apenas el sonido del agua, quizás una filtración.

 

*

XXVIII

(Gasa)

Alcohol, pinzas, aguja, hilo. Guantes de
látex manchados, garabatos sangrientos sobre
la bandeja de metal bruñido. Le sacaron el
trozo de plomo que tenía incrustado
justo bajo la rodilla. Lo cosieron, lo
vendaron y lo trajeron al pabellón, donde ahora
está conectado a unos tubos transparentes
como hilos de saliva. Está rígido, ni siquiera
se inmuta con los espasmos del tipo
que está en la camilla de al lado. Su carne
es una tela seca, ya no puede ocultar bien
los secretos pobres de su cuerpo. Hace días que el
aire acondicionado no funciona y sin embargo
un frío viscoso le lame la piel, una lagartija helada
se le escurre entre los dedos, los orificios nasales,
la boca, los oídos, un reptil que se le enrolla bajo
el abdomen. Cada tanto venían a cambiarle el
vendaje, pero van a tener que amputar, ya
casi nadie puede verle la pierna, una transparencia
le gangrena la rodilla, se la afantasma. Perder un
miembro porque el cuerpo ya no aguanta
tanta simetría. Nadie le dedicará un soneto, nadie
extenderá sobre él una silva delgada como una
mortaja. Nadie filmará una conmovedora película
que cuente su historia, que justifique la nobleza
de sus luchas y oculte sus miserias, donde se relate
cómo eventualmente tuvieron que dejar
de cambiarle las vendas porque ya no había gasa.
Las otras camillas se van vaciando poco a poco, pero
la de él cada vez está más húmeda, más honda; se está
volviendo un río de sudor, desinfectante, pus
y morfina, se está volviendo una corriente que fluye
y desaparece bajo las losas del piso, buscando
desembocar quién sabe dónde. Junto a él, parada
a orillas de ese sueño pálido, una enfermera
le exige a todo el que pasa, con voz baja de ahogado,
por favor, deje la luz prendida al salir.

***

Adalber Salas Hernández. Caracas, 1987. Poeta, ensayista, traductor. Autor de los poemarios La arena, el vidrio (II Premio Nacional Universitario de Literatura; Editorial Equinoccio, 2008), Extranjero (bid&co. editor, 2010; Común Presencia, 2012), Suturas (bid&co. editor, 2011), Heredar la tierra (Común Presencia, 2013), Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2015), Río en blanco (Sudaquia Ediciones, 2016), mínimos (Ediciones Amargord, 2016), Materia intacta (Kalathos Ediciones, 2017) y La ciencia de las despedidas (Pre-Textos, 2018). Asimismo, ha publicado los volúmenes Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (bid&co. editor, 2013) y Estábamos muertos y podíamos respirar. Paul Celan, escritura y desaparición (Huerga & Fierro, 2017). También es coautor del libro Los días pasan y las formas regresan en torno a la obra del escultor Harry Abend (bid&co. editor, 2014). Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Hector de Saint-Denys Garneau, Pascal Quignard y Yusef Komunyakaa. Junto con Alejandro Sebastiani Verlezza editó las antologías Poetas venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes y Destinos portátiles. Poesía venezolana reciente. Forma parte del comité editorial de las revistas Poesía y Buenos Aires Poetry. Dirige la colección Diablos danzantes en Amargord Ediciones. Cursa estudios doctorales en la New York University.


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