Telón de fondo

Próceres, dados y naipes

por Elías Pino Iturrieta

10/09/2018

De izquierda a derecha: Santiago Mariño, Mariano Montilla, José Antonio Páez, Manuel Piar, Francisco de Paula Santander y Rafael Urdaneta

La idea que tenemos de los próceres de la Independencia viene de sus estatuas, de unas piezas de bronce que los presentan como seres dignos de una reverencia sin reservas. No se plantea ahora una pelea contra los monumentos de su gloria, porque los merecen y porque también la sociedad necesita la sensación de que los padres fundadores fueron modelos de perfección, individuos sin tacha que entregaron la tranquilidad y dieron la vida para hacernos la cuna. Pero, a estas alturas del siglo XXI, cuando la coletividad seguramente pueda observar con madurez la humanidad de sus iniciadores, no es trabajo dañino presentarlos como de veras fueron. De allí la necesidad de bajarlos del pedestal, aunque sea apenas un poco.

Una primera clasificación, hecha en los tiempos de la guerra y confeccionada más tarde por los autores del siglo XIX cercanos a ella, admite la existencia de un grupo de villanos en la generación de los libertadores. De ese temprano escarbar se llega a la primera y casi definitiva sentencia de su expulsión de las conmemoraciones patrióticas, para que no causen problemas en los homenajes. Es el caso de los políticos opuestos con resolución a Bolívar, como José Domingo Díaz, Manuel Piar y Rafael Diego Mérida, condenados directamente al purgatorio. También por esos lares han sufrido Páez y Mariño, con intermitencias. Ni hablar de figuras como el granadino Santander y el nacional Pedro Carujo, a quienes se ha sellado pasaporte directo hacia el averno. La mayoría de los del resto pasa el examen de virtudes y puede formar parte de la estatuaria, en diferentes grados, para que nos movamos con soltura en un tabernáculo debidamente expurgado. Los historiadores, debido a las obligaciones del oficio, los quitamos y los devolvemos a la peana cuando es menester, sin que los análisis signifiquen iconoclastia porque no es el propósito de la especialidad y porque, para tranquilidad del santuario, nos movemos en un círculo reducido de destinatarios.

Ahora, después de las explicaciones a que obliga la influencia del patrioterismo, haremos una visita breve a los garitos de la Independencia, o a ver en su afición a algunos de los padres de la patria. Se supone que se ya se ha hecho el exorcismo al demonio de las malas intenciones cuando nos valemos del maestro Parra Pérez (Mariño y la Independencia de Venezuela, Caracas, Academia Nacional de la Historia y Fundación Bancaribe, 2014) para pillarlos con los dados en la mano.

Pero antes un relato sacado del diario de Robert Ker Porter, cónsul de Inglaterra en Caracas cuando están a punto de ocurrir los hechos de La Cosiata. Relata el cónsul que el Intendente Juan Escalona amonestó al propietario de un famoso casino ilegal de Caracas por los escándalos que provocaban los jugadores, queja ante la cual el sujeto respondió que era usual allí la presencia de los gobernantes principales de la ciudad. En breve el Intendente recibió la visita de un edecán de Páez, con el siguiente recado: Manda a decir el general que en estos momentos está jugando en la casa que a usted no le gusta, por si quiere mandar tropas para clausurarla. Nada perturbó la paz del lugar.

Parra Pérez aborda el asunto de los episodios de envite después de la lectura de un memorial que el general Bartolomé Salom envía a Bolívar en 1828. Afirma Salom en el documento:

Pasando una circular a los jefes de los cantones sobre la prohibición de juegos, he tenido del Teniente Coronel Juan Fermín, comandante militar de Carúpano, la que incluyo a Vuestra Excelencia: por ella verá que el General Mariño era el primer tahúr de este país, que no reparaba la persona que alternaba con él en la mesa de juego, siempre que tuviera que perder. Es hombre que aborrece de muerte la parte sana.

La preocupación por el hecho de que el juego rompiera las barreras de las clases sociales viene de la Colonia. A las autoridades de la Gobernación y de la Iglesia les parecía peligroso que los blancos jugaran con los pardos sin recato, especialmente los mantuanos. El juicio del remitente sobre la maldad del general jugador solo parece nacer de una querella personal, porque, desde luego, el hecho de alternar con cualquiera en el tapete no significa buscar el exterminio de “la parte sana”. En todo caso, gracias a las investigaciones de Parra Pérez se conoce la afición de don Santiago a los tratos del envite, que no pocas veces provocaron gran mengua en su capital.

El viajero Martin-Mayllefer se refiere al gusto desenfrenado del general Montilla por los juegos de azar:

Gran jugador, al igual de Mariño, y de la mayoría de sus compatriotas, consiente a menudo en intimar con personas de clases muy inferiores, pero el honor de su compañía les cuesta caro.

De nuevo surge la alarma por la igualación que puede provocar el juego, pero conviene destacar que critica un vicio muy extendido en la sociedad de la época mientras suma otro nombre ilustre a la nómina de jugadores. En ellas también incluye al general Urdaneta, agrega Parra Pérez, quien perdió en las cartas con un coronel Joly dos casas por valor de veinte mil pesos que había adquirido en la distribución de haberes militares.

El juicio más categórico sobre la afición de los próceres a los esparcimientos del azar proviene del Libertador, si damos crédito a lo escrito por Perú de La Croix en el Diario de Bucaramanga. Pone en labios de Bolívar la siguiente andanada de críticas, generada por un comentario de sus allegados ante la proliferación de gallos y naipes en los cuarteles:

Vaya usted a hacer entender esto al General Valdés y a algunos otros de su especie: imposible. Cito al general de división Valdés porque lo pongo a la cabeza de los generales más desmoralizados, más escandalosos, más ignorantes y más cavilosos del ejército de Colombia. Urdaneta, Páez, Santander, Montilla y tantos otros son igualmente grandes jugadores, pero no se comprometen, no se prostituyen como Valdés.

El general Manuel Valdés llega a ser Jefe de la Legión Británica, triunfa en Bomboná bajo las órdenes de Bolívar, maneja operaciones exitosas en Guayaquil y es Comandante de Armas de Santa Marta, pero ahora su jefe solo lo recuerda por su desenfrenada conducta de garitero. Independientemente del condimento que pudo poner de la Croix a sus palabras, trata un problema generalizado que tal vez estorbe la suerte de las campañas sin conducirlas al fracaso.

Porque la Independencia logra su objetivo. Que fuese interferida por los cuarteles convertidos en rústicos casinos por oficiales de alta graduación tal vez sugiera dificultades de disciplina y expansiones contrarias al reglamento, pero jamás faltas capaces de crear escollos serios al propósito de la guerra. Existen diversas maneras de triunfar contra el enemigo, y en unas, en las nuestras, cupo la posibilidad de concebirlas desde una timba.


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