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Perspectivas

Nacer en una lengua

por Rodolfo Izaguirre

30/01/2020

Fotografía de DONDYK+RIGA

Víctor Fuenmayor recibió la Orden Caballero de las Artes y las Letras de Francia. ¡Una alta distinción! Él es uno de nuestros semiólogos más esclarecidos y un investigador de arte de primera línea. En Maracaibo, donde nació y ha atesorado una larga experiencia docente, se enteró del homenaje y dijo que los venezolanos tenemos que entender que la cultura no puede hacerse de manera monolítica, tampoco en una sola lengua, en una sola ideología, ni con un solo interés porque el compromiso del artista o del escritor no es con los contenidos.

Lo que se hace revolucionario son las innovaciones del lenguaje y de los textos y, también, que estos textos puedan influir en los demás contextos culturales.

Víctor Fuenmayor publicó en 1999 un libro fascinante llamado El cuerpo de la obra (Universidad del Zulia, Instituto de Investigaciones Literarias y Lingüísticas). Y como si estuviera mirándonos directa y fijamente a los ojos, lo primero que hace en ese libro es preguntarnos: ¿Qué es nacer en castellano? ¿Qué es nacer en wayúu, en aymara o en quechua? ¿En inglés, en francés o alemán? ¿Qué es nacer en catalán o en eusquera? ¡Qué será nacer, como tantos escritores latinoamericanos, en territorios bilingües, guaraní-español, wayúu-español, creole, papiamiento?

Nacer en una lengua es un proceso complejo que comprende dimensiones corporales, visuales, además de las sonoridades y musicalidades lingüísticas. Se nace por el cuerpo y por la lengua y es la lengua materna la que se particulariza en nosotros. Pero nacemos también por la imitación casi animal de sonidos vocales y posturas hasta llegar a un dominio humano de la lengua y del cuerpo y maravillamos al mundo cuando pronunciamos la primera frase por nosotros mismos porque no son solo palabras lo que el niño enuncia, sino la metáfora de sí mismo, de la construcción de un sujeto que forma parte de una cultura

Nos preparamos para ese gran salto y es por el dominio de la lengua materna que nos inscribimos en una cultura. Nacemos en la unión de cuerpo y de lengua materna, de biología y de signos, de carne y de letras.

Nacer en una lengua es encontrar culturalmente una identidad genética en la palabra. Y Víctor Fuenmayor observa también que nadie nace sabiendo hablar, cantar, silbar; caminar erguido; crear música, contar o pensar matemáticamente, nadie nace diciendo la hora, apreciando que se ha hecho tarde. Se requiere de un prolongado aprendizaje de muchos años de duración porque sin este aprendizaje no seríamos humanos.

Víctor vivió además una experiencia valiosa. Preguntó en un auditorio europeo de alumnos de una maestría en educación en qué lengua situaban su cuerpo cultural. ¡Quedaron pasmados!

Se trataba de sujetos andaluces, catalanes, africanos, francófonos, castellanos, monolingües y bilingües. En aquel grupo cada uno tenía el privilegio de definirse, pero no se lo habían planteado y muchos se estaban expresando en una lengua que no era propiamente la suya y se obligaron a investigar su propia situación intercultural.

En América Latina existen comunidades con lenguas maternas prehispánicas y Estados poli lingüísticos con un lengua distinta al español. No son minorías; son mayorías étnicas, pero la cultura del español que ellos hablan es minoritaria. Se expresan en un lenguaje ajeno.

Kafka era checo, pero tuvo que escribir en alemán, Aimé Césaire era martiniqueño, pero escribió en francés. Panait Istrati era rumano, pero se expresó en francés. También Ionesco era rumano, pero desarrolló en francés su teatro del absurdo. El irlandés Samuel Beckett escribía en inglés pero luego, para sus obras maestras, se pasó a un francés parco, minimalista, áspero hasta la desnudez y terriblemente eficaz para traducir la desolada absurdidad de un universo sin esperanza que él sitúa como trasfondo de su obra.

Seguimos con Fuenmayor. Uno se pregunta: ¿por qué eligieron el francés? ¡Nadie lo sabe! Algunos dicen que seguramente creyeron que al distanciarse de su lengua materna podían revelar mejor el núcleo ontológico de unas vidas reducidas al grado cero de la existencia. Hay que reconocer, sin embargo, que cuando los escritores extranjeros que han escrito en francés –o en lenguas que no son las suyas– enriquecen las literaturas de esos otros idiomas con visiones de alma que antes no tenían; con formas, técnicas nuevas y nuevos espacios geográficos.

Cuando obtuvieron su libertad, algunos pueblos africanos utilizaron el francés solo para dar forma a su cultura. Hay una célebre frase de Léopold Sédar Senghor, quien fuera presidente de Senegal: «¡Escribo en francés, pero pienso en africano!»


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