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Domingos de ficción

Los poetas malos no mueren de amor

por Víctor Carreño

Fotografía del New York City Economic Development Corporation

27/10/2019

Se me hace ahora borrosa la ubicación del Symposium, ese refugio feliz en el alto Manhattan adonde me llevaron por primera vez raptado los bribones de la Sociedad de los poetas malos. Llegué, estoy seguro, en invierno, veníamos cantando por el camino después de una noche de juerga, yo quería llegar a mi apartamento y dormirme de puro cansancio, cuando, sin darme tiempo para replicar, cambiaron de dirección de repente y me juraron que íbamos a darnos un banquete que nunca olvidaría. Y así fue como aquella noche nos recibió alegre y fanfarrón Anastasio, quien ya conocía a los muchachos, en el Symposium. Anastasio dispuso de dos mesas para que nadie se quedara por fuera y después de una gran deliberación entre todos se decidió la ruta del gran banquete. Primero pidieron de entrada aperitivos: unas sabrosas huevas de pescado que llamaban taramosalata y unas papas horneadas con ajo, skordalia, servidas además con tomates, queso, pepinos y aceite de oliva. Trajeron además tzatziki, una crema hecha con yogurt, pepino y ajo, acompañada de pan pita. Pidieron también unas botellas de vino y luego fueron llegando los platos fuertes: cordero horneado acompañado de maguiritsa, un exquisito arroz cocinado en caldo de cordero, rebosado en zumo de limón y huevos, spanakopita, un pastel sabroso hecho con espinaca y queso feta, dolmadakia, unos ricos tabaquitos hechos de arroz con especias, envueltos en hojas de parra. Cuando hizo acto de presencia toda esta comida, con el vapor y el humo que traía impregnada de la cocina, la recibimos, ya bastante animados con el vino, golpeando la mesa y cantando la marcha del Toreador de Carmen, de Bizet.

Considero una feliz coincidencia recordar que el Symposium estaba cerca de una librería llamada, a lo Borges, Labyrinth Books, ya desaparecida de aquellos territorios. Considero una feliz laguna no recordar si estaban ambos sitios en la misma calle o en calles paralelas, no muy lejos del campus de Columbia. Yo entré por curiosidad una tarde. En la primera planta estaban los libros para el público corriente, y en la segunda planta había una larga hilera de estantes con los libros de diferentes temas que pedían los profesores para sus cursos. En un espacio retirado y al fondo encontré a Ignacio en el estante de poesía, revisando traducciones y ediciones exquisitas. No fue por azar sino por afinidad que coincidimos en ese hueco.

–Viejo, somos abogados de causas perdidas. ¿Hasta cuándo perdemos el tiempo? ¿Para qué leer estos libracos de poesía?

–Para ingresar a la Sociedad de los poetas malos.

Su respuesta, dicha con un tono socarrón, me agarró por sorpresa. No estaba inventando agudezas o mundos paralelos, como solía hacerlo. Ya él pertenecía a ellos y me invitaba a unirme a la cofradía. Le confesé que había leído unos poemitas ganadores del Concurso Anual de la Poesía Mala que salían publicados en el Spectator. Me parecían pleonásticos y divertidos (Clitemnestra killed her dad/bad bad bad bad bad”). Nada más. Fue entonces cuando me enteré de que el grupo nació para rendir homenaje a Alfred Joyce Kilmer, integrante de la Philolexian Society (una sociedad que enseñaba retórica a los tarados), antiguo estudiante de Columbia que había luchado supuestamente en la Primera Guerra Mundial. Pero nuestro soldado no era recordado por ningún acto heroico, excepto por un poema, si así puede llamarse, que terminaba así:

Poems are made by fools like me

But only God can make a tree.

En verdad me dijo Ignacio aquella tarde en Labyrinth Books, si no existiera Alfred hubiéramos inventado otro precursor. Quizá hubiéramos escogido a aquel general Santa Anna, el que perdió una pierna en la guerra y luego organizó unas largas exequias para su pierna por las que, dicen, puso a rodar estos versos apócrifos:

Es santa sin ser mujer,

es rey sin cetro real,

es hombre, mas no cabal,

y sultán, al parecer.

Que vive, debemos creer:

parte en el sepulcro está

y parte dándonos guerra.

¿Será esto de la tierra

o qué demonios será?

Quedé más perdido aún con la disertación de Ignacio sobre estos antihéroes de ultratumba, que según mi amigo eran legión.

–Dime una cosa, además de ser tonto, ¿qué se necesita para hacer un poema malo?

–Fórmulas, que yo sepa, no hay. Pero óyeme, que estoy muy bien informado.

–¿Cuál es la buena nueva?

– Los poetas malos no mueren de amor.

Parecía filosofía barata –la única que podían ofrecer los poetas malos – pero, venida de un amigo, valía oro. Porque yo estaba un poco mal de la cabeza, Ignacio lo sabía, y ya no podía darme otra vuelta de tuerca. Ya había llorado bastante con Toña La Negra y Felipe Pirela, evocando noches ardientes junto a Ella en un viejo apartamento, mientras las ratas se oían chillando en un hueco del techo y Ella me susurraba al oído que me tranquilizara. Que no me preocupara por las ratas. Y no sé si era por el ronroneo de su voz o por cuál encanto de sirena que las ratas se callaban poco a poco y al final se iban. Y luego me perdía maravillosamente en su cuerpo y me hacía olvidar las ratas y los helicópteros que sobrevolaban Nueva York en noches de pesadilla. Pero ya todo eso había pasado. Ya me había emborrachado bastante con aquel disco rayado del engaño y del despecho. Ya estaba cansado de comer flores. Y así fue como decidí unirme a los poetas malos. No había ceremonia de iniciación, pero aquella velada en el Symposium lo fue para mí.

Nueva York era una fiesta: una ciudad para extraviarse en su ritmo frenético, una danza interminable en una noche atravesada por estrellas fugaces en diferentes direcciones. Millones de seres juntos se sienten solos, pero cada ser podía convertirse en el centro de la fiesta, si alguna vez se dejaba llevar por el hechizo de la maga. Anastasio se convirtió en nuestro anfitrión –anfitrión honorario de los poetas malos– en aquellas noches de escape al Symposium. Era ya un hombre canoso cuando lo conocí, pero conservaba el humor de un polizonte bonachón y panzón que se había venido de aventurero en un barco en un largo viaje de Grecia a Nueva York. Alguien le había prometido pagarle quinientos dólares a la semana por emplearlo, para al final ofrecerle solo veinte cuando arribó a Manhattan en 1971. No sé cómo Anastasio esquivó esta mala jugada, ni cómo sobrevivió durante años deseando trabajar en algo realmente próspero, hasta que la tierra prometida tuvo el rostro del Symposium.

Había muchos más italianos que griegos en Nueva York. Así que sin pensarlo demasiado, tuvo la intuición de que abrir un restaurante de comida griega debía ser un buen negocio. Ni tonto ni perezoso ante aquel desafío, Anastasio se lanzó al agua y cuando nos recibía ya era el manager de un codiciado restaurante de comida griega sazonada por unos inmigrantes mexicanos que siempre te sonreían cuando recorrías el estrecho pasillo de la cocina que conducía al escusado.

Pero no bastan los buenos deseos para hacer un buen negocio. Cuando por fin el restaurante abrió, no había muchos clientes, el sitio estaba silencioso y los pocos visitantes hacían sentir más pesada la soledad. La competencia en Morningside era bestial. Bastaba solo patear unas calles en Broadway para encontrarte con selectos ejemplos de cocina internacional, y el Symposium no estaba en Broadway, estaba en una calle lateral. Había que hacer una buena promoción para atraer a un nuevo público. Así que manos a la obra: a repartir volantes y ofrecer tentadoras ofertas a quienes no les sobraba el dinero, y esos eran los estudiantes. Anastasio fue poco a poco subiendo las expectativas del negocio. Cuando lo conocí llevaban ya cinco años funcionando y estaban en su mejor época.

Ese mismo año vinieron los tiempos malos. Era un espléndido otoño y llegó el 11 de septiembre. El Symposium antes era un bullicio continuo entre vinos y manjares, pero después sobrevino el silencio, poco ruido, la gente estaba asustada y miraba alrededor todo el tiempo. Anastasio intentaba recuperar el entusiasmo, a pesar de que a él también le había tocado vivir la pesadilla. Venía por el Triborough Bridge, el puente que conecta Queens con Manhattan y el Bronx pasando por las islas Wards y Randalls, cuando el segundo avión chocó contra las torres. Como aún no eran las nueve de la mañana, Anastasio venía medio dormido en el bus y quizá hubiera seguido así, si no fuera porque una muchacha que no hablaba inglés, le llamó la atención en español, tocándole el hombro para que se despertara. Puedo imaginar la molestia del griego. Anastasio era de aquellos para quienes el mundo podía venirse abajo, antes de aceptar renunciar a la buena comida y al buen sueño. Refunfuñó y movió los brazos como si intentara ahuyentar una mosca, hasta que la muchacha insistió asustada: “¡Mira, mira!”. Anastasio venía a trabajar ese día y podía entender unas frases de español, pero seguía empeñado en dormir y hubiera seguido durmiendo, hasta que se dio cuenta de que no se lo iban a permitir: él era el único que seguía durmiendo. En aquel fin de mundo de sálvese quien pueda todos querían huir o salvar a su vecino, y Anastasio no era tan mala gente para que uno quisiera abandonarlo en ese mal momento. Pero el soñador no pensó en algo urgente, ni en mirar el paisaje, abrió los ojos y se limitó a decir en español: “¿Quién eres?”. Parecía repetir lecciones de español que se aprenden en la calle y se repiten inconscientemente como cuando uno sueña, y Anastasio venía soñando. “Mira, mira”, repetía la chica en dirección al World Trade Center. Ahora sí que Anastasio se haló los pelos, se puso histérico y gritó como el que más. ¡Y ahora qué hacer! ¿Qué tal si el bus se regresa a Queens y todos se esconden y refugian hasta nuevo aviso? Pero el bus no se detuvo, después de todo era día de trabajo y siguió su ruta hasta Manhattan. ¿Día de trabajo? Anastasio fue el único que vino a trabajar al Symposium, él y el chef, un tipo mexicano que vivía por la zona. Todo estaba desolado en Morningside Heights, excepto quizá por la Avenida Ámsterdam, congestionada de carros que venían hacia el norte, todos huyendo del sur como de una peste.

Bueno, así es la vida, ¿qué más podías hacer, Anastasio, sino regresar a casa con tu familia y esperar (¡cómo esperábamos todos!) que las cosas volvieran a la normalidad? Pero había otro problema, Anastasio, y solo lo comprendiste cuando ibas a tomar el bus hacia Astoria en Queens. Anastasio había olvidado su carnet de identidad en la casa, total, casi nunca tiene que mostrarlo, pero ese día se encontró rodeado de policías enormes como monstruos que lo intimidaban. “Lo siento, lo dejé en la casa, señor”. ¿Quién era aquel sospechoso que iba a cruzar el Triborough Bridge? ¿Qué desastres podía ocasionar en aquella compleja y vasta estructura de un puente que es tres puentes que unen a Manhattan, el Bronx y Queens pasando a través de las islas Randall y Ward? ¿Qué colapsos y explosiones podía aquel hombre causar? Los ojos amenazantes de los policías parecían decirle todo esto a Anastasio, pero él solo respondía con voz de gallina flaca: “¡Look at me! Soy un pobre viejo, chicos, ¿tengo cara de terrorista?” “Convéncenos, viejo, muéstranos algo que certifique quién eres”. Anastasio revisó de nuevo su cartera, encontró una tarjeta de crédito que llevaba su nombre, dijo su número de Seguro Social, aguó sus ojos como una vieja. Verificaron la información y lo dejaron ir. Anastasio respiró. Recordó los años de la dictadura de Georgios Papadópoulos, cuando se vino a Nueva York. Pequeñas bombas aquí y allá, alertas de magnicidio, ataques subversivos, torturas, intentos de golpes de Estado. No, los Estados Unidos nunca habían vivido en el continente aquella violencia. Pearl Harbor quedaba muy atrás y lejos, muy lejos, en el Pacífico. Ahora volverían los pánicos de la Segunda Guerra Mundial, cuando había apagones de noche en Nueva York, para protegerse de una eventual y nunca ejecutada Blitzkrieg nazi contra los rascacielos. Y sin embargo, qué de tiempos rudos le tocó vivir a Anastasio en Nueva York.

–¿Te acuerdas de Vassily? Está loco.

Así me dijo, recalcando estas dos últimas palabras en español, cuando lo vi otra vez en Nueva York, casi quince años después de aquellos días. Vassily, quien era también otro de los poetas malos, había resultado ser un pariente lejano y como dicen que la sangre llama, le agarró cariño a Anastasio y lo visitó con frecuencia después de aquel aciago septiembre. Vassily andaba, como todo el mundo, sospechoso de la gente rara. Así que no pudo menos que acelerársele el corazón cuando vio dos tipos con turbantes que entraron un día a almorzar en el Symposium y hablaban sin parar mientras comían, en una lengua ininteligible para él. No pasó mucho tiempo antes de que terminaran su almuerzo, pagaran la cuenta y se marcharan. Pero entonces Vassily notó que habían dejado una bolsa grande de compras y que emitía desde dentro un sonido distinguible claramente: “Tic, tac, tic, tac”. Vassily no fue el único que se dio cuenta y ya al acercarse a la mesa todos en el restaurante tenían la mirada clavada en él. Tragando saliva y respirando hondo, agarró la bolsa y corrió hasta la puerta, arrojando con fuerza a la calle lo que sea que allí estuviera guardado. Muchos esperaban una explosión, pero solo se oyó como un cristal quebrado. En la bolsa había un reloj despertador que se hizo pedazos al caer. Nada más.

Anastasio se reía a carcajadas cuando me lo contó. “¡Estaba loco!”. El Symposium volvía a escucharse con ruidosas y alegres voces que me recordaron las de antes, después de casi veinte años, aunque no se comparaban. En recuerdo de los buenos tiempos, Anastasio me regaló un menú de aquellos días. La boca y los ojos se me hicieron agua.

–Guárdalo, quizá puedas escribir algo sobre esto. Yo me jubilé el año pasado.

–¿Te jubilaste? ¿Y por qué estás aquí trabajando?

–Nada es perfecto. Además, tú sabes, mejor aquí que pelear en casa con mi señora.

No pude evitar reírme pero después pensé que Anastasio no me estaba diciendo la verdad, o no al menos toda la verdad. De hecho, había algo literario en la figuración de esta Penélope de la que Ulises imaginaba indefinidamente el retorno. ¿O la despedida? Porque todos perdimos alguna vez a nuestra Penélope. Antes de despedirnos, Anastasio me confesó algo que había ocurrido aquella lejana primavera, justo después del invierno en que probé por primera vez sus banquetes. Habían decidido cerrar el Symposium porque iban a construir un salón de fiestas, cuando la verdad era que iban a cerrarlo porque su manager tenía cáncer y necesitaba ser operado.

Anastasio recibió la noticia con el buen ánimo de siempre, optimista empedernido. Era su naturaleza, pero era también realista. Tenía que ganarse el favor de varios dioses para regresar a la Ítaca de la salud. Y los dioses se apiadaron de él. “Nos ha hecho reír mucho, démosle otra oportunidad, los tiempos que se avecinan son aburridos”. Con todo, tenía que estar tres meses en recuperación. Pero solo aceptó estar tres semanas en su casa antes de volver al trabajo. El Symposium lo esperaba. Y abrió sus puertas de nuevo, cuando más lo necesitábamos.

¿Me dijo toda la verdad Anastasio? Quizá se estaba despidiendo de mí al asegurarme que se había jubilado, al decirme sin decirlo que su historia en el Symposium de algún modo había llegado a un fin. Ahora, mientras asoman unas canas en mi frente, recuerdo mi última noche en Manhattan, hace ya muchos años, cuando después de haber vaciado las últimas botellas de vino con los poetas malos, nos fuimos a pie desde el centro de la ciudad hasta el alto Manhattan, como si la noche no tuviera fin, y cada manzana recorrida y ya extrañada era una avenida del pasado que descendía hasta el fondo de mí. Ahora que la noche es cada vez más oscura brillan algunos recuerdos cada vez menos, pero sé que están ahí. Conservo agradecido el menú de los viejos tiempos que me dio como un regalo. Pero no el último regalo. Adiós, viejo. Quisimos tanto a Anastasio.


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