Perspectivas

Lord Elguin y el robo de los mármoles del Partenón

Dos secciones de esculturas de los mármoles del Partenón en el Museo Británico. Fotografía de León Neal | AFP.

08/10/2022

Los primeros meses del año 1800 debieron ser de una actividad frenética para Thomas Bruce, séptimo conde de Elguin y undécimo de Kincardine. Dos años antes había sido nombrado por Su Majestad embajador británico ante el imperio otomano. Elguin llegó a Constantinopla en noviembre de 1799, encargado de una delicada misión. Debía impulsar la influencia británica en el Mediterráneo oriental sin despertar resquemores en la Sublime Puerta. La situación no podía parecer más propicia, ahora que británicos, otomanos y mamelucos se habían aliado para expulsar las tropas de Napoleón de Egipto. Los franceses habían pretendido cortar el tráfico de mercancías entre la India e Inglaterra, y con eso quedarse con una de las joyas del imperio otomano, el Eyalato de Egipto. Ahora que Napoleón perdía la guerra, las cosas parecían sonreír para los británicos, que se habían propuesto avanzar en la región, si bien con el mayor de los sigilos.

Claro que Lord Elguin no era un improvisado. En 1791 había sido enviado extraordinario en Austria y al año siguiente en Bruselas, en plena guerra con Francia. En 1795 lo tenemos también en Prusia. Era el hombre, pues, para representar a Su Majestad ante el Sultán. Aunque de origen escocés, había sido educado como un noble inglés en los colegios de Harrow y Westminster en Londres. Después estudió en las Universidades de Saint Andrew y Paris, donde tuvo que aprender el amor por los clásicos y la historia griega.

Nomás llegar a Constantinopla, y por consejo de su secretario privado, el arqueólogo y también diplomático británico, Sir William Hamilton, Lord Elguin reunió una serie de pintores, arquitectos y escultores napolitanos, bajo la dirección de Giovanni Baptista Luisieri. Hamilton también había sido embajador británico ante el Reino de Nápoles entre 1764 y 1800. Importante arqueólogo y vulcanólogo, estudió el Vesubio y el Etna, enviando importantes reportes a la Royal Society, y llegó a reunir una notable cantidad de cerámicas y otras antigüedades griegas, lo que le valió un nombramiento como miembro de la Sociedad de Anticuarios de Londres. Esta vez la idea era realizar una serie de dibujos y reproducciones de las estatuas y frisos del Partenón, que se encontraban en un lamentable estado de abandono. Es fama incluso que muchas de las estatuas habían sido demolidas para utilizar el mármol como cal para la construcción de nuevas casas.

Dadas las excelentes relaciones con el Sultán, Lord Elguin sabe que no habrá mayor dificultad para conseguir los permisos correspondientes. Grecia se encuentra bajo el dominio turco, y para las fuerzas de ocupación, la Acrópolis no es más que el arsenal para el pequeño regimiento allí apostado. En verano de 1800 la expedición, coordinada por el mismo secretario Hamilton y Philip Hunt, el capellán de Elguin, se encuentra ya en Atenas. Paralelamente el embajador se ocupa de los permisos, que le son otorgados con facilidad. En mayo de 1801 Elguin aseguraba haber recibido un primer firman de la Sublime Puerta, en que se le autorizaba a “arreglar andamios alrededor del antiguo Templo de los Ídolos (se refiere al Partenón), y moldear la escultura ornamental y las figuras visibles en yeso y estuco”. Asimismo se le permitía “retirar cualquier pieza de piedra con inscripciones o figuras antiguas”. Actualmente este documento no ha podido ser hallado ni ninguna otra referencia a él, y su veracidad es discutible.

Lord Elguin dejará, pues, en manos de Hunt y Hamilton el asunto del Partenón. Se sabe que ambos, en compañía del orientalista Joseph Carlyle, hicieron una excursión por la Tróade, la región de Troya, y otra por las islas del Egeo en busca de manuscritos. Algunos historiadores insisten en que el plan original de Elguin estaba lejos de ser el de sustraer los mármoles del Partenón, mucho menos trasladarlos desde Atenas. También es cierto que, a partir de las frases referidas por él (si es que son ciertas), se puede colegir el desprecio que los otomanos sentían por las esculturas del Partenón, al que despectivamente llaman “Templo de los Ídolos”. En realidad, después del ataque veneciano de Morosini en 1687, cuando la explosión del arsenal de pólvora guardado allí por los otomanos hizo saltar por los aires la mitad del edificio, se había construido una pequeña mezquita al interior del Partenón, y el resto de la Acrópolis era usado como guarnición y centro administrativo de gobierno. Seguramente las autoridades locales habrían estado muy agradecidas, y el Sultán por demás encantado, si estos artesanos napolitanos les ayudaban a despejar la Acrópolis de todas esas desagradables y sacrílegas estatuas de dioses desnudos.

La orden, pues, tuvo que ser dada por Hunt sobre la marcha, habida cuenta la oportunidad dada por el gobierno otomano. Aproximadamente la mitad de los frisos, quince metopas y diecisiete fragmentos de las esculturas de los frontones del Partenón fueron desprendidos, no precisamente de forma cuidadosa sino improvisada. Algunas de las esculturas se despedazaron al caer al suelo, torpemente arrancadas de las paredes, otras sufrieron considerables daños. Pero la rapiña no terminaba ahí. También fueron desprendidos fragmentos de las esculturas que adornaban los Propíleos, las puertas monumentales de la Acrópolis; losas de mármol del templo de Nike Ápteros, la “Victoria alada”, y una columna del Erecteo, la otra joya arquitectónica de la Acrópolis. En el colmo de la codicia, Elguin pidió que le enviaran a las Cariátides, las hermosísimas columnas en forma de mujer que adornan el balcón del Erecteo. Por fortuna solo una de ellas pudo ser arrancada. Todo fue embalado en 253 cajas con las piezas atribuidas a Fidias en el siglo V a.C., y embarcado a Londres. Incluso después que partió Elguin de Constantinopla en 1803, el “equipo” al mando de Luisieri quedó en Atenas con la orden de excavar y encontrar la última cerámica o estatuilla. Todavía en fecha tan lejana como 1812 llegaban ochenta cajas a Londres.

Hay un refrán griego que dice lo kaló, óla kalá: “si el final está bien, todo está bien”. Y viceversa, en español decimos que lo que comienza mal, termina mal. Y el saqueo de la Acrópolis no podía terminar bien. Como si fuera una venganza de los dioses, el traslado de las piezas no pudo tener más dificultades y contratiempos. En 1803, uno de los barcos que las transportaban, el bergantín Mentor, naufragó frente al Peloponeso, y fueron necesarios muchos gastos y grandes esfuerzos para que los buzos pudieran rescatar su valiosa carga tres años después. En 1804, camino a Londres, Elguin fue apresado por los franceses, y solo pudo llegar a casa dos años después. Algo similar ocurrió a Hunter, también camino a casa. Ese mismo año de 1804 llegaban los mármoles a Londres, y eran recibidos con una gruesa polémica y agrias acusaciones por el expolio cometido.  Algunas estaban encabezadas nada menos que por Lord Byron, quien acusó a Elguin de vandalismo. Éste trató de defenderse escribiendo un panfleto titulado Memorandum on the Subject of the Earl of Elguin’s Porsuit in Greece, que solo pudo ser publicado en 1810. A su llegada, arruinado por la inmensa fortuna gastada, hizo instalar los mármoles en su propia casa, cobrando a los visitantes que quisieran admirarlos. Finalmente, en 1817 los ofreció al Museo Británico, que terminó por pagarle solo 30.000 de las 73.000 libras que pedía.

Sabemos que Francisco de Miranda fue uno de los últimos viajeros en admirar los frisos del Partenón en su lugar original. Miranda fue el primer americano extasiarse ante el Partenón cuando visitó Atenas en 1786. En su Diario de viajes detalla la belleza del “Templo de Minerva”, como lo llama, pero también se queja del pésimo estado en que se encuentra bajo las autoridades otomanas. Años más tarde, Andrés Bello debió ser uno de los primeros en admirar los mármoles en el Museo Británico. Bello, filólogo y clasicista, llevaba seis años viviendo en Londres y por lo menos tres asistiendo regularmente a estudiar en la Biblioteca Británica, cuando los mármoles fueron trasladados al Museo en 1817. Ambos sabios venezolanos fueron, cada uno a su manera, testigos excepcionales de uno de los mayores expolios que ha conocido la humanidad.

En la actualidad, Grecia ha continuado invariablemente con su política de exigir la devolución de los mármoles por parte del gobierno británico. Organismos internacionales como la UNESCO e incluso parte de la opinión pública inglesa se han mostrado de acuerdo con la idea de restituir este tesoro que incontestablemente pertenece al pueblo griego. Mientras tanto, en el último piso del nuevo Museo de la Acrópolis, un salón acristalado que mira al Partenón espera pacientemente a que los mármoles sean repatriados.


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo