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Libro negro de una dictadura: una impresión de película

por Diego Rojas Ajmad

20/11/2019

José Agustín Catalá retratado por Diego León

Durante las horas de ocio (“deshoras”, diría Picón Salas) tengo la peculiar costumbre de imaginar los hechos de la historia venezolana como escenas de famosas películas. A las batallas del siglo XIX les pongo el rostro de Charlton Heston y Sophia Loren en medio de frenéticas muchedumbres. A las acaloradas discusiones que en el congreso mantuvieron Juan Vicente González, Antonio Leocadio Guzmán o José María Vargas les asigno el trepidante estilo de Francis Ford Coppola. A los interminables golpes de estado y a las tropelías de los dictadores y corruptos, ya no importa de cuál siglo sean, los veo desde el lente de Chaplin, a veces del de Cantinflas. Hay sin embargo un episodio de la historia de la edición en Venezuela al que aún no he logrado encontrar parangón, pues resulta una impresionante combinación de suspenso, acción, drama y de lección ética y ciudadana: se trata de la impresión de Venezuela bajo el signo del terror 1948-1952. Libro negro de una dictadura.

Imaginemos el guión de esa historia.

Mediados de 1952. Taller de la Editorial Ávila Gráfica, en Caracas, casa numerada con el 18-1 ubicada entre las esquinas de Hoyo y Santa Rosalía. En la pequeña oficina del gerente un hombre de treinta y siete años llamado José Agustín Catalá –alto, de contextura atlética y cejas pobladas, vestido de paltó y con cabello negro engominado peinado hacia atrás, como dictaminaba la moda– revisa algunas pruebas impresas.

Ese día un capitán del ejército de nombre Juan Bautista Rojas visita el taller con la excusa de adquirir un ejemplar de El ruiseñor de Catuche, de Aquiles Nazoa, y el catálogo de Ávila Gráfica. El capitán está residenciado en Maturín y, de paso por Caracas, quiso conocer el lugar donde hacían los libros que tanto le agradaban y de los que llegó a saber gracias a los ejemplares que un compañero de promoción le prestaba. Paulatinamente, la conversación pasó de autores e imprentas a la situación política del país. En ese conflictivo año de 1952 la Junta de Gobierno que había asumido el poder luego del golpe de Estado contra el presidente Rómulo Gallegos en 1948, limitó una serie importante de libertades públicas. 

El editor y el capitán Rojas hablaban a tientas del asunto, con cierto recelo respecto de las verdaderas intenciones que animaban a uno y a otro. Catalá ya había padecido varias visitas de la Seguridad Nacional, además de haber sido interrogado en diversas ocasiones debido a sus actividades políticas y por su participación en impresiones calificadas como “subversivas” por el Gobierno.

Ya con más confianza, y al momento de despedirse, el capitán Rojas pregunta a Catalá por qué no se ha recogido en un libro bien documentado las denuncias contra el régimen que se encontraban silenciadas y dispersas.

–Le compro la idea, capitán.

–No tiene precio –dijo sonriente el militar mientras se marchaba–, se la regalo.

En realidad la idea no era mala pues la censura de la Junta de Gobierno había hecho muy bien la labor de ocultar sus desmanes y atrocidades y era en extremo necesaria la denuncia. Catalá puso manos a la obra. Expuso la idea a Ramón J. Velásquez y éste, a su vez, se la comunicó a Leonardo Ruiz Pineda, secretario del partido Acción Democrática.

Varias personas comenzaron la tarea de investigación y redacción. Desde la clandestinidad, Ruiz Pineda, Alberto Carnevali y Jorge Dáger. En la calle, Ramón J. Velásquez, José Agustín Catalá, Simón Alberto Consalvi, Héctor Hurtado y René Domínguez. Se trataba de un equipo que recopilaba datos, visitaba a las víctimas y a los familiares de los presos o asesinados para reconstruir la sangrienta historia de torturas y homicidios que iba sumando la dictadura. Trabajo inmenso y peligroso cuyo fin era dar visibilidad a aquello que no aparecía en la prensa diaria. Los originales se corregían con minucia, se añadían datos y luego pasaban de mano en mano para no dejar cabos sueltos. No había tiempo que perder, menos todavía cuando la Seguridad Nacional acechaba incansablemente. Todos se referían al proyecto como “el poemario”.

Ya con los textos preparados, vino la fase de impresión. Suponía un enorme riesgo tirar el libro en Ávila Gráfica, pues la empresa se hallaba permanentemente vigilancia y era visitada con frecuencia por la Seguridad Nacional. Meses atrás, las revistas Cantaclaro, Hechos y un sinfín de libros habían sido incautados. Sin embargo, no había más opción que hacer el volumen en la imprenta de Catalá. La estrategia: no levantar sospechas y trabajar a puertas abiertas como si fuese otro libro más, uno de los tantos que allí se hacían. En Ávila Gráfica se empleaba el linotipo que había sido propiedad de Leoncio Martínez, ese donde se imprimió Fantoches, el emblemático semanario humorístico contra el gomecismo; quizás los duendes de la libertad de esa máquina dieron ánimos a los trabajadores de la empresa.

Así, linotipistas, impresores, encuadernadores, empaquetadores y transportistas se unieron como una solidaria familia que conocía la importancia del trabajo que realizaban, por lo que juraron un pacto de silencio. No obstante, la magnitud de la impresión ameritaba más personal; para ello contrataron a un italiano recién llegado al país, y que aún no hablaba español, para que se hiciese cargo de la labor durante la noche. De este modo, el prensista italiano hacía el trabajo sin poder descifrar el contenido de lo que imprimía.

Como era habitual, funcionarios de la Seguridad Nacional se estacionaban al frente de la empresa; al ver las luces encendidas y las ventanas abiertas de par en par mientras los trabajadores seguían impertérritos con su trabajo, no sospechaban nada. Tal vez pensaban que si estuviesen haciendo una publicación clandestina no trabajarían de esa manera tan tranquila y a la vista de todos.

El libro estuvo listo en tiempo récord. El 4 de octubre de 1952 comenzó a difundirse. Muchos de los ejemplares fueron llevados a un apartamento cercano a la residencia de Consalvi. El trabajo, por supuesto, tuvo el efecto esperado. Las historias de torturas, desapariciones, asesinatos e innumerables tropelías descritas en Venezuela bajo el signo del terror lograron desnudar a la Junta de Gobierno. Al verse desenmascarada y burlada la dictadura puso en marcha su terrorífica máquina de persecución.

Doce días después de culminada la edición, Catalá es trasladado a la Seguridad Nacional. Estuvo detenido tres semanas. Los esbirros, sin embargo, no encontraron ningún indicio que lo comprometiera con la impresión del libro. La dictadura encargó grupos de especialistas para dar con los responsables. Visitaron docenas de imprentas de la ciudad, interrogaron a varios editores, analizaron los tipos de fuentes empleados en los linotipos, pero nada daba arrojaba pistas. La portada indicaba que el texto fue producido por la “Editorial Centauro”, de México, y hasta a ese país enviaron, infructuosamente, a algunos agentes. En México, sin embargo, no había una editorial registrada con ese nombre.

Venezuela bajo el signo del terror 1948-1952. Libro negro de una dictadura señala en su colofón, de manera desafiante: “Este libro se terminó de imprimir el día 15 de septiembre de 1952, en los talleres de la Cooperativa de la Industria Gráfica Mexicana, para Editorial Centauro, Apartado 2480, México, D.F. Previamente se había suministrado a los editores las pruebas necesarias para realizar ediciones similares en Cuba, Guatemala y Colombia”. Los gendarmes leían una y mil veces este texto tratando de encontrar en él alguna información.

Ante el misterio de la procedencia del libro, la dictadura decide apresar nuevamente a Catalá. El 15 de enero de 1953 es llevado a la Cárcel Modelo de Caracas, se le amenaza para que dé nombres, pero la lealtad del editor no se resquebraja. 

La tortura fue inclemente. Tres funcionarios lo desnudaron y golpearon durante varios días hasta convertirlo en una masa sanguinolenta. Nada dijo. 

Desde La Guaira lo trasladan en barco hasta Ciudad Bolívar y lo internan en la infernal cárcel de aquella región. Allí pasa tres pavorosos años. Una vez liberado, se le advierte que ya no puede tener relación alguna con libros o imprentas. Solo se le permite vender gasolina en Maracay. La Editorial Ávila Gráfica, su sueño, había sido clausurada.

Pese a todo, la operación “poemario”, que le costó la editorial, la libertad, la salud y la muerte de compañeros, no había sido en vano. La difusión de los crímenes de la dictadura, encabezada por Marcos Pérez Jiménez y el siniestro Pedro Estrada, abrió un boquete tanto dentro como fuera del país y contribuyó con el advenimiento de la democracia en 1958. 

De esta historia sobre Venezuela bajo el signo del terror 1948-1952. Libro negro de una dictadura llegó a decir el propio José Agustín Catalá: “El Libro negro marca el gran momento editorial subversivo, una aventura tan hermosa como llena de riesgos”.

El trabajo clandestino de edición durante las épocas de dictadura resulta un interesante capítulo de la historia de nuestros libros aún por contarse. Un asombroso y atractivo recuento cargado de anécdotas y enseñanzas que merece ser narrado por el bien de la memoria del país. 

***

Referencia

Catalá, J. A. Apuntes de memoria del editor José Agustín Catalá 1915-2007. Caracas, El Centauro, 2007.


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