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Perspectivas

Las nuevas provincias de la literatura venezolana

por Miguel Gomes

Quabbin Reservoir, Massachussets. Fotografía de Mark Bonica | Flickr

25/08/2019

A Juan Carlos Méndez Guédez

En unos días cumpliré treinta años haciendo literatura venezolana en el noreste de los Estados Unidos. Recuerdo que durante mi primera noche en Massachusetts intenté borronear un cuento. Me alojaba donde unos tíos de mi madre que me invitaron a pasar con ellos unas semanas antes de irme a Long Island a comenzar el posgrado. Un poco insomne por el nerviosismo –frescas las huellas del Caracazo, presentía que la mía no iba a ser una temporada breve en el exterior–, me salieron cuatro o cinco páginas que no sobrevivieron, excepto por dos párrafos, incorporados años después en una narración distinta que tenía en común el motivo del viaje de su protagonista. El personaje era un joven de dos nacionalidades que llegaba a los Estados Unidos como estudiante y meditaba sobre lo que había sido buena parte de su existencia entre Venezuela y Portugal. Con su familia portuguesa había vivido los azares de un constante vaivén entre la Europa de origen y la Suramérica de elección. Un tercer país, finalmente, le abría las puertas ofreciéndole una beca. Y en ese país el protagonista empezaba a explorar los complicados lazos familiares de la rama de sus parientes que había emigrado de Portugal a Nueva Inglaterra y no a Venezuela. Ese relato lo deseché porque me pareció excesivamente autobiográfico; en mi ingenuidad veinteañera juraba que ficción y autobiografía eran como el aceite y el vinagre de la cocina literaria. Pero lo que no se ha borrado de mi memoria, lo que retengo con nitidez, es que aquella noche inicial estaba llena de una extranjería acerca de la cual deseaba escribir. Surgía como una identidad anfibia, en la que a la literatura se sumaban interminables pasillos de aeropuerto, visados, equipajes, ausencias.

En los Estados Unidos se produjo cierta continuidad vivencial con mi costado portugués, porque una parte de mi familia seguía al alcance de la mano –desde la época de los balleneros, la comunidad portuguesa ha sido tan vital en el occidente de Massachusetts y toda Rhode Island como la comunidad irlandesa lo ha sido en Boston o la italiana en Nueva York o Nueva Jersey–. Hace treinta años, en cambio, en el noreste de los Estados Unidos escaseaban los venezolanos con quienes podía comunicarme, ya fuese dentro o fuera del recinto universitario: en el doctorado, excepto por visitas esporádicas de buenos amigos como Eugenio Montejo, Juan Sánchez Peláez o Blanca Strepponi, no coincidí con ningún compatriota; no los había entre mis condiscípulos ni entre mis profesores. Hace un cuarto de siglo que soy profesor universitario, y tampoco he tenido un colega cercano de nacionalidad venezolana, salvo uno que dicta cátedra en otra universidad a diecisiete millas –venezolano nacido en Nápoles, que habla el español con siete fonemas vocálicos y sibilantes sonoras–. El correo electrónico se hizo común con posterioridad a mi establecimiento en Connecticut y el vértigo de las redes sociales hasta hace poco me era aún desconocido. Con mi mujer, a quien conocí en Nueva York y es de Gerona, me comunico en catalán; nuestras hijas, nacidas en los Estados Unidos, aunque dominan nuestras lenguas, se las arreglan, con sus amistades y conquistas, para ir infiltrando el inglés en la intimidad del hogar y hacerlo prevalecer en muchas oportunidades.

Los lectores, no obstante, me han preguntado con frecuencia cómo hago para que mis narraciones de tema venezolano suenen, en efecto, a venezolanas. O por qué no he escrito narrativa en inglés o portugués, idiomas en los que publico artículos, trabajos de investigación, prólogos. Voy a ensayar una respuesta, porque hasta ahora no sé si he contestado las preguntas.

Yo le pertenezco –o cierta parte importante de mí le pertenece– al instante en que me dije que quería ser escritor. Y ese instante le pertenece, a su vez, a un lugar. Aunque mi vida de entonces oscilaba entre lenguas y orillas del Atlántico, la intersección de espacio, tiempo y pertenencia me sucedió en Caracas, durante la adolescencia. Hablo del momento en que supe que deseaba escribir y me vi por primera vez el rostro en un espejo que llevaba dentro, donde más o menos me reconocí. Aquellas facciones se componían de los cuentos y las novelas que deseaba escribir; el español los atravesaba, y el español tal como se alimentaba de la inmediatez, las circunstancias específicas de una ciudad. No fue el primer idioma que hablé, pero en su vocabulario, su sintaxis, sus entonaciones, se produjo mi encuentro con la literatura como seña de identidad.

Cuando me fui a los Estados Unidos, me llevé de contrabando aquel individuo descubierto en el reflejo. Las personas distamos de ser monolitos; si a algo nos parecemos es a una carabela con muchos tripulantes (en la ruta por la mar océana, algún polizón puede darnos una sorpresa). Hijo o hermano portugués; marido catalán; profesor estadounidense; en la ducha, tenor italiano. Pero no imagino un anclaje de mi ejercicio de la escritura que no sea caraqueño. Entiéndase: no me refiero a que mis páginas vayan a ser impenetrables para alguien que no haya recalado en Venezuela; más de la mitad de mis historias publicadas en los últimos veinte años, de hecho, ni siquiera tienen escenarios venezolanos. Aludo a ciertas resonancias del idioma; a cierta sensibilidad por este que solo he sentido en Venezuela, aunque en mis treinta años lejos de ella hayan sido constantes mis diálogos con otros hispanoamericanos, o con españoles, así como mis viajes por Hispanoamérica y España.

Me explico: la Caracas donde crecí era la ciudad más poblada de un país abierto, un país que había acogido oleadas sucesivas de inmigrantes gallegos, canarios, asturianos, vascos, italianos, portugueses; no faltaban los griegos, los yugoslavos, los polacos; no faltaban alemanes, sirios, libaneses. En los setenta, la presencia de colombianos, ecuatorianos, peruanos se intensificó; las brutales dictaduras del Cono Sur y el Caribe trajeron chilenos, argentinos, uruguayos y cubanos. Venezuela a todos los amparó, y prosperaron quienes llegaban con una cultura del trabajo. Recuerdo los dos edificios donde me tocó vivir como un hervidero de idiomas y acentos. La sensibilidad venezolana a la que me refiero es la de esa realidad –quizá poco vaya quedando de ella, pero doy fe de que existió–. Era la sensibilidad de una lengua donde resonaban otras lenguas, un idioma donde muchos depositaban sus otredades. Un español donde lo extranjero resultaba también ser lo propio: el acento del recién llegado y del llegado no tan reciente, al que aún se le colaban en el habla sonidos, inflexiones, concordancias, modos verbales insospechados para la Real Academia.

Incluso cuando la anécdota transcurra en Long Island, New Haven, Figueira da Foz o Gerona, cada vez que me pongo a narrar estoy anímicamente en Venezuela. La voluntad de escribir historias fue algo que ese país me inoculó, una especie de grata enfermedad tropical de la que no he podido deshacerme por más que trato (lo he tratado buscándome una vida profesional aparte, que no depende de la publicación de narrativa, y siendo padre de familia a tiempo completo: escribir en esas condiciones es hacerlo contra marea y viento; y, hablando de viento, contra ciertos molinos en un rocinante de insomnios y noches como las de Funes, con la diferencia de que lo recordado al escribir cuentos o novelas es lo que no se ha vivido o aún está por vivirse).

Entre 2010 y 2012 hubo en los círculos letrados venezolanos una discreta polémica recogida parcialmente por alusiones en la red y en un digno libro compilatorio –Pasaje de ida (2013), organizado por Silda Cordoliani–. El país aún no estaba acostumbrado a la idea de que su destino próximo pasaba por aduanas, aeropuertos y “caminos verdes”. Pero ya había una cantidad notable de escritores instalados en el exterior. La ensayista Marina Gasparini; el poeta y ensayista Gustavo Guerrero; los narradores Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Israel Centeno, Liliana Lara, Gustavo Valle son varios de los nombres que solían asociarse a lo que caractericé en charlas y ensayos como una “nueva provincia” de nuestras letras, una provincia móvil, dispersa en Europa, el Cono Sur, Norteamérica, Asia. En esa época –que ahora parece remota, por haberse adensado el padecimiento de los venezolanos–, creí esencial refrescar la distinción entre un emigrante y un exiliado. Lo hice, sobre todo, porque repetidas veces me caracterizaron en la prensa cultural o en trabajos críticos como “exiliado”, sin que yo me considerase tal: por mi propia voluntad me había ido, en un tiempo en que no había persecuciones políticas ni un desastre económico irreparable; dejé Venezuela con la intención nada heroica de doctorarme y aprender a fondo otras lenguas. Lo hice, corriendo con la suerte de encontrar también trabajo y familia. De ninguna manera me parecía legítimo aceptar la denominación de exiliado o desterrado. El exilio indica penas u hostigamiento no metafóricos –es un viejo vocablo cuyas connotaciones latinas se remozaron con la Guerra Civil Española, como observó Joan Corominas–: entre los nombres que acabo de listar, solo uno se vinculaba al de un amenazado por causas políticas; me parecía indecente apropiarme de ese dolor muy tangible, pero notaba que periodistas y lectores empezaban a distribuir demasiado a la ligera las denominaciones. Argumenté que algunos escritores se dejaban clasificar como exiliados sin serlo porque el capital simbólico que ello concede no es desestimable. Por una parte, debido a un aura trágica o neorromántica fascinante; por otra, porque los exiliados en la literatura hispanoamericana constituyen componentes centrales del canon: que lo digan Domingo Faustino Sarmiento, Esteban Echeverría, José Martí o, el más grande de todos, patriarca fundador no solo de la poesía venezolana, sino de la hispanoamericana moderna, Andrés Bello. Cuánto han cambiado las circunstancias en 2019: hoy Venezuela, además de emigrantes, cuenta, en efecto, con exiliados numerosos y, lo que nadie imaginaba, miles y miles de desplazados a través de sus fronteras. En esas tres categorías –emigración, exilio, desplazamiento– iremos hallando gente de letras. El mapa de la literatura a la que me siento pertenecer se ha vuelto más complejo y en su cartografía se expande la tristeza.

Ojalá que a esos autores ahora extranjeros la frecuentación de su arte les depare algún tipo de medicina, si la supervivencia inmediata lo permite. La literatura contiene en sus entrañas el universo que le es más necesario: este viene con el lenguaje, con la memoria del lugar y la colectividad donde se aprendieron a usar ciertos giros verbales. Algo similar aseveró Fernando Pessoa: las lenguas son las mejores patrias; y cabe agregar que su naturaleza es portátil. Si no hay con quien hablarla, el papel o la pantalla, que todo lo aguantan, igual la reciben, y sobrevivimos anhelando un diálogo futuro. Aunque se hace urgente una aclaratoria: el sufrimiento del expatriado no debería cegarnos a la variedad y la riqueza de vivencias, de secretas dichas, que los viajes o la extranjería pueden ofrecer. Los países existen sin mí, y lo contrario no es menos cierto. Pero lo que leguemos al lugar que perdimos nos devolverá a él como integrantes de una tradición. Las naciones constituyen, como afirmaba Benedict Anderson, comunidades imaginarias y para imaginarlas no es imprescindible el arraigo literal en un territorio físico (los seres humanos, pese a los clichés, no somos tubérculos). Como muchas personas, algo tengo de Anteo; solo que toco suelo en los diccionarios, en los teclados. El mundo –lo que usualmente llamamos así: nuestras experiencias– no cabe en las palabras, cierto, pero el mundo de las palabras acaba siendo más longevo y verdadero por más tiempo, pues se transmite.

Es saludable crear en medio de las destrucciones, incluso si el lector aún está por nacer. Soy optimista: algún día tendrá que producirse el encuentro de lo que el azar personal, los colapsos sociales o la crueldad política han separado.

(Mayo de 2019)

***

El 30 de mayo de 2019 participé en una mesa redonda del Instituto Cervantes de Madrid titulada “Escritores entre dos lenguas: escribir en español en Estados Unidos hoy”. Estas notas, escritas inmediatamente después, intentan recoger mis aportaciones a lo conversado.


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