Cine

La teología psicodélica de 2001: Odisea del Espacio

por Wolfgang Gil

Fotografía de Dmitri Kessel / Getty Images

03/07/2018
“¿Qué dios tras de Dios la trama empieza?”
Jorge Luis Borges, El ajedrez.

Comencemos con una distinción: la diferencia entre signo y símbolo. Mientras el signo es siempre menor que el concepto que representa, el símbolo significa algo más que lo que evidencia. Desde el punto de vista semántico, el símbolo, con su poder de evocación, siempre excede a su concepto, pero también a su misma representación. Este carácter simbólico es especialmente evidente en la película 2001: Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, con libreto original del mismo Kubrick y Arthur C. Clarke, inspirado en el cuento El centinela de este último.

Esa misteriosa esfinge cinematográfica cumplió, en abril de este año, 50 años de estrenada en el Cinerama Theatre Broadway de la ciudad de Nueva York, donde dejó perpleja a la audiencia y confundidos a los críticos. Cuando vemos 2001, tenemos la impresión de que hemos absorbido más información de la que puede procesar nuestro limitado cerebro. Un verdadero desafío hermenéutico, especialmente si uno va a ver una película de ciencia ficción y termina descubriendo un tratado teológico.

Como espectador uno se encuentra confundido y, a la vez, embelesado por imágenes generosas y secuencias prolongadas de naves orbitales danzando al ritmo del Danubio azul o viajes interdimensionales en empaque psicodélico. La asociación de imagen y música ocurre de manera generalizada y con gran efecto. De todas formas, esta asociación no es uniforme. Otras secuencias de la película vinculan movimientos lentos con silencios incómodos, o acciones punzantes con sonidos realistas, como el de una respiración dentro de un traje espacial.

Kubrick fue lo suficientemente temerario para crear un nuevo lenguaje que nos deja muchas más preguntas metafísicas que respuestas. Las dificultades interpretativas de 2001 pueden ser iluminadas con la hipótesis de la teología gnóstica, la cual proporciona un rico instrumental para la interpretación simbólica. El gnosticismo fue una herejía cristiana del siglo II d.C. que combina el cristianismo con la teosofía oriental.

John Gray resume la idea principal del gnosticismo: “Para los gnósticos, la Tierra es una prisión para las almas, gobernada —puede que incluso creada— no por Dios, sino por un demiurgo, un espíritu maligno que atrajo a los seres humanos hacia la cautividad de la carne mostrándoles la belleza del mundo” (Perros de paja, p 136). Esto da como resultado una antropología trágica, donde materia y espíritu se encuentran en contradicción. El director ruso Andréi Tarkovsky, con su película de 1972, Solaris rechazó el mensaje gnóstico de 2001.

Del simio prehistórico al astronauta

2001: Odisea del Espacio se inicia millones de años en el pasado, en un desierto africano, donde un grupo de simios, expulsados de la jungla, subsiste precariamente. Es el tipo de simio prehomínido, enfrentado a un ambiente hostil. La naturaleza no es generosa con ellos. Su vida es dura y su posición entre las especies no es muy elevada. El favorito de la naturaleza es el leopardo, el cual encarna “la temible simetría” de la que habla William Blake, que caza por igual a los simios como a los otros mamíferos.

Una inteligencia alienígena coloca, entre la manada de simios, un misterioso objeto, un paralelepípedo de color negro, el primer monolito, que comienza a influenciar su desarrollo mental. Este artefacto, de inspiración gnóstica, proviene de un lugar que trasciende la naturaleza material y sus propósitos. El objeto activa la inteligencia de los simios y los conduce a descubrir el uso de herramientas y de armas. En la cadena alimenticia, los simios inteligentes se posicionarán en el tope de la escala.

El tema del hombre y sus herramientas es fundamental en 2001. Lo simboliza la poderosa imagen del hueso utilizado como arma contra el otro grupo de simios, con el que competían por el agua, que luego se convierte, por medio de una elipsis de eones, en un trasbordador espacial que escapa de la gravedad terrestre. Esa imagen del hueso aventado al cosmos es una de las más poéticas en la historia del cine.

La elipsis en cuestión es una metáfora de la evolución histórica de la civilización. El dominio de las herramientas por parte del hombre le permite controlar la naturaleza para su beneficio. Pero justo en el punto cuando el hombre comienza a aventurarse en el sistema solar, su dominio comienza a entrar en conflicto. La circunstancia se muestra en la película de dos maneras sutiles.

En primer lugar, el hombre en el espacio retrocede al carácter infantil. Pierde el control sobre sus herramientas. En el trasbordador, somos testigos cómo el humano se ve obligado a aprender a caminar otra vez. Come alimento para bebés e incluso necesita ser entrenado para usar el inodoro.

En segundo lugar, las herramientas más importantes del hombre se tornan antropomórficas. Debido a su propia incompetencia para el espacio, el humano debe legar a las maquinas la inteligencia necesaria para que lo sustituyan. Esto estará representado, más adelante, por HAL, la computadora que tiene a cargo la misión a Júpiter.

En otras palabras, en este nivel de desarrollo de la civilización, la tecnología ha remplazado al ambiente natural del hombre, sin constituir un triunfo definitivo sobre la naturaleza: se ha aumentado la dependencia de la tecnología.

Del astronauta al hijo de las estrellas

En este momento histórico, aparece el segundo monolito enterrado en la luna. La luna es el primer grado de separación del hombre de su hábitat natural. La humanidad descubre el monolito, pero también el monolito descubre a la humanidad. El artefacto detecta que el hombre ha logrado salir de su planeta natal y envía una señal de alarma a otro monolito centinela que se encuentra en Júpiter, lo cual muestra que la inteligencia alienígena ha anticipado el avance de la humanidad.

Un equipo de astronautas se apresta a seguir el rumbo de la señal para contactar la civilización extraterrestre. La inteligencia alienígena ha previsto que, con esa persecución, la humanidad se alejará un segundo grado de su lugar en el orden natural. Lo que coincide con el precepto gnóstico donde el alma debe ir superando progresivamente los niveles de materialidad.

En el trascurso del viaje a Júpiter, la computadora HAL usurpa el control de la nave y comienza a matar a todos los navegantes. El protagonista, el astronauta David Bowman (Keir Dullea), logra escapar del extermino con improvisación inteligente. Luego consigue apagar la computadora en una escena de gran dramatismo. Esta lucha con la máquina representa la victoria sobre el último carcelero de la materia que impide que la humanidad alcance su liberación definitiva.

Derrotada la computadora, Bowman se prepara a entrar en contacto con el tercer monolito, el cual flota en la órbita de Júpiter. Cuando se acerca al monolito, este se convierte en un portal interdimensional. El viaje psicodélico recuerda los estados de conciencia alterada de los chamanes. Tiene lugar, entonces, un tercer grado de distancia con su hábitat natural.

Misteriosamente llega a una habitación decorada al estilo Luis XVI. Allí sufre un proceso de acelerado envejecimiento que lo conduce hacia la muerte. Cuando está moribundo, aparece el cuarto monolito, el cual absorbe su cuerpo y lo hace renacer como un feto, dentro de una burbuja cristalina, de ojos desmesuradamente abiertos. El astronauta se ha convertido en el hijo de las estrellas, el superhombre, lo cual es confirmado por los acordes retumbantes del Así habló Zarathustra de Richard Strauss.

¿Superhombre o mesías?

La hipótesis gnóstica ha permitido una lectura de 2001. La libertad humana se alcanza cuando un salvador de más allá de la naturaleza material entra en ella para mostrarle al hombre el camino de salida. Esta es la función de los cuatro monolitos centinelas.

Visto así, el hijo de las estrellas es la conciencia del hombre, libre de las limitaciones de su cuerpo. Ha escapado a la materia y se ha convertido en energía consciente. Para el gnosticismo, el escape es la única manera de vencer a la naturaleza. La humanidad tiene su origen en la intervención de la inteligencia alienígena en la materia. Esto es análogo a la chispa divina del antiguo gnosticismo que se halla atrapada en el hombre. La salvación consiste en liberar la chispa de la materia.

A pesar de todo, la hipótesis gnóstica deja de ser útil para interpretar su enigmático final, con el feto mirándonos fijamente con sus ojos grandes y serenos, fijos sobre los espectadores. Según Arthur C. Clarke, en su versión novelada del libreto, el hijo de las estrellas representa al progreso despiadado, tal como lo sostienen Nietzsche y Bernard Shaw. En esa visión pesimista, el superhombre regresará a la Tierra para exterminar a la humanidad inferior. Por su parte, Kubrick rechazó esta alternativa. Prefirió apostar por un final abierto. Nosotros podemos conjeturar una visión optimista: el hijo de las estrellas sería el mesías de la nueva etapa de la evolución humana.

Sea cual sea la interpretación, el hecho es que por primera vez en la historia del cine comercial, una película de alto presupuesto es utilizada para impactar profundamente nuestro inconsciente y hacernos reflexionar sobre nuestro lugar en el universo. Durante cinco décadas hemos tenido la oportunidad de reflexionar si la evolución, desde la prehistoria hasta las estrellas, tiene algún sentido si, en el proceso, dejamos de ser fieles a la esencia humana.


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