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CineEnsayo

Solaris: cuando los monstruos del subconsciente aguardan en el cosmos

por Wolfgang Gil Lugo

Fotograma de Solaris

04/03/2018
“Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.
Nietzsche: Mas allá del bien y del mal.

 

Al estrenarse 2001: Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, las autoridades soviéticas lo interpretaron como un desafío simbólico respecto a la carrera espacial. Su actitud fue reactiva. Convocaron al director Andrei Tarkovski para que se encargara de devolver el golpe a los norteamericanos. Tarkovski no quiso coincidir con Kubrick en la exaltación de la tecnología ni compartir su filosofía del culto a lo súperhumano. Con astucia evitó el panfleto ideológico en favor el comunismo. El director ruso decidió dar su propia respuesta, la cual se constituyó en una verdadera joya cinematográfica.

La película está basada en la novela homónima de Stanislaw Lem, publicada en 1961, que narra la historia de Kris Kelvin, un hombre sin rumbo, desde la muerte de su mujer, diez años atrás. Es enviado, en calidad de psicólogo, a una estación espacial en la órbita del misterioso planeta Solaris, formado solo por un gran océano, ya que los pilotos y científicos que allí viajaban parecían entrar en profundas crisis emocionales y mentales. Cuando llega, descubre que el océano es un cerebro que indaga en las mentes de los visitantes para materializar sus más profundos deseos. No pasará mucho tiempo hasta que aparezca Hari, su mujer fallecida. Poco a poco, Kelvin irá enloqueciendo mientras intenta escapar de una pesadilla interminable.

Tarkovski hace una extraordinaria versión de la novela de Lem. Se toma muchas libertades con respecto al original. Cambia la perspectiva. Abandona la afinidad de Lem por la ciencia ficción dura y sus supuestos filosóficos de que el universo es inhóspito para el ser humano, y adopta un planteamiento sobre su concepción del amor y la memoria. Tarkovski no está particularmente interesado en el océano mismo, sino en la forma en que actúa como espejo para los humanos, exagerando y subvirtiendo sus deseos.

El universo es inhumano

La materialización del subconsciente ya había sido utilizada con anterioridad. El relato El marciano (Crónicas marcianas, 1950) de Ray Bradbury, nos narra la historia de una pareja de ancianos que se muda a Marte buscando olvidar la muerte de su hijo Tom. Un día, la pareja encuentra a un marciano con capacidades camaleónicas, el cual toma la forma de Tom. Luego los ancianos llevan al falso Tom al pueblo. Allí, el marciano sufre repetidas transformaciones, pues su mecanismo de defensa lo obliga a tomar la forma de los parientes fallecidos de los vecinos del pueblo. La sobresaturación emocional colapsa al marciano, se derrumba y muere.

Bradbury destaca lo abrumador del sentimiento de pérdida y la acuciante necesidad de buscar consuelo en sustitutos falsos. Lem, en cambio, lo utiliza con otros fines. Solaris trata problemas de incomunicación, de identidad, de percepción de la realidad y, definitivamente, de nuestra incapacidad para entender cuestiones alejadas de nuestros parámetros culturales. Solaris rechaza toda la historia del conocimiento humano y, más aún, el proyecto humano de conocimiento del universo.

Según Lem, el hombre, apegado estructuralmente al antropomorfismo, compone modelos basándose en cualidades humanas, pero lo hace sin haber completado la exploración de sus propios abismos interiores, sin haber confeccionado completa y previamente el mapa humano. Por esa razón, los intentos de los científicos por contactar con Solaris les llevan al ridículo, máxime cuando los personajes son incapaces de comunicarse con éxito entre sí. Estos individuos recuerdan la obra teatral A puerta cerrada (1944) de Jean Paul Sartre, donde los personajes sufren el infierno de la incomunicación.

He aquí la ironía: si el hombre es un desconocido para el hombre, la comunicación humana es indescifrable. Aun así, ¿es ese mismo lenguaje la herramienta con la que se pretende alcanzar el cosmos?

Depresión en el paraíso

Tarkovski se distancia de la novela de Lem ubicando buena parte de la acción en la Tierra. El texto original se lleva a cabo en el distante planeta Solaris donde hay una estación espacial. La película se inicia con una larga secuencia en la que el personaje principal deambula por paisajes muy terrestres, alrededor de las orillas de un estanque localizado en el vecindario de la casa rural donde reside su padre.

Tarkovski, gran lector de la Biblia, abre con un hombre en el jardín. Paradójicamente, en este Edén, Kris se muestra distante e indiferente, casi autista. Está desarraigado de su mundo y también lo está de sí mismo. Lleva consigo un baúl metálico. Más tarde nos enteraremos que contiene filmaciones de su pasado, especialmente de su niñez. Tales registros representan las partes de su vida que no puede aceptar. De modo que el problema en el jardín es un problema del hombre consigo mismo.

Tarkovski refirió que lo que lo atrajo del libro de Stanislaw Lem era la historia de un hombre que no podía escapar de su pasado, que lamentaba lo que había hecho y quería revivir su vida para enmendarla. Era la moralidad, la psicología y la filosofía del libro lo que atraía a Tarkovski; no la ciencia ficción dura, la tecnología o los elementos científicos convencionales. En esto se conecta con el relato de Bradbury, pero se ve que quiere ir más allá de la búsqueda de consuelo: busca la redención.

El pasado nos condena

Después de las primeras escenas terrestres, el director nos coloca en la estación espacial que orbita sobre el planeta misterioso. Allí Kris se encuentra con la estación descuidada y los tripulantes al borde la locura. Uno de ellos ya se ha suicidado. El psicólogo irá descubriendo que mientras la estación espacial permanezca sobre Solaris, los humanos a bordo serán perseguidos por sus fragilidades.

Hari, su mujer muerta, misteriosamente aparece en su habitación cuando él está dormido. Al principio es como una súcubo, un espíritu hecho en sueños. Ante lo siniestro (según Freud lo ‘‘siniestro’’ es lo familiar que se convierte en aterrador) de la situación, Kris conduce a esta primera copia de Hari a la sala de lanzamiento de cohetes, engañándola como a una niña y la encierra en un misil para mandarla a la superficie del planeta y deshacerse de ella. Esa reacción destructiva es la muestra de cómo la humanidad actúa ante lo desconocido.

Después de haber lanzado al espacio la primera copia de Hari, una segunda copia regresa para perseguirlo. Kris reacciona de otra manera. Quiere tratar lo desconocido como si fuese conocido y establece una relación sentimental trágica. Es una combinación de autoengaño, consuelo, lástima, culpa y pasión.

Más adelante, los científicos celebran una fiesta de cumpleaños en la biblioteca. La escena de la biblioteca es central para Solaris, porque cristaliza muchos de los temas de la película. Los tripulantes aprovechan este encuentro para evaluar la situación y discutir sobre la humanidad de Hari, frente a ella misma. Uno de ellos, cientificista radical, se la niega por completo. La reduce a ser solo una copia de un recuerdo. Hari comienza a defender su derecho a ser reconocida como ser consciente.

Luego entrará en conflicto. Quiere ser humana, pero ella misma piensa que no es real y que su vida es un engaño. Trata de suicidarse ingiriendo oxígeno líquido. Este intento es frustrado por su conformación física alienígena, capaz de resistir la agresión química.

Posteriormente, tiene lugar un proceso donde Hari toma conciencia de que necesita dejar de depender de Kris, y liberarlo a su vez de su dependencia hacia ella. Encuentra la solución en un segundo intento de suicido, esta vez en el Desintegrador de materia de la nave. Este segundo intento sí es exitoso.

Para Slavoj Zizek, Hari está sentenciada porque es un fantasma creado por el hombre, condenada a encarnar su psicología:

“La posición trágica de Hary es que se da cuenta de que está desprovista de toda identidad sustancial, de que no es nada en sí misma, ya que solo existe como el sueño del Otro, en la medida en que las fantasías del Otro giran alrededor de ella”.

Examinemos la diferencia de calidad de estos dos suicidios. El primer intento de quitarse la vida es un acto desesperado, el escape de la carga de la dependencia, tal como hizo la esposa original de Kris. El segundo es un acto ético. Un sacrificio deliberado por el bien de Kris y por afirmar su autonomía. Por ese acto, la segunda copia se constituye en sujeto consciente, en el sentido más radical del término, porque paradójicamente ha sido privada de los últimos vestigios de su identidad. Algo parecido sucede con Joi, la mujer virtual de Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), quien logra llenarse de humanidad a pesar de su condición digital.

La tragedia de Solaris consiste en que Hari se vuelve más «humana» que los humanos. Baudrillard llama “simulacro” a la representación que llega a suplantar la realidad, pero carece de un concepto cuando el simulacro se constituye legítimamente en realidad.

El hijo pródigo

Después de la autodestrucción de la segunda copia de Hari, Kris regresa a la Tierra, a diferencia de la novela, donde Kris se queda reflexionando en la estación y pronuncia las palabras finales: “No sabía nada, y me empecinaba en creer que el tiempo de los milagros crueles aún no había terminado.”

Tarkovski coloca a Kris de nuevo en el jardín, pero con diferente actitud. Ahora Kris se encuentra ante su padre, se arrodilla ante él y lo abraza, tal como en la famosa pintura de Rembrandt, El retorno del hijo pródigo. El desenlace versa sobre la reconciliación con los orígenes. Es volver a la cuna, a la casa, el lugar que nunca se puede olvidar.

En 2001: Odisea del espacio, el astronauta renace como superhombre, como alguien que ha superado la humanidad y se ha liberado de la Tierra. De ahí los acordes del Así hablaba Zarathustra de Richard Strauss. Por el contrario, la conclusión de Solaris es más humana: el cosmonauta aprendió que su propósito es amar y ser amado, además de reconciliarse con el planeta natal. Esta es la corrección que Tarkovski pretende hacerle a Kubrick.

Al igual que Deckard en Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Kris descubre en Solaris que está enamorado de la réplica de una mujer fabricada por una inteligencia superior; producto de la ingeniería genética en Blade Runner, y de un océano inteligente en Solaris. Lo más importante es que ambos dejan de preocuparse de si las mujeres que aman son «reales». Los lazos creados son lo importate. Tanto Rachael como Hari comienzan a hacer preguntas sobre sus orígenes y realidades, lo que conduce a Deckard y a Kris a reflexionar sobre lo que es real y lo que no. El camino de Deckard y Kris es aprender a reconocer la humanidad del otro.

La trayectoria dramática de Solaris comienza con Kris, enajenado de las personas y de la naturaleza, deprimido y en parálisis emocional. El haber enfrentado los fantasmas de su pasado le conduce a una renovación espiritual y al descubrimiento de la compasión.

Tarkovski nos deja una inquietud. Puede que la redención de Kris no esté completa. Hari lo ha liberado, pero él no se ha liberado a sí mismo. Tampoco logró integrar lo desconocido. Por eso, todo el final no sucede en la propia Tierra, sino en un escenario que el océano inteligente ha dispuesto para el personaje.


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