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PerspectivasCine y filosofía

Blade Runner 2049: la rebelión replicante contra el postmodernismo

por Wolfgang Gil Lugo

Fotograma de la película de ciencia ficción "Blade Runner 2049"

20/01/2018

El peligro del pasado era que los hombres fueran esclavos. El peligro del futuro es que los hombres se conviertan en robots. Erich Fromm

Hay autores desencantados del racionalismo modernista, que acusan a Ridley Scott de no ser consecuentemente posmoderno en Blade Runner. Reconocen que Scott hace gala de una estética posmoderna en la descripción del mundo distópico del futuro, pero lamentan el final, supuestamente feliz, por considerarlo muy complaciente.

Dirigida por él en 1982, Blade Runner es ya un clásico del cine. La historia está inspirada, muy libremente, en la novela de Philip K. Dick: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. El film está lleno de imágenes memorables, señal de una obra inmortal. El argumento es una combinación de ciencia-ficción y policial negro.

La acción se ubica en un lejano (para ese entonces) año 2019. El paisaje urbano es multirracial, dominado por las grandes empresas, la inmigración oriental y la contaminación. En tal escenario, un policía retirado, Rick Deckard (Harrison Ford) es llamado de nuevo a filas. El motivo es su habilidad profesional. Deckard era el mejor de los “Blade Runners”, un cuerpo policial especializado en “retirar” (eufemismo de “ejecutar”) a los “replicantes”, unos clones humanoides. Le encomiendan la misión de exterminar a varios ejemplares rebeldes del nuevo modelo Nexus 6, con mayor fuerza, velocidad y reflejos, pero condenados a una vida útil de cuatro años.

El argumento de la secuela, Blade Runner 2049 (2017), tiene lugar treinta años después de los acontecimientos ocurridos en el film original. Este nuevo futuro tiene todos los inconvenientes del anterior, pero además nos coloca frente a un mundo donde hay un apartheid entre los humanos genuinos y los nuevos replicantes. Así mismo, nos muestra un mundo donde la inteligencia artificial es tan emocional como la de los seres vivos.

El personaje protagónico, K (Ryan Gosling), es un replicante modelo Nexus 8. Su nombre, que es una abreviatura del número de serie K29-3.7, nos recuerda a El proceso de Kafka, con su universo absurdo y claustrofóbico. A pesar de su condición genética, K es oficial del Departamento de Policía de Los Ángeles, donde cumple la función de ser un cazador de replicantes rebeldes. En un caso, descubre el secreto del nacimiento del hijo de una replicante. La revelación de esta verdad tiene el potencial de llevar la sociedad al caos.

El canadiense Denis Villeneuve (nominado al Oscar por La llegada, 2016) dirige la nueva cinta. Cuenta con Ridley Scott como productor ejecutivo. En declaraciones recientes, Scott no parece completamente conforme con la realización de este nuevo capítulo de la franquicia. Considera que es muy largo y de ritmo muy lento. Por otra parte, hay que reconocer que es una obra grandiosa, aunque no logre la grandeza.

Dos futuros deshumanizados

Es cierto que Scott hace uso intenso de la estética posmoderna para ilustrar el futuro como un mundo distópico, y, por tanto, deshumanizado. La ciudad de Los Ángeles está tan contaminada que se mantiene en una perenne penumbra. El paisaje está dominado por inmensos carteles de Coca-Cola, un rostro oriental promociona drogas e infinidad de anuncios nos aturden con sus mensajes. Una pantalla flotante invita a los ciudadanos de Los Ángeles a las colonias interplanetarias, donde se puede vivir mejor que en la Tierra, un planeta que ha entrado en la decadencia ecológica. Impera el posmodernismo y sus dictados de pastiche, es decir, ausencia de un estilo predominante y presencia de una mezcla de todas las culturas.

El Dr. Eldon Tyrrell (Joe Turkel), presidente de la corporación que fabrica los replicantes, no muestra sentimientos por nadie, particularmente por sus productos. Para este magnate tecnológico, la vida se reduce a mercancía y solo provee oportunidades para posterior investigación. El director Scott continúa el tema de la extrema cosificación, explorado por vez primera en Alien, donde una compañía considera a sus empleados como objetos desechables en la búsqueda incesante de información concerniente a los hábitos alienígenas.

La secuela, Blade Runner 2049, reincide en las mismas escenografías de un futuro decadente. Cuando comienza la historia, K no considera al replicante de la granja, el rebelde clandestino Sapper Morton, como un semejante suyo y lo ejecuta de forma burocrática. Por ese motivo pasa con éxito la prueba de la exigida frialdad emocional.

En esa época, los nuevos replicantes tienen un ciclo de vida más largo, pero los biotecnólogos consiguieron la forma de convertirlos en más dóciles. Para asegurar eso, las autoridades se preocupan de que los replicantes se mantengan en un estado mental mecanizado. El protagonista, K, debe someterse a una prueba de empatía (o de anti-empatía) para demostrar que está libre de emociones intensas. De ser ese el caso, se le aplicará inmediatamente el “retiro”.

Además de resignarse a vivir en un estado subhumano, K tiene que lidiar con un mundo despiadado. La policía, la corporación de Niander Wallace (Jared Leto) y la rebelión replicante son tres fuerzas deshumanizantes en conflicto: la burocracia, el capitalismo, la guerra. La jefa policial, Joshi (Robin Wright), cree indispensable la segregación entre la humanidad y los replicantes, para la preservación del orden a cualquier costo. Quiere que el descendiente milagroso sea asesinado, mientras el tecnócrata Wallace precisa del descendiente para diseccionarlo y revelar el secreto de la reproducción replicante. La rebelión replicante aspira a que el descendiente viva, pero la líder del movimiento rebelde, Freysa (Hiam Abbass), pretende que Deckard muera para mantener a salvo la identidad del descendiente.

Humanos contra androides

En la antigua Blade Runner destaca el personaje Roy Batty (Rutger Hauer), líder de la rebelión replicante. Dicho personaje vive la vida intensamente, como predica Nietzsche. Es la encarnación del arquetipo del burlador. Roy se resiste a la clasificación: se encuentra en la frontera entre lo peligroso y lo lúdico, la belleza y el terror, lo masculino y lo femenino, lo mecánico y lo espontáneo, lo natural y lo artificial, lo guerrero y lo poético (declama a William Blake).

Hay dos escenas fundamentales para Roy en la película: primero, cuando conoce y mata a Tyrell, su creador, y, segundo, cuando salva la vida de Deckard. Roy busca a su creador con el deseo de extender su vida. Al encontrarlo, se siente frustrado al enterarse de que no puede ayudarlo. Por tal razón lo asesina. Con ese asesinato, ¿parricidio?, destruye a un falso dios y afirma su identidad original, su libertad y sus emociones. Roy se rebela del mismo modo que algunos de los ángeles se rebelaron contra Dios.

En la escena de la confrontación final de la película, tanto Batty como Deckard experimentan epifanías reciprocas. Cuando Deckard cuelga del costado de un edificio, Roy le da una lección de humanidad, diciendo: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo”.

Deckard cae, pero Roy logra sujetarlo en el último momento. Le levanta en vilo y le deja sobre la azotea. Con esa acción, Roy desiste de sus propósitos asesinos. En cambio, elige la piedad. Enfrentado con la realidad de su inminente muerte programada, Roy decide perdonar a Deckard. Con compasión logra superar su condición subhumana. Luego pasa a recitar un breve discurso poético:

“He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar; naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… igual que lágrimas… en la lluvia. Llegó la hora de morir.”

Esas palabras constituyen unos de los monólogos más hermosos de la ciencia ficción. Al momento de expirar, Roy suelta una paloma blanca como metáfora conmovedora de que logró poseer el alma humana, aunque fuese al final de su existencia. A pesar de que Roy se identifica con los ángeles caídos y mata a su creador, termina asumiendo el simbolismo de Cristo. Así se le revela a Deckard la humanidad de Roy y de todos los replicantes.

Aunque la secuela no cuenta con un personaje de la fuerza de Batty, también su contenido consiste en la aventura del desarrollo humano. El protagonista, K, deja de ser un verdugo maquinizado para convertirse en un ser compasivo. Para el final de la película, K rechaza la idea del nuevo magnate tecnócrata, Wallace, de reducir los replicantes a mercancía desechable. También rechaza el compromiso de la rebelde Freysa con la guerra entre las razas, y finalmente rechaza la obsesión de la jefa de policía, Joshi, de mantener el apartheid entre los habitantes de la ciudad.

El amor contra el deber

Otro tema importante en Blade Runner es la oposición amor – deber. Al final de Blade Runner, cuando Deckard toma conciencia que su amor por la replicante Rachael es más importante que la lealtad a su trabajo, toma partido por la humanidad y decide renunciar al mundo enajenado.

El tema del amor continúa en la secuela Blade Runner 2049. La jefa Joshi le dice a K: «Todos estamos en busca de algo real». Lo real para K es el amor. Para la compañera digital de K, Joi (Ana de Armas), K es más que un producto de la ingeniería genética. Ella le consuela: «Siempre supe que eras especial», es decir, Joi reconoce la singularidad de K, y lo bautiza con el nombre de “Joe”.

Si los replicantes se consideran una especie secundaria, las mujeres digitales son terciarias, incluso están más discriminadas. Los humanos dudan del carácter sentiente de Joi. Por el contario, ella posee una delicada subjetividad. Por eso Joi aprecia  al ‘emanador’, reproductor holográfico portátil que le permite salir a pasear al exterior de la consola doméstica. Gracias a ese dispositivo ella logra percibir el placer de las gotas de lluvia sobre su piel digital. Además, ama y sufre por K. Por ese amor, toma la decisión libre de arriesgar su existencia y morir protegiéndolo. Todo esto nos confirma que ella posee conciencia, es decir, autopercepción, sentimientos elevados y voluntad. Es tan real como un replicante o, mejor aún, un ser humano.

Para K, Joi es algo más que tecnología digital. Él también ama a Joi en su singularidad. Esto queda claro cuando K se encuentra con un anuncio gigante con la imagen de otra Joi. El amor que K sentía por ella era real. Esta Joi no es lo mismo que su Joi. Gracias a esa experiencia, K decide desobedecer las órdenes de Freysa de matar a Deckard. En otras palabras, en nombre de la singularidad del amor, renuncia a su deber recién adquirido con la rebelión, y, más bien, asume ayudar a Deckard a conocer a su descendiente. Freysa le dice a K: «no hay nada más humano que morir por una causa». Para ella, la causa justa es la guerra contra la humanidad. Para Joi y K, la causa correcta es el amor.

Humanismo versus posmodernismo

Si bien se puede aceptar que la secuela no posee el nivel artístico de la primera entrega, hay que reconocer que comparten una sólida continuidad conceptual. Ambas películas conllevan la misma pregunta filosófica: qué significa ser real, cuál es la diferencia entre original y copia, ya sean en células o píxeles. Por real se entiende el ser humano. En ambos casos el drama consiste en la lucha por obtener reconocimiento como ser consciente pleno.

La fuerza de ambas películas reside en el descubrimiento de la humanidad de los replicantes, que los propios humanos tienen que aprehender. El contenido queda mejor explicado en términos de Hegel que de posmodernismo. Es la dialéctica del amo y del esclavo, donde el siervo descubre que puede ser igual a su dueño. A esto hay que agregarle a Camus que hace mucho énfasis en el descubrimiento, por parte del oprimido, de su propia naturaleza humana, la cual comparte con todos los seres conscientes.

Esto se le hace difícil de comprender al pensamiento posmoderno debido a su doctrina del antiesencialismo, que no es más que un término rimbombante para designar la antigua posición nominalista. Según el posmodernismo no existen esencias en general y no existe esencia humana en particular. Eso lo argumentan por la supuesta ambigüedad de la distinción entre máquina y humano.

En cuanto al “final feliz”, se puede afirmar que no existe en ninguna de las dos películas. Las conclusiones no son conformistas. El descubrimiento de la humanidad nos conduce a tomar decisiones difíciles y a asumir consecuencias penosas. No nos dirige hacia estados complacientes. En Blade Runner, Deckard tiene que dejarlo todo y convertirse en un desarraigado, mientras que en Blade Runner 2049, K sacrifica su vida por llevar a cabo un acto noble.

El aspecto posmoderno en ambas películas es un diagnóstico de la deshumanización de la sociedad. Es el continente, pero no el contenido. La apuesta de estas películas es que la esencia humana es tan poderosa que puede ser compartida por seres que, en principio, no son humanos. Son ellos los que nos enseñarán a dejar de actuar como máquinas.


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