Perspectivas

La rosa

por Rodolfo Izaguirre

01/09/2019

Naturaleza muerta: jarrón con rosas. Vincent Van Gogh, 1890

Si quisiéramos encontrar el camino más corto, de mayor facilidad y seguridad para conocer de qué está compuesta la perfección bastaría ver con detenimiento y atención una rosa, cualquiera que sea su tamaño o su color. Mientras la observamos en el rosal o en el florero veneciano que se encuentra en la sala es como si la escuchásemos crecer dentro de nuestra propia vida.

De allí, que se confunda o se vincule a la rosa con el corazón, con la persona que amamos. Algunos van más allá y aseguran que la rosa es el jardín de Eros o el paraíso de Dante; el cáliz de la vida, del alma y del amor. Son muchos los que aceptan que la rosa es para el occidente del mundo lo que la flor de loto es para los que viven en el otro lado del planeta. La rosa blanca o la rosa dorada significan perfección absoluta. En cambio, la azul –lo hemos señalado muchas otras veces– es símbolo de lo imposible. En la portada de Los últimos años de mi vida, el libro que para mí armó y editó Valentina en Los Ángeles, Juan Delcan dibujó mi mano derecha sosteniendo una rosa azul y dentro de ella, para quien atine a verlo, el mapa de Venezuela, pero sin la horrible excrecencia de la Guyana Esequiba.

¡La rosa azul es un enigma! Perfuma la inexistencia. Son muchos los exploradores que han aventurado sus vidas tratando de encontrarla en algún oculto y misterioso recodo de la imaginación, un nuevo Dorado, la belleza y la perfección inalcanzables.

Además, la rosa ofrece en sus pétalos lecturas variadas. La más difundida es la rosa de siete pétalos que no serían otra cosa que los siete días de la semana, los siete planetas o los siete grados de perfección. El número siete sirve para multiplicar en secreto nuestras emociones. Una de ellas es el amor y la destreza para reunir y organizar las flores en el adorno de la casa.

Es célebre la anécdota: los dos poetas pasean y uno se extasía al ver unas flores en una charca y pregunta: ¿cómo se llaman? Son nenúfares, poeta, responde el otro. ¡Las nombra usted mucho en sus poemas!

Cuando Belén cumplió ochenta años Rházil, mi hijo mayor en representación de Boris y de Valentina, sus hermanos, y en mi propio nombre, le regaló ochenta rosas y esa mañana mi casa explotó de profunda alegría. Fue un estallido de color, la apoteosis, la celebración de una divinidad que la Muerte, dos años más tarde, armada de su guadaña y vistiendo su negro sudario, no pudo derrotar.

Y al igual que la Muerte, las flores también guardan enigmas, misteriosos rumores que acaso escucharemos cuando tengamos que recorrer el camino que nos espera al final de nuestras vidas. ¿Por qué unas florecen en marzo y no en mayo y otras deben esperar al otoño para florecer? ¿Cómo se explica que una semilla de loto de dos mil años de edad con su dura cubierta cortada y puesta en agua haya germinado al cabo de cuatro días?

Los crisantemos son símbolos exclusivos de la familia imperial del Japón y nadie en ese país puede hacer uso de ellos. El lirio para algunas culturas es flor sagrada por la fugitiva belleza de su espléndido y corto florecer; el heliotropo adornaba a los emperadores romanos y la flor de lis, flor heráldica advierte el simbolista Eduardo Cirlot, es una flor que no existe en la naturaleza, pero fue la más apreciada mensajera de Zeus y de Hera, su legítima esposa, en el Olimpo de los dioses.

Por provenir su nombre del griego “orkhis”, que significa testículos, se asocia a la orquídea con la fertilidad. Fue decretada flor nacional en mayo de 1951 y, solamente en Sur América cuenta con treinta mil especies, que yo llamaría primas hermanas, repartidas en ochocientos géneros. (¡Es la fertilidad, qué duda cabe!).

Luego tenemos la flor de loto, considerada como la flor más flor entre todas las flores del oriente del mundo. Simboliza la vida naciente y durante la Edad Media se la consideró como un centro místico, es decir, como el corazón. Y está la rosa, la flor hermosa y fascinante que en el mundo occidental domina con sus deslumbrantes colores. Compiten ambas en belleza, pero hay que advertir que los venezolanos sensibles pero ultrajados, somos flores de loto, es decir, flores del pantano porque ellas nacen en aguas sombrías y estancadas y nosotros, en un país duro y al mismo tiempo pantanoso, áspero, políticamente confuso y petrolero que niega oficialmente la belleza y la sensibilidad.

Diariamente tenemos que soportar desasosiegos, graves penurias y muertes alevosas; jóvenes que pierden sus ojos por perdigones policiales, jactancias de mandatarios codiciosos y desaforados; desaciertos o disparates económicos, una diáspora cruel; una floresta cultural convertida oficialmente en tierra yerma sin museos, con universidades flageladas e instituciones arrasadas por la mediocridad. Ciudades como Maracaibo, Mérida o San Cristóbal severamente castigadas por el régimen y las demás corriendo la misma tragedia del desahucio y de la miseria.

La rosa pierde fragancia y vida, sus pétalos caen tristes y marchitos, pero sentimos que otra rosa está brotando; que comienza a respirar un aire nuevo que acumula vida y disposición para recuperar la dignidad extraviada. El país se enderezará y volverá a crecer como una extensa y prodigiosa rosaleda.


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