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Perspectivas

La revolución democrática de Rómulo Betancourt

por David Ruiz Chataing

Rómulo Betancourt en acto público, circa 1960 | Autor desconocido ©Archivo Fotografía Urbana

04/02/2020

Por la calle de una barriada caraqueña transita un joven atemorizado. Lleva lentes y sombrero de pajilla. Saco beige, pantalón blanco. Luce como un estudiante universitario. Acaba de escapar de la policía. El presidente, general Eleazar López Contreras, expidió el decreto de expulsión del país –por comunista– a este muchacho, y a unos cuantos más. Eventualmente es capturado. Se exilia en Chile en 1939.

Antes de ser detenido tenía una rutina (relatada a Pompeyo Márquez): se levantaba en la madrugada, leía los periódicos que le traía el mensajero, contestaba correspondencia. Luego, escribía el artículo sobre temas económicos que publicaba diariamente. Este activista político organizaba, clandestinamente, los comités del Partido Democrático Nacional, más conocido por sus siglas P.D.N. Cambiaba de escondite con frecuencia. Se había vuelto una leyenda. El mozalbete se llamaba Rómulo Betancourt: figura histórica estelar del siglo XX venezolano. Dos veces presidente de la República. Fundador del partido Acción Democrática y autor de una extensa obra política. Se le considera uno de los fundadores de la democracia en América Latina.

Su entrada pública en la política ocurrió la famosa «semana del estudiante» de 1928, justo los días cuando cumplía año: había nacido el 22 de febrero de 1908. Por aquel entonces solía argumentar con base en la doctrina liberal y positivista dibujando una imagen un tanto ingenua de la democracia. Amparado en las lecturas de Fermín Toro, de Cecilio Acosta y de libros de derecho, soñaba para Venezuela un gobierno de hombres honrados que permitirían el establecimiento de una democracia decente. A raíz del acto de rebeldía contra la dictadura gomecista aquel febrero de 1928 es encarcelado y luego obligado a su primer exilio.

Ejerció el garibaldismo empuñando las armas en aventuras con viejos caudillos. Conoció también la rebelión militar. Sin renunciar por completo a la violencia como estrategia política, arriba a la convicción de que había que prepararse ideológicamente para organizar y concientizar al pueblo; esto es, formar un partido político. Adelantará este proyecto durante aquel primer exilio transcurrido entre 1929 y 1936.

En el exterior entra en contacto con las ideas referidas a la promisoria puesta en escena, a partir de 1917, de la Unión Soviética. En Hispanoamérica teníamos la Revolución mexicana de 1910 y ya Víctor Raúl Haya de la Torre predicaba las bondades de un socialismo latinoamericano desde el APRA. Betancourt se convierte al comunismo. Pero desde sus primeras cartas muestra que su asimilación del marxismo-leninismo es heterodoxa.

Con un grupo de venezolanos forma en Colombia la Alianza Revolucionaria de Izquierda (A.R.DI) y publica el «Plan de Barranquilla», en 1931. Este documento es la primera aplicación de un análisis marxista a la sociedad venezolana. El estudio de la situación nacional tiene un enfoque radical, pero el programa que pretende aplicarse es muy moderado. En este documento se reclamaba una revolución política contra la autocracia, pero también una revolución social contra las injusticias padecidas por el grueso de los venezolanos. Se desata la polémica entre los comunistas pro soviéticos (Miguel Otero Silva, Salvador de la Plaza) y los ardistas. El debate es espinoso. Rómulo Betancourt defiende una revolución agraria antiimperialista, una revolución burguesa, como paso previo al socialismo; considera, asimismo, que el partido revolucionario debe ser policlasista porque en Venezuela no existía propiamente una clase obrera.

Los comunistas exigían un partido proletario y una revolución comunista acorde con los mandatos de la Tercera Internacional. Las diferencias se ahondarán con el tiempo. Betancourt ve con horror, por ejemplo, la conversión de la dictadura del proletariado, el poder de los soviets en Rusia, en una tiranía personalista ejecutada por Stalin. El distanciamiento de la experiencia soviética se agravará cuando se conozca el pacto germano-soviético de 1939. Empero, para ese momento, el comunista Rómulo Betancourt está convencido de que la democracia no es sino una máscara para tomar el poder.

Cuando regresa a Venezuela en 1936, luego de la muerte de Gómez, lo sorprenden la pobreza y el atraso del país. Hay que ser cautos. La Constitución de 1936 prohíbe las doctrinas anarquistas y comunistas. Betancourt, político pragmático, defiende ardorosamente –en entrevistas periodísticas y en mítines– la lucha por establecer la democracia en Venezuela.

Milita en la Organización Venezolana (O.R.V.E) una organización amplia, «técnica» fundada por Alberto Adriani y Mariano Picón Salas. Su rechazo a las dictaduras y al militarismo se acentúa. Ya ha tomado el poder en Italia Benito Musolini (1922) y Hitler en Alemania (1933). Betancourt simpatiza con el gobierno de Franklin Delano Roosevelt en Estados Unidos. Este estadista desarrolla políticas para paliar la crisis económica y favorecer a los desprotegidos. La democracia no es sólo un gobierno de los ricos, debe también tener sentido social. Su admiración por Roosevelt crece cuando el presidente norteamericano pronuncia, el 6 de agosto de 1941, su célebre mensaje al Congreso sobre las libertades. Nadie debe temer ser perseguido por su religión, por su raza o por sus ideas. Todo pueblo debe poder escoger la forma de gobierno en la que quiere vivir. Nadie debe vivir en condiciones de pobreza.

Betancourt no es el único que transita por este camino de cambio ideológico del comunismo a la democracia. En Venezuela lo acompañan Luis Beltrán Prieto Figueroa, Ricardo Montilla, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios y Valmore Rodríguez. Y en América Latina, Víctor Raúl Haya de la Torre (Perú), Salvador Allende (Chile), Luis Muñoz Marín (Puerto Rico), José Figueres (Costa Rica), entre otros. Betancourt madura progresivamente un programa democrático con aquello que Manuel Caballero llama «la inteligencia colectiva»: el partido. Desde 1937 las discusiones se realizan en el seno del PDN. A partir del 13 de septiembre de 1941 las reflexiones se harán en el seno de Acción Democrática. Betancourt está convencido de que sus planes de construir una fuerza democrática con arraigo popular están surtiendo efecto. Pero con el sistema electoral y político predominante, el Castro-gomecista, y libertades concedidas por López Contreras y Medina Angarita, nunca podrá alcanzar el poder. Se inician arduas negociaciones para establecer el sufragio universal directo y secreto, las cuales fracasan por la enfermedad de Diógenes Escalante. Entonces Betancourt e importantes dirigentes de Acción Democrática, en actuación coordinada con una logia militar, derrocan al general Isaías Medina Angarita el 18 de octubre de 1945.

El golpe de Estado se convierte en «revolución» cuando se establece el sufragio universal, directo y secreto y se promulga una nueva Constitución democrática, la de 1947. Se funda el poder civil, se construye ciudadanía. Los golpistas dan una lección de ética y pedagogía política sorprendente: se excluyen por decreto del próximo proceso electoral. Se incorporan a la vida política activa los analfabetos y las mujeres. La política, que hasta aquel momento era asunto de pocos, se vuelve inquietud de muchos, de vastas mayorías. Se invierte en educación y cultura para el pueblo. Se mejoran las condiciones de vida de los humildes. Es herido de muerte el Estado oligárquico y nace la democracia representativa. Betancourt refuta en la práctica la predica según la cual el pueblo, por limitaciones étnicas, no estaba preparado para la democracia. Se quedan sin argumentos Vallenilla Lanz, López Contreras, Medina Angarita y Uslar Pietri. Este pueblo mestizo, aceitunado, alborotado, supo ejercer la libertad. Rómulo Betancourt insufló identificación social, orgullo nacional a los sectores populares.

Luego de la Segunda Guerra Mundial la confrontación en el escenario internacional es entre capitalismo y comunismo. Esto perjudica la democracia reformista que postula Betancourt. Internamente un gobierno radical, populista, sectario y una oposición extremista conducen al golpe de Estado del 24 de noviembre de 1948. Don Rómulo sale a su tercer exilio, de 1948 a 1958. Crece su dimensión de líder latinoamericano. Recordemos que es cofundador de la Organización de Estados Americanos y firmante de la Carta Democrática. Combate las dictaduras y señala que no es incompatible la soberanía nacional con una vigilancia de los organismos internacionales respecto del cumplimiento de los derechos humanos. Le reclama con firmeza a Estados Unidos su respaldo a dictaduras primitivas que obstaculizan el desarrollo económico, la democracia y la justicia social en nuestros pueblos.

Desde el exilio, sobre todo en México, se continúa desarrollando la propuesta democrática. Luis Lander expone que la mejor forma de luchar contra el comunismo es con democracia y justicia social para los pueblos. Gonzalo Barrios defiende que AD es el partido de la Revolución contra la dependencia económica, que realizará la reforma agraria y luchará contra la pobreza.

A la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958, las fuerzas democráticas sopesan la experiencia del período 1945-1948. Entienden que hay que construir una gran alianza nacional para edificar y estabilizar la democracia y realizar cambios profundos, estructurales, para sacar al país del atraso y la injusticia social. El 31 de octubre de 1958 se firma el Pacto de Punto Fijo que recoge estos lineamientos. Por primera vez los venezolanos en lo atinente a asuntos públicos, no nos odiamos, no nos matamos mutuamente: nos pusimos de acuerdo. Nos matamos entre nosotros en el pasado por ser monárquicos y republicanos; bolivarianos y anti bolivarianos; paecistas y anti paecistas; liberales y conservadores, andinos y anti andinos, adecos y anti adecos. Esa unidad nacional la respaldan los empresarios, la Iglesia, las universidades, los gremios. El Pacto de Punto Fijo nos brindó cincuenta años de estabilidad, de gobiernos civiles, de prosperidad y ascenso social.

Betancourt triunfa en las elecciones de diciembre de 1958. Su propuesta es realizar cambios profundos con respeto al Estado de derecho y las instituciones. Superar el canibalismo político entre los partidos democráticos. La revolución democrática no es de izquierda ni de derecha. Se realiza con sentido de justicia social y de progreso, dirá en una entrevista periodística. La Revolución democrática es pedagógica, gradual, constructiva, reformista, evolutiva, pacífica, humanista, consensual y legal. Betancourt prometió no gobernar más; así, nunca volvió a postularse luego de entregar la presidencia. Apostó, asimismo, por gobiernos de leyes, de instituciones, de partidos políticos de masas, dejando atrás el personalismo.

Su gobierno fue el primero elegido por el pueblo que pudo entregar a su sucesor también electo en comicios libres. Adelantó la reforma agraria, la industrialización, el sistema hidroeléctrico de Guri, la construcción de miles de escuelas y liceos en todo el país, y la sustitución de ranchos de bahareque por viviendas higiénicas. Contribuyó con la creación de la OPEP, de las corporaciones de desarrollo regional y del INCE. Venció alzamientos derechistas y comunistas en las Fuerzas Armadas, y derrotó en el terreno político y militar a las guerrillas procubanas.

Betancourt denuncia los fusilamientos en Cuba y la violación de los derechos humanos a nombre de una revolución marxista-leninista.

La revolución democrática es ecuménica: el mundo necesita de cambios profundos con respeto a la dignidad humana y al Estado de derecho. Betancourt es de la convicción de que la revolución democrática es irreversible. Ninguna revolución comunista podrá destruirla.

Luego de entregar el poder se mantiene vigilante ante la evolución del país. Organiza su archivo, escribe sus memorias. Por primera vez en muchos años, descansa, viaja, disfruta. Lo reconforta una vida familiar que la intensa militancia política le había arrebatado. Lee y escribe sin cesar. Le preocupa la corrupción, la ineficiencia del Estado ante los problemas económicos y sociales.

Muere en Nueva York, el 28 de septiembre de 1981.

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Referencias

Betancourt, Rómulo.  Antología política. Caracas, Fundación Rómulo Betancourt, 1990-2007. (7 volúmenes).

Caballero, Manuel. Rómulo Betancourt, político de nación. Caracas, Fondo de Cultura Económica, 2004.

Carrera Damas, Germán. Rómulo histórico. Caracas, Editorial Alfa, 2013.

Rivas Aguilar, Ramón. Acción Democrática en la historia contemporánea de Venezuela 1929-1991. Mérida, Acción Democrática / Universidad Popular “Alberto Carnevali”, 1991. (5 volúmenes).


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