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Ficción

José Eugenio el juglar y el prefecto Maduro

por Alejandro Padrón

31/10/2019

Mi padre afirmaba que José Eugenio Bastardo era la fuente de la pasión por las letras que influiría en algunos miembros de la familia. Nunca entendió cómo José Eugenio podía estar tan informado y ser tan culto si jamás lo había visto escuchar radio o leer un libro, ni siquiera el periódico, que llegaba con retraso de Maturín a San Antonio, porque lo traían los agentes viajeros y a veces los turcos que vendían ropa a crédito por los pueblos de oriente. Un hombre que la mayor parte del tiempo vivía borracho en aquellos parajes de monte y cañaverales, lejos del pueblo, sorprendía con sus salidas, sus acrósticos, sus versos ingeniosos y ocurrencias tan refinadas que tomaba tiempo entenderlas. Para cada ocasión siempre disponía de un poema oportuno.

Así sucedió la vez que Natividad, el hijo de mi abuelo Julián, que vivía en La Loma de la Virgen, llegó a La Victoria montado en su mula trayendo de regalo un caballo para su padre. Natividad era un hombre apuesto y trigueño con fama de picaflor. Vivía con su mujer de siempre, pero no le faltaban queridas. José Eugenio sonrió al verlo llegar. Y comenzaron a revoletear los versos que al otro día andaban en boca de los peones.

En La Loma hay un señor
con una mulita mora.
Este pícaro les llora
a las damas el amor.
En el lugar hay clamor
que no ha dejado una buena.
Con hojas de hierbabuena
las seduce cual Cupido,
musitándoles al oído:
¡Vida mía, no tengas pena!

El otra ocasión el tío Carlos, El Colorado o “Cerro prendido”, como le decían, había venido a pasar vacaciones desde Caracas donde estudiaba derecho en la Universidad Central de Venezuela. De pronto quiso sentirse útil y agarró una escoba para barrer el patio frente a la cochinera donde tenían a los marranos engordando para venderlos en diciembre. Fue allí donde lo pescó la mirada de José Eugenio, y de inmediato improvisó unos versos que mi padre copió en un pedazo de papel.

Un bachiller de azafrán
ante una piara barría
no era por ganarse el pan
que de sobra lo tenía

Marina Bastardo, sobrina de la abuela Aguasanta, esposa del abuelo Julián, se casó con José Marea y vino a la hacienda para saludar a su tía. José Marea, un hombrón, y Marina, tan alta como su esposo, delgada y de una risa estentórea y contagiosa, no escaparon a la inspiración de José Eugenio, que aprovechó la corta estancia de la pareja en la hacienda, para componerle unos versos.

Marea, la mar bravía.
Marina, nave tranquila.
Cuando sube la marea,
la marina lo apacigua.

Mi bisabuelo, Jesús Parra, hombre excéntrico, alto y corpulento, enamoradizo y exagerado, había sido pasto de los versos del juglar cuando el Banco Agrícola y Pecuario otorgó el primer crédito en la región. Apenas mi bisabuelo Parra recibió la noticia fue a conversar con su amigo de confianza, Chalao, el picapleitos que resolvía cuanto litigio se presentaba en San Antonio, para anunciarle la noticia antes de irse a Caracas a recibir el préstamo. Chalao lo felicitó y Jesús Parra se preparó para ir a la capital a recibir el préstamo. Se despidió de Berta, su mujer, y salió muy orondo. Un mes más tarde la gente corría a la entrada del pueblo para ver llegar al viejo Parra con un arreo de mulas cargado de mercancías. José Eugenio se dio cuenta de que sobre el lomo de las bestias venía buena parte de aquel crédito. Traía la Venus de Milo en yeso, un par de columnas dóricas, un fragmento de cariátide para adornar la casa y exquisiteces comestibles de todo tipo para celebrar. El bisabuelo venía al frente del arreo de mulas montado en su caballo acompañado de una hermosa y joven dama que el Banco le había obligado a traer para administrar el crédito. Mi bisabuela Berta no se tragó esa píldora y apenas se bajó de la yegua la endonó de vuelta a la capital. Alguna gente de San Antonio comentó que había llegado la carga, pero se había ido la compañía. Al otro día el juglar puso a circular por el pueblo un poema.

Si el Banco le diera a Parra
siquiera medio millón,
cómo comería jamón
queso, salchichas, alcaparra
no faltaría una guitarra,
radio, pianola, buen vino,
y cuando venga el inquilino
del banco, ya está amolao,
luego le nombra a Chalao
de abogado superfino.

Para justificar aquella vena poética y los conocimientos que impresionaban a la familia, papá insistía:

–José Eugenio habrá leído todo en la adolescencia, cosa de la que no estoy enterado.

Aquel hombre, cercano a los sesenta, que en ese entonces ya era una edad respetable, no dejaba de sorprender con su sabiduría. Mi padre recordaba que un día lo vio borracho en el trapiche, recostado a una paca de bagazos de caña y con una botella de ron en la mano.

–Aquí estoy sobrino bebiéndome los últimos destellos del crepúsculo –le dijo a papá, y comenzó a declamar:

Tendido al pie de tu haya de ancha sombra,
tú, Títiro, en el leve caramillo
ensayas tus tonadas campesinas.
Nosotros, de la patria de los linderos,
adiós decimos a sus dulces campos,
tú, tendido a la sombra, al eco enseñas,
oh Títiro, a que el bosque te repita:
¡Amarílis hermosa!…

Y seguía hilvanando versos de corrido. Papá no sabe si fue su asombro o una risita nerviosa que dejó escapar, lo que interrumpió la declamación del tío, que lo miró fijamente con aquellos ojos desorbitados.

–No se crea usted, sobrino, que porque estoy sumido en la anonimia no conozco las églogas del bucólico Virgilio.

A partir de ese momento, mi padre le profesó una profunda admiración y siempre estuvo pendiente de tomar nota de cuanto decía. José Eugenio permaneció en la hacienda La Victoria un buen tiempo y un día se marchó diciendo que se iba a San Antonio, porque le hacía falta el roce con la plebe. Allí continuó con su poesía de papelitos y recitando en cuanto sarao lo invitaban. Se convirtió en un personaje popular y admirado. Cantó a los amigos e ironizaba sobre el poder y sus representantes. Era un hombre alto, muy delgado y trigueño. Cuando murió, mi padre aseguraba que no podían cargar la urna entre cuatro, como si en el ataúd hubieran metido piedras además del muerto.

Una vez, atravesando polvaredas, llegó a San Antonio uno de esos circos de lona remendada y sucia hasta la banderita. Su atracción principal era un chivo parlante y equilibrista. Mientras el circo se instalaba y los enanos se desplazaban entre amasijos de hierro y cuerdas enredadas levantando las gradas y acomodando los vestuarios de los malabaristas, el ventrílocuo deslumbraba a los curiosos en la plaza Bolívar con las virtudes del extraño cabrío. El animal caminaba sobre un listón de madera colocado entre dos bancos, y movía la cabeza diciendo un par de palabras que hacían reír a los curiosos y enmudecer a los incautos.

El día pautado para la función de estreno, el chivo Blondel desapareció y la policía se movilizó en su búsqueda. Los que habían hecho la cola para comprar sus entradas se sintieron defraudados al escuchar la noticia y fue tanta la presión, que hubo de comenzar el espectáculo sin su número principal. Los payasos, un par de enanos acróbatas y el hombre traga cuchillos ayudaron a contener los violentos reclamos.

Al otro día, el ventrílocuo buscaba de casa en casa al chivo Blondel. La policía registró hasta el último rincón del pueblo y sus alrededores. Horas más tarde dieron con su paradero en un caserío cercano. Allí estaba José Eugenio con el chivo divirtiendo a los peones y en un instante lo detuvieron. El juglar del pueblo, así lo llamaba la gente, declaró a la autoridad que lo había hecho para dar demostraciones gratuitas a los pobres campesinos que, con seguridad, no podían pagarse la entrada a la función inaugural.

José Eugenio había quedado maravillado con el animal al verlo actuar en la plaza. En un descuido de sus responsables, se cayeron muy bien el chivo y el juglar, y este aprovechó para meterlo en el camioncito de su primo y llevárselo fuera de San Antonio. La poca gente que pudo dar cuenta del hecho, dijo que el chivo movía la colita de contento al subirlo al vehículo y que los dos, al parecer, iban en un ameno intercambio de gestos y palabras.

El prefecto del pueblo, el señor José Maduro, no estaba dispuesto a dejar menoscabar su autoridad y encarceló al poeta. Días más tarde, agotado el espectáculo circense, los pueblerinos vieron partir el maltrecho convoy por la bajada hacia el río Colorado. Quedaron apesadumbrados, porque sabían que tendrían que esperar varios pasos de luna para volver a estar alegres, y se sintieron compungidos por el poeta encarcelado. Muchos interpusieron sus buenos oficios para lograr liberarlo, pero los esfuerzos fueron en vano.

José Eugenio se había propuesto salir en libertad a como diera lugar. Era ridículo estar preso por un inofensivo chivo que pudo habérselo ofrecido en tarkarí a los pobres campesinos. Pero nadie había podido pagar la multa requerida para liberarlo. Cada vez que el prefecto pasaba frente a su celda, a la entrada de la prefectura, el poeta levantaba su voz para implorar que quería hablar con él, solo dos palabras. Así estuvo varios días repitiendo, hasta el cansancio, la misma frase al ver llegar la autoridad:

–¡Permítame hablar con usted solo dos palabras, señor prefecto! –acentuando en cada oportunidad– ¡Solo dos palabras, por favor!

En uno de esos momentos de sofoco, y después de oír hasta la saciedad la misma letanía, el prefecto no aguantó más, se acercó a la celda y le espetó en su rostro la amenaza:

–¡Escuche, José Eugenio! ¿Quiere usted hablar sólo dos palabras conmigo?… ¿es eso lo que pretende?

–Sí señor prefecto, dos palabras nada más.

–De acuerdo, ¡pero escuche bien, que sean solo dos!, recalcó Maduro, ¡porque de lo contrario, se va a podrir en esta celda!

Aquella oportunidad no la iba a perder José Eugenio. Y con su astucia a flor de labios aceptó el reto y, mirando a los ojos encendidos del prefecto, dijo al rompe:

–Perdonad multa.

Maduro enrojeció como queriéndose comer al preso con la mirada, pero de pronto le sobrevinieron unas ganas incontenibles de soltar la risa. Se vio obligado a darle la espalda al preso y, mascullando entre dientes, como pudo, para no perder autoridad frente al único policía de guardia, ordenó abrirle la celda al juglar.

Ya en libertad, y acostumbrado a levantar su voz y su palabra contra las injusticias, por medio de panfletos, de su propio puño y letra, José Eugenio dejó escurrir su venganza por debajo de las puertas de las casas del pueblo.

¡Hoy nos gobierna un maduro
mañana será un pintón
cuando nos gobierne un verde
será la consumación!


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