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Entrevista

Isabel Palacios: “Aquí nos la pasamos haciendo de aprendiz de brujo”

por Hugo Prieto

Isabel Palacios retratada por Lara Blacklock | RMTF

02/02/2020

La sensibilidad en estado líquido, como el agua, busca su cauce. En el caso de Isabel Palacios ha sido tanto como una aventura, impregnada de las más variadas formas del arte. En esta parroquia llamada Venezuela, siempre ha sido un emprendimiento a contracorriente. ¿No es ahí donde brota la realización del ser humano, lo que comúnmente llamamos el éxito? El presupuesto, si lo ha habido, siempre ha sido una rareza. ¿Con qué uña, gavilán? Con las de un águila. Lo que sigue a estas líneas es un vuelo ascendente, uno más, hasta el risco de una labor inconclusa, pero plena y satisfactoria, también de lo que sigue, porque como lo diría el filósofo del béisbol: «El juego no termina hasta que se termina». 

En el suroeste de Caracas hay un oasis que, en medio del desierto y la aridez, ofrece una rareza inagotable. ¿O acaso hay otro lugar donde podamos escuchar un concertato de Mozart? Esta es la apuesta de Isabel Palacios, directora artística de la Fundación Camerata de Caracas. Es lo que sabe hacer. Una pieza de arte para alimentar el alma. 

¿En esta etapa, donde todos hemos tenido que trabajar con las uñas, cómo le ha ido? 

Ha sido muy difícil, por supuesto, como para todo el mundo. Pero La Camerata, para bien o para mal, ha tenido un entrenamiento en eso de trabajar con las uñas. Nunca hemos tenido un presupuesto mínimamente decente. Siempre venían pequeños aportes y casi todo se ha hecho —aunque las palabras suenen cursi— por mística, por amor, por ilusión con el proyecto, porque sabíamos que esta aventura nos haría crecer, nos haría mover. A pesar de que no hay muchas oportunidades para este tipo de proyectos en Venezuela, decidimos aceptar el reto. Cuando no hay nada, yo ni siquiera me detengo, sigo por el camino, un paso a la vez, y algo va a salir. Te podría decir: ¿qué hemos hecho nosotros  en estos 42 años, que tenga presupuesto? Ha sido rarísimo. Lo que no quiero perder nunca, en La Camerata, es la razón por la cual empezamos a ser músicos, ni la absoluta seguridad de que todo lo que empieza va a terminar. 

Si se ha movido en ese plano, de la dificultad, de la escasez, diría que todo eso se ha acentuado durante estos últimos años. ¿Qué ha descubierto o redescubierto en esta etapa? 

Lo que hemos padecido, lo que más duele, lo que sangra, es el exilio, es la gente que se ha ido. Esos son los bienes que no logro conseguir. Se te rasga el alma cuando tienes un alumno, con el que te has fajado, y a quien podrías vislumbrarle un camino muy bello, incluso aquí (la exhalación es casi como un suspiro) y eso es lo que ya no está. Eso sí es algo nuevo. La Camareta siempre contó con un equipo muy capaz, muy profesional, y esa gente es la que se ha ido yendo. Eso es lo que más duele. He aprendido. Mis amigos me decían el ave fénix; cuando más me deprimía, salía un proyecto y echaba a volar otra vez, como el águila, a mí no me da miedo que se me chamusquen las alas, al contrario, si es necesario, me saco las uñas y me rompo el pico y en ese proceso, que no todos hacen porque les da miedo, porque puede ser que te quedes en el intento, pero siento a veces que es la única manera. No me puedo poner una curita, a veces hay cosas que no las hago, porque un remiendo sería el fin de todo esto.   

Todos los venezolanos tenemos un familiar afuera, un amigo que se fue del país y lo mismo ocurre con las instituciones. Sin embargo, a veces, se crea algo parecido a un vínculo, a un vaso comunicante. Y por esa vía, se encuentra la posibilidad de hacer un proyecto, de montar un espectáculo, de aprovechar el viaje de una persona para que eso ocurra. ¿Eso le ha pasado?

Conexión con los que se han ido tengo, literalmente con todos. Pero creo que la posibilidad de emprender un proyecto, ya sea en la música o en las artes escénicas, es más difícil que en la literatura. El papel viaja rápido por Internet, pero para montar un proyecto, digamos, de la Camerata renacentista, yo tendría que comprar 10 pasajes de avión en diferentes partes del mundo. Hoy día, yo armo más rápido un concierto de La Camerata en España que en Venezuela. Claro, allá tendría otro tipo de problemas. De por medio hay una cuestión de credibilidad y esa me la he ganado en el país durante 42 años de trabajo, jamás he suspendido una programación, a menos que sea por una causa mayor. Pareciera que para algunos no es importante, pero yo creo que ese impulso, esas ganas de montar una obra merece respeto. Entonces, ahí sí quemo las pestañas para que eso se haga.   

¿Las entrevistas imaginarias a músicos que ha hecho últimamente son una alternativa en su trabajo? ¿Cómo surgió esa idea? 

La música puede llegar a ser como una conversación entre médicos. El que no pertenece al medio se siente excluido. Cuando empiezas a hablar de tonalidades, de partituras y enseñas los garabaticos que leemos, ahí ponemos la torta, ¿verdad? Mi trabajo, como comunicadora, ha sido vamos a acercarte a la música y en ese asunto he trabajado toda mi vida. Yo me sentaba a tocar el piano, a estudiar, y siempre comenzaba con Mozart. ¿No se te puede ocurrir algo más sencillo, desgraciado? Yo conversaba con ellos. Así que Beethoven y Bach eran como mis tíos, llegué a conocerlos tanto como a un familiar. Dando clases, contando los chismes de los compositores, como decían mis alumnos, las cosas fluían tan naturales que decidí escribir un diálogo. Todo empezó con un concierto de Händel. Justamente durante un viaje, le pregunto a Gonzalo, mi hijo mayor. No sé si hacer a Floridate o Rodelinda. ¿Y eso que es, mamá? Dos óperas de Händel. Pues da exactamente lo mismo. ¿Quién conoce las óperas de Händel? Gonzalo, es que no me acuerdo… sí tú no te acuerdas, ¿quién carrizo se va a acordar? Sí, tenía un problema, si fuese La Traviata… al menos la gente sabe que la mujer se muere al final. Empecé a escribir un texto, que al principio iba a ser muy frío. ¡Ay, no! ¡Qué fastidio! No, que sea Händel el que cuente sus cosas, pero Händel con un asistente. 

¿Pero no había un pretexto, digamos, una circunstancia que sirviera como desencadenante de la puesta en escena?

Claro, inventé a un millonario italiano que decide montar una gala de ópera hendeliana; esa gala le sirve para que el pueda juntar a los más grandes divos de su época… era la comidilla de chismes divertidísima. Metemos a toda esa gente allí. Un asistente de productor que me sirve para que la gente sepa lo que sufre un productor para reunir a los cantantes, para armar un horario de ensayos, para esas cosas, pero me hace mucha falta el director de teatro, el que va a hacer la puesta en escena, que va a estar en contra de todos los gorgoritos vocales, barrocos y adornitos, un viejo italiano que es más de la escuela de Monteverdi de la manera de recitar cantando. Necesito, por supuesto, el esteta, el vestuarista, el maquillador, que me va a representar el artificio de entonces de la ópera. ¡Cómo eran mis tíos, los puse a conversar! Y salió una obra de teatro. 

Los diálogos, al igual que esta entrevista, son biunívocos, en los que, además, quedan de manifiesto tanto sus intereses como los míos. Es decir, lo que usted quiere decir y lo que yo quiero que usted diga. Está el tema de la desconfianza mutua, del peligro que usted se vea tergiversada, se crea una tensión, una atmósfera como la que se respira en esta sala. ¿Cómo manejó eso?

En la Camerata hay tres periodistas —que a su vez son personajes que intervienen en cada una de las obras— con personalidades diferentes, hay uno que es culto, estudioso y llega con su tarea hecha; hay otro que es caído de la mata y está un poco perdido; un tercero que es agudo, capaz de llevar al personaje a los asuntos de los que no quiere hablar. Claro, eso también depende del señor que tengo al frente, es decir, del entrevistado. Algunos no se han dado cuenta de que han muerto, otros están muy apegados a lo que fue la última etapa de sus vidas y les cuesta recordar el pasado. ¿Qué me imagino yo que pasaría con Beethoven, por ejemplo? El cascarrabias de Beethoven, que rayaba las partituras como un neurótico… ¿Cómo reaccionaría Beethoven si le digo: Maestro, en El testamento de Heilligenstadt. ¿El testamento de qué? Usted escribió un testamento en Heilligenstadt. ¿Yo? Yo nunca escribí ningún testamento, yo lo que hice fue insultar a Dios porque me estaba muriendo, porque yo lo que quería era seguir escribiendo música. Eso sí lo dijo. Según sus familiares, Beethoven increpaba a Dios porque no se quería morir. Ahora, Mozart no tiene nada que ver con Beethoven. Él llega fascinado por los celulares, porque se entera de que hay un ringtone con la flauta mágica, llega con su vestido de época, su peluca y zapatos de goma, porque le fascinan los Adidas y brinca en el escenario porque es inquietísimo. 

Isabel Palacios retratada por Lara Blacklock | RMTF

¿Cómo hace para combinar la música con el género de la entrevista?

Al principio, siempre tengo una querencia. Yo quiero que canten tal cosa de Mozart o que toquen tal cosa de Beethoven. Parece mentira, es el diálogo que voy escribiendo el que me va abriendo las puertas de por dónde va a entrar la música. A veces me doy cuenta de que un personaje tiene mucho rato hablando y meto un cuarteto dedicado a Haydn. Inevitablemente, hoy en día hay una cuestión económica y no puedo meter todo lo que yo quisiera. La entrevista a Monteverdi, por ejemplo, que es mi amor absoluto, me salió muy cara. El segundo acto de Orfeo, tienes que meter coro, solistas… Y lo que viene, la entrevista de Schumann, va a haber un tercero, porque Schumann muere en un manicomio y con tanto susto, él quiere tener a Clara a su lado. 

Usted ha tenido malas experiencias con los periodistas. ¿Eso le ha pasado a sus personajes? ¿Le ha pasado a Mozart? ¿A Beethoven?

Sí.

¿Es una pequeña venganza de Isabel Palacios?

No. No es venganza. Eso, a fin de cuentas, entra en el olvido. Reconozco que en una época les decía a los periodistas: Si me grabas, me pasas la transcripción; si no, quiero ver qué escribes, porque me metieron en problemas horrendos. Recuerdo que tuve que comprar seis docenas de rosas y presentarme arrodillada en la casa de mi maestra adorada que era Fedora Alemán, por la equivocación de un periodista que me hace una pregunta a quemarropa. ¿Qué opinas tú de las carreras de Fedora Alemán, Morella Muñoz y Violeta Alemán? Y yo contesté: Violeta es la diva actual, está cantando hermosísimo, vamos a ver qué nos podrá contar de su carrera cuando tenga la edad de Fedora, que en ese momento cumplía 50 años, Morella Muñoz es una de las cantantes más inteligentes que he visto sobre un escenario y Fedora, que no tuvo una gran voz, hizo una carrera infinita… Y el encabezado de la entrevista era, Isabel Palacios: “Fedora Alemán no tiene voz”. Por supuesto, cuando leo aquello, profe, yo no dije eso, eso no fue lo que yo dije, pero no tenía el respaldo de un grabador. Y a partir de ahí, ugh, ¿qué es esto? Auxilio.  

No me ha respondido la pregunta…

… No, no es una venganza. 

¿Sus personajes se han sentido tergiversados? ¿Se han sentido traicionados? ¿Acosados por los periodistas?

Siempre trato de cerrar la entrevista en un punto donde haya conciliación. Mi reto es que el periodista termine, literalmente, enamorado del personaje que tuvo enfrente. Por lo menos privilegiado de haber podido entrevistar a este personaje. A mí me importa también la transformación del periodista. A veces arremeten, como ocurrió con la entrevista con Puccini y, al final, se ve desarmado cuando este hombre empieza a hablar de su obra. O cuando es el personaje el que se desarma, que es lo que pasó con Beethoven. Eso, a mí, me encanta. 

No voy a insistir más en este tema…

… ¿No quedaste contento?

Dijo que el montaje de Monteverdi le resultó costoso económicamente. ¿Todo esto lo financia Isabel Palacios?

La Camerata hace uno o dos conciertos al año, eso nos permite estirar el dinero. Tenemos una Sociedad de Amigos de La Camerata, que me ayuda un poco y me ha pasado, en los dos últimos años, que he ido a España a dar conferencias. Mal que bien, cobro en euros y yo traigo eso completico para La Camerata. Obviamente, está la taquilla y en el escenario hemos puesto 86 sillas numeradas. Quiero hacer lo que hice en el Museo del Teclado. En esos años había otras salas, la Quinta Anauco, la Sala del Ateneo recién abierta y nadie quería ir a Parque Central. Pero gracias al trabajo de un equipo extraordinario, terminamos con un Museo del Teclado que se presentaba todos los días full. ¿Dónde está el sitio donde la gente se sienta a hablar pistoladas y, a lo mejor, de esas pistoladas sale algo extraordinario? Mi idea es invitar a un grupo de jóvenes emprendedores para que hagan un menú que tenga que ver con lo que nosotros hacemos. Por ejemplo, la ensalada Monteverdi y la ensalada Verdi. Seis tipos de hamburguesas de Bach. ¡Brahms de hamburguesas! Y así aumentar el caudal de personas que vengan a disfrutar en los jardines de La Camerata. Yo hago conciertos aquí porque me botan de todas partes.

Isabel Palacios retratada por Lara Blacklock |RMTF.

Hubo un momento estelar para las manifestaciones del arte en Venezuela. Un momento que coincidió, y no por casualidad, con la era democrática. Marina Gasparini habló de una elipsis, detrás veníamos de la dictadura de Pérez Jiménez y, delante, llegamos adonde llegamos. ¿Usted cree que vamos a quedar atrapados en esa elipsis? ¿O quizás con esfuerzos como el que usted hace, y otros tantos que realizan muchos otros venezolanos, podamos tomar un camino diferente? ¿Podamos sobrevivir? ¿Volver a la república?

Yo tengo el concepto griego de la esperanza, para mí es la última parca y si me pongo a esperar, me fregué. Para mí esperar es desesperar. Entonces, yo realmente no espero nada. ¿No tienes esperanza? No. ¿Cómo es posible? Yo no tengo el concepto cristiano de la esperanza. Tengo el concepto griego, por eso es que yo hago. Mientras estoy esperando, estoy haciendo. Yo no me preocupo, yo me ocupo. Preocuparse es de gafos, yo me ocupo. Sí, mi ocupar sirve para construir algo, no perdí el tiempo. Mi tiempo aquí sirvió para algo. Y no estar en una habladera de pistoladas, en una «planificación», que no me conducen a nada. Es siempre poner en otra gente, en otro país, en otra cosa, lo que nos va a pasar. Si tienes gripe, te puedo recomendar algo para la tos, pero si tienes una enfermedad grave, tú tienes que ir al médico. Aquí nos la pasamos haciendo de aprendiz de brujo. Dando soluciones a personas y en el fondo no sabemos de eso. Zapatero a tus zapatos y aporta tus zapatos, porque igualito tenemos que caminar. ¿Qué va a pasar? No sé. ¿Pitonisa? No soy. ¿Ponerme a pensar en el futuro? Me paraliza. Y no soy útil paralítica. 

De las puestas en escena que ha hecho con sus personajes, con sus amados músicos e intérpretes, en cuya creación hay una escenografía, un guión, un productor, un esteta, en fin, ya estamos hablando de dramaturgia, ¿verdad? Le pregunto, ¿qué hay de Cabrujas en todo eso?

Muchísimo. Yo soy un personaje renacentista por nacimiento y crianza, porque soy hija de una pintora, olí más trementina y tintas que teteros y de un genio historiador, abogado, publicista, profesor y torero, que fue mi padre. De una cabeza pensante, como mi hermana María Fernanda, que es la persona más inteligente que he conocido en mi vida. De una pedagoga insólita como mi tía Diana, que dirigió el Colegio Santiago de León de Caracas como si fuera un buque insólito y maravilloso, en la enseñanza. Y, como si me faltara complemento entre pintura, literatura y música, cayó José Ignacio, una persona a la que admiré desde que tenía 15 años de edad. Ni José Ignacio ni mi mamá me pusieron a hacer lo que ahora hago. De ella aprendí a diseñar vestuarios, viendo, como ayudante, de taller y con José Ignacio fue igual. Nunca formé parte de su equipo de dialoguistas, nunca me invitó a escribir un diálogo. Y a mí, jamás, se me hubiese ocurrido decirle: Mira lo que escribí. Siempre me gustó escribir y tengo carpetas, carpetas y carpetas de cosas escritas para que nadie las vea. Lo que sí vi fue el quehacer del teatro, al hombre que se levantaba a las 6 de la mañana, se tomaba un café y se sentaba a escribir, escribir no es nada de inspiración, es un trabajo brutal. Es todo el día pegado escribiendo. Es verlo cómo se ensimismaba cuando escribía una obra. 

¿No le mostró guiones, obras de teatro?

Sí, claro, y era delicioso. 

¿Y los artículos de El País como oficio?

Uno de ellos me lo dedicó a mano, luego de que lo imprimió. Lo escribió a propósito de los 10 años de la muerte de María Calas. Estábamos en la mesa y él me dice (Isabel Palacios modula una voz salida de las cavernas): tengo que subir a escribir el artículo. Eso significaba que se iba a encerrar allí, a resoplar, a fumar como un loco, mientras escribía. Yo le digo: ¡Sabes, mi amor, hoy cumple 10 años de muerta María Calas! José Ignacio, con su gran sentido del humor, me dice (nuevamente, la voz cavernosa): ¿Se murió? Ahí me di cuenta de que me estaba fregando. Sí, mi amor. Se murió. ¡Caramba! Y subió. El artículo, cuyo título es «Ni un solo día de olvido», es una de las cosas más grandes que escribió José Ignacio. No, señora, no me di cuenta de que usted se había muerto porque usted vive conmigo todo el día.


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