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Perspectivas

Gusto de don Mariano

por Mariano Nava Contreras

04/01/2020

Catedral de Mérida a comienzos del siglo XX.

Y en la comprensión de este problema, en la manera como la nación librada de sus tragedias y sus fantasmas puede ser creadora, radica el misterio alucinante de nuestro destino futuro.

Mariano Picón Salas, Antítesis y tesis de nuestra historia

Enero es tiempo de recordar para los que admiramos y recordamos a Mariano Picón Salas. Un 26 de enero nació con el siglo XX en aquella tranquila y grata ciudad de Mérida que ha cambiado tanto, y un 1º de enero, pero de 1965, murió en Caracas.

Tuvo que haber sido muy distinta aquella Mérida de 1901 que vio nacer a Picón Salas. Todavía hoy, cuando después de una noche de tormenta amanecen blancas las imponentes moles de roca que circundan la meseta, nos arrebata una sensación de sobrecogimiento ante el magnífico espectáculo de la naturaleza. Entonces es fácil imaginar aquella especie de paraíso cerrado que debió ser la pequeña ciudad en aquellos tiempos, con un aire muchísimo más grato que el de hoy, cuando sus cuatro ríos todavía estaban puros y retozaban por ahí las ardillas y los colibríes, los azulejos y los demás bichitos de monte que nunca más volvimos a ver. Sin embargo, en esa remota y aislada Mérida de las cuatro parroquias y de unos cuantos apellidos pasaron en ese cambio de siglo cosas muy interesantes para la cultura venezolana.

En ese entonces la Universidad de Los Andes era ya una ilustre y centenaria institución donde se estudiaba derecho, latín y teología, pero también medicina y farmacia. En el año de 1900 recibía Tulio Febres Cordero de manos del Rector Caracciolo Parra el título de Doctor. Don Tulio, sin embargo, ya en 1889 había sido nombrado miembro de la Academia Venezolana de la Historia y desde 1892 se desempeñaba como profesor de Historia Universal en esta Universidad. Pocos merideños, por no decir ninguno, ignoran su importancia para la cultura de la ciudad, pero casi ninguno puede decir que conoce a profundidad su vasta obra. Don Tulio se dedicó a recoger y a publicar cada uno de los detalles de la historia, la economía, la geografía, la etnografía, la naturaleza y todo cuando pudiera ser digno de curiosidad, que no es poco, de los Andes merideños. Sus preciosos textos, que van del periodismo y la antropología a la crónica y la novela, fueron publicados en periódicos que él mismo editaba, en libros que él mismo imprimía y con sus propias manos encuadernaba. Los papeles fundadores de la Universidad de Los Andes se conservan en libros encuadernados a mano por don Tulio. Gracias a él, Mérida conservó intacta su memoria histórica del siglo xix. Uno de sus curiosos libros, La cocina criolla o guía del ama de casa, publicado en 1899, pasa por ser uno de los primeros recetarios de cocina venezolana.

Ese mismo año de 1900 otro merideño ilustre regresa a su tierra después de prestar numerosos servicios a la república. El escritor e historiador Gonzalo Picón Febres, que había sido ministro de Correos, senador por el Gran Estado de Los Andes y vicepresidente de la Cámara del Senado durante los primeros meses de la Revolución Restauradora, vuelve a Mérida para encerrarse a escribir. De este retiro saldrá la primera historia de la literatura de nuestro país, La literatura venezolana en el siglo diez y nueve, que se publicará en Caracas seis años después.

Esta es, pues, la Mérida recoleta donde nace Picón Salas, cuya aparente tranquilidad y aislamiento no logra esconder la bullente actividad intelectual que se encierra en las viejas paredes de bahareque de la casona que albergaba la universidad de aquellos días. Aquí comenzará a formarse también el humanista cuya prosa sin duda debe contarse entre las mejores jamás escritas de Venezuela. Leer a don Mariano es como escuchar a esos merideños viejos que hablaban lento y pausado, con tono viril y sapiente, calibrando el peso de cada palabra, de cada término, de cada estructura, de cada figura. Su prosa limpia y perfecta, sobria y adusta, tiene la incontestable belleza de la idea clara y aguda, del argumento irrebatible y asertivo, despojado del barroquismo huero al que tantos se aficionan. Sus exposiciones impecables y su erudición sin presunciones nos hablan del pensador agudo e incansable que fue madurando lecturas, observando paisajes, digiriendo ideas en torno a una sola pasión, su única obsesión: comprender a Venezuela en su contexto hispanoamericano.

Ahí están sus imprescindibles estudios, verdaderos clásicos del humanismo venezolano: Formación y proceso de la literatura venezolana (1940), De la conquista a la independencia (1944) o Comprensión de Venezuela (1949) entre otros. Pero también su Odisea de tierra firme. Relatos de Venezuela (1931), su biografía de Miranda (1946) o Los días de Cipriano Castro (1953), con el que ganó el Premio Nacional de Literatura y cuya primera edición se agotó en solo 48 horas. También hay opúsculos que nos acercan a nuestra cultura más cercana y cotidiana, como sus recuerdos sobre los Almanaques de su infancia o su Pequeña historia de la arepa, y otros que nos sorprenden por la agudeza y el ímpetu de su mensaje, como el Pequeño tratado de la tradición, Antítesis y tesis de nuestra historia o su Tiempo de Humboldt. Pero para que no se le tache de parroquiano, también están ahí sus Preguntas a Europa (1937), su Intuición de Chile (1935), su biografía de Pedro Claver (1950), su Gusto de México (1952) o su Regreso de tres mundos: un hombre en su generación (1959).

Pienso que en estos tres autores merideños, Febres Cordero, Picón Febres y Picón Salas, se configura una línea de estudio, de reflexión y comprensión venezolanista que va a madurar en don Mariano y se consolidará después en los ensayos de Arturo Uslar Pietri o, más acá, de José Balza. Una profunda lectura de estos humanistas es esencial en la conformación de una verdadera paideia venezolana.


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