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Perspectivas

Crónica de un viaje a la frontera por vacunas

por Mariano Nava Contreras

Fotografía de Luis Robayo | AFP

29/03/2019
Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…
César Vallejo

 

I

El paisaje de San Cristóbal a esta hora es fantasmal. Son las seis de la mañana, pero San Cristóbal es la capital más occidental del país, por lo que aquí amanece más tarde. “A esta hora ya hay una pepa de sol en Margarita”, pienso. Pero aquí todavía estamos en la penumbra. Unos pocos adolescentes tempraneros caminan con sus uniformes escolares. De resto la ciudad, como todo el país desde anoche, está detenida y a oscuras. A lo largo de las principales avenidas, las interminables colas de carros esperando surtir gasolina. Llevan días ahí. A medida que va clareando, van saliendo los adormilados conductores de sus vehículos, donde han pasado la noche. Esa y quién sabe cuántas. Nosotros nos hemos salvado porque anoche compramos una “pimpina” de quince mil pesos. Una bruma que no llega a ser neblina cubre la ciudad. ¿Es una ciudad fantasma o una ciudad de fantasmas? Todavía no me decido.

II

A medida que aclara el día y avanza la mañana la carretera se va llenando. Poco a poco las verdes montañas se deciden a definir su forma. Es la vieja vía que conduce a la frontera, pasando por Capacho, La Mulera y después bajando hasta San Antonio. La conozco muy bien desde que era niño, cuando venía con mis padres de compras a Cúcuta. Décadas después, permanece idéntica. Los mismos huecos, las mismas fallas, las mismas curvas. Solo que ahora cruza pueblos desolados, negocios abandonados, fachadas descoloridas, anuncios y letreros que se han ido borrando con el sol de los años. Salimos ayer de Mérida. Ya pasaron los tiempos en que veníamos de compras. Tenemos que vacunar a nuestro hijo en Cúcuta. En Venezuela ya no hay vacunas. Las pocas que había no estaban certificadas y se dañaron por los apagones.

III

Desde que era niño llegar a San Antonio me ha causado siempre el mismo desasosiego. Antes porque iba, ahora porque vengo. Hoy puedo entender que un periodista europeo se sienta aquí como un filólogo que acaba de descubrir la biblioteca de Alejandría. La Avenida Venezuela, que conduce al edificio de la aduana y al Puente Simón Bolívar, se encuentra desde hace años cerrada a los vehículos. Allí, en el vértigo de los gritos y la inmundicia se concentran todas las historias. Allí se resume toda la sinrazón y el absurdo que estamos viviendo. Jóvenes que gritan ofreciendo destinos a los emigrantes: Bucaramanga, Bogotá, Medellín, Quito, Lima, Santiago. “A dónde va, jefe. Yo lo asesoro”, me dice un veinteañero con acento del centro del país. Se me queda la palabrita porque he sabido de muchos “asesorados” que terminan estafados. Compran el pasaje y después no aparece el autobús, ni mucho menos el vendedor del pasaje. Un adolescente se nos acerca y nos susurra: “Si quiere lo paso por el puente”. Gente en silla de ruedas, carretilleros, emigrantes que voltean hacia atrás con los ojos húmedos para llevarse un último paisaje, tránsfugas, pillos, pícaros, guerrilleros y comerciantes, gente común que simplemente va a comprar lo que en Venezuela no se consigue, todos se dan cita en la avenida que lleva a una de las fronteras más activas del mundo: la Avenida Venezuela, por donde la gente se va de Venezuela. Por generaciones, los de aquí han vivido de esta frontera, de todo lo que se puede hacer con ella, desde el comercio honesto y el trapicheo a todas las tonalidades del crimen, la extorsión, la estafa y el secuestro. Toda una cultura fronteriza que ha permanecido invariable por generaciones. Lo único que ahora cambia son los acentos de los protagonistas y el tipo de negocio. Aquí aprendí hace tiempo que la frontera es mucho más que una línea en el mapa, pero bastante menos que el instinto por sobrevivir.

IV

“Mil pesitos la hora”, nos dice el encargado del estacionamiento. En el Táchira, buena parte de Mérida y el sur del lago de Maracaibo el peso colombiano es la moneda corriente. Nadie habla de bolívares. Nos ponemos de acuerdo con nuestros amigos. Nosotros vamos con el bebé por el puente, aprovechando el “corredor humanitario” y ellos van por la trocha. ¿Cuál trocha? Hay muchas. “Usted siga al gentío”, nos dicen. Nos vemos del lado colombiano. Al pasar por la aduana el soldado nos mira con el bebé y no nos presta atención. El paso del puente muestra la imagen más elocuente de la estupidez que estamos viviendo: mientras por arriba hay paso restringido, por debajo, a la vista de todos, ríos de gente atraviesan el lecho pedregoso y casi seco. Los guardias observan el espectáculo acodados en la baranda del puente mientras chatean con sus celulares. Metros adelante está el primero de los tres desconchados contenedores que el ejército ha puesto para cortar el paso de una invasión imaginaria. Pero no nos engañemos: cuidadosamente han dejado un pedacito de acera del ancho de una silla de ruedas. Mirando hacia Colombia, una pancarta cuelga del último contenedor: “La guerra y la violencia no son cosas de Dios. La paz sí”.

V

Del lado colombiano el caos y el griterío son aún mayores. Es una verdadera Babilonia andina. “Acetaminofén, Glimepiride, Losartán potásico”, “Vendo y compro celulares”, “Se cosen zapatos”, “Se compra cabello”, “Rumichaca saliendo”. También aquí los buhoneros tienen acento venezolano. En Migración Colombia me piden el “Carnet fronterizo”, pero por fortuna no tenemos que sellar el pasaporte. Una joven se acerca a mi esposa. Le dice que el Consejo Noruego de Refugiados está obsequiando un kit a las mamás y una charla de apoyo psicológico. También en la carpa de las Naciones Unidas. Nos encontramos con nuestros compañeros. “¿Qué tal?”, les preguntamos. “Pudo ser peor. Al menos no nos martillaron”, nos dicen con una sonrisa. Al parecer, las trochas ya no están a cargo de los colectivos, sino de la Guardia Nacional, que solo piden “una colaboracioncita”. O sea, en una frontera cerrada la misma Guardia custodia el puente y las trochas, el paso legal y el ilegal.

VI

Nos dirigimos entre la multitud y el griterío hacia los centros de vacunación de La Parada, primer poblado al cruzar la frontera. Todos a reventar. Gente en sillas de rueda, mujeres –como la mía– con sus niños en brazos, ancianos, multitud de enfermos de toda índole. Para las vacunas han repartido los “fichos” (números) desde la madrugada. Si el “corredor humanitario” abre a las 6am., eso significa que toda esta gente ha tenido que pasar la noche aquí. Nada que hacer. Nos vamos a Cúcuta.

VII

A un venezolano de mi edad que llega a Cúcuta, la ciudad le ofrece el recuerdo de lo que fueron nuestras propias ciudades tiempo atrás: activas, dinámicas, con tráfico y mucha gente en las calles, y el comercio a reventar. Así eran nuestras ciudades hasta hace pocos años, cuando paulatinamente se fueron convirtiendo en los sumideros de zombies y sobrevivientes que somos. Algunos dicen que Cúcuta está muy bonita. Yo diría que está muy bien maquillada, pero bonita nunca será. Quizás lo digo porque vengo de Mérida. Comenzamos el viacrucis de buscar un centro de vacunación donde reciban niños venezolanos (que no son todos, desde luego). La mayoría son privados y no nos aceptan. Los de la sanidad pública sí aceptan, pero ya no tienen cupo porque están desbordados de madres y bebés, todos venidos del otro lado de la frontera: Valencia, Maracay, Acarigua, Barinas, Barquisimeto, Mérida… Sin duda han pasado la noche a las puertas del hospital. Estamos a punto de tirar la toalla. Finalmente, al final de la mañana, damos con la última opción: la Unidad Loma de Bolívar.

VIII

La Unidad Loma de Bolívar es un pequeño centro asistencial que queda en un sector popular bastante retirado del centro. Quizás por eso tuvimos la suerte de que aún quedaran vacunas para mi hijo. Llegamos al final de la mañana y quedamos de número cuatro para el turno de la tarde. Delante de nosotros hay un bebé de San Cristóbal, otro de Cordero y una más de Mérida. Todos habíamos llegado a la ciudad muy temprano y nos habían derivado de un lugar a otro hasta que llegamos aquí. A las puertas del hospital una muchacha vende café y cigarrillos. Es de El Tigre. “Da para vivir tranquila –me dice–, pero me hace tanta falta mi gente…” Hacia la una y media reparten los “fichos”. Como pasa en Venezuela, siempre aparece de pronto un “encargado” de repartir los números, y ya se sabe: el que parte y reparte… De manera inesperada llegan dos madres que “estaban esperando turno” desde días pasados. Obviamente habían comprado los cupos. Quedamos, pues, de número seis. Nos pasan a un pequeño salón donde por fin las madres se pueden sentar con sus hijos. Un televisor transmite las “Noticias Caracol”. Así nos enteramos de que el apagón en Venezuela es general, que todavía no ha terminado y que la situación en Caracas es dramática. Todos miramos consternados, con mucha tristeza. “Esas son las vainas de las que uno no se entera allá”, me dice el papá del bebé de Cordero.

IX

Son las dos y media, hora colombiana. Por fin han puesto las vacunas a mi bebé. Salimos del hospital corriendo a un supermercado donde deberíamos encontrarnos con nuestros amigos, para comprar lo que podamos a precios incomparablemente más bajos que los de la inflacionaria Venezuela. Metemos lo que podemos con los pesos que nos quedan y con mucha prisa antes de que cierren las trochas. “No, mi pana, nosotros pasamos con ustedes por el puente”, nos dicen nuestros amigos. En efecto se arriesgan y logramos pasar desapercibidos entre la muchedumbre. En medio del puente no resisto la tentación de tomar una foto a la gente que va por las trochas. Un transeúnte me increpa aterrado. “¡Uy no, señor, pero usted está loco! ¡A ver si nos agarran a todos!”, y se aparta rápidamente. Yo guardo el teléfono con prisa. La foto sale movida.

X

Salimos de San Antonio casi a las siete. Ahora, al escándalo de los vendedores se suma el de las plantas eléctricas y el de los choferes que ofrecen llevarte a cualquier parte de Venezuela. A nosotros nos esperan seis horas de viaje hasta Mérida a través de un país salvaje y, ya lo sabemos, aún en tinieblas. Tras la última curva vemos la silueta iluminada de Cúcuta. Por delante, la soledad y la oscurana. Es como si pudiéramos mirar del siglo XXI al XIX con solo voltear un poco. Pronto se hace noche cerrada. La carretera está desierta. En algunos pueblos la gente hace fogatas y se junta para echar cuentos. En las muchas alcabalas los soldados se iluminan con antorchas de aceite, disimulando mal el miedo. Saben que la zona está infestada de guerrilla, narcos y paracos. También nosotros. De la fogata de algún pueblo alguien tira una piedra a la ventana de nuesto carro, que por fortuna yerra y se estrella contra la puerta. Claro que no nos detenemos. Yo solo pienso en la fortuna de haber podido, a pesar de todo, vacunar a nuestro bebé; pero sabemos que miles de niños venezolanos no han tenido ni tendrán esa suerte. Es más de media noche cuando por fin llegamos a casa. Nos la encontramos totalmente oscura, tal y como la dejamos.


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