Perspectivas

Movimientos antivacunas: una historia de doctrinas, pugnas y fraudes

por Julio Castro Méndez

05/03/2018

Los maravillosos efectos de la nueva inoculación (1802), de James Gillray

Tan pronto comenzaron las observaciones y experimentos de Edward Jenner, en 1802, empezaron a generarse opiniones y actitudes a favor y en contra de las vacunas.

Esta pintura, titulada Cow–Pock, es una caricatura que intenta expresar los posibles efectos adversos de la vacuna de Jenner, donde las personas “vacunadas” presentan excrecencias morfológicas similares a partes del cuerpo de la vaca. Ésta es una forma pictórica de exponer no sólo las concepciones de la época, sino también la reticencia de esta nueva forma de medicina.

Los razonamientos o argumentos de los grupos antivacunas han venido evolucionando en el tiempo y lógicamente han ido, en cierta forma, modificándose y adaptándose a los nuevos tiempos. Lejos de ser un problema menor o uno que haya disminuido, hay preocupación mundial por su auge y los posibles efectos sobre la salud poblacional .

Una estrategia como ésta, tanto en la antigüedad como en la actualidad, tiene implicaciones éticas, logísticas, económicas, filosóficas, pragmáticas, legislativas, de derechos civiles y humanos; por supuesto que el juicio que cada uno tiene sobre ellas obedece a un retazo de conceptos donde operan nuestras creencias, conocimientos y sentimientos .

Expongo a continuación los argumentos que se han utilizado a lo largo del tiempo por los individuos y representantes de los movimientos antivacunas.

Argumentos religiosos

En 1772, el reverendo Edmund Massey, desde el púlpito, declara que la variolización es una “peligrosa y pecaminosa práctica de la inoculación”. El argumento principal fue que las enfermedades eran un castigo de Dios para penalizar los pecados y, en ese sentido, cualquier intervención que modificara la enfermedad sería considerada como una “operación diabólica”.

Hoy en día, la mayoría de las religiones o credos de alcance mundial aceptan la vacunación como una estrategia muy potente en salud para controlar determinadas enfermedades. No sólo no la atacan, sino que incluso algunos de ellos, en boca de sus grandes patriarcas, las profesan y las sustentan como un beneficio importante para la humanidad.

Poco se ha escrito sobre la influencia de las religiones en la práctica de la vacunación, sólo algunos expertos del área han publicado aspectos genéricos de la fe relacionados a las vacunas. Aquí comentamos brevemente los lineamientos generales de los diferentes enfoques de la fe sobre las vacunas en términos de sus conceptos y prácticas más comunes en la actualidad.

Hinduismo

El hinduismo proclama el respeto por la vida y favorece la tecnología que permite a las personas vivir más sanas. Ninguno de los cuatro grupos del hinduismo han mostrado preocupación por la vacunación. De hecho, la vacunación en los países de culto hindú es ampliamente aceptada.

Budismo

Desde el siglo II, escritos legendarios de una monja budista describen el proceso de variolización con triturado de costras de viruela colocadas en la nariz de sujetos no inmunes (probable precursora de inmunización nasal). El Dalai Lama actual ha estado relacionado a campañas de vacunaciones masivas de polio y, hasta el momento, no hay escritos budistas en contra de las vacunas; los países de credo budista están a favor de las campañas de vacunación.

Judaísmo

La fe judía proclama actitudes de prevención de enfermedades que incluyen vacunación y veto de ciertos alimentos asociados a ellas. Además, favorece la cultura de la salud de la comunidad sobre la salud individual. Eruditos judíos escribieron, durante la época prevacunal, en pro de la variolización. El mismo Rabino Yisroel Lipshutz (1850) describió a Edward Jenner como un “gentil justo”, refiriéndose a sus conocimientos sobre la vacuna para la viruela. Jonas Salk (nacido en Nueva York, pero de padres inmigrantes ruso-judíos) fue uno de los grandes precursores de la vacuna para el polio. Los grupos ortodoxos han puesto de lado la prohibición de vacunación en Shabat (día de descanso semanal de los judíos), sobre todo en las épocas donde la distribución de vacunas era irregular y había que usarlas en el preciso momento que se obtenían. En la actualidad, las críticas de algunos grupos judíos están basadas más en la posibilidad de efectos secundarios que en aspectos de doctrina religiosa.

Cristianismo

La mayoría de las variedades de iglesias cristianas no tienen objeciones canónicas o por vía de las escrituras respecto a la vacunación. Se incluyen dentro de estos grupos a: católicos romanos, iglesias ortodoxas orientales, amish, anglicanos, bautistas, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (LDS), congregacionalismo, episcopalismo, luteranismo, metodismo (incluido el africano), la Iglesia Metodista Episcopal, pentecostalismo, presbiterianismo y la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Uno de los mitos más arraigados de los negadores de vacunas es que las comunidades amish no se vacunan. Sin embargo, no hay prohibiciones en contra de las vacunas por parte de la iglesia amish y las tasas de vacunación varían entre las diferentes comunidades. Los líderes de las comunidades que se ven afectadas por el brote de una enfermedad que puede prevenirse con la vacuna aceptan con mayor frecuencia la inmunización. Los científicos cristianos (más formalmente, la Iglesia de Cristo, Científico) creen que las enfermedades no son reales y pueden sanarse con la oración de sus “practicantes”. Irónicamente, los científicos cristianos no tienen reglas contra la vacunación, pero a menudo se recomienda que recen para deshacerse de cualquier efecto negativo de la vacuna.

Iglesia reformista holandesa

Los miembros de esta iglesia han tenido la tradición de rechazar las vacunas desde principios del siglo XIX, cuando surgen las primeras en contra de la viruela. La mayor parte de esta negativa se debió a los eventos adversos observados con las vacunas de esa época (lo cual sigue siendo una queja de los grupos antivacunas), y se ha convertido en una creencia formal que las vacunas interfieren en la relación con su dios. Esta negativa a la vacuna ha sido una de las causas de la poliomielitis paralítica, el sarampión, el síndrome de rubéola congénita y los brotes de parotiditis. En 2013, un brote importante de sarampión golpeó a una comunidad reformista holandesa en los Países Bajos, reportándose 1.226 casos. De los 1.226 casos, 176 (14,4%) tuvieron complicaciones, como encefalitis (1 caso), neumonía (90 casos) y otitis media (66 casos), y 82 casos (6,7%) ingresaron en el hospital, lo cual debería desacreditar la creencia de que el sarampión no está presente.

Testigos de Jehová

La iglesia instruye a sus seguidores a no usar derivados sanguíneos (glóbulos rojos, plaquetas, etc.). Desde la década de los 20 hasta 1940, la iglesia se opuso a la vacunación basándose en la doctrina de los derivados sanguíneos, pero después de 50 cambiaron su posición a una más neutral y, desde los años 90, reconocen el valor clínico de las vacunas y apoyan la vacunación por completo, en particular la de hepatitis B.

Mormones (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días)

La iglesia mormona ha sido enfática y clara en el apoyo a las vacunas para eliminar enfermedades prevenibles en los niños.

Islam

La fe musulmana, al igual que la judía, tiene prohibición de comer derivados de cerdo (algunas vacunas implican la manipulación de tejidos de cerdos en su preparación), pero ellos han hecho una excepción basándose en la jurisprudencia de la “ley de la necesidad” que dicta que lo necesario hace permisible lo prohibido en circunstancias excepcionales. Autoridades islámicas proclaman el uso de las vacunas como estrategia rutinaria e incluso obligatoria. El islamismo es una de las religiones que además de no estar en contra de las vacunas, también las favorecen.

Aquí están representados los credos con mayor número de seguidores en la humanidad. A excepción de la Iglesia reformada holandesa, el resto de las creencias no tienen doctrinas que estén en contra de las vacunas. A pesar de eso, es común que particulares o grupos esgrimen razones de “fe” o credo para no vacunarse o para no vacunar a sus hijos. Esta práctica es contrastante con los aspectos doctrinarios de la mayoría de las religiones revisadas.

A pesar de que las principales objeciones en los inicios de las vacunas provenían del mundo religioso, en la actualidad provienen de diversos orígenes, como científicos , derechos civiles , éticos.

Razones políticas o de derechos civiles

Para 1853, el gobierno de Reino Unido, viendo la evidencia positiva de las vacunas y la necesidad de una cobertura importante como efecto protector contra la población, libera una ley de vacunación obligatoria a la cual algunos grupos civiles protestaron de manera legal por violación de derechos personales. Se evidencia aquí la dualidad de los derechos comunitarios (protección) frente a los derechos individuales (discrecionalidad personal). Esta controversia es el aliciente para la creación de la liga contra la vacuna y la liga contra la vacunación obligatoria. Estas organizaciones son las precursoras de derechos civiles contra la vacunación como estrategia en salud.

En 1885, una protesta de grandes magnitudes (80.000-100.000 personas), en Leicester (R.U.), fue llevada a cabo por opositores a las vacunas y generó una serie de eventos civiles y legislativos que terminaron con la eliminación de la penalización por la no vacunación en 1898. Por su parte, luego de la visita del inglés William Tebb a EE. UU., en 1879, surge la sociedad antivacunas de Norteamérica en 1882, se crea la liga antivacunas de Nueva Inglaterra y, en 1885, su par de Nueva York, los cuales generaron una serie de conflictos en los tribunales de esas ciudades.

En 1902, se produce una epidemia de viruela en Cambridge, Massachusetts, y las autoridades locales producen una orden de vacunación mandatoria a los residentes de la ciudad. Posteriormente, en 1905, Henning Jacobsen, de Boston, Massachusetts, demanda al estado por violación de derechos civiles, la cual llega hasta la suprema corte, obtiene un fallo a favor del Estado y cita: “se podrían promulgar leyes obligatorias para proteger al público en caso de enfermedad transmisible”.

En 1970, se produce en Reino Unido un informe no científico, con distribución mediática, sobre los posibles efectos neurológicos de la vacuna de DPT (difteria, tétano, tos ferina) en niños. Este informe tuvo extensa cobertura en medios de comunicación y, como consecuencia, una disminución en las tasas de vacunación resultando en 3 epidemias de tos ferina en Reino Unido. A raíz de esto, el Gobierno de su majestad ordena la creación de un comité de expertos que evaluó críticamente tanto los posibles efectos secundarios como la efectividad . El “Joint Committee on Vaccination and Immunisation” patrocinó un estudio de ámbito nacional de gran alcance en el que se reveló que no había ninguna asociación entre las vacunas de DPT y los efectos secundarios neurológicos de la misma, por lo cual no había razones para la compensación legal por parte del estado a los posibles afectados. A pesar de esto, los movimientos antivacunas insistieron en querellas para obtener resarcimiento legal, sin éxito alguno.

En los años 90, documentales de grandes cadenas televisivas en EE. UU. reavivan el tema de los efectos secundarios de la DPT, nuevamente con alta cobertura mediática y con los efectos previos (disminución de la tasas de vacunación en población susceptible).

Hay una clara disputa entre la visión de los derechos civiles de la mayoría o los derechos grupales (derecho a estar sano y vacunado) y el derecho particular a decidir por cuenta propia si recibir o no vacunas. Cada Estado de derecho enfatiza cada uno de estos aspectos, incluso la interpretabilidad de la ley pasa por un matiz de la concepción del gobierno y de los estados (más conservador o más liberal).

Pareciera que el riesgo de epidemias de grandes dimensiones acentuase cada vez más la necesidad de derechos grupales para la protección de las grandes comunidades. Pero, por otro lado, cada vez más, pequeños grupos (en expansión) abogan por su capacidad de decidir libremente si estar vacunados o no. Quizás donde más se manifiesta este concepto es en los sistemas educativos. Una gran pregunta es hasta qué punto una persona que decida no vacunar a su hijo pone en riesgo la salud de los demás, y los sistemas se preguntan qué es lo más idóneo en estos casos.

Razones “científicas”

En 1998, Andrew Wakefield, un médico inglés, publicó un artículo en la revista de mayor circulación médica en el mundo, “The Lancet”, sobre la relación entre las vacunas (“la triple”, MMR: sarampión, rubeola y paperas para sus siglas en inglés) y algunos de sus efectos secundarios, en este caso en particular, sobre el autismo . El impacto que esa publicación tuvo en medios científicos fue muy importante (en retrospectiva, es llamativo el impacto que tuvo si tomamos en cuenta que muchas otras investigaciones sobre vacunas habían señalado efectos de mayor proporción o relevancia científica). Es probable que el impacto de esta publicación haya sido el expansor moderno más importante de los movimientos antivacunas, ya que suponía un ejercicio científico, hasta ahora, novedoso. Muy poco después de su publicación en The Lancet, la asociación de autismo y vacunas y científicos del orbe se dieron a la tarea de confirmar estos hallazgos (de eso trata la ciencia). Extrañamente, los resultados de otros investigadores no fueron iguales y las dudas no se hicieron esperar. Una investigación encontró que no sólo los resultados del Dr. Wakefield no eran comprobables, sino que además provenían de datos totalmente falsificados. No se trataba de un asunto metodológico o interpretativo, sino que los datos fueron simplemente inventados en su totalidad. Más allá de la propia reflexión del ghetto de editores de revistas científicas que pusieron sus barbas en remojo para garantizar que las conclusiones de los trabajos estuvieran basados en datos reales (hoy en día se revisan hasta las bases de datos originales para verificar la fidelidad, quizá el único aspecto positivo de toda esta farsa), se evidenció no sólo la falsedad de todo el proceso, sino que además se demostró que el Dr. Wakefield fue financiado por grupos de movimientos antivacunas para llegar a estas conclusiones. Toda esta charada que involucró al mundo científico nunca fue tan bien conocida como la investigación original. De hecho, la revista “The Lancet” no notifica, sino hasta el 2004, sobre los posibles conflictos de interés del autor; en el 2010, se retracta públicamente de los resultados, y, en el 2011, el “British Medical Journal” elabora un informe con los resultados de la investigación. Pese a que el Dr. Wakefield fue sancionado y se le revocó su capacidad de ejercer como médico o investigador, sorprendentemente algunos grupos de movimientos antivacunas todavía hoy siguen usando esta publicación como forma de lucha contra la estrategia de vacunar.

Ha sido un hecho recurrente que, luego de épocas en las que han aumentado las protestas antivacunas en diferentes escenarios geográficos y económicos de la humanidad, invariablemente han devenido brotes o epidemias de las enfermedades controladas por esas vacunas. Estos hechos han generado preocupación en las grandes agencias nacionales y multilaterales de salud por sus potenciales consecuencias .

Es pertinente señalarle al lector que, desde el momento en que se inició la vacunación como una estrategia en salud, una de los grandes objetivos de la investigación ha sido demostrar que las vacunas producen más beneficios que daños a la población. Si bien las herramientas del marco científico para la evaluación de seguridad y eficacia de las vacunas han ido evolucionando favorablemente con reglas cada vez más estrictas para su evaluación e interpretación, la vacuna como estrategia de salud está asociada a riesgos casi siempre medidos que al final permiten tener una aproximación entre el beneficio o el daño, y los entes internacionales regulatorios tienen un papel fundamental en esa categorización . Un buen símil con las vacunas es el desarrollo de la aeronáutica o la industria automovilística como medios de transporte. En estos casos se asume que hay un riesgo intrínseco de la actividad, pero esto no es motivación para evitar su uso de manera generalizada, o es que ¿no han ocurrido millones de fatalidades asociadas a estas actividades?

Parece difícil entender, a la luz de los conocimientos científicos actuales, razonamientos de los movimientos antivacunas, más allá de razones de culto o creencias no científicas, pero, al mismo tiempo, es una realidad su efecto final en el usuario. Es preocupante por su aumento, aun en países desarrollados . La asociación del auge de conceptos “naturalistas” (medicina holística, naturista, etc.) con los movimientos antivacunas no parecen ser mera casualidad, a pesar de que la cantidad de argumentos científicos, demográficos, económicos y laborales son bastante claros y transparentes en relación a la magnitud de sus beneficios. Es importante señalar que los aspectos discutibles de las vacunas -como efectos secundarios, costos y la perspectiva de negocio de producción por la industria farmacéutica- no deben ser los argumentos base para enfrentar una de las estrategias en salud que más impacto ha tenido en la humanidad. La sola reminiscencia (que la mayoría de la gente no percibe por el control de enfermedades terribles) de la reemergencia de enfermedades controladas, como tifus, peste, poliomielitis, cólera, difteria, viruela, etc. , debe movernos a una reflexión profunda sobre qué tipo de sociedad queremos para nuestros descendientes.

Pocas cosas han sido tan categóricas en la historia de la ciencia como el concepto de que las vacunas “funcionan”, protegen y evitan enfermedades. Es igualmente importante que el efecto de protección a gran escala contra las epidemias está altamente relacionado con el hecho de que más del 90-95% de la población debe estar vacunada para generar un “escudo social” contra las enfermedades, de ahí la preocupación por la disminución en las tasas de vacunación.


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