Perspectivas

Encerrados

12/03/2020

Fotografía de gefafwisp | Flickr

No hay nadie. Me asomo a la ventana y puedo contar los ladrillos y las piedras de la calle. Todo es húmedo como una calle de Kafka. Y la belleza de lo antiguo se recorta contra la luz lechosa de algo inmensamente blanco que ha ahogado todo lo que era cielo y era azul.

Tenemos una mata de yerbabuena y una de sábila. Están pegadas a una ventana. Las tocamos, las vemos, hablamos con ellas. Sabemos convivir con sus virtudes. Una que te recuerda las sopas y los hervidos de otras épocas. Las conocemos. ¿Te quemas cocinando? cortas un pedacito de sábila y lo untas como una caricia venezolana en la piel afectada. También sirve para recordar que a Jesucristo le cubrieron el cuerpo con sábila cuando lo bajaron de la cruz.

–Tengo 67 años… –dice mi esposa como si yo no lo supiera.

–Es verdad –le digo, con innecesaria solidaridad. Y mucho riesgo. Ha podido saltar diciendo “¿Me estás diciendo vieja?”. Afortunadamente no hay ambiente para rabietas fingidas.

Estamos encerrados. Los primeros días salíamos a un parque cercano, pero ya no lo hacemos. Hay que permanecer en casa. La verdad es que la gente está preocupada deseando que llegue el 20 de marzo. En esa fecha comienza la primavera y se acerca el mes de abril cuyos días entregan paisajes y temperaturas más optimistas. Los italianos cultivan la creencia de que para abril habrá descendido la amenaza del coronavirus y los científicos de los laboratorios tendrán noticia de alguna vacuna eficiente.

Los niños y los jóvenes sienten que la primavera es una antesala, una víspera, de la desbordada plenitud que llega con el verano. Los ancianos intuyen las flores, los colores, el paseo tranquilo. Toda la tierra y sus promontorios se llenan de flores y abejas. Y el único muerto de ese tamaño es el invierno.

El pasado 11 de marzo hubo brillantez de sol y salieron algunos ancianos a los parques cercanos, pero los niños estaban ausentes. Fue un rato de personas adultas caminando, cada quién por su lado, conversando en parejas un tanto separadas. Nosotros nos sentamos en un banco a mirar la trayectoria del sol y los árboles sin hojas, que reverdecerán muy pronto y se llenarán de flores. Unas horas después se decretó que estar en casa era lo más conveniente.

Fotografía de Gabriela Pulido Simne

Pandemias

Las pandemias no son cosa extraña en Europa. Aquí se tiene una experiencia vasta al respecto. Hay como una tradición de respeto hacia el tema. La aplicación de medidas es inmediata, puntual. Las grandes ciudades están rodeadas por comunidades pequeñas y gratas, al menos así es en Génova. Y esas comunidades son un respiradero. Un desahogo para las multitudes. En ciertos poblados se ven castillos en perfecto estado que sirven como atractivos turísticos y otros en ruinas, que también resultan fascinantes para los aficionados a las fotografías con historia.

A medida que se juntó más gente para hacer poblados se desarrollaron los virus. La viruela y el sarampión salieron de los animales hacia los humanos y se multiplicó todo: el ser humano se besa, se abraza, se acurruca y se chupa los dedos cuando come algo que le gusta.

La peste bovina fue terrible porque el ser humano mantiene cerca de la familia al ganado vacuno…y no es una hermandad: hay el interés por la leche, el cuero y la carne.

Los que saben dicen que las pandemias de gripe existen desde 1580. La del 1918 solo duró un año, pero mató más de cuarenta millones de personas. La ciencia del siglo veinte ayudó mucho a descubrir vacunas y fue determinante en esa gran gesta científica la aparición del microscopio electrónico. Con este aparato fueron capaces de retratar el interior de los ojos de una hormiga

Las enfermedades infecciosas se volvieron el pan nuestro de cada día, debido a que  la población aumentó en todas partes. Y no hay que negarlo: la contaminación se agrega a todo el mal. Los países asiáticos, por el intenso existir de sus enormes cifras de pobladores, han generado epidemias de marca mayor. También han aportado a la humanidad muchos valores y bienes culturales. No se le puede quitar.

Gabriel García Márquez escribió en los años cincuenta una crónica que comenzaba así:

“El pequeño y pelirrojo John A. Hale, profesor de la Malaisia University, de Singapur, se asomó a su microscopio, a pesar del aplastante calor de 40 grados, el 4 de mayo, para examinar una muestra de microbios que le había llegado esa mañana de Hong-Kong. Cinco minutos después, sobresaltado, el profesor llamó por teléfono  a la Compañía Aérea BOAC, y le dijeron que quince minutos más tarde salía un avión para Londres. El profesor Hale envió en ese avión, de urgencia, un cilindro de cristal celosamente protegido, al doctor Christopher Andrews, director del Centro Mundial de la Gripe, en Londres. El cilindro contenía las muestras de un microbio rarísimo que el asustado investigador de Singapur acababa de identificar, y que a pesar de sus precauciones había de provocar la enfermedad del año: la gripe asiática. Cuando el avión de la BOAC aterrizó en Londres, varios marineros de un barco que 48 horas antes había salido de Singapur empezaron a estornudar. Una hora después tenían dolor en los huesos. Cinco horas después, fiebre de cuarenta grados. Uno de ellos murió. Los otros, hospitalizados en Formosa, contaminaron a los médicos, a las enfermeras y a los otros pacientes. Cuando el Instituto Mundial de la Gripe, en Londres, dio la voz de alarma, ya la gripe asiática estaba llegando a Europa. Cuatro meses después, la noche en que se estrenó en Londres la última película de Charlie Chaplin, «Un rey en Nueva York», había acabado de darle la vuelta al mundo”.

Fotografía de Gabriela Pulido Simne

El día a día

Nuestro día a día en estos momentos se desarrolla más en provecho de conversaciones que casi nunca tenemos. Generalmente hablamos de Venezuela, de la familia y los amigos, de los libros buenazos que descubrimos.

Pero ya hemos agotado el tema de los benditos murciélagos que al parecer son portadores del virus. El murciélago grande de herradura chino Rhinolophus ferrumequinum. Este murciélago se come miles de kilos de insectos portadores de enfermedades y libra a la gente de ese mal, pero cuando deja caer sus heces en alguna parte hay que tener cuidado. Nada afecta a los murciélagos: su sistema inmunológico desafía todos los virus que van guardando en sus cuerpos. El murciélago, supuestamente, es el único mamífero volador.

Y en la ciudad china de Wuhan lo cazan para comerlo, porque es un plato que tiene sus seguidores. He aquí que, según nuestras alocadas conversaciones de encierro a favor de la salud, el conde Drácula interviene, porque él sería el otro mamífero volador conocido. Si te comes a uno de sus “muchachos” te hace pagar, y en este caso se la cobra a la humanidad completa.

Como a todo el mundo, nos encanta ir adonde hay gente divirtiéndose: la playa que es gratuita; conciertos al aire libre, ferias, paseos con mimos, músicos, vendedores de pacotilla, de bisutería. Es como formar parte de una actividad que distrae de tantos dramas. El mundo es un drama constante. Lo normal es el drama. Y su máxima expresión es la tragedia. Esto no es todavía una tragedia porque para alguien tendrá que haber un final feliz.

Pero estamos encerrados. Afuera, si hay que salir para una diligencia obligada y cercana, se debe estar a cierta distancia de los demás. Aquí, en casa, mi esposa se distrae tejiendo. Ya regamos las dos matas. Más tarde leeremos y al final de la lectura conversaremos al respecto.  Hace unos días hubo una lluvia con granizo y el frío era fuerte. Al día siguiente salió el sol y pudimos secar la ropa.

–Nosotros podemos abrazarnos… no tenemos el virus –le digo.

Ella levanta la cabeza y sonríe.

Entonces busca el Drácula, de Bram Stoker y tras escudriñar afanosamente sus páginas me lee este párrafo:

“Me senté a su lado, y en ese momento se movió, inquieta. En el mismo instante se oyó un sordo aletear o golpear en la ventana. Me acerqué a ella con cuidado, y me asomé por una esquina de la persiana. Al murciélago, que volaba en círculo –sin duda atraído por la luz. A pesar de ser ésta tan débil– y que de cuando en cuando golpeaba la ventana con sus alas. Cuando regresé a mi asiento observé que Lucy se había movido ligeramente y se había arrancado las flores de ajo del cuello. Volví a colocarlas lo mejor posible, y me senté a vigilarla”.

–Ajá. Qué quieres decir con eso –le inquiero.

–Que el coronavirus es la maldición de Drácula. Si me contagio de lo que trajo el murciélago y me acerco a ti, entonces te contagio. Como los vampiros.

Lo de ella es el humor balcánico. Lo mío es el humor criollo. Y no le encuentro la menor gracia a todo esto.

–Tengo 75 años… –le murmuro.

Ella me mira y esboza una sonrisa que podría calificarse de tristeza. Me acerco dos metros. Un metro. Mi esposa no está asustada. Según parece. Medio metro.

La beso.


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