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Entrevista

El placer de entender inmediatamente a Víctor Suárez

por José Pulido

29/01/2020

Fotografía de José Pulido

Toda persona que haya conocido a Víctor Suárez en una sala de redacción sabe que él es capaz de resolver cualquier problema. Ninguna jornada periodística pudo sacarlo de quicio. Su talento es una alegría a la hora de ponerse a recordar varios de los mejores momentos que ha vivido el periodismo venezolano. Él siempre supo cuánto exigirle a cada quién, a partir de lo mucho que se ha exigido a sí mismo.

Víctor Suárez tiene la virtud de escribir fantasías impactantes usando realidades normales: él convierte la verdad en fantasía y lo hace con tal gracia que no es posible dejar de leerlo. Cuando hablas con Víctor Suárez ocurre también que toda la historia cultural, deportiva, política, salta de su boca en forma de anécdota, verso, estadística, cuento o canción. Su voz alude todo. Su voz parece una enciclopedia escrita por los dioses más irreverentes que habitan el cielo de la ironía.

“Un espectador tiene sólo tres minutos para entender un drama”, decía Bertolt Brecht. En el primer minuto de leer lo que escribe Víctor Suárez se entiende lo que va a desarrollar, pero las sorpresas llegan en cada párrafo.

Perennemente da la impresión de que está exagerando. Y he aquí que estremece de asombro al más sereno, al más pintado, porque sus exageraciones nunca son mentira.

Ahora que aparentemente ambos estamos alejados de una sala de redacción, lo he entrevistado. Al fin. Lo novedoso es que la sala de redacción se ha trasladado a un espacio invisible, virtual, pero aun así, creo que él y yo continuamos vigentes en este oficio, aunque disimulemos.

Apenas le lancé una pregunta al espacio sideral, la respuesta vino como un celaje. Y es la voz de Víctor Suárez. No hay tu tía. No se parece a ninguna de las que he escuchado. Y nuestra vida ha sido un coro interminable.

Tenía que ser precoz

-Mi primera preceptora particular fue la maestra Manola, en Barcelona (1950). Además del bulto escolar, había que llevar una silleta de cuero para atender las clases. Cuando mi padre consideró que debía entrar a la escuela formal, me evaluaron y me anotaron en segundo grado. Ese fue un error de apreciación de maestras complacientes. Pasé de segundo a tercero sin novedad, con la bendición de la maestra Yolanda Pérez, pero en los exámenes de julio, ante un jurado en el que estaba mi padre, el director, saqué sesenta puntos, de un máximo de cien. A pesar de las negativas de la maestra Constanza de Apitz, que acudía al reglamento de los 50 puntos para aprobar, mi padre resolvió que con 60 puntos su hijo no podía pasar a cuarto grado. Y repetí año, pero no en la misma escuela “Barcelona” sino en la “Julián Temístocles Maza”, que quedaba más alejada de casa, en la misma ciudad. Mi padre había decidido que para evitar colisiones no debía repetir año en la misma escuela.

Luego volví a la “Barcelona” y culminé la primaria. El Maestro Suárez tenía fama de muy severo. Dirigía de 8 a 12 y de 2 a 6 la “Barcelona”, en Barcelona, y de 7 a 10 de la noche la “Julián Temístocles Maza” en Puerto La Cruz. Un día, de parejero, me aparecí en la escuela en alpargatas, como casi todos los demás. En el momento del recreo, en el patio central, mi padre tomó un micrófono y gritó: “El alumno Suárez está expulsado hasta que no venga con zapatos. Sé que los tiene”. Así aprendí que no se debe aparentar lo que no se es.

De manera que a los once años ya estaba en el liceo “Cajigal”, con la avenida 5 de Julio en su esplendor perezjimenista, al lado de La Casa Fuerte, junto a colegas que vestían pantalones Ruxton sanforizados que yo nunca pude tener.

En tercer año de bachillerato (1961) se aparecieron un par de encrucijadas: la decisión de si te vas por Ciencias o por Humanidades, y si te ibas al Ejército o si te quedabas. Los comandantes reunieron en el auditorio a los cursos del tercer año y explicaron las necesidades del país, las bondades de la vida militar y, lo más importante, “el comunismo quiere apropiarse de Venezuela”. Del grupo de alumnos del Tercero A, el único que dio un paso al frente, cuando preguntaron ¿quién quiere ser general? fue Chito Pérez, y así perdimos al mejor imitador del cantante Felipe Pirela, que en esos momentos triunfaba con “Pobre del pobre”. Despedimos a Chito y le hicimos saber:

…Yo nunca lloré por ningún querer

pero me ha llegado

hasta el fondo del alma

tu cruel proceder…

La otra bifurcación fue resuelta ante una constatación: las matemáticas no se me daban, los cursos particulares con una profesora que llamaban Drácula no eran suficientes, las evaluaciones negativas eran recurrentes. Y del otro lado, el de Humanidades, estaban unos profesores a quienes debía pertenecer, sobre todo a José Herrera, director del liceo, profesor de Castellano y Literatura a quien ya había escuchado en segundo año. Con quince años cumplidos salí con el título de Bachiller bajo el sobaco.

Eso de la precocidad me trajo serias dificultades: no me dejaban entrar al cine clasificación C, no me dejaban entrar en los bares, no me vendían cigarrillos, ni siquiera me paraban bola cuando estaban reclutando gente para el servicio militar obligatorio. Mi primera reacción fue dejarme el bigote, y la segunda, para acentuar no sé qué, fue usar gorra. En estos días, una amiga, a la que conozco desde hace más de 50 años, me ha dicho: “primera vez que te veo sin casquete”.

-¿Por qué si escribes con un estilo tan propio, sabroso y determinante, te dedicaste más en el periodismo al diseño y al conocimiento de la computación?

-Son tres cosas diferentes. Cuando me dediqué al diseño de periódicos (diagramación, se decía entonces, 1970), venía de una experiencia maravillosa: haber formado parte de un equipo formidable, que se ocupaba de la agitación y propaganda en medios estudiantiles caraqueños, en un ambiente de represión y horror gubernamental (Raúl Leoni en la presidencia, solo equiparable pero a menor escala con Maduro en la actualidad). Me inscribí en la Escuela de Psicología de la UCV en 1963, pero en lugar de especializarme profesionalmente en ayudar a las almas constreñidas y a reconducir lo que estaba fuera de canon, me impuse una conducta que se separaba de la individualidad y me acercaba mucho más a la masificación de los mensajes. Para mí, la Juventud Comunista de la UCV fue la escuela más importante. La jocundia de la Comisión de Propaganda de la JC de la UCV de ese entonces se mantiene insuperable en efectividad, creatividad y poder de movilización ante todas las que se han expresado en medios juveniles en los últimos 60 años, sin acudir a agencias o asesores externos. No ha existido aun maquinaria que se le equipare. No exagero. Fueron magos de la propaganda, expertos en la formulación de consignas, atrevidos en la lucha ideológica, incansables en la agitación y la movilización estudiantil. Con macundales extraídos de ese hervidero tan fértil, venía cuando me dediqué al diseño de periódicos.

Lo de la Computación (y las Telecomunicaciones) es otra cosa. En El Nacional (1982), de domingo para lunes no había material para llenar algunas páginas. La página dos del cuerpo C siempre estaba en blanco. Entonces propuse que me encargaría de algo nunca visto en la prensa nacional: una página especializada en Informática. En el país, no existían sino esbozos de una industria como tal, y aun así me arriesgué. Aceptaron. Y fue pionera en la creación de la fuente Informática en la prensa nacional. Lo mismo ocurrió en El Universal (1996), cuando me llamaron para cubrir un hueco que en Informática había dejado Froilán Fernández. Les dije que eso no era lo que venía, que eso no era el porvenir, y que en su lugar proponía una columna semanal sobre Telecomunicaciones, que a la postre se convirtió en referencia fundamental en el periodismo nacional, con lo que inauguró una nueva fuente informativa. La columna Inside Telecom permaneció allí, durante 18 años consecutivos. Ni la primera en El Nacional, ni la segunda en El Universal, han sido superadas aún.

Lo que pasa, querido José, es que en un primer momento ese “estilo tan propio, sabroso y determinante”, como lo llamas, no formaba parte de mi horizonte espiritual. Lo descubrí, y lo conociste en 1984, en El Nacional (la furia de escribir). De mis 247 piezas publicadas en El Nacional, entre 1974 y 1989, una buena porción tiene fecha 1984.

-Creo que eres un novelista natural. ¿No has intentado escribir una novela?

-Eso de “creo que eres un novelista natural” es algo así como contrario a lo que hacen los buscadores de talentos en el beisbol organizado. Es una suposición. En este caso, una muchachera juega y un grupo de scouts mira y anota. Si alguno destaca, le firma, y le da un bono. Si cumple las expectativas, bien, si no, lo desechan. En el caso de los escritores en ciernes, los buscadores de talentos no siempre han tenido buena vista. Si así hubiera sido, hace cincuenta años, cuando escribí en el diario Meridiano ante la muerte del tremendo músico portorro Tito Rodríguez (una pieza titulada “Dame tu chaquetón”), sería hoy un consagrado. Pero no ha sido así. Yo me llevaba a casa un rollo de papel con duplicado al carbón de los que utilizaban en la sección de Internacionales para recibir los “cables”, y comenzaba a escribir sin tregua. El destinatario era un amigo que estaba en Londres (el fotógrafo Raúl Bruguera). La respuesta de ese amigo era invariable: eres como Rulfo, eres como García Márquez, eres como no sé quién. Y me parecía que su capacidad para percibir lo que le enviaba, denotaba que era incapaz de distinguir entre un tipo que se está tomando un litro de Dewar´s y un profesional que se sienta a dilucidar los entresijos del tiempo.

He estado escribiendo durante más de 50 años. Pero nunca para los otros. Solo para mí y para un pequeño círculo, que a su vez ha ido cambiando con el tiempo. Muchas de esas cosas se han perdido, aunque pudieran ser recuperables. Me casé muy joven. En el primer matrimonio quedaron muchas piezas. En el segundo casorio quizá se conserven muchas más. Y en el tercero (una niña inmensamente querida), están los últimos 30 años de mi producción.

Como en la hípica, existen distancias. Los 700 metros, los mil metros, los mil quinientos, el “clásico”, esos 2.500 que Gustavo Ávila siempre coronaba. Yo me encuentro en la franja de los mil metros, un ejercicio que no supera los 20 mil caracteres de una sentada. En ese terreno me siento cómodo. Pero son crónicas, o meros espejuelos para invitar a ver más allá.

Estaba escribiendo un relato (“El oligarca galante”), que va desde el momento en que Von Humboltd descubre al caimán oriental que puede sobrevivir en tres tipos de aguas (mar, río y en boca de salmuera) hasta el momento en que el actual canciller es expulsado de La Casona. Es la historia de una saga (la familia Arrreaza) que durante tres siglos ha cabalgado en la improbidad. Cuando presenté el esbozo de ese trabajo, me dijeron que no tendrían cómo pagar abogados.

-¿A quién consideras guía o maestro de tu escritura? ¿A quienes leías con más apasionamiento?

-Yo soy amigo de las colecciones y las enciclopedias. Mi padre se endeudaba tanto por un reloj pendular como con las obras completas de Churchill. En la plaza del pueblo le esperaban para que desenredara algún misterio histórico. Y mi padre daba las claves de los acertijos. Una tarde de vuelta del “Terreno de los Indios”, fuera del cuadrante citadino, lo encuentro sentado a las puertas de la barbería de Simón Acosta y me dice: estoy sacando un crucigrama, y no encuentro cómo responder. ¿Qué dice el cruci? Muy serio tendió la trampa: ¿Cuál es la capital de las Naciones Unidas? Y de guevón digo: Nueva York. Eso me valió tres días de encierro.

Ese fue mi maestro. Una vez llegué con una tropa de El Nacional rumbo a Mochima. Me esperó con “Rojo y Negro”, el clásico de Stendhal. Lo tenía subrayado de principio a fin. “García Márquez se lo ha plagiado todo”.

Cuando este señor cumplió setenta años (1987), me creí en el deber de escribir algo en su honor. Pero me dio pudor. Y le pedí a un escritor llamado José Pulido que lo hiciera por mí. Pulido me interrogó sobre las cualidades del personaje, qué había hecho, qué seguía haciendo, cuándo y cómo fue que a su biblioteca se la llevó la crecida del Neverí. La pieza salió en la página “Siete en Uno” de El Nacional. Veinte años después mi padre seguía creyendo que ese homenaje había sido escrito por mí, pero con seudónimo.

-¿Cuáles fueron tus momentos inolvidables, históricos, en El Nacional? ¿Y en los otros medios?

No podía creer que un periódico con 300 mil ejemplares de circulación, estuviera en manos de cuatro carajos que se la pasaban toda la noche jugando a las cartas ante una botella de ron. Pues, sí. Meridiano era una juerga constante. Carlitos González, el director, tenía una corte inmensa. Revoloteaban todo el santo día jueces en retiro, apostadores que buscaban el dato previsible, jinetes que se habían estrellado en el poste de los 300 metros, peloteros que no encontraban fichaje promisor, boxeadores aporreados que no se verían jamás en algún cartel, fotógrafos que ofrecían el culo más prominente de la farándula. Carlitos era el personaje más frecuentado en Sabana Grande, en El Gran Café. Y allí encontré mi fascinación.

En Meridiano aprendí lo que hoy podría llamarse La Tolerancia. Carlos González no preguntaba por creencias, ni por orígenes, ni por estrecheces ideológicas o políticas. Carlitos era amigo de todos. Y lo decía a todo esternón: “Sin que me quede nada por dentro”.

En El Nacional, en mi cargo como diagramador de la sección de Deportes, hubo un momento peculiar, a poco de llegar (1974). El manager de La Guaira, Preston Gómez, había dicho en el dogao que no  aceptaba que el dueño del equipo (Padrón Panza) le estuviera diciendo qué coño debía hacer en la conducción del plantel.

Cada vez que yo estaba diseñando la primera página del Cuerpo B, se reunían a mi alrededor los principales del equipo, encabezados por Abelardo Raidi, jefe titular de la sección. En el rondón estaban Heberto Castro Pimentel, Jesús Cova, Rubén Mijares, Rodolfo José Mauriello, Alí Ramos, Pepe Polo, Ezra Dortolna, José Visconti, Carlos Ortega, la constelación de los mejores periodistas deportivos del país.

Cansado de tanto abejorro, puse en la pared un cartel que decía lo mismo que Preston Gómez: “A nadie le gusta ni es apropiado que le respiren en la nuca”. Eso tuvo efecto inmediato.

-Tienes un talento especial para la crónica y particularmente para retratar épocas y personajes ¿Qué crees que motivó ese talento? ¿Es el modo de ser y de mirar del oriental venezolano?

-El oriental venezolano tiene muchas maneras de creerse. Si en alguna parte del mundo escuchas que alguien dice Muchachoóo, ese es oriental venezolano. Si escuchas, Ven acá, compaíto, ese es de Maturín. Si dice, Mijoquerido, ese es de Cumaná. Yo soy de Barcelona, la tierra del pescaíto. El oriental ha escuchado durante toda su vida el rumor del mar. El oriental silba, como los guanches canarios. Habla muy rápido, para que el viento no se lo lleve. Recuerda su ancestro, para que San Celestino no se le olvide.

Comencé a mirar “personajes” en las retretas de la banda oficial del estado Anzoátegui, tanto en la Plaza Boyacá como en la Bolívar. Había estado al frente un italiano de apellido Móttola, que puso orden en el atril durante cuarenta años. Con Pérez Jiménez dirigió el italiano Serritiello, que más que músico parecía rastacuero. La democracia le entregó la batuta al nativo Ramón Ernesto Pérez, torcedor de tabaco, que instituyó el nepotismo en los clarines. A partir de los dos últimos me puse a escuchar y a mirar lo que hacían los músicos en sus quehaceres cotidianos.

La Banda del Estado era un conglomerado disímil. Todos los músicos eran amigos de mi padre, unos con cuentas por saldar, otros con tonadas por contar. Mi padre había preñado a Luisa Parra, asistente doméstica de mi abuela María Garroni, y tuvo con ella una hija (Gladis, la de ojos más verdes que los de Claudia Cardinale), pero los Parra, que eran muchos en la banda, no le guardaban rencor y más bien le veneraban.

El saxo, llamado Mangalí, era el padre de Diógenes González, que se graduó de abogado y fue el principal defensor de los González Gorrondona en el caso de un banco en desbandada (BND).

Los Pérez tenían el tren delantero copado. Nino, El Gordo Luis y otro más eran las trompetas. “Lamparosa” también tocaba el redoblante en las misas de aguinaldo y marcaba el paso en Semana Santa. Moncho Parra era el tambor mayor. Un hijo de Moncho tocaba el cornetín. Tino Parra soplaba el otro saxo.

En la plaza y en el bar de Carlos, el comportamiento de esos ejemplares me formaron una idea de cómo podrían ser “los personajes”, y cómo tratarlos en lo adelante.

 

-¿Qué conclusión tienes para el periodismo venezolano de hoy? Para los medios que desaparecieron o casi desaparecieron…

A manera de respuesta, Víctor me lanzó un texto suyo titulado “Anatomía de un tubazo continental. A 40 años de la muerte de Franco”. Genial. Inolvidable.

Cuenta que “Germán Carías gritó por teléfono, frenético, desde Madrid: “Paren las máquinas: murió Franco”. En Venezuela eran las once y cuarenta de la noche del miércoles 19 de noviembre de 1975, mientras que en España eran las cuatro y cuarenta de la madrugada del día siguiente, cuando el Caudillo expiró, oficialmente”.

“La primicia fue continental. Antes que cualquier periódico de América Latina y de casi la totalidad de los estadounidenses y de Canadá, incluso antes que muchos diarios españoles cuyas guardias nocturnas habían cesado a la medianoche europea, el matutino venezolano se alzó con un tubazo genial que le valió a los enviados especiales Germán Carías y Miguel Grillo diez días de vacaciones en Lisboa con bolsa full de Travel Checks, y a mí varios sobres con insospechado dinero en efectivo que me cancelaron por el hecho de haber aguardado en la Secretaría de Redacción y en los talleres, madrugada tras madrugada, durante dos semanas continuas, con jornadas diarias de doce horas, que la agonía más larga y célebre de todos los tiempos culminara”, anotó Suárez, para la memoria del periodismo venezolano.

En ese texto muestra cómo se dedicaban en El Nacional, capitaneados por José Moradell y Mario Delfín Becerra, a buscar la información contra viento y marea, basados en periodistas que habían acumulado una experiencia difícil de repetir. Antes de que estuviera Germán Carías en Madrid, habían enviado a dos veteranos: Jesús Lossada Rondón y García Solís, quienes fueron atacados y golpeados por militantes armados de la Falange, el partido de gobierno.

Víctor explicó que Moradell había solicitado dos voluntarios para sustituir a los heridos, Lossada Rondón y a García Solís. Se ofrecieron Germán Carías como redactor y Miguel Grillo en fotografía. La guardia para Secretaría de Redacción exigía quedarse hasta la madrugada todo el tiempo hasta que muriera Franco. Nadie se ofreció. Entonces, Mario Delfín Becerra llamó a Víctor para decirle que Moradell quería hablar con él. Y así se resolvió lo de las guardias madrugadoras. Él fue uno de los incansables que “veló” a Franco.

-Sé que Miguel Otero Silva te quería y apreciaba mucho tu opinión y tu trabajo. ¿Desde cuándo comenzó esa amistad?

Víctor indica que ya ha respondido esa interrogante en un texto publicado hace poco tiempo. Vale la pena leerlo. Miguel Otero regresó en 1983 a Venezuela, después de veinte años de “exilio político y editorial”. Quería cambiar el periódico que consideraba estancado.

“A El Nacional le hace falta una remezón en su estructura, en la manera de contar la noticia, de presentar la información, para alcanzar nuevos públicos. Esto hay que modernizarlo”, había expresado MOS.

Víctor Suárez era asistente en la Secretaría de Redacción, aunque con mucho camino creativo andado. Estaba al tanto de todo lo que tenía que ver con las nuevas tecnologías -la computación- y la organización de un medio impreso realmente moderno y competitivo. En esos días le publicaron su primera crónica en El Nacional, titulada “La gandola que salió a beber”. A Miguel Otero le gustó y le preguntó a Julio Barroeta Lara, coordinador de Opinión y Crónicas, “¿de dónde es ese autor?” y don Julio le dijo: “Es de aquí. En el cuarto piso lo puedes encontrar”.

Miguel Otero subió a ver. Se dio cuenta de que Víctor Suárez era paisano suyo. Por el modo de hablar.

-Yo nací en la calle Juncal con San Félix, donde ahora está el Ateneo de Barcelona- dijo MOS.

-Yo también nací en Barcelona: calle Anzoátegui número 33- dijo Víctor.

Entonces Víctor comentó que Rafael Jiménez, apodado El Atronao, era su tío materno y Miguel Otero respondió “Era un gran amigo mío. Fue de los últimos en largar los grillos gomecistas. Tomaba güisqui seco y mandaba a cerrar las galleras y el bar Las Piedras cuando llegaba yo. Me invitó a un bautizo en el 47, después de ganarnos a los dados una bolsita de mariquitas de oro”.

Víctor remató aquella anécdota como caída del cielo:

– Ese niño del bautizo era yo, y mi mamá me contó que en la fiesta del bautizo llegó un señor alto y robusto repartiendo oro, como si fuera Melchor, uno de los reyes de Oriente…

-¡No puede ser! ¿Tú? En el rebullón de los tragos, no me quedó ni una sola de esas mariquitas- respondió Miguel Otero.

Poco tiempo después, Miguel Otero preguntó “¿Quién puede ayudarme a transformar el diario desde la mira del diseño gráfico y de las nuevas tecnologías?”, y alguien le respondió: “Víctor Suárez”.

Ya eso era demasiado. Agarró la señal y convirtió a Víctor Suárez en el tercero a bordo de lo que sería el periódico renovado. El primero, por supuesto, era Miguel. Para tener un segundo al mando nombró director al petrolero Alberto Quirós Corradi, “a quien no conocía pero lo sabía no-contaminado de tinta y plomo…”.

-¿Qué es el oriente?

-Una inmensidad sin fin. Eso creía. Supe hasta dónde llegaba oriente cuando un señor puso un bar que llamó Manchuria, que según él quedaba en la intersección entre Rusia y China. Pero ese límite exceptuaba a los canguros.

-¿Cuándo saldrá ese libro que tanto esperamos todos tus amigos?

-No lo sé, señor juez.

No es un epílogo, pero aquí está

Ajá. Todo esto llegó así, y no se puede decir “como por arte de magia”. Eso es un lugar común. Aunque todavía no entiendo el proceso tecnológico que me permite leer ipso facto las palabras que escribe alguien desde otro continente. Nos comunicamos simultáneamente con palabras escritas. Nunca generaremos pergaminos.

Pero reconozco nítidamente el ángel que baila y gira en las palabras de Víctor Suárez. Su autenticidad. Su verdadera esencia y su sabor tan íntegro: no he conocido un escribidor que refleje con más sinceridad, gracia y belleza lo que somos. Esa sensación me emociona de verdad. Y aunque no sea nada ortodoxa esta manera de terminar una entrevista, debo decir algo más:

La linotipia fue inventada por Ottmar Mergenthaler en 1885, quien vendía sus máquinas a través de una empresa que fundó llamada Linotype. El linotipo era como una máquina de escribir tamaño escaparate. El linotipista escribía y surgían los textos en líneas de plomo fundido. Esas líneas de plomo se iban componiendo en una caja y luego se imprimían en el papel. Así se hacían los periódicos y los libros. Ese sistema duró hasta los años setenta, creo. Lo menciono porque Víctor Suárez representa todo lo nuevo que vino en el periodismo después de eso.

Nunca se quedó atrás en el periodismo, y tampoco en la escritura. Siempre conoció el valor y el poder de las palabras. En esta entrevista puede notarse que al decir “silleta” ubicó una época, una provincia anímica y varias generaciones hasta que aparecieron los muebles de hierro, forrados de plástico, imitando el mimbre.

La silleta era una silla hecha con cuero de vaca. El cuero muchas veces mostraba los pelos y la marca que le hacían al ganado con el hierro al rojo vivo.

Víctor Suárez menciona también los pantalones “Sanforizados”. Con ese término sugiere los días gloriosos de la publicidad en la radio. Aparte de sacar a flote las frustraciones de quienes no pudimos derrochar físico con esa moda.

Por cierto, en 1963, el poeta colombiano Gonzalo Arango anunció su retiro del nadaísmo. Y el escritor Manuel Mejía Vallejo, escribió después: “Arango está hecho un hombre muy serio y peludo y lo único nadaísta que se le advierte es que se puso unos pantalones no sanforizados”.

Lo traigo a colación porque Mejía Vallejo era un gran amigo mío. Y una vez se quedó en nuestra casa. Comíamos arepas y leíamos la prensa. Y de repente dijo “oiga, macho: este periodista es tan talentoso como Jorge Ibargüengoitia”. Yo no sabía quién era Ibargüengoitia y gracias a Manuel me dediqué a leerlo. El periodista era Víctor Suárez. Y Manuel lo descubrió sin mi ayuda.

 


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