Ensayo

El dilema amigo-enemigo y el síndrome del “enemigo externo”

por Ramón Escovar León

17/01/2018

El pensador alemán Carl Schmitt es el creador de la disyuntiva amigo-enemigo como eje central del juego político. Schmitt puso su brillo intelectual al servicio del nazismo y en parte de su vasta y variada obra pretendió dar fundamento teórico a este régimen totalitario. En su producción intelectual destaca El concepto de lo político, en el cual desarrolla su noción del enemigo en la política (o lo político, como lo llama).

En este sentido afirma que la noción amigo-enemigo constituye la esencia de lo político, y que, además, “Hoy día el enemigo constituye el concepto primario [en lo político] por referencia a la guerra” (Alianza Editorial, 2da Edición, tr. Rafael Agapito, 2014, p.139). También aclara que estos términos “poseen una estructura lingüística y lógica diferente dependiendo de las diversas lenguas y grupos lingüísticos”. Señala que con el tiempo el concepto “amistad se transformó en una instancia privada de sentimientos de simpatía”. (p.141). A esto hay que agregar, que la “amistad” en el juego político se refiere, más bien, a la coincidencia de intereses políticos o comerciales en un grupo de personas.

Es más complejo definir el concepto de “enemigo”. Desde el punto de vista lingüístico según la categoría de Carl Schmitt el enemigo es aquel contra el cual existe una disputa (p. 142). En la mayoría de las lenguas el enemigo se define negativamente “como el no-amigo”. De esta manera, quien no es amigo es enemigo; a este último hay que desarmarlo, someterlo, reducirlo y liquidarlo porque así lo exige la necesidad de la política. Y estas categorías schmittianas, diseñadas inicialmente para darle base teórica al nazismo, las aplican los estalinistas y castristas.   

El dilema schmittiano cobra vida y ritmo en los regímenes totalitarios. El criterio amigo-enemigo exige el enfrentamiento permanente y el uso de la violencia hasta que se derrote al rival. No se plantea el reconocimiento del otro y si ocurre es como parte de una estrategia de largo aliento.

En este contexto funciona el juego político de la revolución bolivariana. No hay adversarios políticos que se disputan democráticamente el poder, sino un enemigo al cual hay que doblegar porque pone en peligro el plan revolucionario y los dogmas que mueven la acción de los revolucionarios. En lugar de opositores hay “apátridas”, “lacayos del imperio”, “burgueses”, “traidores” y epítetos equivalentes, es decir, seres despreciables y contra los cuales vale todo tipo de condena o castigo. Esto hay que tenerlo en cuenta con ocasión del diálogo que se celebra en República Dominicana.

Entre los insultos lanzados por los pretendidos dueños de la verdad, el de mayor peso es el de “traidor a la patria”, reservado para quienes piensen de modo distinto a ellos y luchen democráticamente por un cambio de modelo. Los merecedores de estos calificativos deben ser perseguidos y acorralados. Si se trata de un político con arrastre popular, se echa mano de la estratagema estalinista de la inhabilitación: hay que sacarlos del camino “como sea”.

El caso del general cubano Arnaldo Ochoa, victorioso de la guerra de Angola, es buen ejemplo de la aplicación del criterio amigo-enemigo. Su popularidad y prestigio militar alcanzó altos niveles en el mundo comunista de la época, porque derrotó militarmente al poderoso ejército sudafricano. No hubo, entonces, más remedio que, primero, fulminarlo moralmente (fue acusado de narcotraficante y de “alta traición”) para luego pasarlo al paredón. De esta manera tan simple se despachó al vencedor de la guerra de Angola. El paso de héroe de la guerra a traidor fue decisión de Fidel Castro cuando vio que el general Ochoa había alcanzado niveles de reconocimiento inconvenientes en un sistema de líder único. A Trosky también había que liquidarlo porque era una piedra en el zapato para el sanguinario José Stalin. De esa manera, el catalán Ramón Mercader, enviado del dictador soviético, le asestó varios golpes de piolet en el cráneo. Estos ejemplos demuestran que en la disyuntiva amigo-enemigo no hay espacio para las medias tintas: el enemigo debe ser desprestigiado, derrotado y fulminado. El poder totalitario así lo exige.

Junto al criterio amigo-enemigo, y desde una perspectiva de origen gerencial, surgió el llamado “síndrome del enemigo externo”, acuñado por Peter Senge en su libro La quinta disciplina. Culpar a los otros por los fracasos propios, llevó a algunas empresas estadounidenses a acuñar esta frase: “Siempre hallarás un agente externo a quien culpar”; premisa elevada a la categoría de mandamiento para explicar la tendencia de los gerentes de culpar a los demás por sus errores.

En Venezuela no es el modelo económico de controles el que ha fracasado, sino que una supuesta “guerra económica” ha causado la hiperinflación que padecemos. Pdvsa no está en la ruina por la corrupción y por el clientelismo sino porque el “imperio” habría librado “una batalla” en su contra para sabotearla. Son maneras pueriles de tapar la realidad. A todo fracaso se le encuentra un ficticio culpable a quien endilgarle las responsabilidades.

Culpar a los demás por los fracasos propios y considerar como enemigo al que piense de manera distinta, son dos rasgos distintivos del socialismo del siglo XXI que hoy empobrece a Venezuela. Esa es la manera de justificar un fracaso que luce inverosímil: la quiebra del país petrolero poseedor de las mayores reservas del planeta. Esto solo lo explica la implementación de un modelo económico que solo garantiza el crecimiento de la pobreza y la disminución de la calidad de vida.


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