Literatura

El adversario en libertad

por Pedro Plaza Salvati

Fotografía de Pierre BESSARD | AFP

10/08/2019

Mientras que el 28 de junio de este año una canícula inesperada castigaba a Francia, en horas de la noche, con toda discreción, a bordo de un vehículo color blanco, Jean Claude Romand salía de la prisión donde había permanecido veintiséis años por haber matado a su esposa, a sus dos hijos y a sus padres. Según las leyes francesas, luego de cumplir veintidós años en prisión, un sentenciado a cadena perpetua tiene derecho a solicitar la libertad condicional. Tras ser denegada, una corte de apelaciones aceptó el recurso presentado por su abogado. Es así como la noche de ese día, una cámara captó el momento en que salían dos carros blancos idénticos de la prisión de Sant-Maur en la región Centre-Val de Loire. Un carro tomó el camino de la derecha, el otro el de la izquierda. Uno de los dos llevaba al asesino ahora en libertad.

Si se juzgara a Romand solo por las apariencias, su físico, su lenguaje corporal, la manera de mirar, lo que se puede ver en distintos videos, uno nunca podría imaginarse que el hombre detrás de los grandes lentes y mirada arrepentida exterminó a su familia. La historia del suceso fue objeto de la novela de no ficción de Emmanuel Carrère y que tituló El adversario, convertida en una celebrada obra de alta factura literaria y de simultáneo éxito comercial. Un libro que marcó un antes y un después en su carrera literaria. A partir de esa obra, Carrère perdería el interés por escribir ficción y se avocaría solo a retratar historias reales.

La novela comienza con una suerte de obertura de una sola página en la que el autor francés relata los hechos ocurridos el 9 de enero de 1993, y lo que el propio Carrère hacía al momento en que Romand cometía los asesinatos: “Mientras mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela”. El primer capítulo se centra en una tercera persona distante que cuenta los hechos tal cual como sucedieron. A partir de allí, Carrère narra en primera persona y se inserta, en mayor o menor grado, en el relato.

El hecho central es que Jean Claude Romand durante dieciocho años fingió ser médico y que trabajaba en la Organización Mundial de la Salud en Suiza. Vivía en el pueblo francés limítrofe de Prévessin, un lugar pacífico, si se quiere hasta aburrido, donde las familias se conocían y disfrutaban de un estatus económico acomodado. El hecho catalizador fue cuando estudiaba segundo año de medicina y no se presentó a la prueba de superación del año académico. Desde ese momento estuvo matriculado doce años en segundo año, al tiempo que mantenía las apariencias con sus amigos, de que seguía su carrera, estudiaba temas avanzados de medicina por su propia cuenta.

Florence, que también había estudiado medicina, se pasó a farmacia el mismo año que Jean Claude no supera el año lectivo. Se casaron y tuvieron dos hijos, Antoine y Caroline. Tanto su familia como sus amigos pensaban que era cierto que trabajaba como investigador en el organismo internacional. Pero en realidad conducía, pasaba el día dando vueltas por distintos lugares, divagando, hasta que llegaba la hora de regresar a casa. De una supuesta vida común e idílica a un crimen horrendo, la novela también va del desconcierto y la ruptura de la normalidad entre personas que se conocían en el pueblo, la fractura del sentido de la vida.

¿Y cómo hacía el falso médico para generar ingresos? Romand tenía la habilidad de los psicópatas, la de saber convencer. Logró, a lo largo de los años, que varias personas le prestaran cantidades importantes de dinero para que las “invirtiera” en Suiza, quizás para evadir el fisco francés y al mismo tiempo obtener altos rendimientos. Esas sumas se las entregaban en efectivo para que las depositara en bancos suizos. Romand, en teoría, cruzaba la frontera franco-suiza de lunes a viernes para acudir a su trabajo.

En medio de su impostura se enamora de una mujer, Corinne, que también le presta dinero y que, a fin de cuentas, es la que precipita los hechos: lo precisa contundentemente para que le devuelva su inversión (ya gastada). La mente enloquecida de Romand sentía que pronto su gran y prolongada mentira saldría a flote. Eso, para él, era más insoportable que cualquier cosa, llegar a ser descubierto como un impostor era peor que asesinar a su familia para que no se enterara.

Lo que conecta a su vez con la idea de la novela El impostor de Javier Cercas. Como el propio autor la define, se trata de una novela sin ficción. Al igual que Carrère, enhebra dos historias: la del personaje objeto de la novela y la del propio autor. La gran diferencia viene dada, como una receta de cocina, en que en El impostor la presencia narrativa del autor es mucho más omnipresente que en El adversario. Es como si se pudiera establecer una analogía entre la cocina francesa y la cocina española; ambas muy buenas, una es más sutil, la otra es más franca y llena de resonancias.

Cercas cuenta la historia de Enric Marco, un español que hizo creer a todo el mundo que había estado en el campo de concentración de Flossenbürg en Alemania. Marco, valiéndose de múltiples triquiñuelas, asumió el cargo de portavoz de aquellos que habían sufrido las penurias del nazismo, y llegó a ser presidente de la asociación de deportados de Mauthausen, un campo de exterminio. “Describía el campo, inventaba anécdotas e historias, recreaba atmósferas y estados de ánimo, daba detalles de fechas, de lugares, de personajes, como un novelista que ha aprendido su oficio”, afirma Cercas. Marco estuvo en Alemania pero nunca pisó un campo de concentración. Su gran mentira fue descubierta horas antes de un acto público en el que iba a compartir tarima con Rodríguez Zapatero cuando era presidente de España. Marco, a diferencia de Romand, no causó daños físicos a ninguna persona.  Al día de hoy no se arrepiente: “¿Quién me hubiera escuchado si no hubiera encarnado a ese personaje?”, ha afirmado.

El 15 de julio de 2019, a casi un mes de quedar Jean Claude Romand en libertad, El País publicó una entrevista en la que conversan Emmanuel Carrère (EC) y Javier Cercas (JC), autores que han centrado su obra en la no ficción, luego de abandonar la ficción:

JC: Cuando publiqué El impostor algunas personas decían: “Ah, el impostor es el adversario”. Yo pensaba: “O no han leído El impostor o El adversario”.

EC: Un punto en común es el relato, tanto de la historia del tipo como de la investigación sobre la historia del tipo.

JC: La forma es diferente. En El impostor hay mezcla de géneros y es un libro de expansión. El adversario va a lo esencial.

EC: Es comparable el vértigo ante estos personajes y la intimidad con ellos.

El asesinato de la propia familia de Romand fue estudiado, calculado y premeditado. Ocurrió en secuencia, de acuerdo a cómo lo había planificado. Compró los implementos con los que incendiaría su casa, las balas con las que mataría a sus propios hijos. A Florence le aplastó el cráneo con un rodillo sólido. Después de matarla lavó el rodillo para que no quedaran rastros de sangre. A los niños les dijo que mamá estaba dormida. Con su esposa muerta, vio una última escena de televisión con ellos. Hizo subir a sus hijos por turno al piso de arriba y a cada uno le disparó un tiro con un arma con silenciador. Primero mató a Caroline, la cubrió con un edredón para que Antoine no la viera. Una vez que acabó con la vida de su esposa y sus dos hijos, se dirigió a casa de sus padres. A su papá le disparó dos balas en la espalda. Como Jean Claude usaba el arma con silenciador, la madre no había oído los tiros, así como Antoine no oyó cuando asesinaron a Caroline. Su mamá fue la única a la que le disparó de frente, porque a sus hijos y a su padre los mató a tiros por la espalda. También acabó con la vida del perro de los padres. Esto, en Francia, no lleva un significado simbólico que pueda ser menospreciado. Los franceses aman a sus mascotas como si fueran hijos. El crimen es tan monstruoso que opaca lo del perro. ¿Acaso el perro también podría descubrirle su impostura?, cabría preguntarse.

Después de haber matado a su esposa, hijos, padres y al perro de sus padres, intentó acabar con la vida de la amante. Se encontró con Corinne esa misma noche en un lugar de la periferia de París. Usó gas lacrimógeno, hubo un forcejeo y algo que ella le dijo o una mirada que se cruzaron lo hizo volver en sí mismo en medio de la demencia asesina. Ella, psicóloga de profesión, se pudo salvar. Le llevó la corriente y le exigió, de nuevo, la devolución de su dinero. Romand, al llegar a su casa, llama a Corinne y le dice que pudo haberla matado si hubiese querido. Escribe una nota para “despedirse de este mundo” y confesando su asesinato múltiple. Hacia las tres de la mañana esparce gasolina de los bidones que había comprado en el supermercado. Se toma un frasco vencido de Nembutal (se sospecha que realmente no quería suicidarse; recordemos que sabía de medicina) y a las cuatro de la mañana prende fuego a la casa:

“Los plomos saltaron, el humo comenzaba a invadir la habitación. Empujó algunas prendas de vestir contra la parte inferior de la puerta, para aislarla, y luego quiso tumbarse al lado de Florence, quien, bajo el edredón, parecía dormida. Pero veía mal, le picaban los ojos, todavía no había prendido el fuego en la alcoba y los bomberos, cuya sirena asegura no haber oído, habían llegado ya. Como no conseguía respirar, se arrastró hasta la ventana y la abrió. Los bomberos oyeron el crujir del postigo. Desplegaron la escalera para socorrerle. Él perdió el concomimiento”

Jean Claude Romand sale ahora en libertad a los 65 años. ¿Cadena perpetua o libertad inmerecida? ¿Qué sentido tiene la ley que llama cadena perpetua a una condena que admite la libertad luego de varios años? Las informaciones dicen que Romand llevará un brazalete durante dos años y que los diez años siguientes estará bajo un régimen de supervisión. El hermano de Florence, Emmanuel Crolet, ha ofrecido entrevistas criticando la decisión de la justica y aseverando que Romand lo que ha hecho es fingir un nuevo personaje en prisión. Una serie de entrevistas en Prévessin, el pueblo donde ocurrió el accidente y en el que la casa objeto de la tragedia es ahora de una nueva propietaria que no da la cara a los medios, la gente está indignada. Uno de los habitantes ha dicho: “¿Para qué sale de prisión? ¿Por qué quiere salir? ¿Para hacer qué: visitar a toda su familia en el cementerio?”.

El adversario está en libertad. Casos como el de Enric Marco, Jean Claude Romand, hacen pensar en cuántos adversaros podríamos estar rodeados en nuestras vidas, cuántos mentirosos nos habrán convencido de sus falsedades, ¿de qué serán culpables nuestros vecinos del edificio, del barrio, del trabajo, del gimnasio? Claro que hay imposturas inocuas, como las del famoso dúo de cantantes Milli Vanilli, aunque hayan defraudado a un séquito de seguidores. Hay otros casos mucho más inquietantes, como el de Ferdinand Demara, de quien se dice haber tenido un alto coeficiente intelectual y una prodigiosa memoria fotográfica, se hizo de varias identidades con las que practicó profesiones disímiles, sin tener los estudios o la preparación, y hasta llegó a operar, con éxito, a soldados heridos en la Guerra de Corea, sin ser médico, solo por haber visto operaciones.

Hay imposturas de distinta naturaleza, como la de jugar un papel honorable en una sociedad cuando la persona resulta ser, como Romand, un asesino. Tal es el caso del médico venezolano Edmundo Chirinos, retratado en la novela The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, un psiquiatra prominente, exrector de la Universidad Central de Venezuela, graduado de Cambridge y Oxford, terapeuta personal de expresidentes venezolanos, considerado una eminencia, un día como cualquier otro asesinó en su consultorio a Roxana Vargas, una paciente con la que mantenía una relación amorosa. En las investigaciones posteriores detectaron que Chirinos tenía en su casa más de mil fotografías de mujeres desnudas, pacientes sedadas y abusadas por él mismo.  Es de suponer que la acción a partir de la mente de un psiquiatra perturbado hizo que se convirtiera en su propio adversario, incendiando una vida de logros.

“El adversario” es nombrado de esa manera solo dos veces en el libro de Carrère. La primera hace una reflexión sobre el momento al final de la vida, el tránsito hacia la muerte, las visiones que deben tener los que fallecen, que seguramente podría ser un desfile de momentos vividos o una visión de Dios. El autor nos dice, como un planteamiento hipotético, que los padres de Romand “deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bien amado, a aquel a quien la Biblia llama Satanás, es decir, El adversario”.  El otro momento es en la última página del libro: “Cuando Cristo entra en su corazón, cuando la certeza de ser amado, a pesar de todo, hace que rueden por sus mejillas lágrimas de alegría, ¿no sigue siendo el adversario quién engaña?”.  Enric Marco, Jean Claude Romand, Edmundo Chirinos, gente en apariencia honorable, todos impostores. ¿Cómo podemos reconocer a los adversarios que nos rodean? ¿Cuántos adversarios nos pasan al lado por las calles del mundo todos los días?

La complejidad de la mente humana retratada en estos casos de impostura, hace recordar Wakefield, el célebre cuento de Nathaniel Hawthorne. En la cabeza de este gran escritor ha debido cimentarse la idea de que la vida misma está llena de historias extrañas y desconcertantes, algo que deducía a partir de la lectura de la prensa de la época, como una historia real que transformó en cuento:

“Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal, una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.”

 


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