Domingos de ficción Cuento

Dejar la peluca

por Carlos Ávila

21/10/2018

Arrancamos un martes a las dos de la tarde. No había tráfico. Marcel me pidió que pusiera La violó, la mató, la picó y sacó de la guantera un pequeño libro. Sin dejar de manejar, y mirando de cuando en cuando el camino, registró cada una de las hojas. Se detuvo en una y le dio con la mano al papel varias veces en un gesto que demandaba leer un poema. Su idea del documental era hacer un semblante de Cayayo que lo reivindicara al punto de convertirlo en nuestro Jim Morrison. Quería concentrarse específicamente en el período de Dermis Tatú. Decía que como en Argentina lo hizo Luca Prodan y en Colombia Andrés Caicedo, también Cayayo debía abrir los ojos y ponerse de pie. Así que leí: “Despistado no tiene camino no tiene contacto / atrae al olvido al desorden / sucede en paralelo / Cada abstracción es esforzada / cada despiste / cada despistado es desconectado es a su manera genio / Despistado es asfixiado / es disgustado / está harto de este lugar ocioso.” Le devolví el libro a Marcel. Se lo puso sobre las piernas. El lugar ocioso es Caracas, dijo, y Despistado es él. Luego dijo que eso lo había escrito Mercedes Yépez y se desvió para detenerse a la altura de una gasolinera que está antes de tomar definitivamente la autopista. Allí cargamos el tanque y compramos cervezas y ron. Cuando volvimos nos dimos cuenta de que no teníamos cigarrillos y Marcel se devolvió a buscarlos.

Esperé dentro del carro con los vidrios arriba. El sol picaba y comenzaba a sentir al aire caliente. Había puesto las bolsas de la compra en la parte de atrás y había notado que sobre el asiento, al lado de la cámara y los equipos, se hallaba un libro azul de tapa dura. Según lo que me había dicho Marcel, aquello era el trabajo de Camero. Lo que había entendido era que durante sus estudios de sociología Camero había orientado varios de sus proyectos a las manifestaciones rockeras actuales. Marcel había conseguido un tomo y ahora yo lo tenía en mis manos. Abrí al azar el libro y distinguí un fragmento encerrado en un rectángulo con resaltador. La cultura oficial sale a tu encuentro, pero al underground tienes que ir tú. Frank Zappa. Lo que venía después era esto: “En Kurt Cobain encarna el rock alternativo y el movimiento rockero que durante los noventa se impuso ante la cultura oficial. En las circunstancias de su muerte y en su actitud ante la fama y el mercado está resumido el espíritu de la época y el sentimiento de la llamada Generación X. Su figura funciona como el líder ideal del cambio más dramático en la escena mundial del rock. Él representa la ruptura con el glam y con el dance que ya bailaban sobre sus restos en los últimos años de la década de los ochenta. Todo eso se ha repetido hasta el cansancio y ha de estar claro. Sin embargo, lo que aquí nos ocupa es el hecho de que Kurt Cobain nació apenas un año antes que Cayayo. Un dato que de entrada resulta insignificante, pero que situando sensatamente a cada uno en su contexto, y tomando en cuenta todo lo que significa el paso de un siglo a otro (que no sólo le es común a los dos, sino en el que también se comprende “el desánimo fértil de nacer entre dos épocas”), nos encontramos ante dos figuras que expresaron claramente en sus canciones lo que respiraron y sintieron. El primero, desde la cresta de la ola y con un final trágico. Y el otro, con un final no menos fatal, pero desde el desencanto y la desilusión; aunque habrá quien cambie estas dos últimas sentencias por la palabra fracaso.” Marcel volvió con los cigarros y los tiró sobre el tablero. Nos persignamos jodiendo y retomamos la carretera.

Con Marcel la amistad ha sido buena. Nos conocimos en la universidad cuando teníamos poco más de veinte años. En aquel entonces llevábamos impregnada la emoción y la inquietud que ahora estamos empeñados en demorar. Nos gustan las mujeres y hemos sido relativamente exitosos al respecto. Habrá que decir que éxito se traduce en cantidad y que con el tiempo dicho triunfo ha ido mermando. Por suerte, ninguna mujer nos ha atraído al mismo tiempo. Nos divierte atravesar la cota mil en su carro, aunque cada vez lo hacemos con menos alegría. También nos une el ridículo rechazo a los compromisos. Como es lógico, tenemos nuestras relaciones afectivas favoritas: se trata en su mayoría de las mujeres que no responden con afán a lo que queremos. Atendemos a la indiferencia con más solicitud que al afecto. Lo mismo de siempre. Como podrán darse cuenta, somos el estandarte de la inmadurez y la irresponsabilidad. Marcel y yo sabemos a cabalidad cuáles son los puntos débiles del otro y estamos al tanto del status de todas nuestras historias. Todo eso junto hace que nos conozcamos lo suficiente como para hacernos daño. Sin mucho esfuerzo, adivinamos el momento preciso para jodernos: si uno de los dos asume cierta dinámica maliciosa con respecto al otro, será porque éste último se ha expuesto a un estado de vulnerabilidad que el primero no va a dejar de aprovechar. Me parece que así es y así va a ser siempre en la amistad. Tengo que resaltar que cuando coincidimos en la alegría la relación se torna inolvidable, pero cuando uno de los dos subraya el veneno y la inquina, llegamos a dudar del cariño y nos odiamos brevemente.

Para el momento del viaje, era yo el que estaba más incisivo y durante buena parte del camino me dio por sacarle la piedra a mi amigo. Un diálogo atravesando aquella carretera podría comenzar con una pregunta suya. ¿Tú sabes quién es Fernando Samalea? Sí. ¿Quién es? Si no es un roquerito sifrino de esos que tú admiras, es un argentino. Es un argentino, pero la pregunta es si sabes quién es. No sé. Fernando Samalea es un músico argentino, es mi amigo y me contó que conoció a Cayayo cuando vino a Venezuela a tocar con Charly. ¡Bravo!, ahora cita los años y di que Cayayo es el punto-de-inflexión del rock en Venezuela. Marcel generaba conversación y yo lo atacaba. Pienso que su ceguera con el documental comenzaba a hartarme. Sé que nos quedamos un momento sonriendo en silencio. La música sonaba con gracia y lejanía. Los árboles marcaban una imagen de monótono compás y yo escuchaba relajada y lejana la voz de Marcel sobre la carretera. Samalea me contó que estaba trabajando en el estudio cuando se enteró de que Cayayo se había muerto. La noticia la trajo alguien que venía de la calle. Me dijo que esa noche la sesión estuvo cargada de una vibra extraña. Era como si Cayayo estuviese ahí trabajando con ellos desde un lugar al que no terminaba de acostumbrarse. También me contó que recibió una carta tres días después de la terrible noticia. La firmaba Cayayo. Samalea la leyó como quien lee las noticias del más allá. Me dijo que era una carta bellísima y que todavía la conserva. Se le pusieron los ojos aguados cuando me lo contó. Dijo que las palabras de esa carta tienen una energía y una luz que no son de este mundo.

Estaríamos a mitad de camino cuando me quedé dormido. Soñé con una canción de Seguridad Nacional que se llama “Quién puede saber,” pero que en el sueño se llamaba “Serpiente.” Fue un sueño sin imágenes. Estaba en una habitación a oscuras y sin clima. Cabe la posibilidad de que en el sueño sólo tuviera los ojos cerrados y por eso no veía nada. Soñaba la voz de Y. y todo era negro cuando Marcel me despertó con un manotazo y me pidió que le pasara una cerveza. Me levanté exaltado. No había música en el carro. Escuchábamos la estridencia de los otros carros en la autopista, las eses que hacen los cauchos en la carretera y que se alargan volviéndose ces y haches en unos segundos. Marcel abrió una lata, se echó un trago y, después de aplaudir con fuerza, me pidió atención. Había sacado el cd de Dermis Tatú y había puesto otro. Según lo que dijo, íbamos a escuchar la voz de Stella Ortiz. Mi amigo tenía una grabación que obtuvo en un foro que se realizó hace años en Caracas y en el que ella participó. Marcel me rogó que escuchara con atención y sin interrumpir. Escuchamos esto: “Hay un video del año 93 en el que Dermis Tatú es telonero de Seguridad Nacional en el Teatro Cadafe de El Marqués. Este es el primer concierto del grupo. Se trata, si no me equivoco, del recién promovido Festival de Nuevas Bandas. En este video se reconoce a un Cayayo muy joven, con el cabello tapándole el rostro hasta un poco más abajo de los cachetes. El peinado recuerda a la Ruddy Rodríguez de Niña Bonita. Los músicos de Seguridad Nacional aparecen en tarima lanzando flores al público. En el lugar se genera un caos, aunque armónico. Pero no son ni las flores ni la aparición de los músicos lo que produce esto, sino la repentina presencia de Cayayo. Recordemos que en algún momento de los años ochenta, Cayayo visitó un templo en La Azulita donde se inició, como otros músicos de la época, en la cultura Krishna. Allí se afianzó su amistad con Y. y allí conoció al Maestro Avadhuta Maharaj. Queremos presentar a nuestro hermano espiritual, dice Y. en el video refiriéndose a Cayayo. Luego lo llama por su nombre en la religión: Rama Charan Das. Hari Bol, grita Cangrejo desde la batería. Todos en la tarima están adornados con collares de flores. La ocurrencia convierte el momento en un instante inolvidable. Eso es todo. Según las fechas, podríamos decir que Cayayo, como muchos jóvenes venezolanos de la época, vivió una movida escena política y el estallido social más salvaje que se ha registrado en la historia contemporánea del país. Hablo específicamente de El Caracazo y de las dos intentonas de Golpe de Estado; todo inscrito en situaciones en las que sometía la represión policial, los disturbios estudiantiles y los toques de queda. Esto sin hacer mención a lo tradicional que nos resulta la eterna falta de empeño en cuanto a las políticas culturales, la mil veces mentada ausencia de espacios, y la poca seriedad con que nos hemos acostumbrado a tomar sobre todo a la cultura del rock. ¿Qué estoy queriendo decir? ¿Que Cayayo es un engendro de todo lo anterior? A mi juicio, no sólo Cayayo, sino todos los nacidos en su década, y exactamente los nacidos hasta 1989, fuimos legítimamente engendrados desde estos escenarios. Muchas gracias.” Lo que vino después fue una larga explicación por parte de Marcel, y la alusión a una teoría en la que basaba su documental y que tocaba de frente el tema político. En su discurso, Marcel nombraba instituciones Estatales y apuntaba cifras que superaban los cientos de miles de bolívares fuertes. Yo procuraba bostezar.

Lo único que tenía claro en relación al guión era que si en una historia un personaje salía de viaje, el motivo por el cual lo hacía debía ser diáfano, no importaba lo tonto que resultara. Lo de entrevistar a Y. en Churuguara no me convencía y por eso le pedí a Marcel que buscáramos otra excusa, algo más burdo e insignificante. Nos metimos en Internet y dimos con la entrada en Wikipedia que nos interesaba: “Churuguara es una ciudad del estado Falcón que está situada en la Cordillera de La Sierra de Agua Negra. Es una ciudad de imagen pintoresca, donde se conjugan el verdor de sus campos y la benignidad de su clima. Se dice que en Churuguara las cosas que se piden en voz alta se vuelven realidad.” Perfecto. Entrevistar a Y. en Churuguara, pero sobre todo comprobar si era verdad que estando una vez allí se cumplía lo que uno deseaba en voz alta, era el pretexto más tonto y quizá por eso el indicado. Nada más apropiado tratándose de dos ociosos solteros de más de treinta años que se quedaron detenidos en la escena que durante los noventa vivió el rock nacional. Listo.

Marcel se desvió y detuvo el carro bruscamente a un lado de la carretera. Apagó el motor pero no nos bajamos. A nuestra izquierda seguían velozmente cruzando los carros. En su rostro se leía cierta impaciencia. Mi amigo tenía las dos manos sobre el volante y miraba fijamente al frente. Poco a poco empezó a girar la cabeza. Pensé en Linda Blair. Volteé asustado la vista hacia un punto lejano en la carretera y me puse a ver la ilusión del vapor en el horizonte. Quise comentárselo o hacer un chiste pero no me dio tiempo porque Marcel me tocó la cara, me rascó la cabeza y comenzó a hablar con una sobriedad escandalosa. Cayayo estaba disgustado. Date cuenta. Esa desazón está en todas sus letras. Es una asfixia que se nota en su manera de tocar la guitarra y en la forma en la que transformó su voz. ¿Cuál es la canción más conocida de Dermis Tatú? Terrenal. ¿Cómo empieza esa canción? He decidido escapar de esta ladilla de ciudad. ¿Qué es ladilla? Aburrimiento, cansancio, desidia. Tener ladilla es no tener ganas y esta ladilla de ciudad es esta ladilla de Caracas. No hay duda. Además, en esa misma canción él dice espero el día en ansiedad y en ella la felicidad se me ha escapado. ¿Qué te parece? Me parece un análisis fácil de algo a lo que no se le puede sacar mucho. No. Sí. Con todo respeto, creo que lo que estás diciendo es una estupidez. Desde ese momento, Marcel comenzó a hablar como si se hubiese metido unos pases; y ―hasta donde yo sabía— no lo había hecho. La cara se le invertía y se le iban marcando poco a poco las venas del cuello. Se secaba de la frente el sudor con las manos. Abría y cerraba la boca y yo podía verle todos los dientes. Hablaba marcando las eses y cada vez con más velocidad. Concéntrate. Date cuenta. La apatía se repite. En todas las letras hay tedio y claustrofobia. En todas las letras hay amargura y disgusto. Hay inquietud y hay desazón. En “H” alguien flota en el limbo, aterrorizado. En “El Hoyo” alguien vive buscando algún suelo en que pueda cavar, las lombrices retuercen su estómago vacío, lo muerden por dentro llenándolo de ideas miserables. En “Sordera” la sensación de agonía es la misma que algún día morirá en nuestra piedad. Eso no sé qué significa pero suena horrible. En “Despistado” un tipo gira dando vueltas sin parar y señala que no hay lugar que ocupar. En “Error por cometer” el dolor se esconde bajo las sombras, se insiste en desistir de una vez, se insiste en el rostro cobarde del fracaso. Quise decirle a mi amigo que muchas de las letras de las que hablaba no fueron escritas por Cayayo, pero no me dejó. ¿Tú sabes cómo va a empezar mi documental? No. Sencillito. Todo va a estar en negro. De pronto en letras blancas se va a distinguir: “Moriré en paz deseando ver las cosas cambiar de lugar.” Qué lindo. Sí, ¿y sabes cómo se va a llamar? ¿Cómo? Dejar la peluca.

Cuando entramos a Churuguara ya era de noche. Hacía calor, pero una repentina brisa fresca convertía el camino en un lugar placentero. El guardia nos cobró el peaje en la alcabala y los dos sonreímos e hicimos el mismo gesto con la cabeza. Avanzamos en paz. A los lados sólo se distinguían algunas pocas luces a lo lejos. Por los espejos la alcabala se fue haciendo diminuta. Rodamos en línea recta y durante el trayecto no reconocimos ninguna señal de vida. La vía se extendía hacia adelante y hacia atrás en una planicie sin fin. Marcel fue disminuyendo la velocidad hasta que de repente detuvo el carro. Mi amigo apagó el motor y la canción que estaba sonando se cortó de golpe. Oíamos a lo lejos el sonido de los grillitos. Marcel habló. ¿Quién va a ser el primero que va a pedir un deseo? Yo. Dale. Quiero que suene “Veneno”, la versión de Zapato 3. Marcel giró el switch y puso el tema que yo había deseado. La escuchamos entera sin hablar. Cuando el tema terminó, Marcel apagó otra vez el motor y habló. Ahora pidamos algo difícil a ver si se cumple. Que se nos joda el carro. No seas marico. Que llueva. Dale, que llueva.

Y tronó fuerte. Unos segundos después cayeron varias gotas sobre el parabrisas. Se fueron multiplicando precipitadamente y se desató una lluvia escandalosa. Nos miramos y sonreímos con nervio. Saqué de atrás la botella de ron y brindé por ese gesto celestial. Marcel se echó un trago larguísimo. Subimos con prisa los vidrios porque el agua comenzó a mojarnos. El parabrisas se empañó y la visión hacia adelante se volvió nula. Marcel encendió el motor con intenciones de hacernos a un lado, pero cuando intentó dar marcha al carro escuchamos una explosión en la parte de adelante. Nos descubrimos atravesados en el medio de la carretera, con una furiosa lluvia afuera y el carro totalmente inservible. Bebíamos y fumábamos sin decir nada. Quisimos escuchar música pero la electricidad en el carro también había desaparecido. Di algo. ¿Estás cagado? Sí. Te voy a contar la única vez que vi a Cayayo fuera del escenario. Cuéntame lo que sea. Bueno. Por alguna razón yo estaba en el aeropuerto de Maiquetía con mi mamá. Estábamos en una cafetería sentados a una mesa cuando vi aparecer a una decena de hombres peludos y tatuados. Entre ellos estaba Cayayo. Entraron a la cafetería y se sentaron, pero extrañamente no pidieron nada. Se quedaron allí, conversando. En el grupo había una sola mujer que permanecía callada y muy cercana a Cayayo. Era como su versión femenina. En algún momento los dos se separaron del resto y salieron de la cafetería. Se detuvieron a unos metros de donde estábamos. Los vi conversar y los vi despedirse. Los recuerdo idénticos, de la misma altura y con el mismo porte. Uno macho y la otra hembra. Eran la misma persona. Se despidieron con un largo e inmortal beso en la boca. Qué linda historia. ¿Te estás burlando? No, me resulta tierno. No te creo. Si te estás burlando que te lleve el diablo. Que nos lleve a los dos.

Entonces adivinamos de pronto una gandola que venía a toda velocidad y en línea recta hacia nosotros. Las luces delanteras parpadeaban anunciando algo fatal. El conductor activó la corneta y sonó en el cielo el grito de un elefante. Reaccionamos mecánicamente. Algún instinto nos asaltó al mismo tiempo pero no respondimos a él sino que permanecimos inmóviles. Recuerdo haberme tapado la cara con las manos. El estruendo fue como si en medio de la lluvia hubiese caído desde el cielo algo gigantesco hecho de piedra y vidrio. Sonó duro. Sentí la luz y distinguí una fosforescencia que lo iluminó todo por unos segundos. El estallido pasó a ser un agudo grito sobre el asfalto y luego una sucesión de pequeños bombazos que fueron apaciguándose. Creo que el eco de los cristales alargándose sobre la carretera fue lo último que escuché. Cuando acabaron los últimos ruidos, me incorporé lentamente y vi a Marcel del otro lado de la carretera. Entre los dos había una mancha en el piso que parecía un hueco hacia el abismo. Aunque, ahora que lo pienso, pudo haber sido aceite o gasolina, o agua.

Estuvimos por muchísimo rato sentados en el borde del camino. Allí me di cuenta por primera vez de que Marcel se estaba quedando calvo. La lluvia fue desapareciendo poco a poco. Me puse a lanzar pequeñas piedras al centro de la vía: intentaba acertar los restos de un bombillo. El piso estaba mojado y nosotros en un pesado silencio. A unos metros se distinguía lo que quedó de la gandola. Se veía volteada y con los cauchos hacia arriba. La parte del piloto estaba destrozada y desprendida de la parte de carga. También se distinguía regados en la carretera un asiento y un par de cauchos. Se revelaba la cámara hecha pedazos, papeles, discos, ropa. No había una gota de sangre en el camino. Yo insistía en meter una piedra en un vidrio roto mientras Marcel fumaba y hablaba sin detenerse. Yo tengo los demos que Dermis Tatú grabó junto a Cangrejo. Hoy puedo decir que ese material ya no es un documento sino un testimonio. Ese es el punto más alto que ha alcanzado lo que nos hemos empeñado y es-forzado en llamar rock nacional. ¿No te parece? Acerté una piedra. Me levanté en un brinco de celebración. Salté y grité. Me puse a imitar el sonido que hacen los aplausos en un estadio repleto de gente. Grité y corrí en círculos. Supongo que Marcel se sintió aturdido por mis alaridos y por eso comenzó a hablar más fuerte. También se puso más serio. Poco a poco fue adoptando aquel semblante que descubrí cuando lo imaginé esnifando coca. Cada palabra lo mostraba más seguro de todo lo que decía. Hablaba solo, pero lo hacía como si estuviese ante un teatro lleno de gente. ¿No les parece que hay un cambio notable en algún momento? Su manera de tocar la guitarra pasa de un estilo blando a un modo más bestial. Se deslastra de repente de ese semblante tímido. No debemos olvidar que Cayayo fue siempre una figura turbia. Cuando pensamos en sus primeros años lo recordamos con el cabello sobre la cara. Cuando lo vemos en las entrevistas lo ubicamos fuera de las luces. Me atrevería a decir que ya en Sin sombra no hay luz las frases en la guitarra buscaban cierta dulzura. Y ya en Infecto de afecto hay un Cayayo aproximándose a las voces y a una manera propia de tocar la guitarra. Todo eso se consuma después en un sonido propio y claro en las grabaciones de Dermis Tatú. Desde ahí ya hay en Cayayo una manera distinta de afincarse en el instrumento: haciéndole daño y al mismo tiempo registrando un sonido transparente y dulce. Algo de metal y de furia, pero también un eco claro, por momentos perfecto, sin abusar de los efectos, más bien limpiamente y sin abandonar la fuerza. Esta manera de cantar y de tocar consigue su punto más alto en La violó, la mató, la picó. Eso es lo que he querido decirles, amigos. En ese momento me animé a participar en lo que Marcel decía y le hice una pregunta. ¿No hay ninguno? ¿Ni Y.? Ni Y. Me gustaría que Y. estuviera aquí para ver si eres capaz de decírselo.

Sonó en un silbido el viento, y en lugar de la conocida bola de pelos, divisamos a lo lejos el paso de una figura. Los dos nos miramos dudosos. Nos pusimos de pie y esperamos que se acercara. Se trataba de un hombre. Llevaba sombrero y lentes oscuros y una guitarra a la espalda. Estaba fumando. Tenía unos vulgares zapatos de goma. La escena parecía un comercial de Marlboro o alguien jodiendo a que era Bob Dylan. A medida que se iba acercando se iban distinguiendo sus rasgos. Lo primero que noté fue que estaba sonriendo. Después observé la figura de un caballo en la hebilla de su correa y finalmente me fijé en sus cejas que sobresalían despeinadas por encima de los lentes. Se detuvo enfrente de nosotros. Se quitó el sombrero e hizo una reverencia. Era totalmente calvo. Nos miró con detenimiento por encima de los espejuelos. Luego escupió el cigarrillo y habló como si estuviese a punto de quedarse dormido. El timbre era ronco y nos obligaba aclararnos la garganta. Sentimos el rasguño que eran sus palabras. Mi nombre es Y. Mucho gusto. Tosió. El instrumento tenía la imagen de un Ohm en el borde que brillaba cuando le daba la luz. Entonces dijo que iba a cantar una canción y nosotros escuchamos sin movernos.

¿Entrevistarme? ¿Qué les puedo decir? Dermis Tatú tocó en Caracas, en Buenos Aires, en Londres, en Miami, en Nueva York, en San Francisco, en San Martín de Los Andes, en Coro, en Puerto Ordaz, en Caricuao, en el Teatro Nacional y en el Alba Tropical de Sabana Grande. Ya. Eso es todo lo que hay que saber. Si quieren saber otra cosa, escuchen con atención el concierto de Komotion. Ahí, al final del concierto, el camarógrafo deja de enfocar el escenario y enfoca el público. ¿Y qué se ve? Nada. Las mesas están todas desocupadas. El local está vacío. En la barra está el que la atiende y un hombre aplaudiendo en una de las sillas. ¿Qué más quieren que les diga? La banda más importante del rock venezolano llega hasta su ilusión en Los Ángeles y la disolución inminente. Cayayo se muere en 1999 y divide a la música, marca el fin de una república y el principio de otra. Se acabó. Si quieren que les diga algo bonito les diré que después de Cayayo no ha sucedido nada trascendental en la música venezolana. Dermis Tatú es la última manifestación sorprendente del rock en Venezuela. Anótalo. Y eso fue lo que hicimos.

Los tres estábamos sentados en el piso y formábamos los vértices de un triángulo. Alguien habló de los graffitis en las paredes de Caracas y de cómo los trataban en Sabana Grande. Hablamos de Gustavo Atilano y de Cero a la izquierda. Y. tocó un blues dedicado a Churuguara. A lo lejos comenzó a anunciarse la salida del sol. Cuando se hizo de día los tres nos pusimos de pie y nos despedimos. Y. nos regaló una de las tantas fotos que Iván Gabaldón le hizo a Cayayo. Después hizo una nueva reverencia con su sombrero y nos dijo que no nos preocupáramos, que estábamos en Churuguara, donde lo que se pedía se volvía realidad. Posiblemente se han olvidado de eso, muñecos. Nos abrazamos los tres al mismo tiempo y lo vimos alejarse con la guitarra en la espalda. Se fue silbando el tema de Seguridad Nacional con el que yo había soñado en el camino. En la distancia se hizo pequeño y desapareció. Nosotros nos dimos vuelta y emprendimos el regreso a casa. Lo hicimos volando, cruzando el aire y cantando a todo pulmón. Llorábamos y al mismo tiempo nos moríamos lentamente de la risa.

***

Este cuento fue publicado originalmente en Prodavinci el 30 de mayo de 2010.


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