Perspectivas

Crónica de Sant Jordi: una tormenta perfecta

por Pedro Plaza Salvati

La gente mira los libros en el boulevard de La Rambla en la fiesta de Sant Jordi. Fotografía de Josep LAGO | AFP

18/05/2019

Rosas, santos y dragones

El día había amanecido lluvioso sobre una Barcelona normalmente soleada. Al tiempo encapotado se sumaba el sabor amargo que dejó en el ambiente el primer debate presidencial entre los cuatro principales contrincantes en las elecciones de España, marcado por los ataques personales y el vacío en las propuestas. Este año Sant Jordi caía martes y, además, tras el lunes festivo de pascua, coincidía con el primer día de regreso laboral de vacaciones de Semana Santa, lo que hacía peligrar el entusiasmo. Y, por si fuera poco, en la noche tocaba partido de fútbol con el Barcelona de Messi y se realizaría el segundo y último debate electoral.

Mi mañana había comenzado con una cita en las clases gratuitas de catalán que ofrece el Ayuntamiento de Barcelona. Nuestro grupo constaba de las siguientes nacionalidades: marroquí, pakistaní, moldava, italiana, francesa, colombiana, venezolana, boliviana, argentina, ecuatoriana, brasileña y española (Galicia y Asturias), y que denota lo cosmopolita que ha sido esta ciudad. Como ahora estoy en un lugar que me acoge pensé que era momento, culminada la intensidad de los primeros meses luego de la llegada, de intentar aprender algo del idioma. Lo pensé como una muestra de respeto y agradecimiento distante de los maniqueísmos políticos actuales. El tema de la clase de la mañana era, precisamente, la fiesta de Sant Jordi.

Sant Jordi es una fiesta de rosas, libros y de origen religioso. En el siglo XV el Palacio de la Generalidad organizaba una feria de rosas dedicada a los casamientos y que dictaba que el novio debía comprar una rosa a su prometida. Lo que quiere decir que esta antigua fiesta es la versión moderna del Día de los Enamorados (que no se celebra acá). Por cierto, Jordi —Jorge en castellano—es uno de los nombres más comunes en este lado del mundo y a veces pienso que si llego a llamar a un desconocido ¡Jordi!, volteará a saludarme.

Para que la fiesta llegara a ser una celebración oficial fue necesario que se entronizara a Sant Jordi como patrón de Cataluña. La leyenda habla de que Jorge de Capadoccia fue un soldado que salvó a una princesa de ser devorada por un dragón que tenía azotada a la región. Por eso en este día, por las calles de la ciudad, se ven cantidades de peluches de dragones amarillos y verdes de distintos tamaños a la venta, algunos parecen inspirados en una película animada de Disney.

En esta fecha, a principios del siglo XX, se empezaron a colocar puestos de libros por la ciudad. El gremio librero y editorial impulsó esta novedad y con los años logró que se llegara a considerar como Día del Libro, aprovechando la coincidencia simbólica de que un 23 de abril mueren Shakespeare, Cervantes (aunque Cervantes, en realidad, murió el día anterior pero fue enterrado ese día) y el Inca Garcilaso de la Vega. En esa fecha también nace el gran escritor catalán Josep Pla. La fiesta llegó a tomar tal impulso que, algo que surgió entre flores y santos, trascendió las fronteras y llegó a ser declarado por la UNESCO como el Día Mundial del Libro en 1995.

La jornada de este año no podía ser más propicia para que en Madrid, paralelamente, Ida Vitale, la poeta uruguaya, fuese investida con el Premio Cervantes de Literatura. Unos días más tarde presenciaría su recital poético en la Casa de América Cataluña. Esta dama de las letras nacida en 1923, delgada y de postura erguida, entró por la puerta en medio de una ovación de pie y hacía señas con la mano como diciendo “dejen, dejen”. Luego sostuvo una lucha encarnizada para que se oyera bien el micrófono que la hacía sentir como si hablaran varias voces.

Recorrido matinal: dirección mar, dirección montaña.

Hablamos un par de horas de la “diada”, que en catalán significa día santo o festivo en general. También las fechas patrias son “diades”, como el Día Nacional de Cataluña el 11 de septiembre en el que se conmemora la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas (no deja de ser original que se construya una épica identitaria entorno a una derrota militar). Luego salimos de la sede de Aygnon en el Barrio Gótico a dar unas vueltas. Los puestos tradicionalmente se concentran en tres puntos: La Rambla, la rambla de Cataluña y paseo de Gracia. A partir de los atentados en La Rambla en 2017 se ampliaron a tres calles adicionales que hacen de conectores: Córcega, Consejo de Ciento y Diagonal. Por cierto, todas estas calles están escritas en la vida real en catalán, solo que a efectos del artículo las identifico en castellano. Hay que resaltar también que en menor escala la fiesta toma otras ciudades de la región, como la bonita Gerona, cuyas localidades aparecen en la sexta temporada de Juegos de Tronos.

Hablando de luchas —en este caso internas— Barcelona goza de una geografía diversa que ayuda a un escritor a no sentirse asfixiado cuando lo apremia el fracaso. Cuando un autor tiene tiempo trabajando en un texto que a fin de cuentas no le sale bien, padece de agobio o lo carcome la impaciencia de saber si será publicado o no, en esos momentos álgidos, mejor que el suicidio es asomarse a ver el mar o la montaña, los extremos direccionales que definen la geografía de la ciudad. Barcelona es un aliviadero psicológico para los tormentos e inseguridades propias de la profesión. No todas las ciudades tienen esa ventaja.

Eran ya las once de la mañana y La Rambla estaba repleta de gente a pesar de que el cielo seguía nublado. Toni, el profesor de catalán, nos había advertido que apenas pisáramos La Rambla cualquier cosa podía suceder, como en efecto ocurrió, la clase se desvaneció poco a poco entre la gente que escalaba la larga semi-cuesta. Toni, que hace la clase muy amena, llegó un día con un broche de metal redondo en el pecho con la nota del artículo 155 de la constitución, que es un mecanismo coactivo para obligar a las comunidades autónomas que incumplan la Constitución española de 1978. El detalle está en que sobre el broche redondo y pequeño tenía una paloma —gesto de la mano, no de la paz— pintada encima del número.

La magnitud de Sant Jordi fue aprovechada por algunos partidos políticos como Ciudadanos y el Partido Popular para colocar sus puestos a lo largo del recorrido. Un titular de un medio diría que Sant Jordi había endulzado la campaña. En un puesto de Ciudadanos regalaban rosas anaranjadas, el color que los identifica. Varios políticos locales se dejaron ver en sendos recorridos. Algunos tenían sus propios puestos en plan de autopromoción. Cayetana Álvarez de Toledo del Partido Popular firmó ejemplares de la constitución, algo en sí un poco raro dado que no es la autora de dicho libro. No llegué a ver ningún “stand” de Podemos, al menos por donde yo pasé, y eso que se identifican como los más intelectuales del gremio político; me daba curiosidad si tendrían algún libro sobre Hugo Chávez.

De lado y lado había cientos de puestos de venta de libros: editoriales independientes, puestos de librerías grandes, medianas y pequeñas, ventas de libros de segunda mano, puestos con libros de todas las formas posibles —el libro como objeto— hasta miniaturas. Algún que otro autor excéntrico autopublicado ofrecía su obra como si vendiera mangos en el trópico. Pensé que este tipo de personaje-escritor hubiese estado más acorde debajo de una de las numerosas palmeras que abundan en la ciudad al tiempo que surcara por los cielos una bandada de pericos. Los pericos de Barcelona llegaron originalmente acá de polizontes en los barcos que traían las palmeras desde África; al menos eso fue lo que me contaron. El camino estaba también sembrado de vendedores de rosas, cuyo precio oscilaba entre 3, 5 y 10 euros según la longitud del tallo o de su presentación, aunque ya al final de la noche tenían rebajas sustanciales. El número de rosas rojas vendidas en esta fecha sobrepasó los siete millones, según cifras divulgadas.

Mientras avanzo me percato de la importante presencia de la literatura publicada en catalán. Según cifras del Gremio de Libreros de Cataluña durante un año normal la proporción de libros vendidos en la región es de 75% en castellano y 25% en catalán. En Sant Jordi la proporción varía y, este año, por ejemplo, se vendió 54,62% de libros en catalán y 45,38% en castellano. Asombra ver la cantidad de buenos títulos de literatura traducidos al catalán. Hace poco se comentó en el evento El rastro de Gabo en Barcelona, que a García Márquez su legendaria agente literaria, Carmen Balcells, le ofreció que pidiera un deseo cuando Cien años de soledad llegó al millón de ejemplares vendidos. Su petición fue que publicaran la versión de la novela traducida al catalán.

Firma de libros: gloria y suplicio

Luego me separé del residuo del grupo de la clase y avancé entre el gentío y los puestos hasta la entrada del metro de Plaza Cataluña. Estaba un poco frustrado porque no había podido ver libros como debe ser: el cerebro lo tenía un poco fatigado de la clase en catalán; uno siempre se abre entre la emoción y las sombras a un idioma nuevo. Había demasiada gente en ese momento que vencía el supuesto desánimo por el mal tiempo. Traté de acercarme a varios puestos pero no se podía por la cantidad de personas y, además, debía hacer un paréntesis antes de ir a firmar ejemplares de Lo que me dijo Joan Didion: Crónicas de Nueva York, a lo cual había sido invitado por Llibre Solidari.

Hice una pausa y al salir era ya pleno mediodía. Del clima horrendo de la mañana se pasó a cielos razonablemente despejados que atrajeron, ya sin titubeos, a los caminantes, lectores y compradores como abejas a un gigantesco panal. Tomé el metro hasta la estación Plaza de Santos, para llegar al número 11 de la calle Galileo. Allí estuve un buen par de horas en los que firmé algunos ejemplares y me sentí parte de esta fiesta como protagonista, un protagonista, eso sí, del tamaño de una bacteria casi invisible vista desde un microscopio nuclear. Me sentí muy agradecido de que invitaran a un escritor venezolano a firmar ejemplares de un libro publicado en Venezuela.

El tema de la firma de libros trae mucha cola. Un periodista catalán, Francesc Peirón, que publica su primera novela, Yo soy Nueva York, nos relata su soledad en el lugar de la firma en un artículo titulado “Miedo a que nadie te pida la firma”. Cuenta que estaba sentado al lado de un puesto de un especialista en fitness que no dejó de tener gente todo el tiempo. A él no se le acercaba nadie y más bien, en su fantasía, dice que acudía en auxilio a una conversación imaginaria con los personajes de su libro en la ciudad donde vive como corresponsal del diario La Vanguardia. Javier Cercas relata que en un Sant Jordi pasado nadie se le acercaba a que le firmaran su libro. Medio deprimido fue a comer a un sitio y cuando se dispuso a pagar le dijeron que otro caballero que lo admiraba había cancelado su cuenta: “Hace muchos años, cuando no vendía, me fui a comer solo pensando que yo no era un escritor de verdad y, en el restaurante, me abonó la cuenta un señor que leía mis libros, con la condición de que en el siguiente Sant Jordi presentara un nuevo libro”. Cercas ha declarado, año tras año, que Sant Jordi es el mejor invento del mundo. Además de firmar su último libro El móvil en esta ocasión, acompañó en calidad de «consorte» a José Pablo García, autor de la versión cómic de Soldados de Salamina.

En el recorrido había conocidos autores (ambos géneros incluidos; para no sonar bolivariano en la especificidad—autores y autoras—) que parecían niños castigados en una esquina contra la pared por su mal comportamiento en el colegio. ¿Pero qué pecado ha cometido un escritor para merecer semejante experiencia de soledad antártica en medio de la multitud? Hay miles de detalles que matizan la penuria y el ridículo de sentarse en un puesto de firma esperando a que alguien se interese por tu libro, entre una oferta que sobrepasa el millón de obras y más de un millón doscientos mil visitantes en el caso de Sant Jordi. Y no deja de ser un poco humillante explicar a una persona inadvertida de qué va el libro, como si se hablara de las bondades de un horno microondas. Ese vacío, a la vez, puede llegar a ser beneficioso para la salud mental en cuanto representa un baño de realismo y un golpe a los egos desmedidos.

Claro que algunos pocos autores de culto sí tenían su público—en cantidades moderadas—, como Eduardo Mendoza con El rey recibe, Fernando Aramburu con la versión catalana de Patria, Marcos Ordoñez con su dietario, Una cierta edad, Manuel Vilas con su Ordesa o Enrique Vila-Matas que firmó ejemplares de Esta bruma insensata, un título fabuloso que bien hacía juego con el clima de arranque de la fiesta. Pude ver autores admirados dentro del ámbito literario en América Latina o España invadidos por una soledad que acongojaba, con una suerte de sonrisa nerviosa o seriedad transitoria, como si estar sentados en el sitio de firma representase la lucha contra un dragón interno que debían vencer. El propio Vila-Matas, tímido, retraído y con su ironía característica, dijo que se sentía contento de que empezaba a ser conocido en Cataluña.

A este punto cabría hacer un paréntesis reflexivo: ¿Qué es más importante: un bombero que salva vidas o un escritor? Por cierto, he visto ya tres manifestaciones de bomberos en Barcelona en las que lanzan explosiones, humo, toman las vías con sus uniformes. La primera vez, con mi cerebro entrenado como un perro Pávlov caraqueño, me lancé al piso pensando que era un tiro de verdad o una lacrimógena lanzada desde una escopeta. Barcelona es una ciudad llena de protestas de todo tipo, y me pregunto por qué los escritores no protestan por las calles para reclamar que su oficio sea mejor remunerado.

Hablando de remuneración, me encontré en un puesto con el editor/autor Jorge Herralde con su libro Un día en la vida de un editor, sentado junto a Paul Preciado, autor de Un apartamento en Uranio: “Mi condición trans es una nueva forma de uranismo. No soy un hombre. No soy una mujer. No soy heterosexual. No soy homosexual. Soy un disidente del sistema sexo-género. Soy la multiplicidad del cosmos encerrada en un régimen epistemológico y político binario, gritando delante de ustedes. Soy un uranista en los confines del capitalismo tecnocientífico”, leemos en la potente nota en la contratapa. En la fiesta también se encontraba la diva del feminismo punk Virginia Despentes, autora de Fóllame y Teoría de King Kong, una especie de manifiesto escrito “para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables», y que ha vendido más de un millón de ejemplares en Francia. Despentes declaraba que en Francia hay mucho entusiasmo por el libro pero que no existe ni remotamente cercano un día completo donde una ciudad importante fuese tomada por los compradores como ocurre en Barcelona.

A medida que avanzábamos en el paseo de Gracia había filas inmensas de firma de autores considerados en el ámbito de lo comercial, como la de un escritor que desconocía y que se llama Javier Castillo, con su novela Todo lo que sucedió con Miranda Huff. Observé que con cada persona que le firmaba un libro se tomaba un selfie que él mismo sostenía con destreza. Luego leí que estuvo desde la diez de la mañana hasta las once de la noche firmando una obra que tuvo una tirada inicial de 100.000 ejemplares. El autor es un malagueño de treinta y dos años que antes se había autoeditado en Amazon. Leí una declaración suya a la prensa: “Hago un thriller psicológico, pero muy emocional, donde pasan muchas cosas, con un ritmo muy anglosajón” … La geografía de Barcelona es en definitiva un aliviadero a la idea del suicidio: dirección mar o dirección montaña.

Sobre la predominancia de lo comercial, Jorge Carrión escribió un tuit al día siguiente: “Odio Sant Jordi, porque comunica la sensación de que lo que menos importa es la literatura, que los libros que más se venden son de cocina, de política o de youtubers. Pero el día de ayer tuvo momentos realmente emocionantes”. El periodista Xavi Ayen en La Vanguardia da un título revelador a un artículo: “¿Es Sant Jordi un maltratador?”; se refiere a los autores maltratados, por supuesto. En El Periódico, Núria Iceta recomienda salir ya llorados de casa: “Lo dije en el artículo del año pasado y lo mantengo: la noticia de Sant Jordi no es la lista de los más vendidos. La noticia somos todos nosotros llenando las calles y comprando libros, a pesar de que hoy se repetirán estos balances que solo interesan al editor que ha sido galardonado con el primer lugar del podio porque es el que habrá ingresado más dinero”.

Las cifras de Sant Jordi de este año son de unos 1.000 puestos formales autorizados, cerca de 2.000 informales y 4.000 de rosas. Se habla de una facturación de 20.96 millones de euros y una venta de 1.64 millones de libros, una cifra superior a la del año pasado. Las ventas del día de Sant Jordi pueden significar, dependiendo del caso, entre 7% y 30% de la venta total de una librería en todo el año.

Venezuela en la “diada”

Eran pasadas las seis de la tarde y acabábamos de regresar de la firma en Llibre Solidari, era mi primer Sant Jordi y tenía una necesidad intrínseca de recorrer los puestos y mirar libros, entregarme a esa sensación de infinito. En ese momento nos dimos cuenta de que no podríamos llegar a una invitación a encontrarnos en el restaurante Karakala en Gracia, propiedad de Mathias Enard, ganador del Premio Goncourt por su monumental Brújula. Y como el contenido del libro siempre apunta al oriente, se trata de un restaurante de comida fenicia. La invitación la había extendido Jorge (Jordi) Carrión y Eloy Fernández Porta para las siete de la noche, en la que también estaría Robert-Juan Cantavella, los tres firmarían sus libros pero la idea era convertir la ocasión en un encuentro entre amigos, cervezas y buena comida.

Un poco más temprano había descendido a uno de los puestos de Llibre Solidari en la ciudad, que atiende el periodista venezolano Daniel Fermín. Daniel trabajó varios años para El Universal haciendo entrevistas a escritores. Luego contribuyó con El Estímulo y Clímax. Actualmente, aparte de ser el librero de Plaza Catalunya, con sus historias que a veces nos cuenta en Twitter bajo el #Apuntesdeunvendedordelibros, Daniel termina su doctorado en literatura de la Universidad de Sevilla. Ha escrito, para otros medios locales, muy buenos perfiles de escritores que hacen o han hecho vida en Barcelona, como Rodrigo Fresán o Juan Pablo Villalobos, este último presente y activo en Sant Jordi y que firmó ejemplares de Yo tuve un sueño y que, en Twitter, con su característicos y original humor, arrancó el día con este comentario: “La lluvia arruina el peinado que tenía preparado para Sant Jordi.”

En nuestro recorrido nos tropezamos con un puesto que decía ASOCAVEN. Al principio pensé que se trataba de una organización empresarial pero más bien es “una asociación de voluntarios creada para apoyar e impulsar el talento venezolano en España, pero, sobre todo, para ayudar en la integración de los venezolanos en la sociedad española”. El puesto tenía al fondo una bandera de Venezuela y sobre la mesa los nombres de cinco autores que desconocía. La mesa no tenía libros en ese momento, estaba pelada como una llanura y estaban desmontando el puesto. Lo que sí me sonó era una publicidad que había sobre un libro llamado Los brujos de Chávez. Había oído sobre ese libro seguramente con un contenido que no compartiría Podemos en su “stand” imaginario.

¿Por qué no conocía yo a ninguno de esos autores venezolanos? ¿Por qué mi ignorancia? Al día siguiente acudí a un artículo reciente realizado por Dulce María Ramos en El Universal titulado “El éxodo del talento literario”, en el que afirma que muchos de los escritores venezolanos desarrollan su oficio fuera del país y agrupa en una lista los escritores venezolanos que se encuentran en el exterior. Este servidor aparece con orgullo ubicado como el único autor venezolano que vive en tiquicia, mejor conocida como Costa Rica, aunque ahora resido en Barcelona. En el caso de España, Ramos identifica a cuarenta y cinco autores que conozco o he leído en su mayoría y algunos nombres de editores como David Malavé de Ediciones Kalathos, que apuntala con optimismo y la buena calidad de sus libros al mercado español con materia prima literaria venezolana.

Entonces me pude dar cuenta de que los cinco autores que estaban en el puesto de ASOCAVEN no se encuentra en la lista de Ramos y que no era descabellado que yo no conociera a ninguno. Eso sí, noté un ambiente de mucha camaradería. Espero que el puesto haya estado vacío porque los cinco autores vendieron todos sus ejemplares, que no lo hayan desmantelado con algo de premura por la acción de una comisión extraterritorial de los servicios de inteligencia del régimen venezolano que se apreció para aguarles la fiesta.

Ya no en el paseo de Gracia sino en Gracia, habría que destacar la presencia de la que fue en su momento la editorial privada más importante del país liderada por Ulises Milla. Editorial Alfa, Punto Cero y Ediciones ekaré tenían su punto de visita en la calle Sant Agustí, 6. Sabemos y conocemos el talento venezolano publicado por Alfa y Punto Cero. Sus libros son testimonio de una lucha de sobrevivencia, son como armas valiosas traídas de una guerra. También me dio gusto ver ejemplares en algunos puestos de Sant Jordi del libro Cuentos Salvajes de Ednodio Quintero, editado por la editorial Atalanta, una novedad en España que ya había visto antes en la librería La Central. En El Periódico, Ricardo Baixeras afirmó sobre el libro del samurái de los Andes: “Hacía años que no me topaba tan de frente, tan sin previo aviso con un libro así. Uno se queda desarmado: sin defensa posible”.

Al pasar por el gran puesto de la librería Laie veo la foto de Karina Sainz Borgo en blanco y negro con el anuncio de la hora de firma que había sido en la mañana. La hija de la Española se ha convertido en un acontecimiento editorial y ha servido para difundir entre muchos lectores la tragedia venezolana. En el ranking Todostuslibros.com de los 100 más vendidos en España aparece ahora en el número 53. Sainz Borgo tiene muchos años trabajando como periodista cultural en España y supo moverse como peso pluma con su primera novela, según se desprende de lo que uno lee de la amplia cobertura de su libro que ha gestionado su agente y su editorial y que ella sostiene con tenacidad.

Un autor mencionado en los medios impresos es el infalible Boris Izaguirre, que se encontraba en la “diada” seguro acompañado de personalidades. También sé que algunos amigos venezolanos andaban dando vueltas, como Alejandro Padrón, escritor y antiguo dueño de la emblemática librería La Ballena Blanca en Mérida, que tuvo que cerrarla por las circunstancias de la economía y que fue reseñada en la obra Librerías, traducida a varios idiomas. También sé que Manuel Gerardo Sánchez, escritor y editor venezolano, andaba circulando entre libros y amigos.

Desmantelamiento y party time

Eran pasadas las nueve de la noche, había ya oscurecido y seguíamos en la travesía santjordiana. Llegamos hasta el final del paseo de Gracia, dirección montaña, y nos devolvimos por la otra acera, dirección mar hasta que llegamos a Casa del Libro. Antes habíamos visto la entrada de la sede en la rambla de Cataluña, en un momento en que zigzagueábamos. Había tanta gente que parecía la entrada a un concierto del Sinphónico World Tour de Rafael. Realmente era imposible ingresar. Un poco más tarde, en la sucursal de paseo de Gracia, había una sensación de Black Friday, pero no eran teléfonos, televisores o cualquier artefacto lo que se ofrecía. Era un arrase de libros estilo cataclismo nuclear, tipo llevémonos el testimonio de la humanidad al refugio. Había estantes vacíos, libros que se veían manoseados, ejemplares regados por la tienda, como Serotonina de Michel Houllebeq, que casi lo encuentro en la sección infantil. Otro libro que vi también regado en varios sitios fue Una noche fenomenal del autor catalán Javier Pérez Andújar.

Cabe destacar que, contrario a mis expectativas, los descuentos en Sant Jordi no eran nada fenomenales. El libro en España tiene un precio fijo y Jorge Herralde afirma en repetidos textos reproducidos en Un día en la vida de un editor, que está convencido de que la industria del libro se ha mantenido en España y en otros países de Europa debido a la política del precio fijo, caso contrario a lo que puede ser Estados Unidos o Inglaterra, donde se liberó el precio y llevó a la quiebra de casi todas las librerías independientes y las pequeñas editoriales, según su criterio. En fin, el descuento máximo que se puede obtener es del 10%. Uno podría quizás pensar que no se trata de un descuento tan significativo en este día fenomenal de Sant Jordi pero tal vez, en el mundo de Cataluña, un descuento del 10% sí puede ser bien recibido.

Eran las diez de la noche y envío un WhatsApp a un grupo de amigos escritores que había decido pasar todo el día en una suerte de contrapunteo de literatura y cerveza. ¿Por dónde va el tour alcohólico? Y mandan una señal con la ubicación de Google Map. Aunque todo en Barcelona queda relativamente cerca, estábamos ya un poco quebrados del día así que más bien nos dedicamos a observar cómo la gente empezaba a recoger los puestos.

Mientras esto ocurría editoriales y periódicos organizaban fiestas en distinto lugares y sitios de la capital. El escritor Álvaro Colomer en su artículo “Aquí también se viene a ligar” en El Mundo de Cataluña, habla sobre la tradicional fiesta en el Speakeasy, donde acuden escritores, empresarios, editores, periodistas y políticos: “El cóctel que La Vanguardia organiza cada 22 de abril en el Hotel Alma da el pistoletazo de salida a la ‘diada’ de Sant Jordi, pero la fiesta que monta El Mundo de Catalunya en la noche es la que la clausura”. Y da ese título a la nota porque alguien del medio le había dicho que se había dado de baja de una aplicación llamada Tinder, que se utiliza para buscar pareja. Colomer, en su cabeza, pensando en esa suerte de discoteca virtual, se imaginaba quién podía estar tratando de ligar con quién en la fiesta.

Llegamos a las once de la noche a la casa, encendí el televisor y pude ver parte del segundo debate electoral que, de nuevo, estuvo centrado más que todo en ataques personales. Cabe señalar que en cuatro horas de debate en dos días seguidos no hubo una sola mención a política exterior, ni europea, ni latinoamericana, ni nada. El mundo fuera de España no fue mencionado.

Casi a punto de dormirme, acostado tras estar sumergido unas catorce horas en Sant Jordi, hago un resumen en mi cabeza de este gratificante día que había empezado cuando se formaba una tormenta perfecta —mal clima, primer día de regreso de vacaciones, resaca electoral y partido de fútbol—, y que amenazaba a la “diada”.

Debo decir que terminó siendo, en efecto, una tormenta por su magnitud y perfecta porque, mostraba en escala descomunal lo más preciado del mundo: los libros. Ya lo había dicho Antonio Muñoz Molina: “Leer es el único acto soberano que nos queda”. Estar en Sant Jordi fue ejercer un acto de soberanía. A pesar de la predominancia de lo comercial y de lo dificultoso que fue caminar entre tanta gente, la experiencia es inolvidable. Inolvidable también para asimilar, una vez más, la realidad intrínseca insignificante de ser escritor entre miles de miles. De ese inútil empuje de querer transcender en la vida más allá de la muerte que impulsa al difícil, ingrato y a la vez satisfactorio oficio de la escritura. Tal vez el año que viene hasta me compre un bonito peluche de dragón.


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