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CCS desde la letra

Callejear

por Frank Marcano Requena

El Calvario en el municipio El Hatillo. Fotografía de Reynaldo Díaz | CCScity450

25/07/2019

“Lo esencial no ofrece resistencia,
no tiene piel”.

Karl Schogel


El concurso de narrativa “CCS desde la letra” fue organizado por la Fundación Espacio, la Fundación para la Cultura Urbana, La Poeteca y la Universidad Simón Bolívar. El jurado encargado de escoger los ganadores de tres categorías (cuento, crónica y ensayo) estuvo conformado por Victoria de Stefano, Héctor Torres, Hernán Zamora y Ricardo Ramírez Requena.

Apreciada desde las colinas del sur, Caracas se explaya como una alfombra persa que convoca a escudriñar historias tejidas en ella. No sin asombro desde esa atalaya podemos abarcarla de una sola mirada, flanqueada por la muralla de su monte tutelar pincelado con tonalidades cambiantes según horas y estaciones. La ciudad que se ofrece a la vista del paseante, obliga a disminuir la marcha para apreciar matices de esa urbe que se muestra con la magnificencia de la dama del abanico de Pascual Navarro, la cual intenta retirarse del primer plano para ocultarse.

El atractivo espectáculo se esfuma rápidamente cuando nuestra razón construye detalles que esbozan con pinceladas dramáticas su vida cotidiana, ruido, tráfico incesante, ausencia de espacios para el reposo, gente apresurada, sin tiempo para evadir su soledad conformando multitudes aisladas. Caracas, no podemos más que aceptar, es una dama de buen lejos, que a medida que nos acercamos se trastoca paulatinamente en otra, quizás igualmente atractiva, pero diferente en sus detalles. Cuando nos sumergimos en ella se muestra marcada por experiencias que revelan bondades y brillos, pero también fantasmas y oscuridades. Luces y sombras que, en ocasiones, hacen desear haberse quedado admirándola desde lejos.

Que inmensa y variada puede ser la distancia entre lo que percibimos y lo que construye la mente. Las imágenes son transformadas por nuestra imaginación, mediante lógicas y razones no evidentes que manan de pozos donde abrevan nuestros deseos. Bachelard nos recuerda que una imagen poética da testimonio de un alma que descubre su mundo, el mundo en el que quisiera vivir, donde merece vivir. El ensimismamiento en el cual nos sumerge la sorpresa frente a la belleza, permite construir iconografías que poetizan lo observado. La imagen de la ciudad observada desde esa colina se encuentra narrada por alfabetos personales, caprichos y antojos que organizan la realidad mediante modelos y deseos que llevamos por dentro. Observándola construimos la ciudad que habita dentro de nosotros, somos una ciudad.

La visión desde lejos se impacta de los anhelos del que la observa, y, ¿cómo no soñar cuando nos abstraemos en el espectáculo de la belleza?, ¿cómo no dar rienda suelta a nuestro deseo de transformar el mundo cuando presenciamos esa magnífica vista que cautiva? Nuestra mente sueña y con ella creamos realidades que anhelamos. En verdad soñamos frente al paisaje que cautiva y no podría ser de otra manera, ya que frente a él se despliega nuestro ser interior y sin que podamos controlarlo construimos realidades nuevas. El ojo no es simplemente el centro de una perspectiva geométrica, es proyector de una interioridad.

La visión lejana estática y la cercana dinámica son mundos que desarrollan lógicas particulares, son relatos que a veces no se corresponden y que necesitamos compaginar, pues ofrecen aproximaciones diferentes que en algunos casos se complementan. No solamente la visión lejana nos enfrenta a la belleza, también la cercana lo permite, los antiguos griegos la definían como aquello que nos conmueve, de hecho, integrando lejanía y cercanía al hacerla depender de nuestra mirada.

El caminar, el deambular por la ciudad es instrumento clave para construir esa visión cercana y elaborar un discurso personal, para comprenderla. En Caracas hemos perdido la capacidad o la costumbre de caminarla, es difícil encontrar referentes urbanos que guíen nuestros pasos. Cada día se complica más la posibilidad de pasear por esta ciudad, por encontrar las estructuras temporales y espaciales que marquen dinámicas a los caminantes. Un trayecto urbano se puede convertir en la menos inocente de las actividades, es necesario evitar los obstáculos y dificultades que sin cesar se interponen, calles de altas velocidades a diferentes niveles, tráfico congestionado, contaminación ambiental, sonora, visual, discontinuidades de lo peatonal, además de la inseguridad que siempre nos embosca.

Sin protestar presenciamos como en esta ciudad, han suprimido uno tras otro, símbolos urbanos que jalonan el ámbito de lo humano. Sus espacios urbanos no comunican valores, ya no declaran o manifiestan un discurso de la civitas, reduciendo la capacidad de enhebrar un texto urbano.

¿Cómo caminar en nuestra ciudad, qué estrategia hay que desarrollar para que podamos transformarnos en lo que Walter Benjamin llamó el flâneur? Esta pregunta interroga el alma de Caracas. Si es verdad que a cada forma de moverse corresponde una forma específica de conocimiento, nos encontramos frente a un dilema: cómo conocerla si no es posible deambular en ella.

Conocer una ciudad no es solamente memorizar direcciones o identificar edificaciones, es articular sus componentes a vivencias que conversen con nuestra imaginación. Nos referimos a conocer a través del sentimiento: en este espacio mítico juega un papel importante la intuición para establecer el diálogo entre objetos y los conceptos que los sustentan.

Ese conocimiento sólo puede ser sensible y una forma de obtenerlo es callejeando, actividad que reúne muchos requisitos: necesita que estemos atentos al discurso íntimo de la ciudad, es necesario realizar la lectura de sus calles, donde caras, expresiones, olores, colores, vitrinas y vidrieras; terrazas, carros, calles, aceras, árboles, casas y edificios, todo se convierte con igual intensidad en signos que juntos producen palabras, frases y párrafos de un texto siempre nuevo.

Por supuesto que ese texto será diferente para cada lector, será matizado por las experiencias de cada flâneur. Como lo expresa Benjamin: quien quiera ser sacerdote del genius loci, tiene al menos que exponerse al magnetismo del lugar. Esta frase evidencia la importancia del callejear, no podremos entender la ciudad si no nos arriesgamos a transitarla abriendo los ojos de la sensibilidad.

Sólo comenzamos a interesarnos en las cosas cuando las recibimos, acogemos y percibimos como objetivaciones de nuestra mente.

La forma de moverse para conocer pasa por divagar memorizando lo que observamos y permite que el callejear constituya un acto que convoque a un tiempo desvanecido, a la par que reelabore el presente de ese espacio y construya prefiguraciones de futuro. Ese juego espacio temporal en el cual caleidoscópicamente intervienen pasado, presente y futuro permite que cada paseo constituya un acto generador de conocimientos. Divagar, rondar, merodear, pasear son verbos que explican que el tiempo es elemento clave en este aprendizaje. No se puede aprender apurado si queremos convertirnos en verdaderos flâneurs, en conocedores de la ciudad.

Hay tantos modos de mirar y de ver como modos de moverse: el del comprador que se apura en conseguir la mejor mercancía; el de la persona que pasea a su perro, preocupada por sus necesidades; el apurado en llegar a su trabajo, que no está interesado sino en la velocidad que ofrece el camino más corto; el de los estudiantes que salen de clases, ocupados en participar de la algarabía grupal; el del turista, afanado en llenar cada día una lista de lugares recomendados en guías de viaje. Cada forma tiene su específica manera de ver, de leer el argumento de lo urbano y comprender el jeroglífico de signos ofrecidos en él. Cada uno procesa, codifica, descifra, sistematiza de manera particular lo que luego verterá en su texto o cuaderno de viaje.

Sin embargo, el flâneur tiene sus espacios específicos. No lo encontraremos en las autopistas, en los subterráneos atestados de los metros; en espacios constreñidos por el poder, donde el movimiento de la masa construye coreografías rígidas. Estará a sus anchas en espacios complejos donde encuentre múltiples rutas, en espacios de carácter híbrido, con diversidad de usos a su disposición, donde la sorpresa lo aceche y donde pueda rendirse a lo imprevisto.

Otra característica del divagar urbano es su relación con el tiempo. Quien no tenga tiempo que no intente callejear, quien no se encuentre abierto al suceso sin guiones rígidamente preestablecidos no podrá abandonarse al deambular, no estará abierto al encuentro casual tanto con ambientes o personas. Disponer de tiempo es signo de riqueza, la pobreza en el flaneur se evidencia en la prisa por llegar a alguna parte. Para él, recorrido no es solo esparcimiento. Creará una narrativa que se apoya y mueva en el espacio no en la sucesión del tiempo. Su relato se estructura alrededor de instrumentos que le permitan reflexionar sobre el discurso que se elabora en el espacio. Echa mano de la memoria y construye mapas mentales mediante recursos como cuadernos de viaje, carnet de apuntes, hojas de ruta, cuadernos de croquis, aparatos electrónicos. No tiene espacio para la cámara fotográfica o la filmadora, instrumentos que eliminan el tiempo, a menos que elabore un estudio con ellas.

La coreografía del paseante urbano no se diseña con líneas rectas. Para el que lo observa desde lejos, es un bailarín de danza moderna: sus trayectorias se tejen y destejen en un lenguaje abstracto, secuencialmente opaco, asincopado y hasta arrítmico. Solamente él conoce el guion, el observador que disfrute sus movimientos deberá interpretarlos. El símil de la danza permite ilustrar lo que habíamos apuntado: ¿cómo identificamos los saberes que cada forma de moverse en la ciudad ofrece? El flâneur tiene que ser un caminante consciente, es decir sabe lo que busca o se encuentra abierto a interpretar lo que el azar le ofrece, solamente así podrá ejecutar su danza.

La búsqueda de lo esencial es tema de este actor de la ciudad. De acuerdo con lo que dice Schogel, si lo esencial es invisible: el paseante, inquisidor de lo urbano, tiene que atrapar lo inasible para construir su realidad y transformar esa acción es germen de conocimiento. Convertir el viaje en forma significativa de acopiar lo que se encuentre es una meta ambiciosa: los recorridos constituyen formas de exploración e indagación.

Podemos referir como modelo del flâneur, la actitud de los viajeros de la Ilustración del siglo XVIII, ellos partían de viaje apertrechados con los verbos de esa ilustración: explorar, comparar, catalogar, relacionar, anotar lo esencial, dibujar lo particular. Invitemos a Darwin, Humboldt y a Francisco de Miranda para que nos enseñen a mirar, ya no con la óptica del romanticismo sino con la descarnada mirada del siglo XXI.

Si valoramos lo invisible como hilo conductor de los temas de las rutas urbanas que añoramos, me gustaría convocar a la persona que dibujó en el aire, que utilizó la segunda y la tercera dimensión como telón de sus obras, uniendo el plano y el espacio para alcanzar la transparencia. Gego –artista venezolana– se dedicó a reinterpretar la ubicación de los objetos en el espacio privilegiando su interrelación. En su acechante obra Reticulárea, que ocupa una pequeña sala del Museo de Bellas Artes de Caracas, descubrimos precisamente la relevancia de movernos para conocer, para perderse, para encontrar cientos de caminos a recorrer. Cada uno de nosotros seleccionará los suyos, los que con nosotros dialoguen, los que permitan regodearnos y flanear, para aprender ese camino finisecular que tanto nos desasosiega. No interesa el adonde sino el dónde.

Con Darwin, Humboldt, Miranda y Gego pasearemos por la Plaza Venezuela, ellos indicarán como comprenderla, compararla, catalogarla, explorarla y representarla. Imagino a Gego observándola a través de sus gruesos lentes y mostrando cómo recorrerla, como observar lo invisible, cómo sentirse a gusto en la diversidad, cómo encontrar múltiples caminos para interpretarla.

Callejear como instrumento de conocimiento de lo urbano, valorando pasados, reconociendo presentes y prefigurando futuros, son sendas a recorrer para que tiempo y espacio colaboren develando textos de lo urbano de la ciudad de Caracas y, sospecho, de cualquier ciudad.


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