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#BrasilElectoral: cuando los laboratorios se vuelven un boomerang

por Carmen Beatriz Fernández

Una mujer posa al lado de una camiseta con la imagen de Jair Bolsonaro en una popular calle comercial en el centro de São Paulo, Brasil. Fotografía de Nelson Almeida / AFP

11/10/2018

Una trama de corrupción con conexiones que afectan prácticamente todos los poderes del Estado, y de varios estados. Una presidenta defenestada que llega de cuarto lugar en la carrera al senado de un estado donde creía tener holgada ventaja. Un popular expresidente preso que lleva dos décadas convertido en el “gran elector” del país. Un candidato acuchillado. Grupos de mujeres enardecidas. Granjas de bots, noticias falsas por montones y muchas, muchísimas, cadenas de WhatsApp. Todo eso y más contiene el guión de la campaña electoral del gigante brasileño. El resultado de esa mezcla explosiva no podía ser otro que la volatilidad que vimos en la avalancha electoral que hizo ganar a Bolsonaro la primera vuelta, muy por encima de lo que previeron las encuestas.

Lula aspiraba a volver a ser presidente, y llevaba la delantera en las intenciones de voto, con cifras superiores al 40% desde un año antes de la elección. La certeza de que no podría ser candidato no la tuvo hasta el día 1 de setiembre, a apenas 5 semanas de la primera vuelta electoral, cuando finalmente endosó la candidatura de Fernando Haddad. Probablemente Lula se creyó capaz de repetir la proeza de 2010, cuando acababa de concluir su segundo período en la presidencia con cerca de 85% de popularidad, y pudo trasferirle buena parte de ese caudal electoral a Dilma Rousseff, quien era a la postre una gran desconocida. Lula la cargó sobre sus hombros y en los últimos 10 días de la campaña 2010 unos 15 millones de electores cambiaron su intención de voto. En su reelección 2014, tras cuatro años en la presidencia, Dilma volvió a apalancarse sobre Lula para lograr la reelección. Incluso las ínfulas de “gran elector” de Lula han tenido cobertura extraterritorial: Lula hizo spots de apoyo también para Michelle Bachelet en Chile, para Nicolás Maduro en Venezuela, Ollanta Humala en el Perú y para Evo Morales en Bolivia.

Pero Lula ya no es el que era. No sólo porque está preso y no puede salir libremente a hacer campaña, sino porque Lula es también el jefe máximo de la cleptocracia en la que se convirtió Brasil, con enormes ramificaciones continentales. Sus números de aprobación no son ya de 80%, sino de un más que respetable 40%. Ahora sabemos además que esos bellos spots que vimos en sus campañas y en toda Latinoamérica, con la diestra manufactura brasileña, eran parte importantísima del entramado de corrupción de Oderbrecht, y estaban bajo la batuta del estratega Joao Santana, quien también era parte fundamental de la trama.

El polémico Jair Bolsonaro fue apuñalado a dos semanas de la contienda, el incidente fue relativamente menor para la salud del candidato, pero muy significativo para la agenda pública. Como guinda, y para completar la potencia noticiosa del evento, el agresor al confesar su crimen dijo ser partidario nada menos que de Nicolás Maduro. Por otro lado el rechazo generado por las declaraciones machistas y homofóbicas del candidato convocó a una importante manifestación femenina a nivel nacional, que en redes sociales se expresó bajo la etiqueta #EleÑao (Él no) . La convocatoria fue importante y los partidarios de Bolsonaro la contrarrestaron con la etiqueta #EleSi. Ambos eventos pusieron a la agenda pública a girar sobre el eje Bolsonaro.

En general Google Trends parece haberse comportado como mejor proxy para lo que iba a ocurrir en Brasil Electoral que las propias encuestas, como muestra la gráfica 6. No sólo en la predicción de la avalancha Bolsonaro, sino del repunte de Ciro Gomes en la fase final de la campaña, que mermó apoyos a Haddad haciendo más demoledora su derrota.

Lo cierto es que la sociedad brasileña fue forzada a escoger entre dos opciones extremas, y muy polarizadas. La batalla en las redes sociales dio cuenta del fenómeno claramente.

El caso Venezuela ha sido el epicentro temático de todas las contiendas relevantesen el continente americano. El miedo al “coco” venezolano ha sido una constante y fue el principal flanco del ataque a AMLO en México, a Petro en Colombia y en buena medida también a Haddad en Brasil. Bolsonaro fue a votar y su declaración en ese momento clímax fue para el país: “Brasil no quiere vivir como Venezuela”, ya antes se había referido a nuestra nación y a Maduro en términos singularmente duros. Hasta en las midterms de los Estados Unidos de este año, el tema es una constante.

Pocos partidos políticos latinoamericanos, y quizás del mundo, pueden atribuirse las destrezas en ciberpolítica del Partido de los Trabajadores del Brasil (PT por sus siglas). Ello incluye las buenas y las malas artes. No sólo en términos de su capacidad de articular el ciberactivismo e incidir en la discusión pública, sino en cuanto a la creación de laboratorios de bots y cyberbots que orquestan participación para aparentar apoyo a políticas públicas, y dirigir hábilmente el astroturfing. Tambien han creado laboratorios de generación de falsas nuevas para atacar a adversarios, desde blogs y páginas web de falsos activistas, con perfiles creados ficticiamente fingiendo ser auténticos. Existe abundancia evidencia al respecto, el estudio de Bradshaw y Howard sobre trolls y bots ya mencionado encontró testimonios de la manipulación del ciberactivismo, tanto con cyborgs y bots, no sólo en el PT sino también en el Partido Socialdemócrata; pero además dan cuenta de la generación de contenidos falseados. La BBC realizó una completa investigación de cómo el PT durante la campaña que hizo ganar la reelección a Dilma tenía la creación de perfiles falsos, falsos “influencers”, creación de rumores y la generación de contenidos falsos como parte de sus tácticas corrientes. No sólo eso, desde la gestión de gobierno la campaña de Dilma Rousseff en 2014 tambien empleó la tecnopolítica al utilizar las bases de datos de los programas de ayudas sociales del gobierno, y específicamente el de “bolsa familia”, el programa estrella con bases de datos de hasta 50 millones de beneficiarios.

Con tan vasta experiencia en el tema de la posverdad que en el Brasil el PT contribuyó a crear, resulta llamativo el énfasis que en los días finales de la campaña por la primera vuelta Lula y Haddad le pusieron a las fakenews. Situados completamente a la defensiva, prácticamente cerraron la campaña manifestándose escandalizados por el auge de las falsas nuevas, y creando un sitio web para desmentirlas. Lo cierto es que esas falsas nuevas, que con seguridad existieron, corrían raudas por las cadenas de WhatsApp pero con una discreción tal que hacía muy difícil detenerlas. Al menos no sin importante rezago. Un asesinato silencioso…

La campaña de Bolsonaro fue relativamente modesta para la escala brasileña, y con poca TV. Sin embargo, con unos 120 millones de usuarios el WhastAppes en Brasil un monstruo comunicacional, discreto y opaco, con mínimas posibilidades de monitoreo. Por allí circuló pródigamente la información política. Otro animal de buen tamaño es el FaceBook, con 139 millones de usuarios, claramente la principal red social del Brasil, casi del mismo tamaño del padrón electoral, que fue para esta elección de 147 millones de habitantes. Una estimación de ComScore, sugiere que el 95% por tiempo del tiempo que los usuarios brasileños gastan en redes sociales está dedicado al Facebook. Y es que en el Brasil todo ocurre a gran escala. Son equivalentes a las elecciones de un continente: un punto de diferencia en intención de voto presidencial en Brasil implica la migración de un millón de electores. El PTB de la ciudad de Sao Paolo es mayor que el PTB de todo Chile. Un comando de campaña importante puede contratar mil grupos focales en su campaña y gastarse 30 millones de dólares sólo en producción televisiva. También la corrupción tiene unas dimensiones impresionantes, como muy bien dejó en claro el escándalo Oderbrecht.

Lula parece haber sobre estimado sus propias capacidades y la fortaleza del relato de víctima con su encarcelamiento, al tiempo de desestimar el impacto tremendo que tiene la corrupción como telón de fondo de toda la dinámica electoral 2018. Recuperarse tras la derrota de la primera vuelta, ocurrida en proporción 2 a 1 es tarea poco menos que imposible, aún para el monstruo Lula…

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Una versión breve de este artículo fue publicada en El Español con el título El Blanco del WhatsApp en #BrasilElectoral 


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