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Aventuras del ron

por Rodolfo Izaguirre

14/02/2020

Fotografía de Wine Dharma | Flickr

Las preguntas que en una entrevista me hizo Faitha Nahmens sobre el ron permitieron que surgiese este texto que con su autorización transcribo seguidamente.

Mi hermano Gustavo, católico y necesitado de sus orígenes decidió averiguar quiénes éramos y de dónde veníamos. Buscó y rebuscó en algunos archivos y se encontró con tres hermanos que llegaron de España en el siglo diecisiete. Uno siguió viaje a Chile y agregó una «e» al apellido Izaguirre. Los otros dos se quedaron en lo que entonces pudo haber sido el país venezolano. Uno murió ahorcado en los llanos acusado de abigeato; el otro se metió a cura. Le dije a Gustavo que personalmente prefería descender del ahorcado y no del cura.

Comprendió que sus investigaciones resultaron desatinadas, no continuó y guardó silencio, pero mi hermano José Luis, más sereno y acaso mejor investigador, descubrió que un Izaguirre en la República Dominicana o como se llamase esa nación en tiempos coloniales, era un magnífico ebanista y fue contratado para que hiciera los toneles para envejecer el ron.

Me agradó este lejano y presunto pariente porque me reconfortó que mi apellido arrastrara no solo el sabor sino el olor y la capacidad del ron para iluminar mi apagado y taciturno espíritu.

Me reconcilió conmigo mismo saber que el ron siempre ha marchado junto a mi nombre, no exagero si digo que durante buena parte de mi primera juventud fue algo parecido a mi sombra.

Algunos celebran al ron por lo que ofrece de sí mismo; otros aprovechan para tender puentes y comunicarse con quienes muestran dificultades y contradicciones a veces insalvables. Muchos desnudan el alma y revelan secretos largamente escondidos y asoman un aire de felicidad que por lo general vive agazapado detrás de rudos comportamientos. Es que los efectos que provoca el ron en nuestra sensibilidad son ambivalentes: abren o cierran; iluminan u oscurecen, nos hacen reír o nos invitan a llorar.

El mayor o el mejor y más saludable efecto que produce en mí es que me hace ser inteligente y puedo disertar, por ejemplo, sobre sindicalismo sin tener la menor idea de qué significa ser o pertenecer a un sindicato y navego en ríos de conocimientos que van apareciendo misteriosamente en cada trago. Y cuando creo haber cruzado el distante horizonte de la felicidad lanzo al abismo del desprecio lo que tradicionalmente se acepta como decencia.

Un vaso de ron compartido con alguien a quien no estimamos se nos sube velozmente a la cabeza y nos encrespamos. En cambio, una botella compartida con el mejor o los mejores amigos nos alegra el ánimo y reímos y cantamos.

Es lo que explica la bohemia, la vida entre tragos y risas estridentes y chistes de altos vuelos.

Durante largos años de irreverente juventud y ansiosas búsquedas de lenguaje, junto a mis amigos de Sardio, el movimiento artístico y literario que renovó la literatura venezolana a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, los cadáveres exquisitos del surrealismo francés exorcizaban con cervezas y tragos de ron la ferocidad policial de la dictadura de aquel fascista ordinario llamado Marcos Pérez Jiménez, y con Salvador Garmendia fueron muchos los tragos de ron con limón que nos echamos entre pecho y espalda en bares y botiquines de Caracas y de Barquisimeto, su ciudad natal. Eran locales de mala muerte que regaban aserrín en el piso para evitar los pichaques provocados por los derrames de la cerveza de sifón.

Más tarde, la bohemia se alió al Techo de la Ballena, un movimiento más iracundo y dadaísta, pero resultó ser un trágico proceso de autodestrucción que se llevó al más allá a muchos de mis compañeros de generación por el excesivo abuso y desaforados tragos de variados licores de marca.

La República que no lograron levantar con las guerrillas de los años sesenta, de clara inspiración cubana castrista, la llamaron la República del Este y la instalaron en Sabana Grande en Al Vecchio Mulino, en el Franco y en La Bajada, tres bares que trazaban un triángulo que acabó llamándose el Triángulo de Las Bermudas porque los que caían en él desaparecían. En efecto, allí la muerte les estaba esperando.

Ninguna inhibición puede ser alegre así como tampoco ningún buen trago puede ser triste. A Rubén Darío le gustaba el ron de Jamaica; a mí, el de Venezuela porque hereda todos los sortilegios de la asoleada región del Caribe y sé que en el oriente venezolano hay buen ron. Es justo que sea así porque es por donde aparece el sol y puede ocurrir que una noche de tragos nos haga presenciar la aurora y el naciente sol conceda mayor nobleza a la disipación, es decir, al relajamiento moral de una noche intensa.

¡La poesía propicia el trago! Pero el vino ampara aún más al lenguaje cuando éste alcanza la cumbre más elevada y la sintaxis se acopla al armonioso y festivo brindis de La traviata.

Es por eso que el vino es mucho más afectuoso que el ron. Más exquisito y refinado y su cuerpo se ajusta a las carnes rojas o a la tersura del pescado y la copa que lo contiene blanco, rosado o rojo es más delicada y de talle más esbelto que el vaso que se llena de ron, y la mano que sostiene la copa deja de ser garra para convertir sus dedos en los pedicelos o rabitos de flores de intenso aroma y color.

Y es glorioso que sea el vino el que recorra las páginas más enaltecedoras de la novela francesa y empape de ilusiones a veinte poemas de amor y a una triste y solitaria canción desesperada.

Cualquiera que sea el trago, si acepta la cualidad de encapillado deja de ser legítimo porque ya se observa a sí mismo inclinado a la degradación. Pienso que solo debe beber encapillado el cura de la parroquia no satisfecho con el vino que él mismo ha convertido en sangre al consagrarlo y buscará en la capilla o en los anaqueles de la sacristía un trago de ron como compensación más humana.

Entonces aparecerá la pregunta que todos esperamos: ¿sabrá mejor allí bajo la mirada del cielo o deleitará aún más si lo tomamos en compañía de Lucifer, el príncipe de la noche?


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