Skip to content

Perspectivas

Antártida argentina (treinta minutos o menos)

por Ricardo Azuaje

Fotografía de Nicolás Alejandro Flickr

11/11/2019

Para Iván y Rodrigo,

Futuros deliverys de la república

A vista de dron, quince mil puntos rojos, anaranjados, amarillos y verdes desplazándose por una superficie uniforme y cubierta por una alfombra de gramíneas y ciperáceas. Un paisaje con dos o tres colores, más bien variaciones de ocres, manchas de arbustos en la distancia y un cielo inmenso. Una columna infinita de entrega inmediata.

A vista del Negro, que regresa de una entrega en Azopardo, media docena de muchachos, más Leona, ocupando par de mesas en el local del Gordo, mochilas en el pasillo, bicicletas recostadas en la pared del local de la costurera, que ya cerró y se fue, todos mirando sus teléfonos y escuchando al Agüelo que lo invita a acercarse con la mano. Pero primero hay que entregar.

La cosa es así: una vez que los Fernández toman posesión –¡Yo-no-soy-Cristino-Fer-nán-dez!– finalmente los funcionarios del ministerio del interior deciden hacer caso a las sentencias reiteradas del juez Gallardo contra las fuerzas móviles de la inmigración, iniciándose así el acoso a los deliverys venezolanos por parte de la policía de la ciudad, la Federal y hasta por los monotributistas de tránsito (que también están en negro y son casi desempleados con uniforme, aunque insistan en creer lo contrario). Nos detienen en los semáforos o nos persiguen por las ciclovías y bicisendas, usando esas patinetas obesas que parecen el resultado del cruce de una moto con una skateboard. Una tabla. Detención y decomiso de la bici, la mochila y el celular, amén del fichaje del rapitendero –si es de Rappi–, el delivery o el muchacho, como me dice el Gordo aunque tenga por lo menos diez años más que él.

Hablando del Gordo:

–Un pedido para Carlos Calvo y Santiago del Estero, ¿a quién le toca?

–A Barinas –señala Leona–, ¿y cómo sabes que el juez Gallardo es kirchnerista?

Se lo contó el Negro, que sin embargo no dice nada, como siempre, y se acomoda sentándose a contramano, para apoyar los brazos en el respaldo de la silla que acaba de abandonar Barinas.

Por noticia criminis, o vox populi. Sin bicicleta, y sobre todo sin celular, somos como indios sin arco y flecha, y lo que sigue es la pérdida de la vivienda y de las condiciones mínimas de supervivencia. Podría parecer un callejón sin salida de no ser por todo ese sur que todavía queda, al sur, ese territorio inexplorado y en parte mapuche, y una esperanza quizás infundada pero con cierta base. Una esperanza con antecedentes. Durante las PASO, esas elecciones que no fueron elecciones pero que igual acabaron con este gobierno, Macri triunfó en esta ciudad que ahora nos descarta, en Córdoba y en un punto en el extremo sur, en la Antártida argentina.

–¿No es la avenida donde queda Migraciones? –nadie presta atención al chino, que igual ni siquiera levanta la vista del teléfono.

–No sé por qué siguen escuchándolo –el Gordo, pedido en mano y delantal manchado con puré de tomate–, ¿quién se lleva la fugazza? No vayas a dejar la ración de fainá.

¿Por qué no Córdoba? Se pregunta el Negro.

¿Por qué no Córdoba? No sé, me han hablado mal de los cordobeses y parece que el trato no es bueno. Son como los valencianos de acá. En cambio el sur es la promesa de encontrar un sitio donde fundar una nueva ciudad, un lugar nuestro donde poder quedarnos quietos y donde poder descansar de este ir y venir que nunca parece detenerse. Esto sería un puro ir hasta llegar.

–Pero seguiríamos en el extranjero, digo, seguiríamos en Argentina.

–¿Y dónde más, boludo? A menos que te corras un poquito a la derecha y caigas en Chile. Somos gente ida, ya no hay manera de que dejemos de ser extranjeros. Ni volviendo dejaríamos de serlo. Pero podemos fundar una extrañeza propia. Y entretanto son, ¿cuántos dije?

–No sé, Agüelo, entiendo la causa, pero no tengo claro cómo se organizan para terminar rodando en tal cantidad hacia el sur –Leona estirándose y atrayendo bajo sus axilas salpicadas de puntitos oscuros, recién germinadas, todas las miradas–, porque los venezolanos acá sólo nos juntamos para armar una caimanera con algo de verbena patriótica, o una rumba. Y no me vengas con el cuento de la diáspora, que a mí siempre me ha sonado como que a todos nos cayeron hongos por la humedad.

Subestimas la cantidad de redes que atraviesan la ciudad y unen secretamente a nuestros emigrados, pensadas para avisar dónde están vendiendo harina pan más barata, o qué farmacia está dando descuentos a los nacionales, qué feria americana tiene ropa de cheto en buen estado o dónde están deteniendo y confiscando equipos por culpa de Gallardo.

–¡Yo/no soy/Cristino/Fernán/dez! –todos miramos a Barinas, que todavía no se ha ido, con cara de qué carajo–, ¿no han escuchado el Cuarteto de Nos? ¿«El hijo de Hernández»?

El Negro bosteza y se pregunta si Abril, si ése es ahora su nombre, este mes, irá esta noche a su habitación, o si será otra noche solitaria matando chinches. Debería mudarse. O unirse a la fuga de Agüelo.

Son esos caminos verdes los que se usan para organizar este nuevo éxodo. Veinticinco mil puntos desplazándose por una carretera recta y solitaria, como una cinta métrica de costurera extendida sobre un cubrecama verde claro, en el que los números fueran ciclistas. Como una bandada desplazándose por ese cielo invertido –“cielo al revés”– de la pampa, que observada desde arriba, siempre desde arriba, no hay otra, parece moverse envuelta por una burbuja de silencio, pero al aproximarse puedes escuchar chillidos y toda clase de ruidos sordos y agudos causados por el roce del metal contra metal, la falta de grasa de las cadenas y, en general, por el mal estado de las bicicletas. Una algarabía dirigiéndose al polo.

–Salen dos milas y un chori, ¿vas tú, Leona?

–Sí, me toca. Me cuentas después cómo termina esa peregrinación, Agüelo.

–Claro, niña. ¿Dónde íbamos? Pampa abajo, no van conformados como una sola columna sino en montoncitos, tal vez por razones terrodinámicas o de ancestral memoria deportiva, se desplazan formando pelotones, amuñuñamientos o grupos que van juntos porque comparten una misma condición física, el mismo aguante, temas en común, edades, lazos sanguíneos o el mismo deseo de pedalear sin hablar, escuchando música, hablando con familiares o amigos –si tienen datos y batería– o simplemente resistiendo y rogando al dios de los esfuerzos inútiles, o a la Virgen de Coromoto, para que las fuerzas te alcancen para cubrir la meta de ese día, ese lento avance a través de una llanura, a ratos roja, por los cultivos de soya (¿o sorgo?), y a ratos interrumpida por la presencia de chaparros y mereyes.

–¿Mereyes? Marico, estás describiendo la carretera de Anzoátegui –y eso que no mencioné el paso por la plantación de pinos caribe–, eso no puede ser la pampa y mucho menos la Patagonia. Cómo se ve que no has salido ni una sola vez de Buenos Aires desde que llegaste.

Hace tres años, y no es cierto, he estado en Tigre.

–¿Sabían que ya se han visto waraos en los Bosques de Palermo? –Barinas (en serio, le van a cancelar el pedido), tratando de hacerme abandonar este rodar donde poco a poco nos vamos encontrando por primera vez y por primera vez nos sentimos nación, o tal vez no.

Cincuenta mil pedales moviéndose de modo sincronizado generan una singularidad que podría explicar por qué más allá de Ushuaia, más allá del Estrecho de Magallanes y de la Tierra del Fuego –no me pregunten cómo vadearon– el viaje concluya ante una larga playa de poca profundidad, bañada por un oleaje desigual, olas pequeñas que van llegando y depositando en la orilla conchas vacías de chipichipis y guacucos, aguamalas teñidas de petróleo, porque es un oleaje como el de Boca de Aroa, con espuma amarillenta y esa cualidad de manchar que marcó todos los trajebaños de nuestra infancia, cuando íbamos a vacacionar cerca de Tucacas. Pero en vez de los dos cayos en el horizonte ante nuestra vista hay icebergs amarillentos, balanceándose con desgana, anunciando que a partir de aquí…

–¡Muchacho! Sí, tú, Agüelo, dos reinas y una ración de tequeños para Deán Funes con San Juan.

–¿Y cómo sigue la historia, viejo?

–No lo sé, Rolando, ¿cómo la seguirías tú? Porque tú también estás en ese pelotón de ciclistas extraviados y cada quien tiene su propio destino. Y más allá sólo queda una base de la armada argentina, y un documental con la voz de Morgan Freeman. ¿Han visto mi casco? ¿Ya te vas, Negro?

Más tarde, rodando por la ciclovía de Pavón, por esa calle con aroma a crónica policial y albergues transitorios flanqueados por travestis, se preguntará por qué no les habló de la marcha de los diez mil, y cuánto tiempo continuará guardando silencio, pagando una penitencia que nadie le ha pedido. Sonríe, es como si fuera un personaje más de las historias de Agüelo, como si lo estuvieran contando.

Más tarde, avenidas silenciosas, la tranquilidad apenas interrumpida por el paso de un taxi, el rumor de una moto y un ciclista que vuelve de una última entrega. En su habitación despierta bruscamente, como si viniera de lejos, recordando al profesor Thiele. ¿Estaba soñando con Mérida? A su lado Abril continúa despierta, los pechos fuera del cobertor, leyendo en el Kindle.

–¿Te hablé alguna vez de la Anábasis?


ARTÍCULOS MÁS RECIENTES DEL AUTOR

Suscríbete al boletín

No te pierdas la información más importante de PRODAVINCI en tu buzón de correo