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Domingos de FicciónLiteratura

Agujeros blancos

por Enza García Arreaza

El centro de la Vía Láctea. Fotografía de la NASA

13/10/2019

Uno tiende a cerrar los ojos, a abreviar el trecho
que lo separa de otra galaxia

(Joseph Brodsky)

1

Papá convenció a mamá cuando la enfermera me trajo envuelto en una mantita. Papá era un inútil pero al menos en esto fue profético. Me llamaron Hawking para rendirle tributo a un entrenador antillano que vino a trabajar en la comuna y que se marchó con una esposa dos décadas menor. Mamá rechazó ese nombre al principio, su lógica intuía burlas y desprecios, a pesar de que nos rodeaban ciertas costumbres onomásticas (Yum-bert-zy, por ejemplo, se llamaba mi futura madrina). Pero luego supe que Hawking era un astrofísico recluso en una silla de ruedas, y todo cobró sentido porque como solía decir mi abuela, yo siempre andaba perdido en las nebulosas.

–¿Qué es crecer? –nos preguntaron en segundo grado. La maestra Mirta se entendía con el portero del colegio y de vez en cuando se permitía ciertas pretensiones filosóficas, más como si hablara sola e intentara responderse mientras se acomodaba el pelo o la falda, más para asegurarse de que su cuerpo seguía ahí frente a la multitud de párvulos bulliciosos.

–Es tener trabajo para comprarle cigarros al papá de uno. Mi hermana lo hizo hasta que se hartó y se fue para el carrizo. Maestra, ¿dónde queda el carrizo?

Los estigmas son realmente sofocantes, ¿no? Tienen más cadenas que los negros muertos que te visitan en sueños. Ahora que Lyra ha desaparecido me ha dado por recordarlo todo. Uno no puede confundir las voces con la soledad o con el pánico de que esta sea tu última erección. Porque las voces vienen de un agujero blanco.

2

Los escarnios liceístas arreciaron cuando me prescribieron anteojos y para ahorrar tuvimos que disponer de unas viejas monturas que un inquilino había dejado en la casa: logré parecerme un poco más a Stephen Hawking, porque papá era gocho, y eso le añadía al fenotipo una bucólica palidez oxfordiana, por mucho suspicaz a los ojos del vecindario improvisado en una montaña de Levante. Hoy, después de casi treinta años, todavía me sobrecoge la propensión al mal de algunos niños, especialmente de las hembritas melindrosas que nunca tenían un billete a mano para comprarse el raspaíto de colita a la hora del despacho. Pero luego me volví intocable, luego me tuvieron mucha lástima y pasé a ocupar mi puesto en la singular aristocracia de los murmullos y la indiferencia: a papá lo mataron mientras le ponía gasolina a la moto. Hay que ver que lo es deberle plata a la gente equivocada (es que papá era un inútil). Le explotaron el cráneo un miércoles y cuando aparecí la semana siguiente, después de recibir algunas condolencias, nadie quiso mirarme. Era invisible como una estrella muerta condensada sobre sí misma. Nadie escapa de esa singularidad, como explicó Hawking el astrofísico, ni siquiera la luz puede escapar cuando el agujero muestra su caos emprendedor. Me convirtieron en una bestia sutil y poderosa cuyo único centro de gravedad era escucharse a sí misma.

3

Entonces yo tenía quince años y a nuestra casa llegó una arrendataria, cuya hija de catorce años quedó encinta, como exclamó mi abuela en un arranque de estupor bíblico. No de mí, claro, sino de Gumball, un mototaxista que ya tenía tres vástagos en su haber. A mí me habían becado en el colegio británico, pero mamá había desistido. El transporte debía correr por nuestra cuenta, y las cuentas, francamente, no nos daban. Y mamá, desde que era viuda, no se permitía tomar grandes riesgos; como la mayoría de las mujeres que se preparan para ejercer alguna vejez, su tema de conversación favorito era lo mucho que tenía hinchadas las piernas o todo el coraje que se requería para criar sola a un hijo, especialmente si este hijo era tan tieso y taciturno. «Ya Dios proveerá», zanjaba. Por otro lado, mi afición por las ciencias me había granjeado beneficios en el canon profesoral de nuestro humilde liceo, y eso encendía viejas rencillas.

–Luna ya dio cuquita y está por parir –increpó Yeison mientras yo intentaba engullir una empanada–. Y tú capaz ni te has hecho la primera paja. Gallo.

En aquel entonces mi vida tenía cierto olor, como el de las panaderías, a leche cortada y a rodilla rota. Una niña embarazada había puesto las cosas muy extrañas en la casa. Nadie la había violado, pero las culpas nos perseguían. Y esa fue la primera vez que oí las voces.

–Piiiiiiiiiiiiiiiishhhhhhhhhhh, piiiiishhhhhhhhhhhhh, rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

–¿Ah?

–Estamos haciendo contacto, imbécil.

4

Las voces venían de otro lado, como dije, las voces venían de un agujero blanco, que es lo que hay del otro lado de un agujero negro y que en lugar de tragar materia, la expulsa. Estos agujeros fueron confundidos con quásares en los setentas y posteriormente descartados, pero según mis cálculos y experiencia directa, existen. En 1992 intenté ponerme en contacto con alguna estrella académica de Caltech o del MIT, pero por teléfono era difícil darme importancia. Después de todo, no contaba con el padrinazgo de institución alguna. Solo soy un profedebachillerato que ayuda a preciosas adolescentes a no reprobar Física y Matemática.

Luego de renunciar a la beca, mi madre insistió regularmente en que debía tener fe en Dios. ¿Qué era Dios? ¿Los espacios entre la materia? ¿La voluntad responsable de que la luz se expandiera en todas las direcciones? ¿Acaso Dios era la ausencia que me señalaba en las noches con un dedo largo y que me negaba el calor de un lugar, de un cuarto propio? Aunque mi madre y su eventual marido se esforzaran, dentro de aquel recinto se expandía el estupor de la ensartada, y yo me extinguía en la desolación, yo, un angelito en decúbito. Yo, Hawking Alejandro había decidido que Dios se había marchado. Resolví asimismo llorar por esa privación. Por eso después del pajazo también lloraba: Dios no estaba ahí para castigarme.

5

–Dime algo que te avergüence, algo que no le cuentes a nadie.

La muchacha que preguntaba tenía veintiún años. Ahora, en retrospectiva, pienso que ella también era una niña. Llevaba a cuestas diez años de experiencia sexual –si contamos la oralidad desenfrenada que practicó desde sexto grado–, y no obstante, permanecía inmaculada sobre algunos aspectos. Lyra (se pronuncia laira) no era pobre de nacimiento como nosotros, lo cual explica que en cierto sentido también viviera en las nebulosas. Su familia cayó en desgracia cuando al papá –otro inútil– lo expulsaron del partido y le confiscaron el local donde por tres generaciones habían comerciado con la refrigeración. Se mudó a nuestra casa, luego de que Gumball se llevara a su adolescente preñada y a la prematura abuela a otra ciudad. De modo que Lyra y sus padres se acomodaron como mejor pudieron en el anexo de la planta superior, a tres meses de mi cumpleaños número dieciséis. Por las tardes, aquellos adultos se reunían a planificar algún negocio taumatúrgico que los sacara del barrio, pero el cénit de las tertulias solía ser que cada mujer codiciaba al marido de la otra y los silencios se tornaban tan inmemoriales como impredecibles. Yo le tenía miedo al deseo. O a mis paisajes imaginarios: me dormía pensando que todos los adultos tenían sida de tanto que cambiaban de opinión.

–Dime algo que te avergüence, algo que no le cuentes a nadie– volvió a preguntar, al tiempo que prendía su segundo cigarro. Estábamos solos en el anexo, Lyra preparaba la cena y me había invitado con la condición de que trajera pasta seca. Ella no se vestía como las otras muchachas de la comuna, no usaba leggins ni franelillas sin sostén. Esa tarde lucía una camisa de sastre como las que ostentaba su papá, que hábilmente había protegido con un delantal de lona amarilla. Era esa clase de persona que parecía una profesional en todo lo que emprendiera. Me daba rabia que mi madre no me produjera esa sensación.

–Hoy me masturbé cuatro veces –respondí en mi cabeza, pero no pude decírselo. En cambio, revolví viejas emociones y me permití decirle otra verdad, a pesar de que era nuestra primera cena. –Nunca le he dicho a nadie que en el fondo no extraño a papá. La verdad es que la muerte no me parece tan terrible. –Y en el instante en que terminé de hablar, tuve miedo de que ella pensara que yo era un monstruo. ¿Realmente acababa de decirle que me alegraba que mi padre hubiera muerto? El horizonte de sucesos es el punto de no retorno, decía un artículo sobre la relatividad y los agujeros que había leído en la mañana antes de conseguir un resquicio en el vagón. Cuando al fin conseguí el valor para mirarla, ella se estaba quitando el delantal.

–Te entiendo –dijo, apartando el pelo de mi frente. Después se abrió la blusa.

6

A los adultos les inquietaba nuestra amistad. No calculaban si era mi niñera o mi amante. Yo tampoco. Las habladurías llegaron al colegio y me dotaron de una envidiable notoriedad. Todo el mundo sabía que a veces yo la esperaba en la estación cuando salía de la Central o que ella me llevaba alguna merienda hasta las puertas del liceo. Los fines de semanas íbamos al cine o a los conciertos gratuitos que se inventaba el partido para encubrir algún maletín de dólares.

Irga, bicho, ¿te estás cogiendo a la catira? –preguntaba Yeison estrechándome en sus brazos. –No tienes tamaño.

Valga la acotación: fue un verdadero período especial. Lyra tenía un novio que ya estaba terminando la carrera: Carlos Schwarzschild. Sí, de esta gentecita de la farmacéutica. No hablábamos de eso; de hecho, Lyra y yo no hablábamos más allá de las palabras que se requieren para describir el cielo o la postura necesaria para que el deleite detonara más adentro. El tipo, como en una telenovela, tenía a su vez una novia en tan buena posición como él que solía perseguirlo y montarle escenas en los pasillos de la universidad. Se la tenía jurada a Lyra, puta es lo que eres tú, chica. A ratos aquello la enfadaba un poco, pero no tardaba en restarle importancia. Después de todo, Carlos cumplía a cabalidad su función primordial: suministrarle, de lunes a viernes, un almuerzo decente con al menos tres contornos, gracias a lo cual yo mismo me beneficié a la hora de la cena.

7

Las violaciones no siempre son como en las películas, me dijo mi abuela. No siempre ocurren en un callejón oscuro con música trágica y pruebas de ADN, a veces basta con que sea domingo en la mañana, cuando la casa todavía duerme y uno de los primos que vino de visita se te acerca con el olor a pasta de diente en la boca, y te pide que lo acompañes al patio, a ver los morrocoyes arrumados en una esquina junto al lavandero. Basta eso, a veces, me dijo mi abuela. Abres los ojos por primera vez y tu primo te asegura que en realidad aquello era lo que esperaste durante toda tu existencia, mientras la sacudida sin querer te hace morderte la lengua. Pero lo que uno espera no es como en las películas. No hay música cuando vas a lavarte y luego hay que poner la mesa para el desayuno.

Cuando cumplí 21 años, mi abuela falleció y me fui a vivir con Lyra. Mi mujer, a efectos evidentes, trabajaba en una posición de gran responsabilidad en un ministerio, gracias a que Carlos la dejó preñada una vez y quedaron unidos solemnemente por haber tomado parte en un aborto. Incluso nos había ofrecido arrimarme en un buen cargo. Le podemos inventar una «división de astrología». Pero a esas alturas el chiste no nos hacía gracia. Yo no había logrado que me aceptaran en Física pura, de modo que mientras tanto terminaba aquella irrisoria licenciatura en Educación Integral.

–Concéntrate en una beca para la maestría, y nos vamos a California –se entusiasmaba Lyra, pero yo me sentía igual que cuando mamá recomendaba que tuviera fe en Dios.

Los fines de semana era guía en el Planetario Humboldt. Siempre venía algún niño acompañado por su madre que no dejaba de toser y sacudirse la nariz o contestar una llamada de suma importancia que requería la explicación de algún menjurje milagroso para las hemorroides. El director me tenía puesto el ojo porque a veces me distraía (bien se sabe que cualquier cuerpo que sufra un colapso gravitatorio debe formar una singularidad) y de pronto intentaba explicar a los visitantes la coexistencia de la materia oscura o el principio de incertidumbre: A ver, gente. No es tan difícil, no sean tan cerreros: Cuanto con mayor exactitud se trate de medir la posición de la partícula, con menor precisión se podrá medir su velocidad, y viceversa.

Finalmente fui removido de mi cargo tres años después. “Me dejaron ir”, con la recomendación de que tomara alguna terapia para el control de la ira, luego de que persiguiera con un bate a un grupo de adolescentes que no dejaba de murmurar durante la exhibición del telescopio recién adquirido gracias a un convenio con el Instituto Tecnológico de Moscú. Ya había culminado la licenciatura pero tampoco conseguía empleo en ninguna secundaria del Este. Era claro, además, que lo de la maestría no iba a ningún lado si antes no tenía un grado en alguna ciencia pura. Lyra y yo no éramos los mismos. Bueno, yo era el mismo, pero ella había vuelto a entenderse con Carlos, que ahora fungía como viceministro de Tecnología.

Para ocupar mi tiempo libre, me hacía tres pajas diarias y trabajaba en la confección de un revolucionario dispositivo de captación interestelar. Gracias a ciertos accesos que había logrado a través de Carlos –bien estaba visto que yo tampoco podía prescindir de él– descubrí una innovadora forma de hackeo que me permitía enlazar mi panel de control con los servidores de Moscú-Teherán, con lo cual podía monitorear transmisiones de todos los rincones. Después de todo, ellos espiaban la brecha Los Ángeles-Ginebra-Glasgow. Era 29 de marzo cuando descubrí la primera señal proveniente de un agujero blanco, y ahora necesitaba un código para descifrar el mensaje. Pero hay un lenguaje común a toda criatura. El lenguaje de la aniquilación. Creí que la vida finalmente estaba gestionando mi jugada maestra en el gran tablero, cuando Carlos me nombró jefe de protocolo para el evento-maletín del año.

El gobierno, que ya tenía veinticinco años estirando la arruga de nuestras almas, había decidido erigir un fastuoso parapeto a fin de encubrir una fuga de divisas, sumándose a lo que parecía el último tour conferencista de Stephen Hawking antes de gestionar su muerte asistida. Porque no importaba que las universidades hubieran cerrado tres veces en lo que iba de año y que arrecieran las protestas por las bacterias asesinas del comedor, a Stephen Hawking sí podíamos costearlo, con toda la parafernalia médica y mediática que aquello significaba. Incluso tuvimos que permitir que agentes del servicio secreto británico se instalaran en la ciudad, a fin de evitar que a algún grupo paramilitar se le ocurriera secuestrar al genio vegetal para vendérselo a la guerrilla.

Como dije, llegué a pensar que la vida finalmente se estaba poniendo de mi lado. Las voces me revelaron que podía prescindir de todo dispositivo comunicacional, solo necesitaba cerrar los ojos y ver por dentro, especialmente cuando no consumía ninguna de las píldoras prescritas. Las voces eran versátiles, no sé cómo la gente de LIGO no se había fijado en la neurotransmisión cuántica. El inminente científico arribó al país en un vuelo privado que había partido desde Berlín. A mi orden teníamos un conjunto de empleados protocolares que previamente fueron instruidos sobre las especificidades médicas que requería la estadía de mi tocayo. En un desliz descubrimos que ya no podía siquiera mover la mejilla y que el procesador de lenguaje apenas transmitía parlamentos archivados con el tiempo y las circunstancias. Estas supuestas conferencias de despedidas, en realidad, estaban perpetradas por la mujer del científico, su última enfermera y administradora. Si me preguntan, era muy evidente la cara de perro muerto y triste de quien alguna vez sentó las bases para la comprensión del universo. Por eso le desenchufé el cable rojo y me fui corriendo, con la certeza de que Dios estaba escondido en el lenguaje de la noche despejada.


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