CaracasEntrevista

Héctor Torres: “Del pequeño gesto al gran resultado”

por Cheo Carvajal

Héctor Torres retratado por Mauricio López

29/11/2017

Héctor Torres, el de la trilogía Caracas muerde, Objetos no declarados y La vida feroz, viene de la Informática. En esa área se formó y trabajó durante un tiempo. Lo suficiente como para hacer de programador, diseñador, multiplicador. Su acercamiento a la literatura, nos dice, fue como lector, pero sin dudas la informática le tendió el puente: entró al mundo web y de allí, inevitablemente, a la generación de contenidos. Es decir, a la escritura. No en balde lo conocemos como creador, en 1999, del portal Ficción breve venezolana, uno de los pioneros por estos lados.

Vino a Caracas de La Victoria. Y aquí se dedicó no solo a escribir, sino a estimular la escritura de otros. La crudeza de esta ciudad, por la que se mueve a pie con soltura, está en sus páginas. Actualmente esa crudeza que nos impregna la “cura”, junto a Albor Rodríguez, en el portal La vida de nos.

—¿La mayoría de los cuentos están centrados en una visión urbana?

—Es inevitable porque los escritores viven en centros urbanos, es muy difícil ya una literatura rural, al menos es muy difícil verla, ya la literatura rural esta más asociada con el folclor.

—¿Y no hay literatura rural dentro de la vida urbana, hay gente que esté trabajando la ruralidad urbana?

—Hay casos excepcionales. Yo he sido jurado en concursos, durante 10 años he sido coordinador del premio de la Policlínica Metropolitana, y se dan casos. Pero muy esporádicos, gente que vive en ciudad pero que trae resonancias, memorias, quizás ni siquiera de ellos, sino de sus padres, sus abuelos. Es muy poco común, la literatura usualmente la hace gente de ciudad y con experiencias y referencias de la ciudad.

—¿Cómo definirías la Caracas que estamos viviendo en estos momentos?

—Si yo describiera a Caracas con un adjetivo sería impaciente, y la impaciencia es el punto de partida para la ansiedad, de la ansiedad derivamos al estrés y de allí a la agresividad. Y todo eso lleva al miedo, a vivir con temor al otro. La desconfianza, la paranoia. Si algo identifica a nuestra sociedad, al menos la que cohabita en Caracas, es la impaciencia que le impide producir a largo plazo, que le impide el proyecto, pensar a futuro. Todo se pretende hacer ya, sin mucha reflexión.

—Pero al mismo tiempo, ¿no es súper paciente? Tanto que se acostumbra a muchas cosas rápidamente.

—Eso es otra cosa. Ese sería el marco referencial de cualquier sociedad bajo un poder militar inescrupuloso, que tiene el abuso como método, que no se comunica con la sociedad sino que le impone.

La normalización de las anomalías es anterior a este período nefasto.

—Eso podría tener una lectura que, al contrario, apuntara a lo que yo te digo: si la gente se va acostumbrando es porque no tiene la paciencia de cultivar los hábitos adecuados o para transformar. En estos días comentabas sobre esa esquina del CVA, en Las Mercedes, tomada por los carros. Una sociedad más organizada haría algo, protestaría. Pero no tenemos paciencia para transformar, para construir, eso exige una energía y una concentración que no se tiene.

—Somos muy impacientes, pero al mismo tiempo las cosas van quedando igual.

—Porque terminamos evadiendo. La evasión es una de las formas de la impaciencia: al no poder resolver me voy para otro lado, pienso en otra cosa, cambio de tema.

—¿La gente asume que esto no hay manera de transformarlo?

—Algunos que conocen la historia contemporánea venezolana, digamos los últimos 50 años, dicen que Caracas era un epicentro de la cultura latinoamericana. Había mucho dinero del petróleo para producir cambios, ¿pero la sociedad estuvo preparada para asimilar eso?, ¿esa migración de los años 50, del campo a las ciudades, vino acompañada de una cultura ciudadana que permitiera sostener esos cambios? Mi impresión es que no. Montar el carro en la acera es una actitud aldeana, porque sigues operando como en un pequeño pueblo donde cualquiera te dice: “Fulano, mueve el carro”, porque todo el mundo se conoce o porque no importa que camines por la calle porque no pasan carros.

Es la actitud de no entender que esta es una ciudad y todo lo que haces repercute en cientos de miles de personas desconocidas. Una cultura que, creo, aquí no se adquirió producto de una masificación brusca de la ciudad, por la ausencia de instituciones, sin una proyección de valores. Una ciudad de un país petrolero que tenía mucha gasolina y se pensó para el carro, una cosa absolutamente absurda. ¿Cuántas personas pueden tener carro en una ciudad latinoamericana? ¿El 10%, el 15%?

—Según el último estudio que se hizo, en el 2005, 24% de los viajes en el Área Metropolitana de Caracas se hacían en vehículos particulares y eso debe haber bajado considerablemente.

—El Helicoide es una muestra de esa locura de ciudad que a realazos nos hizo perder el norte: ¿cómo vas a hacer un centro comercial para subir a las tiendas en el carro? Esta es una ciudad de clima fresco, un valle bastante plano, pero aquí no hay cultura de caminar por las aceras.

—Pero cerca de 80% se mueve a pie: una parte solo a pie y una parte enorme combinado a pie con transporte público. La gran mayoría camina, tenemos una cultura de caminar.

—Una cosa es ser peatón, hacer uso de transporte público, y otra cosa es tener cultura de caminar. Te pongo un ejemplo del terminal frente al Millenium, de los carritos que suben por la avenida Sucre de Los Dos Caminos: apenas da la vuelta por el Millenium y ya la gente pide la primera parada. Es cosa de atravesar el centro comercial, cruzar la calle y subir. Yo creo que aquí no hay cultura de caminar, aquí la gente es muy sedentaria y dan miles de razones: la inseguridad, las calles con huecos. Aquí hay urbanizaciones completas donde la acera es un comodín. Bello Monte tiene tramos completos donde no hay acera porque se pensó para el carro.

Claro, es una ciudad hecha por privados, el crecimiento de Chacao hacia el este y hacia el sur fue hecho por privados, pensando en el estacionamiento del edificio, no en que la gente iba a caminar. No se planificó una ciudad para caminar.

Héctor Torres retratado por Mauricio López

—Muchos de los edificios de Colinas de Bello Monte, años 50, no tenían grandes estacionamientos, venían con la impronta europea, de personas acostumbradas a moverse sin carro, pero terminaron atiborrados de vehículos. Ahí había imaginario de una ciudad a pie, con muchísima vegetación, pero eso se desdibujó. ¿Si lo que estamos viviendo es una ciudad de impacientes, amañada, cómo describirías a una Caracas que se transforma?

—No soy experto en el área, sino un peatón que piensa mientras camina. Pero creo que hay una mala comprensión de lo que es el arraigo. Sobre ese asunto valdría la pena detenernos. Todo el que está afuera dice: “Echo de menos a mi Ávila”, y habla de “mi Caracas”. Me da la impresión que no hay un sentido de identidad, de arraigo real, desde el punto de vista de sentirse orgulloso de lo que tienes. Un caraqueño que amara su ciudad, como dice amarla, le dolería el patrimonio arquitectónico, que demolieran un edificio para poner otro de espejos. El dinero del petróleo nos ha hecho perseguir un espejismo que nos ha impedido hacernos una idea de ciudad que se parezca a nosotros. Un ejemplo es Parque Cristal: ¿cómo haces un edificio de espejos, en medio del trópico, frente a un parque? Nos parecía “cool” porque nos hacía ver modernos. En el fondo, celebramos todo lo que parezca moderno porque tenemos actitud aldeana.

Si pudiéramos ver lo bello que se puede vivir en pequeños edificios como los de Chacao, o de la avenida Victoria, pudiésemos ordenar la ciudad, hacerla más amable, acorde a lo que somos: una pequeña capital de un país del trópico, de un país caribeño. Si se compara la extensión de Caracas con la de Buenos Aires, o la de Santiago, esta es una pequeña ciudad en un valle de clima amable, con un cielo de azules impresionantes, mucho verde.

Estaría bien si lográramos construir una narrativa para vivir y crecer en paz con eso, pero vivimos tras un espejismo, con la sociedad gringa y una sociedad de carros como modelo. Hicimos un pasticho que impide que alguien pueda sentirse realmente parte de ella, que impide entender que es tan caraqueño el de Propatria como el de Chacao. Es decir, somos caraqueños pero no tenemos identidad.

—¿Somos una ficción creíble con algunos clichés comunes, como el Ávila?

—Tenemos clichés comunes, pero no una narrativa que nos haga sentir que Caracas tiene unidad. ¿Cómo vamos a construir una ciudad si no tenemos unidad espiritual, si no tenemos un relato común? Yo me quedé loco cuando me enteré que muchas de las casas de El Cafetal también eran del Banco Obrero, como una manera de producir una clase media, de apuntalar una sociedad con mucha capacidad de ascenso social.

Para muchos el centro es turismo. Yo lo veo en Instagram y hasta me da ternura. Hay una movidita de chamos que se criaron en la ciudad del sureste que jamás visitaron el centro, entonces agarran una cámara réflex, le toman una foto a una viejita que vende golfeados y exclaman: “¡Guao!”. No sienten que eso forma parte de ellos, sino que es una gente extraña que van a visitar. Me parece que nunca desarrollamos un relato unitario de ciudad y por tanto no tenemos una ciudad real.

—Imagínate que te otorgan una residencia artística de un año, pagada generosamente, para que escribas una novela. La condición es hacerla en Caracas y que vivas en cuatro lugares distintos de la ciudad. ¿Qué lugares escogerías?

—Si se tratara de entender la ciudad, supongo que escogería cuatro modelos de desarrollo de Caracas para verla en todas sus dimensiones. Supongo que primero viviría en La Pastora. No podría dejar de vivir en Chacao, porque fue un pueblo absorbido por la ciudad que se convirtió en centralidad. Buscaría un lugar hacia el sureste, porque además de los barrios, por ahí se expandió Caracas, hasta que iría a parar al Hatillo.

—¿En esa residencia artística no vivirías en un barrio?

—Bueno, La Pastora es parte de eso.

—La Pastora no es exactamente un barrio, es una zona tradicional, popular, rodeada de barrios por todos lados.

—Si te pones a ver, el callejón Moscú, de Lídice, es parte de La Pastora. Catuche es un barrio y eso es La Pastora.

—Ellos no se sienten de La Pastora. Ni viceversa. ¿Te parece importante que dentro de esa narrativa de reconocimiento de la ciudad esté presente el barrio de otra manera? Casi siempre el barrio aparece como una cosa feroz, problemática y amenazante. Pero sabemos que la gran historia es otra, una épica de construcción, un deseo de pertenecer. Ese es el gran relato, pero no el que ha triunfado.

—Es verdad. Una de las cosas que ha impedido la construcción de un relato común es el abismo socio económico de la ciudad. Disminuir ese abismo haría posible ese relato. Que puedas sentirte parte de una misma sociedad, con las diferencias que pueda haber, pero que puedas sentir que somos equidistantes de un centro. ¿Dónde está la Caracas de alguien que vive en Los Eucaliptus? Para ir a una zona céntrica de la ciudad debe tomar más o menos, tres medios de transporte. ¿Dónde está la de una gente que vive en el sureste, en una casa donde todo el mundo tiene carro, y donde no está previsto que la gente camine? ¿Dónde se encuentran esas personas? No tenemos un relato común porque a todos, como sociedad, se nos fue la ciudad de las manos, los abismos se hicieron cada vez más profundos.

—¿Cuál sería un centro simbólico donde pudiéramos construir un relato común, o qué elementos hay en ese centro simbólico?

—Voy a hacer una pequeña digresión, cuando se celebraron los 440 años de Caracas, hace 10 años, estuve en un taller muy interesante que dictó Federico Vegas. Él nos iba a dar herramientas para que proyectáramos una ciudad ideal hacia los 500 años, y una de las cosas que descubrí en ese taller es que cuando Caracas empezó a crecer, de Los Caobos para acá, lo hizo de forma anárquica, porque dejó de ser un crecimiento planificado por la cuadrícula. Se empezaron a vender parcelas en las afueras de la ciudad, donde cada quien tuvo el tamaño que pudo comprar, pensando que eso sería para gente que viviría en las afueras, pero esas “afueras” terminaron siendo el centro. Esto hubiera podido tener una vida más digna, si hubiese crecido correctamente. Chacao, que tiene un modo de vida digno y bonito, no es una ciudad en la que tengas que montarte en el carro para poder comprar pan. Eso te aleja de la idea de ciudad, en el sentido de un centro común para todos.

Desde hace largo tiempo estamos hablando de un crecimiento, después de los 40 y los 50, como pudo cada quien. Hay una ciudad geográfica, impuesta por los límites, mal que bien comunicada, pero no hay una ciudad común, en la que cualquier ciudadano pueda desplazarse bien dentro de ella. Ese centro habría que ubicarlo en ese punto donde nos desviamos del crecimiento de una ciudad pequeña.

—Hablábamos antes de unos clichés comunes, pero no de un centro donde nos conectemos, que haga posible convivir, avanzar hacia el futuro. Está el barrio todavía desconectado, que mucha gente todavía no lo reconoce como parte de la ciudad, o lo etiqueta como un problema de la ciudad. Eso parece impedir, de entrada, ese espacio común de reconocimiento. ¿Cómo pensar esa Caracas de 500 años sin un espacio de reconocimiento?

—Tú hablas con gente que defiende el periodo de la democracia, lleno de errores que nos trajeron hasta acá, y ves que uno de los valores del caraqueño era el ascenso social. La gente dice, “mis viejos fueron de barrio y salieron del barrio”. Consideran un valor haber salido del barrio. Tú caminas por las calles de Los Flores de Catia, y es una forma de vivir tan digna como vivir en cualquier parte. Hay calles de Chacao que recuerdan a las de Catia, es el mismo tipo de construcción, el eco de una misma ciudad. Lo que pasa es que para alguna gente, por impaciencia, antes de luchar porque hubiese servicios sanos y justos, tener un trato digno, fue más fácil ascender socialmente mudándose.

Para mí el 23 de Enero es un error, porque fue concebido como una especie de gueto. Crear 60 bloques para que viviera la clase obrera, iba a terminar siendo inmanejable. Distinto al urbanismo de Casalta Uno, esos pequeños edificios con estacionamientos centrales, árboles frondosos, que recuerdan a los que están en Santa Eduvigis arriba.

Son también del Banco Obrero. ¿Los súper bloques del 23 de Enero, a pesar de que son muestra fehaciente de planificación, son entonces respuesta impaciente al desafío de aquella ciudad que crecía?

—Yo lo creo. Hay gente que defiende el 23 de Enero como modelo urbanístico porque está la figura de Villanueva por delante. Aquí hay unos nombres tótem. Yo no sé si está bien vivir en un edificio donde el ascensor abre cada cuatro pisos y tienes que moverte por las escaleras. Es una pequeña ciudadela, hecha para una clase en particular. La gente todavía le achaca sus males a los habitantes, pero sería imposible vivir como se planificó, imposible sostenerlo. Yo viví mis primeros años en el 23 de Enero, y allí había plomeros, jardineros, un equipo de servicio cada tantos bloques para atender las necesidades, ¿Eso era sostenible? Se invirtió mucho dinero para tener la clase obrera acotada en un sitio.

Héctor Torres retratado por Mauricio López

—El modelo de grandes bloques fracasó en muchas ciudades del mundo. Es mejor edificios más pequeños, que permiten mejor conexión, generando mezcla social. Mejor si introduces vivienda social en diversos contextos, más “desparramada” por el territorio. De alguna manera pareciera que la Misión Vivienda acá en Caracas apuntó hacia eso, un gesto de distribución en el territorio.

—Sería interesante ver cuál fue el criterio real para hacer eso. Una respuesta podría ser esa, salpicar la ciudad para mezclar las clases sociales, pero si uno atiende el discurso revanchista de poder, no pareciera que la intención fuera que la gente conviviera, sino que se enfrentara, una muestra de ello la tienes en una Misión Vivienda que hicieron entre Santa Mónica y Cumbres de Curumo, en medio de la nada. La gente que vive allí no tiene donde comprar, tiene que caminar al menos 800 metros o más para bajar a comprar en Cumbres. Eso fue un experimento diabólico: ¿qué están buscando con poner gente en medio de la nada a que baje a comprar en el área comercial de Cumbres de Curumo?

Yo llegué a escuchar a gente que opinaba que había que hacer dos colas, “una de nosotros y otra de ellos”. Como en Chacao, donde gente opositora pensaba que era una solución inteligente y la defendía. ¿Vivimos en una ciudadela o esto es una ciudad? Si tú me dices a mí que se hagan dos colas, una de residentes de Chacao y otra de los que viene de afuera, “porque no me calo bacahaqueo”. ¿Cómo es eso de que vives en tu zona y debes comprar en tu zona? No, yo vivo en una ciudad y compro donde me dé la gana, yo paso por donde me dé la gana, yo camino donde me dé la gana. Ese discurso sí existe en la ciudad. ¿Vivimos en una ciudad o solamente preservamos nuestra urbanización, nuestra calle? Ahí hay una contradicción.

—Una calle que tiene un grupo social que dice “este es mi territorio” y “por aquí sólo circula quien yo digo”, se aleja de la posibilidad de una narrativa común.

—Mira el cuerpo humano: si cierras las pequeñas venas que van hacia partes específicas del cuerpo, se produce una trombosis, un colapso. Eso sucede en muchísimas partes. Macaracuay está llena de calles que eran públicas, abiertas, que los vecinos decidieron cerrar, pasa solamente la gente que dice para donde va. ¡Ya va, pero yo estoy en mi ciudad! Si no tengo una idea de ciudad completa, en la que pueda transitar libremente, pues no tengo ciudad. La gente podrá decir que es por la inseguridad, que es su derecho a protegerse, pero si solamente piensas en soluciones para tu pedacito de calle, sin darte cuenta estás ayudando a que aumente el problema.

—La verdad, cerrar calles no equivale a más seguridad.

—No es necesariamente más seguridad. Yo lo escribí en uno de mis textos, lo que haces es ponerle más retos al malandro y compactas el problema dentro de la ciudad. Si pones alcabalas y rejas en la calle, ¿es que acaso tú no vas a salir de esa urbanización, no vas a salir de esa calle? Esa inseguridad la estás concentrando en el sitio donde tarde o temprano vas a tener que pasar. Vamos a vivir en pequeños guetos donde da la impresión que hay seguridad, pero realmente no la hay. Claro, adentro sientes que estás en una ciudad donde puedes sacar el teléfono, pero apenas traspasas la reja ya la siente peligrosa. Hay una impaciencia por “hacer ciudad” que nos lleva a decisiones apresuradas como esa.

Creo que hemos atomizado el problema. Yo me burlo de las discusiones eternas: ¡vamos a las municipales!, ¿acaso el alcalde que resulte ganador en Chacao podrá tumbar el control de precios? Son pequeños símbolos para sentir que logramos algo, que ganamos algo, que tenemos “espacios protegidos”, pero el problema es entender que vivimos en una ciudad y la ciudad toda debería funcionar.

—¿Cuál es el reto de la ciudadanía para construir esa ciudad abierta, en medio del derrumbe económico y unas pretensiones hegemónicas cada vez más concretas, sobre todo si los ciudadanos lo que hacen es encerrarse, sobrevivir? ¿Esta crisis es un impedimento o una oportunidad?

—Yo creo que sí es una oportunidad, si sabemos leer el momento. La gente tiene que aprender a leer los relatos, las metáforas de lo que está viviendo. ¿Cuál es la función del mito? En el mito alguien traza el mapa, echa un cuento para que otros agarren datos, para que cuando hagan ese viaje tengan idea de lo que les espera en el camino. Estamos en una gran metáfora de abuso de poder, de impunidad, pero resulta que yo monto el carro en la acera, no respeto el semáforo, entonces yo también malandreo a los demás, también abuso. Es decir: no estoy entendiendo lo que estoy leyendo. Eso es lo curioso, que la gente no asocia el pequeño gesto con el gran resultado.

Hay gente que ha entendido el terrible dolor que hemos tenido que padecer los venezolanos, un dolor que ha abierto unas puertas, que ha tocado unos rincones del alma del venezolano, que le ha hecho ver distinto. Pero, parece mentira, 20 años después, para la contundencia de la experiencia, tendríamos que tener una visión distinta que no tenemos. Es un proceso de aprendizaje dolorosísimo que puede ser muy útil, es una prueba de fuego para la sociedad.

—Depende de nosotros.

—Exacto, ahora hay una mayoría, hay formadores de opinión, una clase dirigente capaz de entender lo que se vivió y lo que se está viviendo para enrumbar la sociedad hacia otra cosa. Es una gran oportunidad para que esto suceda. Hay mucha experiencia. Me llama mucho la atención, y me genera mucho optimismo, ver la calidad de las ONG en Venezuela. Lo que no estamos viendo en los partidos políticos lo estamos viendo en la sociedad organizada, a pequeñísima escala. ¿Qué porcentaje de la población participa en estas organizaciones?, seguramente poco, pero son exitosas, son fuertes.

Hay un proceso de organización desde la sociedad misma en función de una sociedad más justa, mejor elaborada, que hereda un desastre que no es solo de este año. Hay un gran reto que no se va a resolver en una generación, pero podemos tener esperanza viendo cómo se está organizando la sociedad, como semillas de lo que pudiese ser a futuro, que a la sociedad le llegue un relato común, que a la sociedad le llegue unos valores ciudadanos reales.

—A manera de chiste perverso, imagino un relato de ciencia ficción: “resulta que en el año 2030 finalmente funcionaron los semáforos”. ¿Cómo puede una ciudad vivir sin que los semáforos importen? Son una entelequia, funcionan aleatoriamente.

—Parece mentira, cosas que una ciudad debería tener digerida y aquí estamos lidiando con eso. Y es con voluntad política que se logran cosas. Durante un tiempo, corto pero eficaz, los conductores de toda Caracas cuando se desplazaban por Chacao sí respetaban las normas: no se montaban en la acera, no ponían el carro sobre el rallado, porque los iban a multar. Se pudo durante un tiempo un mínimo de convivencia. Esa es una de las cosas que me da esperanza.

De la sociedad civil organizándose a través de las ONG, es que la voluntad política desde el poder ha logrado cambios. No creo que el venezolano sea peor que los habitantes de otros países, creo que ante la laxitud la gente se fue soltando y los límites se perdieron, pero creo que con la conducción adecuada, con otros valores y una sociedad con menos abismo social, podría construirse ese sentido común, en todo el sentido de la palabra. Un sentido común de ciudad. Pero si para algunos la ciudad es el barrio y tomar tres jeeps para llegar al metro, y para otro la ciudad es algo totalmente distinto, ¿en qué punto encontramos el relato común que te hace decir “yo soy caraqueño”?

—Por ahora abunda el relato policial, la narrativa cruenta.

—La inmersión en unas calles duras. Nuestra narrativa actual es la del espacio caótico.

—La narración recoge lo que existe, pero también podría alterar o generar cambios en lo que existe. La literatura es un espacio sensible que lleva reflexión, datos. Según como lo veas puede transformar la realidad. Pero a veces es como un espejo doble: la ciudad se ve en su literatura y la literatura se ve en su ciudad.

—Para que haya un relato común, tiene que haber un espacio común.¿Cuáles son los últimos relatos poderosos, eficaces, valiosos de Caracas, incluso genuinos? Los de una Caracas que era chiquitica, la de los techos rojos, ese imaginario propiciado por Billo’s, por escritores y poetas que hablaban de una ciudad en la que todos los ciudadanos se sentían identificados. Una ciudad previa a la masificación. Hubo otro relato común que se pudo haber sostenido en el tiempo, haber sido motivo para que la ciudad se encontrará. El Metro, durante muchos años, fue la primera vez que la gente de los sectores populares, como Propatria o Petare, tuvo un sistema de gran envergadura, una inversión enorme para que ellos se desplazaran. Entraban en una ciudad común.

Te montabas en el Metro en Propatria o en Chacao y tenías que respetar las mismas normas, era como un reseteo. En el Metro de los inicios estaban todas las clases sociales, era seguro, eficaz, limpio, un servicio de un buen nivel para todos por igual. Allí hubo una posibilidad de hacer un nuevo relato de la ciudad moderna. En Nueva York el sistema de Metro llega a casi toda la ciudad. Ahí hay una medida: que entre el Metro y caminar llegues, que ofrezca una ciudad para todos, una acera para todos, el Metro para todos. Pero aquí el Metro fue colapsando, ese acercamiento se recogió. Nada impide usar el carro, la gasolina sigue siendo gratis, volvimos al caos.

—El Metro fue planificado, tuvo un efecto impresionante del cual siempre hablamos. Está sumergido, metido como en el fango, pero está. Fue, y es, posible. Pocos parecen apostar a Caracas como ciudad completa, apuestan a su pequeña fantasía de ciudad, con la postal de por medio para garantizarse una cierta dosis de placer en medio de tanta locura. ¿Ves posible contagiar esa idea?

—Yo creo que sí, aunque no soy experto en materia urbanística. Pero si algo me hace pensar a mí que se puede convocar a la gente a una idea común de ciudad está en que se le dé un trato digno a todo el mundo. Que se masifique la intervención de espacios, para que la gente viva con dignidad. La tesis de aplanar del chavismo, de hacer tabla raza por debajo, y el abandono al que se sometieron a los barrios, fue atroz. Yo veo las colas kilométricas de toda la vida de la gente en Petare para subir a su casa, que pasan horas en esa cola, ¿de verdad a toda esa gente le afecta hacer cola para comprar comida? Si tú estás esperando que la gente estalle porque está maltratada, te voy a decir una vaina: tienen años maltratados. En la medida en que la gente se sienta ciudadana, pelée por una vida digna, por un trato digno, y que sea atendida en ese mismo sentido, habrá una idea de ciudad que todos vamos a defender.

—Pero ese trato digno, garantizar los derechos de la gente, parece ser responsabilidad del Estado. ¿Y los ciudadanos qué? Pareciera recaer en la ciudadanía la necesidad de crear una fuerza social, capaz de pensar el país desde los pequeños espacios. Encontrar el vínculo entre ese pequeño gesto, lo que depende de mí, y el gran resultado, como bien dijiste.

—Eso requiere de una clase media muy consciente, porque es la que motoriza un cambio, por eso es que los regímenes autoritarios atacan a la clase media. Hay una clase media que es la que hay que atacar porque es la que ni tiene mucho, ni tiene nada, tiene poco y ese poco lo defiende, cree en la dignidad. Yo creo que aquí todavía existe una clase media, económicamente destruida, pero culturalmente clase media. Ahí hay un germen de liderazgo necesario: la gente que pasa el día en una cola para comprar lo que se va a comer ese día difícilmente producirá cambios importantes, difícilmente puede ser la que los motorice.

—¿Te parece que es un tema de clase social?

—No lo digo como un asunto de clase eminentemente económico, me refiero a ese sector de la población que se educó, que tiene valores ciudadanos. Los ricos no viven en la ciudad y los pobres viven en las afueras, metafóricamente hablando. La ciudad la hace una clase media, me refiero a una clase media que está en Catia. Un muchacho que va a la universidad ya forma parte de la clase media. Los periodistas que viven en las zonas pobres, son una clase media: gente informada, con aspiraciones, gente con una capacidad de ver el mudo más allá de su rinconcito.

Ese sector de la población es el que está llamado a motorizar cambios, es el único que podría hacerlo. En ese sentido ves que las ONG están haciendo un trabajo, que poco a poco irá penetrando. No veo otra manera. Hablarles de ese pequeño gesto a la gente que está viviendo al día, que está sobreviviendo, es complicado. Si el Metro llegara cada 5 minutos en vez de 20, la gente no se impacientara tanto y no sacara su lado más oscuro y salvaje. Es una cosa de parte y parte: cuando la gente está en condiciones extremas difícilmente opera un sentido de colectivo.


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