Entrevista

Yolanda Pantin: “Yo estoy viendo lo obvio”

10/01/2021

Yolanda Pantin retratada por Roberto Mata

No voy a presentar a la entrevistada. Solo la voy a mencionar en voz alta. Yolanda Pantin. Poeta en cada una de las letras. Más que un personaje del libro de Ana Teresa Torres, Viaje al poscomunismo, Yolanda es testigo material de esta obra. Intuitiva como pocas, exploradora consumada de los laberintos de la psiquis y el alma. Sus comentarios sobre la cotidianidad y los misterios de la política son siempre circundantes, al pie o al margen de página, es decir, en los bordes. Y, sin embargo, sobra contundencia.

¿Qué relación hay entre la imagen poética y la fotografía?

Es la relación con la pura imagen, con la imagen que se presenta, en el caso de la fotografía. Para que podamos ver esa imagen —la que se presenta— uno tiene que estar, digamos, en un estado de comunión. Y eso fue lo que me pasó a mí durante ese viaje. De hecho, dejé de escribir porque no estaba en una actitud de contemplación, sino más bien dispuesta a dejarme sorprender por una imagen. Eso, creo, tiene que ver con lo que llaman la inspiración poética, cuando una imagen se presenta y la traduces con la palabra, con el lenguaje verbal, es decir, la poesía escrita. Pero eso no me hizo falta en esos viajes, porque estaba bajo el impacto de la imagen pura. Que es lo que es. Sin palabras. Que es lo que se presenta. Como una aparición.

Escribe Ana Teresa Torres: «En la contemplación del cuadro ‘La carga de la caballería roja’, Yolanda Pantin se detuvo un largo rato, sin saber que ese cuadro desencadenaría su libro ’21 Caballos'». ¿Qué te impactó de esa pintura?

La pintura —ésa y otras de (Kazimir) Malévich— me impactó porque no las esperaba. Estaba en un museo muy discreto de San Petersburgo, muy cerca del hotel donde nos quedábamos, detrás de una plazoleta dedicada a Pushkin. Entramos por curiosidad y en una de las últimas salas nos encontramos con Malévich. Me sorprendió muchísimo, no porque no conociera esa obra —arte abstracto— y que sería, digamos, su respuesta al realismo socialista, sino como un pintor que había rozado la pintura en estado puro con obras como «blanco sobre blanco», «negro sobre negro», propias del suprematismo, de la cual, Malévich, es fundador. Yo lo veía a él como un pintor que estaba en comunión con lo sagrado. Y de pronto veo un cuadro muy pequeño, en el que él baja a otro nivel, y pinta una obra que alude a la revolución bolchevique. Yo creo que la sorpresa vino por ahí.

La carga de la caballería roja es un cuadro del pintor Kazimir Malévich

¿Cómo influyó esa pintura en tu proceso creativo?

Yo soy una persona de imágenes. Una vez que me sorprenden, siempre me acompañan. Años después, una amiga muy querida, Verónica Jaffé, me envió desde Londres una postal de ese mismo cuadro, que en ese momento se estaba exponiendo en Inglaterra. En fin, se fueron tejiendo cosas y el cuadro entró en mí de una manera muy misteriosa. Había terminado el libro y otra amiga, Corina Michelena, a quien le dije que había recibido una postal de ese mismo cuadro que yo había visto en San Petersburgo, fue la que me dio la clave cuando me preguntó: ¿Yolanda, no te das cuenta de que los 12 caballos de Malévich son 21? Como ves, todo se va hilando de una manera muy fina y yo estoy muy atenta a esas manifestaciones del inconsciente. De cómo se van tejiendo las cosas, de cómo van apareciendo hasta hacerlas, finalmente, comprensibles hasta un cierto punto.

¿Tú crees en las casualidades?

Las casualidades no existen, lo que existe es la mirada atenta de quien observa y de quien respeta ese ordenamiento de las cosas que van sucediendo, que puede ser casual. Pero eso está dentro de uno ya escrito. Yo reconozco lo que está dentro de antes. O sea, cuando Verónica me manda la postal de «La carga de la caballería roja», yo respondo porque había visto ese cuadro en persona. Entonces, no es casualidad. Yo soy la que me doy cuenta, porque si no, pasa como un regalo cualquiera, alguien te manda una postal como tantas otras y ya, no tiene sentido. Pero yo le doy importancia a esas cosas.

Durante el viaje, como parte del trayecto, escribe Ana Teresa Torres: «Nos paramos a poner gasolina y desde allí Yolanda captó la imagen de un parque de atracciones, una suerte de Disneyworld a la checa, con dragones, castillos, magos, planetas, aviones. Pasamos por grandes vallas publicitarias, incluyendo la oferta de muchachas. La estética capitalista reinterpretada produce monstruos». ¿Una prueba de que tu poesía es muy visual?

En los términos que habíamos hablado antes, estaba apegada a las apariciones, a las manifestaciones visuales de algo que podemos llamar un misterio. Estoy abierta a eso y menos al uso de la metáfora. Tengo fe en la imagen. La imagen, en sí misma, debe representar algo y debe tener la suficiente potencia como para poder decir algo que tenga valor, que tenga sentido.

Tú, que eres poeta, y que además tienes esa relación con lo visual, ¿crees que una imagen dice más que mil palabras?

Yo creo que estamos hablando de obras de arte. Y eso es otra cosa. De pintores o fotógrafos o cineastas tocados por la gracia. Entonces, en ese sentido, sí, porque estamos hablando de lo mismo, estamos hablando de poesía. En el caso de los artistas visuales, puede ser pictórica o cinemática o fotográfica. ¿Pero una imagen por sí sola? No, para nada, para nada. Diría que eso está distrayendo mucho las pausas necesarias para la comprensión de las cosas que suceden, dentro y fuera de ti. En medio de ese chorro de imágenes, como vivimos ahora, estamos todos distraídos, como si estuviéramos atravesando una autopista, en medio de la noche, con todos los bombillos y avisos encendidos, lo que puede ser, incluso, muy banal, porque no nos deja pensar, no nos deja ver, lo que aparentemente estamos viendo.

La imponente escultura de bronce de Vladimir Maiakovski inspira el poema titulado «Monumento» de tu libro 21 Caballos. Lo transcribo: «A la altura, /poeta, /de tus contradicciones». ¿Qué se activó en ti?

Todos, alguna vez en la vida, pasamos por Maiakovski. Yo me enamoré de él, estaba prendada de la forma como él decía las cosas, con esa libertad que tenía, con esa juventud inagotable. Hasta el día que murió fue joven. Joven en el espíritu de rebeldía. Joven en su atuendo, cuando se presentaba con una bufanda amarilla. Además, era un hombre bello. Pero al fondo de esa escultura de seis metros, estaba lo que jamás hubiera pensado Maiakovski, un gran aviso publicitario de una marca, no sé si de perfumes o de ropa, cuya imagen era Penélope Cruz. Entonces, tomé la foto de esa contradicción o de esa paradoja, llámala como tú quieras. La plaza de Maiakovski, donde se toman fotos todos los poetas que van a Moscú, y al fondo… Penélope Cruz. A mí eso me impresionó muchísimo. Me dio hasta dolor.

¿Por qué?

No creo que él hubiese esperado nunca tener esa imagen capitalista, de un producto equis a la venta, en la Plaza del Triunfo, que conmemora, precisamente, el triunfo de la revolución. Él se suicida. No sé las razones, pero es una figura trágica. Así como lo es esa yuxtaposición: lo que él representó para la revolución rusa y al fondo, acechante, la publicidad del libre mercado. Eso fue lo que me impresionó a mí.

Lo podemos ver como un contrasentido, pero también lo podemos ver como parte de la implosión del imperio soviético. Sí, la afrenta del capitalismo frente a un idealista de la revolución rusa. ¿Pensaste en la simbología que puede haber ahí?

Justamente eso fue lo que me hirió. Porque estábamos en Moscú, donde se asienta esa cosa tan cercana a nosotros —las mafias y las oligarquías de la Rusia de Putin, así como la boliburguesía del chavismo— y cómo fueron poniendo sus marcas sobre las otras marcas. Lo mismo me sorprendió del despliegue de propaganda sobre el talud del río Moscova, Rolex, MW, las ofertas eran para complacer a estos sujetos que tienen ese inmenso poder económico. Eso en Moscú era, y sigue siéndolo, muy hiriente. Hay algo que desplaza, que ignora, a la persona común y corriente.

Leemos en Viaje al Postcomunismo: cruzamos el Yeniséi, uno de los grandes ríos que divide la Siberia Occidental de la Oriental, y que inspira a Yolanda «Blanco sobre blanco». Aquí un ritornello del poema: «Iba por el río Yeniséi/ hacia su desembocadura/ en la boca del paisaje/ para ser devorado… Iba en la borda/por sobre el paisaje/sin contar los días/ desde mi destrucción». ¿Estabas pensando en el Gulag? 

No, estaba pensando en la figura trágica de Malévich, porque ese pintor, que tocó la pintura pura, se vio pronto rebajado, quizás obligado, a hacer arte que dialogara con el realismo socialista. O sea, Malévich se devolvió, ¡se devolvió! Y eso me pareció tan triste, tan demoledor. Cuando él se devuelve, vi algo de locura. Lo que hay en ese poema es lo que destruye a la persona, que es la ideología, el sistema político, la cárcel, todo lo que sea capaz de destruir el alma de la persona. En todo caso, tiene el poder de la destrucción de la mente y el alma de una persona. Claro, ésos son los terrenos del Gulag, allí fue donde ocurrió esa gran tragedia.

Sobre el realismo socialista, Ana Teresa Torres escribe este comentario: «el propósito de esta corriente artística era inicialmente expandir la conciencia, dar a conocer los problemas sociales, y abrir la expresión artística y literaria a las clases proletarias y campesinas para que fuesen representadas y no ignoradas como en épocas anteriores». Aquél que se desviara lo esperaba la muerte. El compositor Dimitri Shostakovich lo tomó muy en serio, luego de recibir la amenaza que se publicó en un editorial de Pravda. Algo similar debió experimentar Malévich. 

Algo similar en su alma tendría que buscar mis anotaciones para poder recordar los detalles de su caso. Porque en esos años, yo leí muchísimo sobre Malévich. Pero en todo caso, fue una víctima de las circunstancias y de él mismo. Una víctima trágica, como tantas otras.

Una locomotora que lleva, como mascarón de proa, los símbolos del comunismo: la estrella roja, la hoz y el martillo. Dice Yolanda en «Hedor»: «Por los pueblos va la estrella gastada, /va dejando la estela de memorias lloradas/ en los cementerios/ y un hedor alocado en el tiempo». ¿Podríamos hablar de una contraposición de símbolos?

No lo veo de esa forma sino como la terrible ironía de haberse subido a un tren que lleva como símbolos la estrella roja, la hoz y el martillo, en ruta hacia la península de Kola, donde naufragó la flota del norte soviética y tú veías a la gente de los pueblos y comarcas, cuando salían a ver al tren, y la cara que ponían no era de sorpresa sino de estupefacción. No podían creer que ese tren estuviera pasando otra vez. Quizás esas personas tienen nostalgia por la Unión Soviética. Allí habría muchas cosas mezcladas. Rechazo y nostalgia. Pero era loco viajar en esa locomotora que atravesaba esos paisajes helados, porque ésa es la tundra, más allá del círculo polar ártico, hacia la flota del norte, ahogada en la ciudad de Múrmansk.

Siempre hay nostálgicos del totalitarismo y del fascismo. Lo ves en España con Franco, en Italia con Mussolini, en Alemania con Hitler y en la propia Rusia con el camarada Stalin.

Sí, y aquí con los nostálgicos de Chávez.

En los rostros ves estupefacción o gozo.

La felicidad sin gozo. Cristo salva. Llegó. Uno pasa por esos territorios y lo que ve es una gran desolación. Unas aldeas muy pobres, muy pobres, y uno se pregunta ¿dónde está la escuela? ¿Dónde está el hospital? Y de pronto pasa esa estrella y unos piensan que podrían tener de nuevo un hospital. Eso habla, además, de la indefensión de las personas, de que fueron abandonadas. Acuérdate de lo que vimos en Moscú, la propaganda de Rolex, de los carros BMW, un lujo tan obsceno frente a la persona común. Allí hay una cuestión que dialoga también.

¿Cuál es tu opinión sobre la idea de Ana Teresa Torres, según la cual Venezuela llegó al poscomunismo sin pasar por el comunismo? Hay tantos elementos comunes entre la Rusia de Putin y la Venezuela de Nicolás Maduro. Uno, el sistema político. Dos, el surgimiento y la elocuencia de una oligarquía ahogada en dinero. Tres, los símbolos de la riqueza, las camionetas con choferes y guardaespaldas. Cuatro, la pulsión psicológica y emocional «del resentimiento que se mantiene cuando se ha humillado y ofendido a tantos». Diría que, así como hay un museo a las víctimas del genocidio en Moscú, también podría haber una extensión en los sótanos de El Helicoide. Y al lado la pobreza y los pueblos fantasmas de Venezuela como en Siberia.

Yo no puedo sino estar de acuerdo. Lo que pasa es que esa idea se ha ido cristalizando, justamente con lo que está a la vista de nosotros. Como esas mafias, esas oligarquías se manifiestan, despliegan sus maneras, ruedan en sus camionetas y cómo Moscú puede ser vista como la burbuja de las burbujas. Yo se lo comenté a Ana Teresa. Qué cosa tan curiosa. Estoy viendo lo obvio. Lo más que se parece a nosotros son esas manifestaciones en Moscú. Eso es lo que nos está pasando a nosotros ahora. Y eso es lo que nos acerca a la Rusia actual. A la Rusia de Putin. Con eso no hay contemplación, porque nadie va a dejar que le quiten lo que tiene que es cantidad, porque estamos hablando de dinerales. Toda la cantidad de cosas que pueden pagar. Pueden hacer con el dinero lo que quieran. En fin, lo que vi lo reafirmo cada vez más en el peor sentido. Y las analogías políticas. Lo que representa Putin y cómo se ha ido amarrando al poder, apretando las tuercas. Pero eso ya es otra cosa. Lo que está a la vista ya es claro.

Podría citar uno de sus poemas, «Daño». «Yo podría meterme en sus cabezas/ y volver indemne a mi vida».

Ese libro, 21 Caballos, tiene muchas referencias a la locura, porque lo que puede ocurrir es que te vuelvas loco. Yo quería meterme en sus cabezas para tratar de entender, quizás para desentrañar los misterios de la política, los tejemanejes o lo que sea, pero en el campo político, hasta que me di cuenta. ¡Cuidado!, porque hay un riesgo. Y el riesgo es perder la cabeza. Está dicho expresamente en el libro, la locura de Malévich, que finalmente es la mía también. Esa caída, ese quiebre de la cordura, estuvo en mí durante muchos años y ahora es que me doy cuenta de hasta qué punto. Me hiciste releer 21 Caballos. ¡Dios mío, las cosas que yo digo en ese libro son terribles!


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