Literatura

Una eternidad verde olivo

por Adolfo Calero

Raúl Castro y su hermano, Fidel Castro, asisten al decimoprimer festival mundial de la juventud y los estudiantes. La Habana, agosto de 1978. Fotografía de Prensa Latina | AFP

23/08/2019

Además de los roles que ha desempeñado dentro de la política chilena, Roberto Ampuero exhibe una fructífera carrera como narrador que le han valido diversos galardones en América y Europa. Aunado a esto, son habituales sus apariciones públicas en radio y televisión expresando su punto de vista respecto al fracaso que encierra la utopía comunista, lo cual evidencia el conocimiento y la convicción de alguien que conoce el monstruo por dentro.

Durante su juventud en los años 70, Ampuero fue un ferviente miembro de las Juventudes Comunistas chilenas (JJ.CC.) y, como toda su generación, se encontraba bajo el hechizo del socialismo renacido que encarnaba la Revolución cubana. Cuando Pinochet dio el golpe de Estado en 1973, Ampuero emigró a la Alemania comunista; allí, estudiando en la universidad de Leipzig, se prendó de Margarita Flores, hija del fiscal de la Revolución cubana Fernando Flores Ibarra, mejor conocido como “Charco de Sangre”; este les exigió a ambos que se mudaran a La Habana si querían continuar su relación, lo cual puso muy triste a Margarita –quien tenía planes de “escaparse” a Alemania Occidental– pero hizo feliz a Ampuero, entusiasmado con la idea de vivir in situ el milagro de aquella Revolución.

La experiencia cubana de Ampuero, que duró entre 1974 y 1979, está recogida en su libro más autobiográfico: Nuestros años verde olivo (1999), título que alude al color de los uniformes militares de la dictadura cubana. Aquí, el autor describe todos los aspectos sociales, morales, políticos y económicos que configuraron la dictadura totalitaria de Fidel Castro durante su época de mayor apogeo y crueldad. Además de contar diversas pesadillas cotidianas de aquellos días, Ampuero relata la invasiva vigilancia a la que eran sometidos los emigrados chilenos en la Isla por sus propios compatriotas de las JJ.CC., siempre en estricta obediencia de órdenes cubanas; también narra la tenaz persecución, censura y represión de que eran víctimas los intelectuales de todas las áreas, especialmente los literatos, por quienes Fidel sentía un rencor rayano en la patología tal como lo explica el también chileno Jorge Edwards en su libro Persona non grata (1973). Por ello, uno de los aspectos centrales de Nuestros años verde olivo radica en la amistad de Ampuero con el escritor cubano Heberto Padilla, en desgracia con el régimen por su galardonado y controversial poemario Fuera del juego (1968) en el que, según los censores del régimen, se criticaba políticamente a la Revolución. Ampuero explica cómo él, Padilla y su esposa, la también poeta Belkis Cuza, formaron una inseparable compañía de literatura, ron, riesgos y temores, siempre bajo la sombra amenazante del G2 y su pléyade de espías y “chivatos” infiltrados estratégicamente hasta en las reuniones más íntimas. El infame “caso Padilla”, resuelto por el régimen con la autocrítica forzada del poeta y su inclusión en la “lista negra” de artistas condenados, marcó el punto de quiebre para toda una generación de escritores e intelectuales, incluido el propio Ampuero, que nunca volvió a mirar a la Revolución con esperanza ni ingenuidad. La distopía había devorado al sueño.

Preguntado sobre por qué escribió Nuestros años verde olivo, Ampuero ha respondido que lo hizo anhelando “dejar testimonio de esa etapa crucial” de su vida a su esposa e hijos, y agrega: “la escribí con la franqueza y la honestidad con que se comparten evocaciones con los más cercanos.” También ha explicado por qué modificó nombres e identidades en los personajes del libro, algo posible al concebir la obra como ficción: “revelar en mi novela autobiográfica la identidad de quienes me habían confesado su rechazo al sistema podía significar para ellos brutales represalias.” Nuestros años verde olivo se convirtió en best-seller desde su publicación, por lo que el régimen castrista la proscribió de inmediato a la par que prohibía oficialmente la entrada de su autor a Cuba. No obstante, los cubanos han leído la novela con avidez, gracias a copias clandestinas circulantes y al “contrabando” de muchos extranjeros; esto, y el consecuente gran disgusto de Fidel, generaron en Ampuero una enorme satisfacción.

Respecto a la obsesión de los Castro por Nuestros años verde olivo, es oportuno mencionar una anécdota que ocurrió con motivo de la Feria Internacional del Libro de La Habana 2009. Debido a que dicho evento estaba dedicado a Chile, a él acudió la entonces presidenta chilena Michelle Bachelet, quien fue recibida por el presidente cubano Raúl Castro. Ubicado en el stand de libros chilenos, Raúl aprovechó para mostrarle a la presidenta un ejemplar de Nuestros años verde olivo y, de esta forma, proclamar que la libertad de expresión en Cuba era tan amplia como para vender una novela frontalmente crítica con el régimen en una feria organizada por el Estado.

Aunque Bachelet sabía de sobra que la novela siempre estuvo –y seguía estando– censurada en la Isla, ella prefirió guardar prudente silencio. Sin embargo, una vez retirados ambos mandatarios, comenzó en torno al libro de Ampuero un movimiento inusual: los ejemplares se agotaron en pocos minutos, solicitados y adquiridos de manera precisa por compradores de cabello corto, gafas oscuras y guayaberas. Sobre esto, Ampuero escribió en 2010: “[Jorge] Edwards y yo esperamos desde la distancia en vano a que Michelle Bachelet condenara al menos con guantes de seda en la Feria Internacional del Libro de La Habana la censura de nuestras obras, como en vano esperaron las corajudas Damas de Blanco y los admirables disidentes cubanos a que ella se dignara a recibirlos en esa gira para intercambiar unas palabras, u obtener al menos un gesto de conmiseración de una mujer que treinta y cinco años antes sufría la represión de Pinochet como ellos la de los Castro en la actualidad. Nunca imaginé que una mandataria chilena que fue víctima de la dictadura militar y luchadora por la recuperación de la democracia, fuera a ser incapaz de elevar su voz frente al dictador que mantiene la censura sobre obras escritas por Neruda, Edwards y mi persona. Su silencio como representante de nuestra nación fue y sigue siendo doloroso e inexplicable para mí.”


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