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Perspectivas

Un militar de otra marca

por Francisco Suniaga

23/01/2020

Wolfgang Larrazábal, presidente de la Junta de Gobierno, en acto diplomático. Circa 1958. Caracas. Autor no identificado. Archivo Fotografía Urbana.

Gracias a él supe de la existencia de la palabra héroe. El 23 de enero de 1958 había aparecido de la nada, para convertirse en el líder militar del movimiento que sacó a Pérez Jiménez del poder y condujo al restablecimiento democrático. Pocos meses después, en noviembre, Wolfgang Larrazábal (Górfan entre mis paisanos) renunció a la presidencia de la Junta de Gobierno para competir en unas elecciones libres como candidato de URD. Su nombre, que ya se pronunciaba con frecuencia en mi entorno, pasó a ser una suerte de mantra en aquella Margarita jovitera. De esa aventura electoral guardo un nebuloso recuerdo, que solo se hace nítido en la tristeza de mi padre la noche de las elecciones (07-12-1958). Fue la primera de muchas derrotas familiares en política porque en esa materia mi progenitor era como el coronel Aureliano Buendía.

Wolfgang Larrazábal reapareció en nuestras vidas en la campaña de 1963, cuando fundó su partido, Fuerza Democrática Popular (FDP), y aspiró por última vez a la presidencia. Durante su campaña entró a La Asunción en un carro descapotable y se detuvo a saludar a un grupo de militantes urredistas que se había acercado a verlo pasar. Una de las mujeres presentes le dijo entonces: “Apoya a Jóvito, no lo traiciones” –en el culto margariteño a Jóvito una de las premisas era que siempre alguien lo había traicionado–. Su respuesta fue una carcajada y un apretón de manos a cada uno de los presentes.

Volvió a pasar por nuestra puerta por última vez en 1968, en plan de líder de su partido, con el mismo talante risueño y tranquilo de otrora. En aquella oportunidad, junto con Arturo Úslar, apoyó la nueva empresa política de Jóvito Villalba (esa vez no lo “traicionó”), el llamado Frente de la Victoria, cuyo candidato presidencial fue Miguel Ángel Burelli Rivas. Otra derrota electoral.

Al final, hizo como dijera Douglas Mc Arthur que deben hacer los auténticos soldados, se difuminó en el tiempo y espacio turbulentos de nuestro acontecer. La última vez que escuché hablar de él fue a un conocido suyo, quien lo exaltaba por su devoción en el cuido de su esposa minada por una larga enfermedad, revelándome así el lado humano de Larrazábal.

Volví sobre estos recuerdos y consulté algunas notas biográficas suyas a instancias de Vasco Szinetar, quien me pidió un texto para acompañar estas gráficas. Me di cuenta entonces que guardo por Wolfgang Larrazábal y su memoria una suerte de simpatía mezclada con agradecimiento –compartida creo por la mayoría del pueblo venezolano– por haber sido quien fue, por su actuación en aquellos primeros tiempos fundacionales de la democracia y por su comportamiento ulterior.

Ha sido uno de los pocos personajes políticos y públicos venezolanos que, habiendo ocupado las más altas instancias del poder, resiste la prueba evangélica de: “por sus hechos los conoceréis”. En un tiempo cuando las dictaduras militares eran, con la anuencia de Washington, la pauta en nuestro continente, optó por la democracia. En la encrucijada de cambiar la historia de Venezuela (para mal, como tanto ha ocurrido con otros colegas suyos), escogió la ruta de la paz y la civilidad, pareciera que el poder nunca lo encandiló.

Jamás escuché su nombre asociado a algún escándalo de corrupción, ni vinculado a trapisondas golpistas. Jamás escuché o leí alguna declaración suya altisonante o que contuviera amenaza alguna contra individuos ni grupos. En el grupo de fotos que este escrito acompaña, hay una en particular que me llamó la atención: esa en la que Betancourt lo saluda con evidente simpatía, el día de su toma de su juramentación como primer Presidente Constitucional de Venezuela. No podía ser de otra manera con un demócrata probado.

Curiosamente, Wolfgang Larrazábal se formó en una academia gomecista (1928-1932) y casi la totalidad de su carrera transcurrió en el curso de dictaduras militares. Ese historial no puede ser más contrastante con su actuación impecable como demócrata. Conducta que permite una pregunta: ¿por qué los formados en la democracia atentaron contra ella y se han convertido en soporte, el último que les queda, del actual régimen autoritario? ¿En qué falló el sistema de formación y profesionalización de las fuerzas armadas de la democracia? Ese es uno de los grandes debates en y por la Venezuela que ha de surgir de esta pesadilla. La Venezuela que debe escoger, de manera definitiva, entre militares como Wolfgang Larrazábal y los golpistas.

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Esta galería fue publicada originalmente en Prodavinci el 23 de enero de 2016


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