LiteraturaPoesía

Sobre el hecho de vivir

02/09/2018

A garden for Orpheus 1, de Paul Klee

Rafael Cadenas nació el 8 de abril de 1930 en Barquisimeto, estado Lara, Venezuela. Desde 1952 a 1956 fue desterrado de su país y vivió en Trinidad. A su regreso se residenció definitivamente en Caracas y publicó su primer libro de poemas: Los cuadernos del destierro. Formó parte del grupo fundador de la revista Tabla redonda. Publicó un segundo libro de poemas titulado Falsas maniobras, después de lo cual guarda un prolongado silencio pero sin haber dejado de escribir y meditar. Los poemas inéditos forman parte de un nuevo ciclo de escritura en el cual se evidencia un cambio radical en relación con sus libros anteriores. Actualmente cumple tareas docentes en la Escuela de Letras de la Universidad Central. Ha traducido, entre otros, poemas de Segalen, Graves y Cavafis.*

Al margen de grupos y disputas literarios, Cadenas lleva una vida retirada y solitaria dedicada a la creación poética, a lo que él mismo denomina «la investigación sobre el hecho de vivir», y a su compañera Milena y sus hijos. Reacio por principio a todo cuanto pueda sonar a publicidad, sólo después de reiterados pedidos y explicaciones accedió a concedernos la presente entrevista. Sin embargo, superada esa primera dificultad, el poeta habla amistosamente, con una gran franqueza y sencillez. Su conversación es lenta y pausada, detenida por largos silencios en los que escucha con atención a su interlocutor, como buscando el peso y la densidad de las palabras. Hablando acerca del aparente desatino que representa la actividad poética en nuestras sociedades, surge la primera pregunta.

Se dice que la poesía es desatino, ¿por qué un hombre se dedica a ella?
Decir que la vocación lo lleva a ella es algo tal vez muy simple; pero pensemos en que la vocación tiene mucho de actitud amorosa. Entonces esa palabra toma otro sentido: quiere decir amor. Sin embargo, hay que tener cuidado al hablar de amor, pues uno ve que no abunda mucho entre los poetas. Lo que suele predominar es una actitud egocéntrica.

Un poeta ¿es poeta en todos los momentos de su día?
Ante todo quiero aclararle que yo nunca me he considerado poeta. Este es un rótulo, como cualquier otro. Uno es un ser humano. Además, a veces el arte sirve para encubrir lo que uno en realidad es. Pero admitiendo que alguien es poeta, ¿por qué establecer esta división entre momentos en que se es más poeta que en otros? Si consideramos a la poesía como vida, el poeta es siempre poeta como el ser humano es siempre ser humano. Cuando uno se enoja o se alegra o se entristece o pasea o come está viviendo y no creo que sea necesario introducir una jerarquía en nuestras actividades. Todas tienen su valor dentro de eso que se llama vida.

Pero, ¿no hay momentos en la vida de todo hombre que se jerarquizan por sí mismos, ciertas experiencias en el orden cotidiano que se diferencian por su intensidad, por el deslumbramiento o la opacidad con que son vividos?
Si los hay, pero ellos y los que se consideran inferiores entran todos en el torrente de la realidad y todos son válidos. Hay que vivirlos como hechos que pertenecen a ella. Un momento «inferior» vivido a fondo, ¿no cambia de cualidad?, ¿no se invierte?, ¿no se vuelve «superior»? Además, esos momentos especiales son como cucharaditas de agua para un sediento.

Exactamente. Cuando se vive, desaparecen las categorías. Ahora, ¿cuánto vive realmente el hombre de su vida?
Si, esto nos lleva además a darnos cuenta de un hecho tremendo: que no vivimos plenamente.

Entonces, ¿Qué relación habría entre el poema y esos momentos vividos?
Por una parte, el poema surge de toda la vida; por la otra, su fuerza viene de esos momentos.

Generalmente se acepta que el poema surge de la imaginación. ¿No habrá llegado el momento de resituar estos términos de «realidad» e «imaginación» y revalorizar sus significados?
Creo que la imaginación ha sido sobrevalorada, y esto ha traído una depreciación de la realidad. Es esta última la que deberíamos revalidar. Esto puede producir una aparente pobreza en la poesía, que se vería despojada de algo que ha sido su principal fuente hasta ahora; pero se trata más bien de una riqueza de un orden diferente que no ha sido descubierta todavía. La poesía se volvería sencilla, pero dentro de la profundidad insondable del más grande de los descubrimientos, el descubrimiento de la realidad. Eliot decía que la poesía debía ser complicada porque la vida moderna lo era; pero me parece que precisamente por esto, por ser el mundo actual tan complejo, la poesía puede hacer, entre otras cosas, algo muy importante por el hombre: reconducirlo a la sencillez.

Dejando de lado el rótulo de poeta y concediendo que todo ser humano es capaz de vivir momentos de su vida que, por el solo hecho de ser vividos le confieren una resonancia especial, ¿en qué difiere el hombre-poeta del hombre no poeta?
Contestarle implica que yo estoy seguro de lo que es ser poeta, y esta es una pretensión. Pero digamos que se diferencian en la relación que tienen con el mundo. Aunque, nuevamente, temo que estemos contribuyendo a crear y consagrar una imagen de lo que es el poeta. ¿Cuál será la nota común de estos? ¿Escribir poesía? ¿Será algo más profundo que no puede expresarse? Se ha dicho que hay poesía como realización artística y poesía como manera de ser. Poetas en este sentido, tal vez más importante que el otro, hay muchos. Son bastantes los seres-poetas, pueden hasta integrar una comunidad. Ahí entran, desde el hombre sencillo que trabaja con sus manos y tiene sensibilidad, hasta el científico con espíritu de artista. Este grupo podría hacer mucho bien en esta época que es como una noche para los hombres.

Los poetas que escriben, son dentro de esta congregación dispersa por el mundo, como especialistas que han establecido una relación muy singular con el lenguaje. Lo hacen trabajar de una manera determinada, que le da una fuerza también peculiar. No es la fuerza de una buena prosa razonada, sino una fuerza que actúa en otro nivel más profundo, más olvidado, más perdido. El peligro está precisamente en el comercio especial que tienen con el lenguaje, pues como les da cierto poder, surge para el yo la posibilidad generalmente no desaprovechada, de usufructuarlo, y la triste soberbia y el sentirse el poeta, el artista, un pequeño dios. Aparecen todas esas tonterías. También se cae en exagerar el valor del lenguaje, cosa que ocurre actualmente.

El hombre que se llama “poeta”, ¿no sería aquel que por razones oscuras o no fácilmente precisables, se ha hecho a sí mismo la firme proposición de custodiar esos momentos de vida y de revalorizar, a partir de ellos y constantemente, la realidad?
¿Cuáles momentos no son de vida? Además, si el poeta revaloriza todo partiendo de ellos, es porque los ha convertido en medida, y así no puede llegar a la realidad, pues en ella entra todo, y todo tiene validez, una validez propia. Los momentos de vida le servirán para no vivir más, pues estará siempre esperando a que vuelvan. Si le sirven de punto de referencia, quiere decir que compara y al comparar desvaloriza los momentos que de acuerdo con la medida sean insuficientes, pero éstos también son parte de la vida. No es conveniente separarlos y crear más división en nosotros. Custodiar es proteger, y cuando protegemos surge el miedo. Los momentos de que hablas pueden convertirse en fuente de sufrimiento.

¿Qué significa la poesía en la vida real de todos los días para ti?
Te voy a contestar al revés. Primero qué significa la vida y luego qué lugar ocupa en ella la poesía en su doble significado. Para mi la vida es el misterio del cual formamos parte y por eso somos también el misterio. Nuestra esencia es el hecho de que vivimos. Todo lo demás es secundario frente a este hecho máximo. Hasta la poesía como creación. La poesía en el otro sentido sería un estar a tono con la vida, abierto a ella, sensible a todo lo que va presentando. Un vivir poético sería un vivir moviéndose con lo que fluye. Yo no sé si esto debe llamarse así o si al hacerlo complicamos las cosas. Acompañar la vida. Ese es el asunto.

¿Qué te lleva a escribir poesía?
Antes, cuando escribía más, el sufrimiento que viene de vivirse como personaje era lo que me movía. Digo personaje porque estaba en plena representación. Como le daba beligerancia al yo, que es siempre un actor, me vivía como en escena, íntima, imaginaria, privada, y de ese «drama» surgieron textos que tienen la limitación de todo lo que se hace cuando el yo se toma en serio. En ese periodo le daba demasiado valor a las palabras, pero comprendí que muchas veces se usan para encubrir la verdad. Los seres humanos vivimos en un mundo de palabras, y más aún los intelectuales, y de ellas a veces nos servimos para no ver y sobre todo para no vernos tal cual somos. El que escribe un poema o un cuento o un artículo puede perfectamente estar en plena representación, actuando y olvidándose de lo que en realidad es él. Hay que estar muy atento.

Somos tan ilusos, creemos esto y aquello sobre nosotros, nos damos importancia. Primero se crea un altar –la cultura–, después nos asociamos a él y luego reclamamos derechos, porque somos seres especiales, artistas, poetas. Todo esto es un poco infantil. Los poetas y escritores se enojan si no los nombran, si los excluyen, si no les dan un premio. Es decir, que reaccionan como el resto de los mortales. ¿Cómo pretenden erigirse en guías, hablar desde una instancia especial, considerarse hijos del cielo? Pero volviendo a tu pregunta, cada vez me siento menos escritor, aunque yo nunca he sabido escribir mucho. Últimamente tiendo a la prosa, pues creo que es urgente decir ciertas cosas y decirlas de tal manera que no puedan ser tomadas como literatura, cosa que ocurre cuando se hace literatura. Es lo que le ha pasado a todos los poetas y escritores, aun a los más desgarrados, a los más extremos. Lo que dicen está dentro de un estilo y esto es mortal para lo que se dice. Yo ya no puedo soportar autores a quienes apreciaba mucho; me parece que la forma con que revistieron su expresión desvirtúa sus palabras. Este es un drama tremendo que no hemos resuelto. El escritor está condenado por la literatura a que sus palabras no pesen; entonces hay que salirse de ella, y escribir para decir lo que se tiene que decir, limitándose a emplear con respeto el lenguaje, sin pretender hacer obras de arte. Es decir, sólo la humildad puede salvar a la expresión del equívoco que acompaña desgraciadamente a la «pobre literatura», el equívoco de ser seria y al mismo tiempo no serlo, porque algo inherente a ella la invalida. Yo no sé qué pasa, pero siento un profundo malestar con la literatura y la poesía. Hay que buscar una salida, aunque la solución arrase con ellas. Lo importante es la verdad.

¿Qué es el amor para R.C.?
Hemos vuelto al punto de donde partimos. Hablas otra vez de amor. ¿Es esta una realidad para nosotros? Los poetas, los religiosos, los jóvenes, hablan de amor, pero ¿es el amor algo efectivo? ¿existe verdaderamente en sus vidas? Lo que pasa es que es muy fácil hablar de estas cosas. Por eso se vive en la ilusión, tomamos por realidad lo que somos capaces de verbalizar. Así escribimos sobre el amor y creemos en lo que decimos y nos sentimos en su reino, y la verdad es otra, la verdad simple y llana es que vivimos encerrados en nuestro yo. No hay que darle muchas vueltas a este hecho que salta a los ojos. Es más puro, más honesto y más sano vivir con esa evidencia, tenerla frente a los ojos, que representar una comedia de seres hermosos, cosa que no somos. A partir de aquí puede surgir algo, pero del autoengaño no. Fíjate lo que pasa con los jóvenes. Cómo usan las palabras. Viven en la ilusión de las palabras, amor, paz, liberación. Pero no han penetrado en el sentido real de ellas, y siguen en el fondo expresando a la sociedad de la cual creen haberse diferenciado.

Para terminar, ¿cuál es la actividad que más te interesa?
La actividad que ocupa el primer lugar en mi vida es la investigación sobre el hecho de vivir. Esto ha desplazado todo otro interés, y en los últimos años he escrito poco. Vivir plenamente es algo más importante que todo lo que uno pueda escribir; y vivir, para mí, significa asentimiento profundo a la realidad, lo cual es fácil de decir. A esta armonía del asentir se opone el yo, que siempre le quiere dictar los términos –sus términos– a la vida, y esto no puede ser. El día que la realidad ocupe el puesto del yo, lo desaloje, entonces ¿para qué palabras? ¿para qué poemas si todo vibra y nosotros también vibramos? ¿para qué conversaciones como ésta, semi habladas y semi escritas? Así deberíamos vivir todos, sin que el puesto de preferencia esté reservado al yo.

Lo que está ocurriendo es algo espantoso. La humanidad puede aniquilarse. ¿Por qué no nos damos cuenta? Perdemos nuestro tiempo en niñerías, mientras nuestra morada se derrumba. Es necesario que todos los hombres de sensibilidad lancen un S.O.S. y que éste se propague. Salvemos la naturaleza, los niños, salvémoslos de nosotros, salvemos la vida, el lenguaje, el silencio. Salvemos todo lo salvable, tal vez todavía hay tiempo. Salvemos la tierra, los árboles, las nubes, los ríos, el aire. Para eso hay que acabar con la idea de hombre. Salirse del engranaje.

*

*Cadenas ya se jubiló de la Universidad Central y posteriormente a esta fecha ha traducido a numerosos poetas.

***

Conversación con Rafael Cadenas, Gabriel Rodríguez, Revista Extramuros, diciembre 1972. Curaduría: Josefina Núñez.


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