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Perspectivas

Rony Vivas: “Somos una sociedad extremadamente militarista”

por Hugo Prieto

Rony Vivas retratado por Ernesto Costante

17/11/2019

Me he tomado una licencia: transcribir la frase del escritor inglés Christopher Isherwood, de su libro de viajes por América Latina, El Cóndor y las vacas (1947), a manera de introducción de esta entrevista: “La aflicción de todos los países latinoamericanos es su ejército, o más bien su Estado Mayor. Se supone que los ejércitos deben defender a los países que los mantienen y no participar en la política interna. Aquí, por lo general, es justo al contrario. Los oficiales del Estado Mayor rara vez se distinguen en el campo de batalla, pero ejercen un poder político decisivo y sumamente irresponsable. Hacen y deshacen presidentes, aplastan las manifestaciones populares, se dividen en facciones y luchan entre ellos como si fueran caballeros feudales…”

Parece una letanía, el eco de una voz que recorre el continente, desde Venezuela hasta Chile, desde la Independencia hasta el día de hoy.

Basta citar estas breves líneas para dejar constancia de la atemporalidad de los hechos que hemos vivido y estamos viviendo. Y aquí es donde esta huella perenne encaja con la exposición del fotógrafo Rony Vivas (Galería Tres y 3), que comienza con una imagen de las escalinatas de El Calvario —en la que solo se distinguen con claridad los ojos de Chávez— y culmina con la cachucha de Pérez Jiménez, cuyo trazo ovalado es parte del velódromo cubierto de la UCV, que corona el mural del fallecido artista plástico y caricaturista Pedro León Zapata.

La atemporalidad corresponde esta vez a muchas fotografías, ensambladas a su vez en ocho piezas fotográficas, de manifestaciones populares aplastadas por fuerzas policiales y militares, pero también deja constancia del conflicto secular entre militarismo y civilidad y la urgencia de documentar los desmanes y las violaciones de los derechos humanos en una época de oscuridad.

¿Qué se ha propuesto con esta exposición?

Si ves las fotografías de las protestas, al momento en que fueron tomadas como una noticia, puedes diferenciarlas, porque tienen una fecha, un texto; pero si las miras en un contexto diferente, no puedes estar seguro del hecho y año al que corresponden: ¿2015? ¿2017? Pensando en esto quise acercarme al hecho fotográfico como tal, a las protestas, con una conciencia documentalista, pero buscando una imagen diferente, y para ello utilicé la imagen analógica y el arrastre de la película. Si se quiere, para reflejar visualmente la reiteración, diría la atemporalidad, de lo que hemos vivido y estamos viviendo. Quise, además, que el espectador no pudiera distinguir a qué época corresponden mis imágenes.

La atemporalidad de la que habla también está presente en las reseñas periodísticas, en los análisis, en los ensayos, que, ante circunstancias similares, pudieran revestirse de actualidad. Quizás porque somos un país políticamente congelado, pero socialmente en eclosión.

Paradójicamente tenía mucha angustia por la inercia que vivimos. Esa efervescencia de las protestas que suele repetirse a comienzos de años, entre enero y febrero. La sensación al principio es de optimismo, pero nunca vemos una salida. Vivimos la incertidumbre que produce un ciclo que se repite una y otra vez.

Fotografía de Rony Vivas

El individuo aparece borroso en sus imágenes. ¿Hemos perdido toda categorización? ¿Toda importancia?

Una de las características de la cámara estenopeica es que no hay definición. Podría haber hecho este trabajo en Photoshop, tal vez con una cámara moderna, pero no sería igual el resultado. Tampoco es casual que el resultado sea así. ¿Por qué? porque como en los conos griegos, tú no ves la identidad de alguien, pero sí una voz única que, por lo general, va en contrapunteo con la voz de un gran hombre, de un Hegemón, de un dios, un semidiós, y esa dicotomía ha estado allí permanentemente. En una marcha no necesariamente te expresas individualmente, sino como parte de una gran masa que dice: Nosotros no podemos contrarrestar al Estado, al gran poder del Estado, de ninguna manera sino a través de la unión de una masa amorfa que es la sociedad.

Dentro de esas imágenes amorfas de la ciudad, de sus habitantes, de su topografía e iconos urbanos, podemos ver las escalinatas de El Calvario y en ellas lo único que vemos con nitidez son los ojos de Chávez.

Esta propuesta, conceptualmente, la empecé a trabajar con Nelson Garrido, quien, al ver las primeras imágenes, me dijo que le gustaban mucho porque era como ver los fantasmas de los caídos en las marchas. En ese momento pude ver cuál era mi intención con las imágenes. No solo era retratar, políticamente hablando, a esa masa amorfa que somos todos nosotros, sino también a todos los caídos, por quienes seguimos marchando. Entonces, en esa conceptualización, en ese análisis, nosotros tenemos a un gran fantasma: esos ojos que nos ven de forma permanente y desde todos lados. La intencionalidad política es muy clara, que nosotros como individuos estemos por debajo del gran Hegemón, que ya ni siquiera está vivo, pero se convirtió en una especie de dios omnipresente que está en nuestra psique. ¿O esos ojos no están presentes en todos lados? Aunque no lo quieras ver te están mirando de una manera inquisitiva.

¿La elección de las escalinatas de El Calvario fue algo casual o intencional? Y lo pregunto porque nosotros, todos los venezolanos, estamos viviendo un calvario. 

No fue para nada casual. Cuando empecé a estudiar el discurso que estaba elaborando y el por qué, lo único que conseguía era el conflicto, el conflicto una y otra vez, pero ¿cuál era el trasfondo? No era solamente la dicotomía entre derecha e izquierda, entre Guiadó y Maduro. No. El problema iba mucho más allá. El problema era simbólico. Y ha sido permanente, porque a los venezolanos, a lo largo de la historia y en distintas épocas, nos han querido imponer el endiosamiento militar. Idolatramos a Bolívar y Bolívar no es un civil. Y por eso los ojos de Chávez. Para mí fue absolutamente impactante ver en el proceso fotográfico, en el disparo y el arrastre de la imagen, en el laboratorio de revelado, esos ojos. Pero, evidentemente, yo quería buscar eso, porque lo que estamos viviendo, desde mi punto de vista, es un calvario total.

La imagen central de su propuesta, en la que hay fotografías de varios momentos que refieren a la confrontación, a la violencia, se amplían en un plano general, como un trasfondo. ¿Qué motivó esa decisión?

En un primer momento traté de captar todo lo que sucedía como una gran secuencia cinematográfica. De hecho, me sorprende, porque aún descubro cosas en las imágenes que pasaron inadvertidas, y créeme que la he visto muchas veces. Es una sola gran fotografía, pero es al mismo tiempo muchas fotografías. Es el mismo momento, pero el hecho del arrastre, el hecho de que haya superposiciones sobre superposiciones, hace que la fotografía sea como un lapso narrado en clave cinematográfica, como una secuencia que el espectador cree que puede referenciar como hechos puntuales. Es el momento en el que le pedimos a la Fuerza Armada que apoyara la movilización. Cosa que no sucedió, pero refleja muy bien toda esta confrontación de calle contra los militares y los grupos que están en el poder. La sociedad civil contra el militarismo. Hay quien dice que hace referencia a las pinturas elípticas de Tovar y Tovar.

Rony Vivas retratado por Ernesto Costante

¿No es contradictorio que esa fotografía se asocie a una pintura que evoca una batalla, una epopeya militar?

No, es al revés, justamente porque lo militar es lo que tenemos en el inconsciente. Desde pequeños nos enseñan que lo militar está por encima de lo civil y cuando vamos a la calle, vamos armados de banderas, de pitos, consignas. No vamos como civiles, vamos como militares. Somos militantes de una idea. Entonces, no es contradictorio, eso está en nuestros genes. Somos una sociedad extremadamente militarista y rendimos culto a lo militar.

Quizás esa frase que le atribuyen a Bolívar: “Caracas un cuartel; Bogotá una universidad y Quito un convento”.

Sí, insisto, lo militar está muy marcado en nuestra sociedad. En la curaduría que hizo Ricardo Jiménez había una foto del Hospital Vargas, finalmente no la incluimos.  ¿No era José María Vargas, quizás, el único prócer civil que tenemos? Y ahí está el estado al que le cambiaron el nombre.

¿Qué tiene de cesarismo democrático su exposición?

Tal vez la única imagen que monté en Photoshop, la imagen del Paseo los Próceres y también la imagen de Bolívar de espaldas, en el Centro Simón Bolívar. Esos próceres están allí como diluyéndose en este caos y la solución, creo yo, está en la civilidad que nosotros mismos deberíamos tener. No deberíamos buscar la forma de integrarnos a una masa siempre, sino buscar lo individual.

Fotografía de Rony Vivas

Los próceres de la independencia fueron la esencia, la razón de ser de este país. No podemos negar que la sociedad venezolana estaba al servicio de una causa militar y, por tanto, de una guerra.

Es correcto.

No necesariamente el origen tiene que ser algo negativo.

No, la epopeya en sí no lo es. La crítica no es al hecho en sí mismo, sino a la lectura que le damos a esas cosas. Yo creo que la lectura que le estamos dando a Bolívar en este momento no es la correcta. Recuerdo que en la época en que hubo democracia en Venezuela, por ejemplo, los ascensos militares se debatían en el extinto Congreso y era un tema importante. Hoy en día, el tema de los ascensos es una caja negra de los militares llevada al extremo total. Pero esa politización de las Fuerzas Armadas no empezó con Chávez.

Hay una imagen de mujeres sosteniendo una bandera.

Sí, no son rostros visibles, pero sí son mujeres que se integran a la épica de esta masa en una marcha del 23 de enero. Mucha gente asumió la política por necesidad, eso en sí mismo no es ni bueno ni malo. Digamos que es producto de la circunstancias.

Fotografía de Rony Vivas

El 23 de enero marca el inicio de la democracia y de un pacto político que perduró durante 40 años, una etapa en la que se hicieron los consensos que le dieron estabilidad política y crecimiento económico a este país. Pero parece que el militarismo nos espera a la vuelta de la esquina y del cual no vamos a escapar nunca.

Yo creo que no. Ahí está lo que pasó en Bolivia. Evo cayó porque los militares le retiraron el apoyo. Aquí tenemos a Guaidó, a quien reconocen como presidente encargado más de 50 países y una mayoría significativa de venezolanos, pero si los militares no están con él, no hacemos nada. Entonces, ese tema de la civilidad, digamos, como un camino propio es lo más parecido a una utopía irrealizable. A Maduro le tiene sin cuidado si nosotros, los civiles, lo apoyamos; siempre y cuando cuente con el respaldo de los militares, él está tranquilo. Pareciera que el 23 de enero nos liberamos del militarismo, pero solo fue un sueño que nunca se hizo realidad.

Sí, quizás fue un relámpago. ¿Ese instante está en su exposición?

Sí, pero como crítica. Hemos visto a los militares en su faena represiva y también en su inacción ante la crisis. Esa inacción es un discurso en sí mismo. Es cierto, no todos los militares son iguales, pero su inacción ante la sociedad civil ha sido su política de Estado. No les importa si nos matan, si la gente muere de hambre, si los venezolanos emigran, no les importa nada. Les importan sus prebendas y el apoyo político que le dan al Gobierno, sus beneficios y sus negocios, no sé si son legales o no porque no me consta.

Me permito discrepar. Yo creo que los militares tienen vocación de poder y el propósito de tutelar a la sociedad venezolana.

Sí, lo he vivido incluso en el ámbito personal. Yo soy como la oveja negra de mi familia porque nunca me atrajo el mundo castrense, pero en mi familia hay militares. En el país se habla de dos mundos castrenses: el de los altos mandos y el los comacates y en ambos participan los militares institucionalistas, como se autodenominan ellos. Pero están sujetos a recibir órdenes. ¿Qué han hecho? Han preferido mantener y resguardar su integridad familiar y, llegado el caso, pedir la baja. Esa inacción ha dado paso a que los altos mandos, que tiene su posición política muy bien definida y sus objetivos clarísimos, lleven a cabo tranquilamente esto durante 20 años. ¿Por qué antes no fue tan sencillo eso?

Ya que se hizo la pregunta, respóndala.

Ah, porque mal que bien funcionaban ciertos balances institucionales. Había múltiples partidos en el sistema político venezolano que hacían de los contrapesos algo necesario. El germen de nuestros males está en el afán militarista y llegamos hasta aquí porque hemos subestimado y menospreciado las instituciones democráticas. Ni siquiera tomamos en serio a nuestra propia Asamblea Nacional.

Al recorrer la exposición, creo que la tristeza invade a los adultos, tristeza porque vemos a las víctimas potenciales de la represión, porque esa presencia borrosa de la gente no es otra cosa que los fantasmas en que nos hemos convertido. Pero, seguramente, en los jóvenes esas imágenes gatillarán la rabia. ¿Qué piensas?

Mi propósito era despertar una consciencia menos contrastada de la realidad que vivimos. Una visión distinta a lo que nos han dicho con tanta insistencia: Estos son los buenos… estos son los malos. Una percepción distinta, menos metida dentro de un personaje. Y tratar de vernos a nosotros mismos, porque este problema no se va a acabar mañana, ni el año que viene ni el de arriba. Entonces, reflexionar un poco. ¿Qué estamos haciendo como sociedad? El chavismo va a seguir existiendo, caiga o no caiga Maduro. Y nosotros, como sociedad, también somos responsables: elegimos a Chávez no una vez, sino muchas veces. Sí, en esas imágenes, psicológicamente hablando, hay una mancha. ¿Qué veo yo en esa mancha? Mucha tristeza, mucha desesperanza. No puedo olvidar que en 2017, en medio de las protestas y manifestaciones, cayó un poco de gente muerta y muertos quedaron.

La imagen que cierra la exposición es una visión inquietante de nosotros mismos: la cachucha de Pérez Jiménez sobre el mural de Zapata y como trasfondo la UCV. Tres componentes inestables, en constante tensión y sumamente volátiles.

Siempre me llamó la atención la superposición de esas dos cosas: la cachucha de Pérez Jiménez sobre el mural de Zapata y el valor simbólico que para los estudiantes tiene la inviolabilidad de la autonomía universitaria. La cachucha de Pérez Jiménez es como un recordatorio de lo que el militarismo puede hacer en nuestra Universidad. A mí me preocupaba muchísimo que el mural de Zapata fuera definido, pero no lo logré. A la distancia ese mural era tan parecido a la indefinición de mis propias imágenes que para mí fue un choque completo. Quiere decir que esa indefinición de lo que es la civilidad siempre ha estado.

Fotografía de Rony Vivas

¿Ha pensado cuál sería el futuro de nosotros como sociedad?

Lamentablemente no soy optimista, porque nuestro problema es cultural, no es político. Y nadie se preocupa por eso. Estamos muy centrados, y con razón, en asuntos más urgentes, pero eso no quiere decir que lo urgente sea más importante que lo importante. Durante muchísimos años hemos descuidado la educación inicial. ¿Cómo puedes enviar a un niño a la escuela sin haber desayunado? ¿Quién puede pensar en inculcar valores en medio de esa urgencia? El núcleo social es la familia y en Venezuela ese núcleo está destruido. Es muy preocupante lo que nos está pasando.


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