Entrevista

Rodolfo Izaguirre: “Hay que restablecer el horizonte”

por Hugo Prieto

Fotografías de Andrés Kerese

20/05/2018

La mitología, la antigüedad y sus claves están presentes a lo largo de los escritos de prensa de Rodolfo Izaguirre, un hombre de cine que, además, escribe con propiedad y conoce los rudimentos del oficio. El libro en cuestión lleva por título Obligaciones de la Memoria, que comenzará a circular a comienzos de junio.

No es casual que los laberintos, los eclipses, las menciones bíblicas y las referencias cinematográficas se entrecrucen para poner de manifiesto la comicidad de la tragedia que estamos viviendo. Muy pronto, y casi sin advertirlo, lo que sin duda es un talento, nos encontramos ante una realidad inquietante y terrorífica. Un país cuya mayor frustración es haber intentado llegar a la modernidad, sin lograrlo. Seguimos hundidos en el primitivismo, quizás porque inconscientemente nos desviamos hacia los cuarteles, en lugar de perseverar en la civilidad.

Si tuviera que hacer una síntesis sobre una película acerca de lo que estamos viviendo en Venezuela. ¿Qué diría?

Haría una síntesis de una película que tratara sobre un laberinto. El primer laberinto que se hizo fue para encerrar allí a los demonios; para que los demonios se devoraran y se exterminaran entre ellos mismos. Ese laberinto sería el país y la trama daría cuenta de la lucha de cada uno de nosotros por salir de él. Al final, estoy yo, en la salida del laberinto, con la cabeza sangrante del minotauro en la mano.

¿Cuál sería el título de esa película?

El nombre que tiene este libro: Obligaciones de la memoria. Es tal la situación que estamos viviendo, que no es que la memoria nos va a pedir que olvidemos. Al contrario. Nosotros le tenemos que decir a la memoria que no puede olvidar, lo que nos está ocurriendo. Lo digo porque la memoria venezolana es muy frágil. Olvidamos casi a diario. Pero esta vez no puede olvidarse, porque es demasiado cruel lo que nos está pasando. Obligarnos a nosotros, que estamos dentro del laberinto a no devorarnos.

No sé si la siguiente cita correspondería a la etapa de Sardio, que es anterior a El Techo de la Ballena, y por lo tanto a su primera juventud. “Fueron tantas las veces que me hice la autocrítica que llegué a conocer el sabor y las dimensiones del cinismo”. Me recordó el lema según el cual los éxitos son del partido y los fracasos del individuo.

Stalin hipnotizó al mundo, a Pablo Picasso, a Pablo Neruda, a los surrealistas franceses, ¿cómo no iba a hipnotizar a un muchachito en Caracas? No solamente Stalin, Fidel Castro, con la revolución cubana, también nos hipnotizó a todos. Rafael Arráiz Lucca, no sé con qué propósitos, publicó un manifiesto, en el que todos los intelectuales se adhieren a la revolución cubana. Todos, todos estábamos allí, porque fue la revelación y la aspiración contenida durante años: El hombre nuevo, las promesas del socialismo. Yo era director de publicaciones de la UCV y tenía acceso a los lugares destinados a las autoridades. Vi pasar a Fidel Castro a mí lado, casi lo podía tocar. Yo vi a un héroe. Nunca había visto a un héroe, que no fuera en las novelas, era el primero que veía: un tipo alto, corpulento, con un quipe y uniforme verde olivo y un tabaco en la boca. Yo no sabía que ese tipo, años más tarde, se iba a convertir en sátrapa. Pero no lo sabía nadie. Es una manera de decirlo, porque yo soy un hombre de cine. Yo no me expreso con ideas, sino con imágenes.

¿Cuál fue la imagen que vio?

Más bien lo que percibí. Salvador Garmendia descubrió que en la Plaza Venezuela había un incipiente olor a pollo en brasa, porque unos cubanos, expulsados de Cuba, pusieron un negocio de pollo en brasa que prosperó. Entonces, ese olor llegó a Sabana Grande y empezó a extenderse, por todo el país. Llegó, incluso, a la redacción de la revista Sardio. La revolución cubana hizo que los socialdemócratas de la revista (Elisa Lerner, Guillermo Sucre, García Morales), se separaran porque estaban en desacuerdo con lo que sucedía en Cuba. Pero la izquierda (Adriano González León, Salvador Garmendia, Rodolfo Izaguirre, entre otros) se unieron en lo que más tarde se convirtió en El Techo de la Ballena.

Escribes más adelante: “He aprendido a no dejarme arrastrar por la palabra fácil y las promesas de los políticos, en particular, de aquellos que hacen suyas las frustraciones y rencores sociales de los pueblos para imponer luego regímenes autoritarios y perversos”. Acaba de decir que muchos no sabían que Fidel Castro era un sátrapa. ¿Aprendimos?

De muchacho estaba en la Cátedra de Derecho Romano en la antigua sede de la UCV (esquina de San Francisco). Adriano González León era un gran lector. Tenía en sus manos La náusea, de Sartre. Caímos como un enjambre sobre él. De pronto vino un integrante de la juventud comunista y palmeó a Adriano en el hombro. Le dijo: Vigile sus lecturitas, compañerito. Era un comisario político. El primer fundamentalista que conocí fue a ese muchacho. Después, en la dictadura de Pérez Jiménez, ese tipo, que murió de cáncer, Dios sabe lo que hace, iba en un carro de la Seguridad Nacional. Ese que va ahí. Señalaba a sus antiguos compañeros. No había pasado del manual de Plejanov. Era un fascista sin saberlo. Nada más parecido a un fascista que un comunista dogmático. Cuando la extrema derecha y la extrema izquierda se encuentran, se dan la mano. Al tiempo descubrí que no debo confiar de la palabra de esos tipos. Aprendizaje de vida… hasta el sol de hoy.

En una reflexión que bordea la intimidad, dice. Sobreviví a la deserción universitaria, a los primeros años de matrimonio y, particularmente, al país político, es decir, al fascismo ordinario de Pérez Jiménez y a la violencia conjunta de Betancourt y de las guerrillas, al fracaso de “la izquierda” (el entrecomillado corre por cuenta del autor), a la vulgaridad adeca y a la santurronería socialcristiana”.

Yo tenía cuatro años cuando murió Gómez. No padecí la dictadura gomecista, pero mis hermanos mayores sí. En mi juventud, me toca Pérez Jiménez. Ahora, en mí senitud, me toca el régimen bolivariano. Tres regímenes militares en el arco de mi propia vida. Es como mucho, ¿no? Demasiado. Con uno es suficiente. Entonces, por supuesto, soy un sobreviviente. El Ministerio de Sanidad se crea después que muere Gómez. Mi infancia fue un limbo sanitario. No había hospitales. López Contreras fue el que creó los hospitales. Sobreviví a mi infancia, al sarampión, a las paperas, a las lombrices, al aceite de tártago; sobreviví a la adolescencia. Nadie me dijo qué hacer con las chicas, con los chicos. Uno aprendiendo la vida en un burdel. Una cosa horrorosa. Pero después sobreviví a la política, a la violencia, bien sea de un caudillo civil o un caudillo militar. No hay diferencias, son tan autoritarios los unos como los otros. Rómulo Betancourt era autoritario.

¿Por qué tiene esa opinión tan drástica de Betancourt? ¿No le reconocería ningún mérito?

Claro que sí. El problema es que la guerrilla fue el fracaso de la izquierda total. Íbamos en contra de un gobierno legítimo, producto de unas elecciones universales y secretas; íbamos contra la democracia, instigados por la revolución cubana. Hubo una invasión por Machurucuto. ¿Y nosotros? ¡Qué maravilla! En los juegos de pelota de la Serie del Caribe, cada vez que se enfrentaban Cuba y Venezuela, íbamos a Cuba. ¿Cómo era posible? Rómulo Betancourt supo, en Barranquilla, cuando era un muchacho, que el comunismo era impracticable en este país. Yo me vine a dar cuenta como a los 50 años. Por eso, él es Rómulo Betancourt y yo no soy Rómulo Betancourt. Había una guerra de guerrillas y el tipo se comportó como había que comportarse, con una rudeza increíble.

¿Usted comparte la idea de que Betancourt era un déspota?

No, era autoritario; una cosa es ser autoritario y otra ser despótico. Pero los caudillos, sean civiles o militares, son autoritarios.

Pero Betancourt renunció a ser un caudillo.

Exacto, sí. Creó un partido. Era un tipo civil. El equivocado era yo y no él.

En Ocultar el Rostro se advierte la obsesión del poder por ocultar la mirada tras unos lentes oscuros. Trujillo, Franco, Pinochet, por no hablar de los policías.

Régulo Pérez pintaba a los petejotas con unos lentes oscuros, siempre. Unos tipos siniestros. Ocultar la mirada como una forma de ocultar tu alma, tu perversidad. Si tienes bondad, no necesitas lentes oscuros. Mi oftalmólogo me dijo en una ocasión: Rodolfo, la luz es una presencia cultural. Tienes que enfrentar la luz, no puedes ocultarla con unos lentes oscuros. Petronio Puppio, que era mi oftalmólogo, tenía toda la razón.

El poder se oscurece, todo lo ve, todo lo espía.

Eso está referido al populismo, como intención, como figura política. El populismo se ofrece como una panacea, como un bien supremo y se oculta detrás de unos lentes oscuros, porque no es verdad que el populismo ofrezca una salida noble. Al contrario, es una forma de subyugar a la gente, es una perversidad horrorosa. Esconde, además, un arma de doble filo, que nos va a degollar. Hay que ocultar ese propósito. Se ofrece, entonces, lo que puede enaltecer a la gente para que votes por quien te está oprimiendo. Y colocan en un altar a la figura que te está degollando.

El Miedo. Escribe Rodolfo Izaguirre. “¡Vivir bajo el terror! Sus nefastos aspectos que se evidencian en la política: El desdén hacia mis ideas, la burla de los principios constitucionales, la criminalización de la disidencia”. El miedo, entonces, como parte esencial de la cotidianidad. 

La imagen de lo que es una dictadura militar. Una dictadura militar en Europa, por ejemplo, tendría connotaciones distintas a una dictadura militar en Venezuela. Me dicen que hay un Instituto de Estudios Avanzados, pero en los cuarteles no. Una dictadura que se forma en cuarteles como los nuestros, tiene que ser una dictadura bochornosa. Se habla del oxímoron (las contradicciones de términos), pues la inteligencia militar es una contradicción en sí misma, no hay inteligencia militar. Y la verdad es que la historia venezolana está tomada militarmente por estos niveles de oprobio. Son muchos más los años de dictadura que los años de gobiernos civiles los que ha tenido el país.

¿No tiene ninguna duda de que el gobierno que inauguró Chávez iba a terminar en esto?

Manuel Caballero fue el primero que lo dijo en la prensa, en El Universal. Este es un fascista. Cuando lo vi en televisión (el por ahora), este es un fascista. Bastaba verlo. Un oscuro militar. ¿Cuántas veces han estado en el poder? Es una plaga. La presencia más ominosa en el país han sido los militares en el poder. Si quiero hablar con uno de ellos… Quítese el uniforme, deje su arma en el cuartel y venga a hablar conmigo como civil. De lo contrario y más si lleva un arma en la mano, no podemos discutir de política.

Se crea un caldo de cultivo, un clima, que propicia el miedo.

Absolutamente, pero viene de mi infancia. La abnegada pero tonta maestra de escuela. ¿Qué dice la maestra cuando el niño tiene que colorear los mapas y los mares de azul? Muchachito, no te salgas de la raya. Di lo contrario, ¡Salte de la raya, muchachito! No seas convencional, no aceptes las cosas de buenas a primeras. Eso es lo que tuvo que haber dicho. No. No te salgas de la raya, no pises la grama, no atravieses por ahí. No diga eso porque lo meto preso. La maestra, los padres, el gobierno, te están diciendo, todo el tiempo, que no lo hagas. Entonces, nos acostumbramos a eso, al militar que nos manda. Está en la formación nuestra. Es difícil superarlo.

La memoria colectiva y la imagen del Hotel Majestic. Caracas, al igual que el país, ha tratado de adentrase en la modernidad, pero no lo ha conseguido del todo. Es un ir y venir, la condena que lleva Sísifo sobre sus hombros.

El Majestic. Ahí se quedó Gardel. Arriba había un ángel con una trompeta. Ese edificio, con la renovación urbana de Medina Angarita, fue demolido para construir el Centro Simón Bolívar. Para los caraqueños de mi generación, el ángel del Majestic era el final de mi infancia. Ahí termina mi infancia, así como la infancia de una ciudad, la inocencia de una ciudad, porque viene un torbellino que va a ser la revolución de octubre (el trienio adeco), Pérez Jiménez y todo ese zaperoco político. Termina un periodo importante y comienza otro. Gio Ponti, el arquitecto de Villa Planchart y uno de los artistas más importantes del siglo XX en Italia, dijo: Caracas está llamada a ser la ciudad arquitectónica más bella del mundo. ¡Pero lo dijo Gio Ponti! ¿Y qué tengo? Un desbarate de ciudad. La frustración mayor del país es que aspira a ser moderno y no lo logra. Sigue siendo un país primitivo hoy. Basta verlo, la gente no sabe leer. Rafael Cadenas vive aterrorizado porque él cree en el idioma, en el lenguaje. Secretario, sírvase dar lectura al acta: Urururu, urururu, no hay puntos, no hay comas, no hay puntos y comas. No hay nada.

En Eclipse, hay una referencia al miedo que la desaparición momentánea de los astros provocaba en la antigüedad. Escribes: “Ya eclipsaron organismos cínicos y cómplices como el Consejo Supremo Electoral, el Tribunal Supremo de Justicia, las deshonradas Fuerzas Armadas, la siniestra Guardia Nacional y algo recóndito y podrido llamado el Poder Moral”. Una institucionalidad, aparentemente republicana cae en apenas tres lustros.

Hago muchas referencias a cosas de la antigüedad, a la mitología, porque encuentro resonancias actuales con lo que nos está pasando. Los laberintos, el culto a la noche, las diosas, las cosas que perturbaban tanto a los griegos antiguos, a los mayas, a los aztecas, a los incas, están ocurriendo acá. Estamos en un nuevo milenio, pero en realidad vivimos como si estuviéramos en la antigüedad. Es un país primitivo. No tocamos fondo. El terror a los abismos. ¿Qué hay detrás del horizonte? Un abismo. Hay una diáspora. La gente llega al horizonte y se despeña. No existe el horizonte. Se acabó. Ese era un temor que tenían los antiguos. Se horrorizaban con los eclipses, no tenían explicación y se lo atribuían a un ser superior. Estaban perdidos, como perdidos estamos nosotros también. Sin saber qué hacer, sin saber cómo salir de este laberinto.

“Aquellos parisinos tenían pan, lo que no tengo hoy en el país de la echonería”. La imagen fotográfica de un parisino que pedalea en su bicicleta con una canilla bajo el brazo.

No tenemos pan. El único lugar en el mundo donde tú entras a una panadería y preguntas: ¿Hay pan? Y el tipo te responde: No, no hay. Es como si entraras a una mercería y preguntaras: ¿Hay botones? No, no hay botones. La crisis llegó a tal extremo que las costureras, los sastres no tienen hilo. ¿Un país sin hilo? ¡Sin hilo no hay nada! Mirta Roa, la hija de Roa Bastos, tenía una fábrica de trajes de baño. ¿Por qué los trajes de baño, que son una telita así (Rodolfo Izaguirre casi junta las manos) cuestan tan caros? Porque tiene que ser un hilo muy fuerte que resista los embates del mar. Si no hay hilo para coserme esta camisa, mucho menos para coser unos trajes de baño. No hay Alka-Seltzer. ¿Cómo va ser? ¿Entonces? ¿Qué hago con mi resaca? ¿Con mi ratón? Y eso para no hablar de lo demás. Un país quebrado. No hay oxígeno. Yo voy a los bautizos de libros, a la inauguración de una exposición, a la retrospectiva de un pintor. Voy a todo eso, porque son actos de resistencia. Te encuentras ahí con tus amigos, ves las obras, los cuadros, los libros, respiras. Pero sales de ahí y ya no respiras. No hay oxígeno en el país. Eso va más allá de la diáspora, de cualquier penuria.

¿Cuál sería el destino que avizora para Venezuela?

Yo veo a todos nosotros viajando hacia el sol. Con un horizonte restablecido. Aquella línea famosa que alcanzamos a ver cuando el cielo se confunde con la profundidad del mar. Todos nosotros, eufóricos, viajando hacia el sol. La imagen poética de un país recuperado. No puede ser otra.

¿No se contradice con todo lo dicho anteriormente?

No, porque estamos sobreviviendo a esto. Es decir, salimos del laberinto. No nos devoramos unos a otros como los demonios que primitivamente quisieron meter ahí. No nos convertimos en demonios. Salimos de ahí. Por momentos, por supuesto, hubo pugnas y luchas internas. La incomprensión de la izquierda, un problema de la izquierda. No de la derecha, que sabe lo que quiere y no se divide jamás. ¿Qué se divida el chavismo? Olvídate. Nos dividimos nosotros. 60 partidos. Un vivo, Falcón, medrando. Un tipo adventista, no lo sé, que también está lanzándose a la presidencia. ¿Qué es esto? Y uno sin saber qué hacer. Si votar o no votar.

Punto y final. No vayamos a servirle en bandeja de plata la oportunidad a Tibisay Lucena para que cumpla su amenaza.


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